22. Setenta años
Setenta años
Julián
La era está a la salida del pueblo, donde la carretera hace una curva y hay un cobertizo con dos remolques. Paré ahí, como me dijo.
La tía Visi se quedó un momento mirando por el parabrisas, con el bolso encima de las rodillas.
—Apaga el motor, hijo, que esto no es de estar con el motor puesto.
Lo apagué.
—¿Tú sabes cuántos años tengo? —dijo.
—Noventa y cuatro.
—Noventa y cinco en noviembre. —Se colocó el bolso—. Me quedan dos inviernos, con suerte tres. Yo eso lo sé y tú lo sabes, así que no me digas que qué cosas digo.
—No iba a decirle nada.
—Bien.
Abrió el bolso, sacó un pañuelo de tela, se lo pasó por la frente y lo volvió a guardar. Le temblaban un poco las manos, pero no la voz.
—Voy a contarte una cosa que le prometí a tu abuelo que no contaría —dijo—. Bueno, a tu abuelo no. A la Encarna.
Yo tenía las dos manos en el volante y no las moví.
—La noche del diecinueve de febrero del año cincuenta y seis —dijo la tía Visi—, yo tenía veinticuatro años y un niño de teta que no dormía. Y a las seis de la mañana, o por ahí, estaba yo en la ventana de mi casa con el crío en brazos, que es la única manera de que se callara.
—Ya.
—Y vi subir a la Encarna Sanz por la calle del Horno con el abrigo de su madre y las botas de su padre, y con escarcha en la falda hasta aquí.
Se puso la mano en la rodilla.
—Venía del arroyo —dijo—. A las seis de la mañana, con la nieve por las cunetas.
Yo abrí la boca y no dije nada.
—Al día siguiente la cogí en la fuente y le dije: «Encarna, ¿tú de dónde venías ayer?». Y ella se puso blanca y me dijo: «Visitación, júrame por tu madre que no lo cuentas». Y yo se lo juré.
—Y no sabía de dónde venía.
—Yo entonces no. Yo pensé lo que habría pensado cualquiera con veinticuatro años.
Se calló un momento.
—Y a los dos días se supo que en Cañadalba había pan otra vez —dijo—. Y esa misma tarde, tu abuelo se plantó en casa de Doroteo Sanz y dijo que había robado el reciento.
Miró por la ventanilla.
—Y yo estaba en la plaza —dijo—. Y lo vi decirlo. Y até cabos en el sitio, delante de todo el mundo, como los ataría cualquiera.
—¿Usted sabe que mi abuelo no lo robó?
—Yo sé que esa chica cruzó el arroyo esa noche y que dos días después allí había pan —dijo—. Ata tú.
Yo llevo toda la vida oyendo la historia. La he oído en la escuela, en el bar, en el frontón, en boda y en entierro. La he oído contada como chiste y contada como agravio.
Y en una furgoneta parada en una era se me dio la vuelta entera.
—Entonces mi abuelo mintió —dije.
—Tu abuelo dijo que lo había robado él para que a esa chica no la llamaran otra cosa —dijo la tía Visi—. Que en aquel tiempo era peor.
—¿Y ella lo dejó?
La vieja tardó en contestar.
—Ella tenía diecinueve años y un padre que era mi padre y el de todas —dijo—. Al principio lo dejó por miedo. Y después ya no se pudo. Eso pasa con el silencio, hijo: los dos primeros días lo sujetas tú, y a partir del tercero te sujeta él a ti.
Me quedé mirando el volante.
—¿Y por qué me lo cuenta ahora? —dije—. Setenta años.
La tía Visi se giró en el asiento todo lo que le dejaba la espalda.
—Por dos cosas —dijo—. La primera es que tu abuelo se va a morir.
Igual que yo. Y el día que tu abuelo se muera, en este pueblo van a decir «se ha muerto el que robó el reciento», y lo van a decir en el entierro, y no lo van a decir con mala idea, y eso es lo peor.
Y yo no puedo ir al cementerio a explicarlo.
Tragué saliva.
—¿Y la segunda?
—La segunda sois vosotros dos.
Yo levanté la cabeza de golpe.
—Ay, hijo, no me pongas esa cara —dijo—. Que llevo noventa y cuatro años en este pueblo. Que la nieta de la Encarna baja todas las noches por el camino y sube todas las mañanas, y que tú te has comprado una camisa para la verbena de tu pueblo, a la que llevas doce años yendo con la de trabajar.
No supe dónde meterme.
—Aquello ya pasó una vez —dijo la tía Visi—.
Y yo lo vi. Vi a la Encarna casarse con Emilio Lahoz en el cincuenta y nueve y vi a tu abuelo casarse con la Amparo en el sesenta y uno.
Y los dos fueron buenos matrimonios, ojo, que no estoy diciendo nada.
Pero yo vi lo que se rompió y he tenido setenta años para mirarlo todos los días desde mi ventana.
Se puso el bolso debajo del brazo.
—Y no me voy a morir viendo que empieza otra vez —dijo—. Ya está. Ya lo he dicho. Ahora llévame al pueblo, que tengo que poner el puchero.
La llevé. No hablamos en todo el camino.
Cuando se bajó en la plaza, con el bastón, se agarró a la puerta y me dijo la última cosa.
—Julián.
—Dígame.
—Yo he votado dos veces contra ese pueblo tuyo. El sábado, en el horno, voté que no os pidiéramos nada.
—Ya lo sé.
—Voté eso para que no tuviera que ir ella.
Y cerró la puerta.
Hice el resto de la ruta como se hacen estas cosas, que es sin enterarte. Me salté una parada en el valle y tuve que dar la vuelta.
A las doce estaba en el obrador, y a las doce y cinco lo que tenía en el cuerpo ya no era asombro. Era otra cosa.
Mi abuelo le ha dado los buenos días cuarenta años en una plaza a una mujer que lo sabía.
Y el lunes por la noche entró en mi obrador una mujer de treinta y cuatro años con la cara de no haber dormido y se pasó nueve horas hablándome de un datáfono.
Me tuve que sentar en el taburete de mi abuelo.
Carlota llegó a las doce menos cinco de la noche.
Yo llevaba desde las once de pie en el obrador sin haber encendido nada.
Entró, dejó el bolso en la banqueta, se puso el gorro y cogió el delantal de la percha.
—Hoy vamos tarde —dijo.
—¿Cuándo te lo contó tu abuela?
Se quedó con el delantal en la mano.
Eso fue lo único que necesité.
—Ayer por la mañana —dijo.
Yo me quedé con la mano en el portón de la furgoneta.
—Julián…
—Ayer por la mañana te sientas con tu abuela, te enteras de que mi abuelo lleva setenta años cargando con un robo que no hizo, y por la noche vienes aquí a trabajar y me hablas de un datáfono.
—Te iba a…
—Y yo te pregunto en el corral que si estás bien, a las cinco de la mañana, y me dices que estás cansada.
Ella dejó el delantal encima de la mesa de mármol, despacio.
—Le di de plazo hasta el domingo —dijo—. Para que lo contara ella.
—¿De plazo?
—Sí.
—¿A tu abuela?
—Sí.
—¿Y a mí quién me da el plazo?
—Julián.
—No, dime. ¿A mí quién me lo da? Porque yo llevo desde los seis años oyendo en el patio de un colegio que mi abuelo es un ladrón. Y mi sobrino, la semana pasada, con dieciséis. Y tú tenías eso en la mano desde ayer.
—Tenía un día.
—Tenías un día y una lista —dije—. Porque tú tienes una lista, ¿verdad? Seguro que la tienes escrita, con el orden, y los nombres, y lo que se le dice a cada uno.
No contestó. Y no contestó porque la tenía.
Se le puso una cara que no le había visto nunca, que era de no tener ninguna herramienta a mano.
—No es eso —dijo.
—Es exactamente eso —dije—. Y te voy a decir lo que más me jode, ya que estamos.
—Dime.
—Que no me duele el día y medio. Me duele que esto también lo hayas resuelto tú sola. Que te lo hayas puesto en una lista y lo hayas ido gestionando, como lo del acta, y lo del wasap, y lo de tu abuela, y lo del vídeo, que también lo arreglaste sin decírmelo.
—Eso lo hice por ti.
—Eso lo hiciste sin mí —dije—. Que es lo que haces con todo.
Nos quedamos los dos de pie, en un obrador apagado, a las doce de la noche.
—Vete a casa —dije.
—Julián.
—Que te vayas a casa, que hoy no hay turno.
Y se fue. Sin decir nada más. Cogió el bolso, salió por la puerta de atrás y la cerró sin dar un portazo, que hubiera sido mejor.
A las dos de la mañana subí a casa de mi abuelo y le di al timbre hasta que encendió la luz.
Bajó en pijama, con el bastón, muerto de miedo, pensando que se había muerto alguien.
—¿Qué pasa?
—Que lo sé.
Se quedó en la escalera.
—Que sé lo del cincuenta y seis, abuelo. Que me lo ha contado la Visitación esta mañana en la furgoneta.
Mi abuelo se agarró a la barandilla.
Y luego, muy despacio, se dio la vuelta, subió los cuatro escalones y se metió en la cocina, y yo detrás, y encendió la luz y se sentó en su silla.
—Siéntate —dijo.
—No me quiero sentar.
—Siéntate, Julián.
Me senté.
Y aquella noche, a las dos y cuarto de la mañana, en una cocina con un tarro de cristal metido dentro de un puchero de barro en la alacena, mi abuelo me contó por primera vez en su vida lo que pasó en febrero del cincuenta y seis.
Tardó menos de lo que yo creía. Lo sé porque miré el reloj al principio y al final, como un idiota.
No añadió casi nada a lo que yo ya sabía.
La lata. La puerta de atrás. El frío. «Vete».
Su padre en la cama con cuarenta de fiebre.
El pan a los dos días. Doroteo Sanz pesando el reciento en la romana.
Y él andando desde Cañadalba hasta la puerta de aquella casa, con veinte años, para decir una mentira delante de cuatro hombres.
—¿Y por qué no lo dijiste después? —le pregunté—. Cuando se murió Doroteo. Cuando se casó ella. Cuando me lo dijeron a mí en la escuela.
Mi abuelo tenía las dos manos encima de la mesa.
—Di mi palabra —dijo.
—Esa palabra la pagué yo, abuelo.
Se lo dije así y no me arrepiento, aunque se me ha quedado dentro desde entonces.
—A mí me lo llamaron en el patio antes de que yo supiera lo que era. A mi hermana la dejaron sin ir a una comunión. A Iker se lo pusieron el mes pasado en internet, con sesenta y un me gusta.
Mi abuelo no levantó la cabeza.
—Y tú, cuarenta años, dándole los buenos días en la plaza.
—Le apartaba la barra más tostada —dijo.
—Ya lo sé. Me lo enseñaste tú.
Y entonces mi abuelo dijo la única cosa de aquella noche que no me esperaba.
—No lo hice solo por ella —dijo—. Lo hice también por mí.
—¿Cómo?
—Que si aquello se sabía, a ella le quitaban la vida entera —dijo—. Pero a mí me quitaban la única cosa que había hecho en mi vida por alguien. —Levantó la cabeza—. Con veinte años eso parece muy grande, hijo. Y luego se te hace viejo encima y ya no lo puedes soltar.
Salí de casa de mi abuelo a las tres menos cuarto de la mañana.
Bajé al obrador, porque no sabía dónde meterme, encendí la luz de la mesa y me quedé de pie.
No tocaba nada. El lunes había mandado la masa a la cámara y el martes era fiesta de nada, pero yo tenía que estar haciendo algo con las manos.
Saqué mi cubo, el mío, el de mi masa madre, y le di de comer a deshora.
Y mientras removía, me acordé de una cosa que me dijo Carlota la primera semana, cuando le enseñé el cubo y le conté que lo había empezado yo con dieciocho años.
Me preguntó por qué me había hecho una masa nueva teniendo la de mi abuelo en la balda.
Y yo le contesté que porque no quería que nadie pudiera decir que mi pan estaba hecho con algo robado.
Aquella noche, a las tres de la mañana, con la cuchara en la mano, me di cuenta de lo que significaba eso.
Que yo también me lo había creído.
Setenta años oyéndolo, y en algún sitio de la cabeza, a los dieciocho años, yo me lo había creído lo suficiente como para hacerme una masa nueva.
Nos quedamos callados.
—Y ahora ¿qué? —dije.
Mi abuelo miró la alacena.
—Ahora nada —dijo—. Ahora espero.