Pan, amor y otros fermentos 21. La verdad de Encarna
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21. La verdad de Encarna

La verdad de Encarna

Carlota

Puse el café.

Lo puse en el cazo, con leche, como lo toma ella, y lo serví en las dos tazas grandes, y me senté enfrente con el sello en medio de la mesa y la hache mirando hacia arriba.

Mi abuela estuvo un rato dándole vueltas a la cucharilla.

Y luego empezó por donde empiezan los viejos, que es por el tiempo.

—El invierno del cincuenta y seis fue el peor que ha habido aquí —dijo—.

Eso lo sabe cualquiera de mi edad. En febrero heló de día y de noche casi tres semanas seguidas, con el cielo limpio y sin una gota, que eso aquí lo llaman helada negra.

Y entre medias nevó dos veces. Se heló todo.

Se helaron los olivos de la parte de abajo y no volvieron a dar.

—Eso lo he leído.

—Tú lo has leído. Yo estaba dentro.

Dio un sorbo.

—Se cortó la carretera. Tres semanas, o más. Aquí no subía el coche de línea, y en el coche de línea venía todo. Las cartas, el tabaco y la levadura de la tienda.

—¿Y aquí?

—Aquí, para el pan, no hacía falta. Aquí estaba el reciento, que era de todos y estaba en el horno, en casa de mi padre.

—El hornero.

—El hornero. Doroteo Sanz. —Se colocó la taza en las dos manos, la buena encima de la escayolada—. En aquel horno cocía todo el pueblo, cada casa con su tablero y su sello, y mi padre mandaba en la bóveda como si fuera un cura en el altar.

Se quedó callada un momento.

—En Cañadalba era distinto —dijo—. Allí había panadería, la de los Heredia, y la panadería tenía su masa. Y en aquel invierno, al padre de Anselmo le dio una pulmonía.

—Félix.

—Félix, sí. Y estuvo veintitantos días en la cama, y el obrador cerrado. Y a alguien de la casa se le ocurrió arrimar la masa a la lumbre para que no se helara, porque en aquel obrador se helaba hasta el agua.

—Y se coció.

—Y se coció. —Movió la mano—. Se quedaron sin masa y sin levadura, porque no subía el coche de línea. Y un pueblo entero, ochocientas personas entonces, se quedó sin pan durante días.

Me quedé mirando la taza.

—¿Y por qué no vinieron a pedirlo?

Mi abuela levantó la cabeza.

—Anda —dijo—. Por fin preguntas lo que hay que preguntar.

Se echó hacia atrás en la silla.

—Vino el padre de Anselmo —dijo—. Antes de caer malo. Vino a hablar con mi padre en enero, cuando se vio venir lo de la nieve, y le pidió que si pasaba algo le dejara un pellizco.

—¿Y tu padre qué dijo?

—Que no.

—¿Por qué?

—Porque llevaban veinte años de pleito por unas tierras del arroyo, que si el lindero, que si la poza, que si el agua para los huertos.

Y porque mi padre era de los que decían que lo del pueblo es del pueblo.

—Se le puso una voz distinta al decirlo—.

Y porque había estado toda la vida oyendo que el pan de Cañadalba era mejor.

Eso era lo gordo, aunque nadie lo dijera.

—O sea, que se lo negó.

—Se lo negó delante de tres hombres en la puerta del horno. Y el de Cañadalba se dio la vuelta y se fue y no volvió a pedir nada.

El café se me estaba quedando frío.

—Y entonces, ¿qué pasó?

Mi abuela se quedó callada tanto rato que pensé que se iba a levantar.

—Que yo tenía diecinueve años —dijo.

—Abuela.

—Que yo tenía diecinueve años y Anselmo Heredia veinte, y llevaba desde el verano anterior viniendo a este pueblo de aprendiz con mi padre, que lo había cogido en el cincuenta y cinco para que aprendiera a manejar bóveda, porque de bóveda mi padre sabía más que nadie.

Y venía todos los días. Y le hicieron su sello, para marcar lo que cocía él.

Señaló el taco de madera con la barbilla.

—Ese.

—Ese.

—Y se hablaba de nosotros dos en este pueblo desde el verano del cincuenta y cinco —dijo—. Y a mi padre eso no le gustaba nada.

—¿Y a ti?

Mi abuela hizo una cosa que no le he visto hacer en treinta y cuatro años: se encogió de hombros como una cría.

—A mí me gustaba mucho —dijo.

Estuvimos un rato sin hablar. Se oía el reloj de la cocina, que va siete minutos adelantado desde que yo tengo memoria.

—La noche del diecinueve de febrero —dijo— mi padre estaba en Guadalajara, que se había quedado allí por la nieve, en casa de mi tía. Y en esta casa estábamos mi madre y yo.

—¿Y qué hiciste?

—Bajé al horno con una lata, cogí un pellizco del reciento y crucé el arroyo.

Lo dijo así. Sin ningún adorno.

—¿De noche?

—A las dos de la mañana. Con las botas de mi padre y un abrigo de mi madre.

—¿El arroyo estaba helado?

—El arroyo estaba helado y se pasaba por encima, y eso es lo único bueno que tuvo aquel invierno.

Se me puso una cosa en la garganta, porque me acordé del camino. Yo lo he hecho veinte veces en julio, con la linterna del móvil, con las zapatillas, con veintiocho grados a las cinco de la mañana.

—Llamé a la puerta de atrás de la panadería. Salió él. No nos dijimos casi nada, porque estaba su madre dentro y porque hacía un frío que cortaba. Le di la lata, me dijo «vete», y me vine.

—¿Y ya está?

—Y ya está.

—Abuela, eso es lo más bonito que he oído en mi vida.

Mi abuela me miró como si le hubiera dicho una tontería. Lo era.

—Eso es lo que empezó todo lo demás —dijo.

Se levantó a por la cafetera. Se sentó otra vez.

—Al volver, ya de día, me vio la Visi desde su ventana. Yo tenía escarcha en la falda hasta la rodilla. Y le hice jurar por su madre que no lo contaba.

—¿Y lo juró?

—Lo juró. Y lo ha cumplido. —Bajó la voz—. Setenta años.

—¿Y qué pasó después?

—Pues que a los dos días en Cañadalba había pan. —Movió la cucharilla—. Y mi padre volvió de Guadalajara, y se enteró, y no es tonto: se fue al horno, miró el reciento, y allí faltaba lo que faltaba.

—¿Se notaba?

—Mi padre pesaba ese reciento todas las semanas en una romana. Como se pesa el dinero.

—Madre mía.

—Y entonces preguntó. Y preguntó en voz alta, en la plaza, y dijo que en este pueblo había un ladrón.

Se quedó mirando la mesa.

—Y esa misma tarde vino Anselmo Heredia andando desde su pueblo, con veinte años, a la puerta de mi casa, y dijo delante de mi padre y de cuatro más que él había entrado de noche en el horno y se lo había llevado.

—Mintió.

—Mintió.

—¿Por ti?

—Por mí.

Mi abuela se pasó la mano por la falda, alisándola, una vez y otra.

—Tú ahora no lo entiendes —dijo—. Porque tú tienes treinta y cuatro años, vives sola en Madrid y vuelves a tu casa a las ocho de la mañana de un obrador donde hay un hombre, y no pasa nada.

—No.

—En el cincuenta y seis, si se sabe que la hija del hornero ha ido de noche, sola, a casa de un mozo de otro pueblo, esa chica está perdida. Eso es lo que había. No era que hablaran. Es que ya no te casabas, ni con él ni con nadie, y tu padre no volvía a levantar la cabeza en el pueblo.

—Y él se comió el robo.

—Se comió el robo. Y mi padre lo echó del horno delante de todo el mundo, le quitó el sello de las manos y lo tiró a la lumbre.

Miré el taco de madera con el canto negro.

—Y tú lo sacaste.

—Con las tenazas. Cuando se fueron todos. —Se tocó el pulgar—. Me quemé aquí.

—¿Y lo del veinte…?

—Diecinueve de dos de cincuenta y seis. Lo grabé con la navaja de mi padre, que es lo único que me llevé de él cuando se murió.

Nos quedamos las dos calladas.

Yo tenía cuarenta preguntas y empecé por la peor.

—Abuela. Después ya no os podíais casar.

—No.

—¿Por qué no? Si tu padre sabía que él no había sido…

—Mi padre no sabía nada. Mi padre se murió creyendo que aquel chico era un ladrón. —Me miró—. Eso es lo que hizo Anselmo. No solo cargó con el robo. Cargó con que no hubiera ninguna otra explicación.

—Podías haberlo dicho tú.

—Sí.

—¿Y por qué no lo dijiste?

Mi abuela cogió la taza vacía y se quedó con ella en las manos.

—Al principio, porque me habría matado mi padre. Y no es una manera de hablar: me habría echado de casa. Después, porque me casé con tu abuelo en el cincuenta y nueve, y a un hombre no se le hace eso.

—¿Él lo sabía?

Algo le pasó en la cara. Fue muy rápido.

—Tu abuelo era muy bueno —dijo.

—Eso no es contestar.

—Es lo que te voy a contestar.

Se levantó, llevó las tazas al fregadero y abrió el grifo. Abre el grifo cuando quiere que se acabe una conversación.

—Y luego, cuando se murió mi padre, ¿por qué no?

—Porque ya habían pasado treinta años —dijo, de espaldas—. Y porque cuanto más tiempo pasa, peor queda haberlo callado. Eso es lo que nadie entiende. Al principio callas por miedo. Luego callas por vergüenza de haber callado.

Cerró el grifo.

—Y a los ochenta y nueve años, ¿qué quieres que haga? ¿Que salga a la plaza y le diga a este pueblo que llevo setenta años dejando que le llamen ladrón a un hombre por mí?

—Sí —dije.

Mi abuela se giró.

—¿Cómo que sí?

—Que sí, abuela. Exactamente eso.

Y ahí fue cuando vi que ella también tenía ochenta y nueve años y una muñeca rota.

—Vete a dormir, que llevas toda la noche levantada —dijo.

—Abuela.

—Vete a dormir, Carlota.

Antes de subir le pregunté por el papel.

—Abuela.

—Qué.

—El papel que había debajo del pañuelo.

Mi abuela estaba fregando las dos tazas.

—Ese papel es mío.

—Ya sé que es tuyo. Te he preguntado qué es.

—Y yo te he contestado que es mío.

—¿Es de él?

Cerró el grifo y se secó la mano en el delantal, muy despacio.

—No —dijo—. No es de él.

—¿Entonces?

—Carlota. —Se giró—. Te he contado en una hora lo que no le he contado a nadie en setenta años. Con eso ya tienes bastante para lo que quieras hacer.

—No quiero hacer nada, quiero entenderlo.

—Pues ya está entendido.

Y se fue al pasillo con el paño en la mano.

Subí. No dormí nada.

A la una de la tarde bajé otra vez y me la encontré sentada en la cocina, en el mismo sitio, con el sello delante.

—Te doy hasta el domingo —dije.

—¿Cómo que me das?

—Hasta el domingo. Si el domingo no lo has contado tú, lo cuento yo.

Mi abuela levantó la barbilla.

—Tú no vas a contar nada.

—Abuela, hay un señor de noventa años al otro lado del arroyo con un tarro en la alacena esperando a que vayas. Y hay un pueblo que se está quedando sin caridad. Y hay un chico de dieciséis años en Cañadalba que ha crecido oyendo lo de siempre.

—Ese chico no sabe nada.

—Ese chico se llama Iker y es sobrino de Julián, y la semana pasada se puso a llorar en un obrador por un comentario en internet que le llamaba ladrón a su bisabuelo.

Mi abuela se quedó muy quieta.

—Hasta el domingo —dije.

Aquella noche fui a trabajar.

Trabajé nueve horas al lado de un hombre que no sabía nada, sabiéndolo yo todo.

A la una y media me preguntó que si me quedaba, y yo le contesté hablándole de un datáfono durante diez minutos, y a las cinco de la mañana salí al corral a tomar el aire y él vino detrás y me preguntó si estaba bien.

—Estoy cansada —dije.

Y no mentía, pero tampoco era eso.

Cuando llegué a casa, a las ocho y veinte, me senté en la cama con la libreta y escribí una lista.

«Cómo se cuenta esto.

1. Primero, Anselmo. Es el único que tiene derecho a saber que lo sé.

2. Julián. Antes del domingo.

3. Visi.

4. Las del sábado, todas juntas, en el horno.

5. Noemí.»

Tardé dos días en darme cuenta de que la lista estaba mal.

Porque el uno no era Anselmo, ni el dos era Julián.

El uno era mi abuela, y ya lo había hecho ella.