20. Septiembre
Septiembre
Julián
El lunes tres de agosto me levanté decidido a decirle lo del contrato, que si se quedaba hasta el dieciséis y después de la caridad seguía, yo podía hacerle uno de verdad y no de verano.
Eso era lo fácil, y ni eso dije.
Lo otro llevaba desde el sábado en la misma palabra, que no me cabía en la boca: septiembre.
El domingo lo hablé conmigo mismo mientras cocía, que es con quien hablo yo estas cosas. Le dices: oye, esto que está pasando aquí, ¿qué es? Y ella te contesta. Y ya sabes a qué atenerte.
El domingo por la tarde hice una cosa que no había hecho en mi vida: mirar pisos de alquiler.
No en serio. Por mirar.
Me senté en la cocina con el portátil que uso para las facturas, que tarda cuatro minutos en encender, y busqué alquileres en Guadalajara capital y luego en Alcalá y luego, por probar, en Madrid.
En Madrid, un piso de dos habitaciones cuesta lo que yo gano en dos meses.
Cerré el portátil.
Luego lo abrí otra vez y miré otra cosa: cuánto tarda el tren de Guadalajara a Madrid. Cincuenta y cinco minutos. Y el primero sale a las seis y doce de la mañana.
A las seis y doce de la mañana yo llevo seis horas de pie y estoy cargando la furgoneta.
Eso es lo que hay. Yo puedo ir a Madrid un domingo por la tarde, si no me duermo en la A-2, y volver el domingo por la noche. Doce veces al año, contando bien. Y eso si nadie se pone malo, si el horno no se estropea y si mi abuelo aguanta.
Apunté los números en el cuaderno de cuadros, debajo de las cuentas de la harina, y luego arranqué la hoja y la tiré.
Y después me pasé toda la tarde pensando una frase para decírselo.
Sonaba fatal. Lo probé de cuatro maneras y sonaba fatal las cuatro. La que se me quedó en la boca todo el lunes sin salir era «yo no sé hacer esto y no tengo a quién preguntarle».
El lunes por la mañana, en el mostrador, había cola a las nueve y cinco y un cartel nuevo pegado con celo al lado de la caja.
Lo había puesto Iker.
«SE ADMITEN PEDIDOS POR WASAP. NO SE ADMITEN TARJETAS (todavía).»
—Quita eso.
—Es que me lo preguntan veinte veces al día.
—Quita el «todavía».
—Jo, tío.
Lo dejó.
A media mañana vino Rubén a por su barra sin pagar.
—Oye, Julián.
—Dime.
—Que dicen que en la verbena estuviste hablando media hora con la de Fuentelhorno.
—Estuve.
—Y que luego no se os vio.
—Rubén.
—Que yo no digo nada.
Cogió su barra y se fue silbando. Silba cuando consigue lo que venía a buscar.
Aquella noche llegó tarde, a las doce y cuarto, con una cara de no haber dormido.
—¿Ya estás buena?
—Ya.
—El domingo me dijiste que estabas mala.
—Y lo estaba.
No dijo más.
Trabajamos la primera hora en silencio. Ella pesó, tapó, limpió, y todo lo hizo bien, y no habló nada, que en ella es como un cartel de neón.
A la una y media se me ocurrió que a lo mejor era el momento.
—Una cosa del trabajo.
—Dime.
—Que si te quedas.
Eso fue lo que me salió. Así. Tres palabras.
—¿Que si me quedo dónde?
—Aquí. En el obrador. Después del dieciséis.
Ella se quedó con el cubo en las manos.
—¿Me estás ofreciendo un trabajo?
—Te estoy diciendo que si te quedaras, yo podría hacerte un contrato. Media jornada, o lo que salga. Con lo del alto y con lo de los pedidos, a lo mejor sale para dos personas. He hecho las cuentas.
—¿Has hecho las cuentas?
—Tres veces.
Ella dejó el cubo en la mesa.
Y ahí, en ese momento, tenía que haber dicho yo la otra frase, la que no es del trabajo. La tenía en la garganta.
Pero es que no se dice así, en un obrador, a la una y media, con una amasadora haciendo ruido de barco.
—¿Tú sabes lo que cobra una jefa de operaciones?
—No.
—Pues bastante más de lo que puede pagar un horno de pueblo.
—Ya me lo imagino.
—No te lo imaginas.
Y entonces se rió, pero se rió de una manera rara, y dijo:
—Además, ¿qué pasa? ¿Que me quedo aquí y te pongo un datáfono?
—Eso es lo que tú quieres.
—Eso es lo único en lo que piensas.
Y se puso a hablar del datáfono. Diez minutos. De las comisiones, de los bancos, de una aplicación que va con el móvil y que no te cobra cuota.
Y yo la dejé hablar, porque entendí perfectamente lo que estaba pasando: que había cogido la pelota y la había mandado al frontón de enfrente.
A las cuatro salió a por harina a la estantería y se quedó allí, de espaldas, más tiempo del que se tarda en coger un saco.
A las cinco, cuando salió la segunda, la encontré en el corral.
Estaba sentada en la pila de palés, a oscuras, con el gorro en la mano.
—¿Qué haces aquí?
—Tomar el aire.
Me senté en el palé de al lado. Se veían dos o tres estrellas y la luz del cuarto de mi abuelo, que ya estaba despierto.
—¿Tú estás bien?
Ella tardó en contestar.
—Estoy cansada —dijo.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Ya lo sé.
Y se levantó, se puso el gorro y entró a por los moldes, y yo me quedé en el corral pensando que en tres semanas había aprendido a leerle la espalda.
Lo que yo quería decirle, y lo que llevaba tres días ensayando mientras pesaba harina, era esto:
«Carlota, a mí me da igual el contrato. Lo que te estoy preguntando es si en septiembre esto sigue.»
Once palabras.
Las dije dieciocho veces en mi cabeza entre el domingo y el lunes. Las dije mientras boleaba, mientras cargaba, mientras subía al alto. Y luego llegó el momento y lo que salió fue «que si te quedas», en un obrador, a la una y media, con la amasadora haciendo ruido de barco.
Mi padre era igual. Mi abuelo es igual. En mi casa, cuando hay que decir algo importante, hablamos del trabajo y esperamos a que el otro lo entienda.
Y esa noche entendí, por primera vez, que a lo mejor era eso lo que le pasaba también a ella.
Mi abuelo llegó a las seis menos cinco, como siempre.
Ya no tiene puchero en la balda, así que viene igual, se sienta en el taburete y mira. Me dijo la semana pasada que en su casa le da de comer a las diez, después del desayuno, y que venir a las seis lo hace por costumbre, que es la mejor razón que hay para hacer algo.
Cuando ella salió al corral a tirar la ceniza, mi abuelo esperó a que se cerrara la puerta y dijo:
—Esa chica tiene algo.
—¿Algo de qué?
—Algo que no dice.
Yo estaba cargando la furgoneta.
—Abuelo, tú cuando la miras estás viendo a una mujer que trabaja de noche en un obrador por una masa y que lleva tres semanas durmiendo cinco horas.
—Yo llevo noventa años mirando a la gente.
Metí las cajas del alto abajo, que es donde van ahora.
—Julián.
—Qué.
—Cuando alguien te guarda un secreto no siempre es contra ti.
Me paré con una caja en las manos.
—¿Qué quieres decir?
—Que a veces se calla uno por otro.
Y se metió dentro a lavarse las manos, y yo me quedé en el corral con la caja y una idea empezando a hacerse, como una masa que lleva dos horas y todavía no está.
La condición de mi abuelo. El «antes muerta» de la Encarna. La cara de la Visi cuando se cruza conmigo en la plaza y mira para otro lado. Los cuarenta años de barra tostada. Lo de «pobre hombre» que me contó Carlota que había dicho su abuela, y que yo no le supe explicar.
Por la tarde subí a casa de mi abuelo con el pan.
Estaba echando la siesta en el sillón con la radio puesta, así que dejé la barra encima del mármol y me quedé un momento en la cocina.
La alacena estaba cerrada. La abrí.
Ahí estaba el puchero, con el tarro de cristal dentro y el paño mojado atado al cuello, al lado de las tazas y de un bote de achicoria.
Le quedaba masa hasta arriba. Está más viva que nunca, porque en esa cocina hay mejor temperatura que en mi obrador.
Lo miré un rato.
Setenta años dándole de comer a una cosa por si viene alguien a pedirla. Y la única persona que puede venir a pedirla está a dos kilómetros, no cruza el arroyo, y dice «antes muerta».
Cerré la alacena.
En la puerta, mi abuelo abrió un ojo desde el sillón.
—¿Has traído pan?
—Está en el mármol.
—Cierra bien, que entra el calor.
Hice la ruta pensando en eso y no llegué a ninguna parte.
El martes salí de casa con la sensación de haber dormido con la ropa puesta. Me pasa cuando me acuesto pensando.
En el alto, el del bar me dijo que el jueves habían subido seis personas a preguntar por el pan y que si yo no subía, se iban a traer el del supermercado, y que él lo sentía mucho.
—Dame dos semanas —le dije.
—¿Dos semanas?
—Después del dieciséis.
—¿Y qué pasa el dieciséis?
—San Roque.
El hombre se quedó mirándome como se mira a alguien que te contesta otra cosa de la que le has preguntado.
En el valle, todo igual. En el caserío, doña Amalia y su monedero.
Y a las nueve menos cinco de la mañana aparqué en la plaza de la Fuente, abrí las dos puertas de atrás y despaché a once personas.
La última fue la Loli, que quería saber si era verdad que a la Carlota la habían visto en la verbena de Cañadalba, cosa que ya sabía.
Cerré las puertas. Di la vuelta al olmo. Y cuando iba a meter primera, se abrió la puerta del copiloto.
La tía Visi se subió a mi furgoneta.
Noventa y cuatro años. Con su bastón, su rebeca puesta en agosto y el pelo recién hecho.
Se sentó, cerró la puerta y se colocó el bolso en las rodillas.
—Buenos días, Julián.
—Buenos días, tía Visi.
—Tira para adelante y para en la era, que ahí no hay nadie.
Y yo, que en esa plaza he aprendido a no discutir con las mujeres de más de ochenta años, tiré para adelante.