19. El costurero
El costurero
Carlota
La llamada de Bea fue el miércoles a las once de la noche y duró dieciocho minutos.
Lo primero que dijo fue que sentía llamar a esas horas. Lo segundo, que no era una conversación oficial. Lo tercero, que la compra estaba firmada.
Nos compra un grupo alemán que tiene la misma cosa en once países y que lleva dos años intentando entrar en España. Se anuncia en septiembre. Lo sabe el comité de dirección, lo sabe legal y lo sabemos cuatro más.
—Va a haber duplicidades —dijo Bea.
Duplicidades quiere decir que sobra gente.
—Ya.
—Tú no estás en la lista, Carlota. Al revés.
—¿Al revés?
—Quieren abrir Lisboa en enero y han preguntado por ti. Por tu nombre.
Yo estaba en el corral del obrador, a las once y cuarto de la noche, apoyada en una pila de palés, con olor a pan saliendo por la ventana alta y el pueblo entero durmiendo detrás.
—Lisboa.
—Lisboa. Quince meses. Empiezas a montarlo en octubre desde Madrid y en enero te mudas. —Bea hizo una pausa—. Es lo que llevas cuatro años queriendo, aunque nunca lo hayas dicho en voz alta, que ya sabes que yo eso te lo reprocho.
—¿Y cuándo hay que contestar?
—A mí no me tienes que contestar. Pero ellos quieren nombres antes del quince de agosto.
Colgué. Me quedé un minuto en el corral sin entrar.
Luego entré, me puse el gorro y estuve nueve horas trabajando sin decir una palabra de aquello, y a las ocho menos cuarto me fui por el camino del arroyo como cualquier otro día.
Eso lo hago muy bien. Es lo que mejor hago.
Los dos días siguientes fueron buenos.
El jueves Vega se subió conmigo a la furgoneta a hacer la ruta, con permiso de su bisabuela y con una gorra de la peña.
—¿Tú sabes leer los sellos? —me dijo, en la recta del valle.
—¿Qué sellos?
—Los de los panes del horno. Los de las casas.
Sacó un boli y me fue dibujando en el dorso de la mano las marcas de las doce casas.
La flor con cinco pétalos es la de la Pura, y era de su suegra. La cruz doble es de la Rosalía. La eme es de la Matilde, que es la única que tiene la inicial, y por eso las demás dicen que es una presumida. La de la Sagrario es una rueda de carro, porque su bisabuelo era carretero.
—Y la tuya es una ese —dijo.
—La de mi abuela.
—La de los Sanz. La tenía su padre, que era el hornero.
—¿Eso también lo sabes?
—Eso lo sabe todo el mundo, Carlota.
Íbamos por la recta antes del caserío, con las ventanillas bajadas.
—Oye —dije—. ¿Y los Heredia tienen sello?
Vega se quedó pensando.
—No sé. Aquí no, porque aquí tienen panadería. Los sellos son de los que cuecen en el horno del pueblo.
Y se puso a mirar el móvil, que no tenía cobertura, y se le olvidó.
A mí no.
El sábado uno de agosto me levanté a las siete y media y salí a la calle sin pensarlo mucho.
La calle del Horno estaba vacía.
La puerta de dos hojas cerrada con el candado. Sin humo, sin voces, sin tableros en la puerta, sin la furgoneta de la Rosalía aparcada en la esquina con la leña.
Tres sábados ya.
En la plaza me crucé con la Matilde, que venía de casa de su hija con una bolsa.
—Buenos días —dije.
Y la Matilde, que lleva tres semanas sin hablarme, se paró.
—Buenos días, hija.
Y se le empezaron a caer las lágrimas ahí de pie, en medio de la plaza, a las ocho menos cuarto de la mañana, con la bolsa en la mano.
—Matilde, por Dios.
—Es que es tonto —dijo, limpiándose con la muñeca—. Es tontísimo. Que yo tengo setenta y ocho años y he cocido en ese horno todos los sábados de mi vida menos cuando me operaron. Y ahora me levanto a las siete y no tengo qué hacer.
—Lo vamos a arreglar.
—¿Cómo lo vais a arreglar?
No supe qué decirle, porque no tenía ni idea.
La Matilde se sonó, me dio un golpecito en el brazo, el del quemado, y siguió calle arriba.
El viernes me llamó Noemí y quedamos en el poyo de la iglesia, que se ha convertido en mi despacho.
Traía la carpeta y una hoja con una cuenta hecha a mano.
—Vamos al grano. Quedan dieciséis días.
—Lo sé.
—Si el día trece no hay masa, yo tengo que llamar a la televisión y decirles que no vengan, porque no voy a hacer el ridículo con un horno apagado y doce señoras mirando.
—Lo sé, Noemí.
—Y si no hay caridad este año, el año que viene tampoco la hay. Eso funciona así. Se deja de hacer una vez y ya no se hace nunca.
Miró la hoja.
—Y hay otra cosa —dijo—. Si no hay caridad, la Matilde y la Rosalía no vuelven a encender ese horno. Y ese horno es lo que yo tengo para decir en Toledo que este pueblo hace algo. Sin eso, la escuela no la defiendo con nada.
—¿Tanto?
—Tanto.
Se quedó mirando los tejados.
—¿Cómo lo llevas tú? —dijo, de repente.
—¿El qué?
—Lo tuyo. Lo de dormir cinco horas, lo de cruzar todos los días el arroyo y lo de que en tu pueblo te hablen tres personas.
—Bien.
Noemí se rió.
—Eso es lo que digo yo cuando me preguntan por el ayuntamiento.
El sábado por la noche saqué las sillas a la puerta y mi abuela salió detrás de mí con la suya, para que no pareciera que salía porque yo había salido.
Estuvimos media hora sin decir nada, como se está aquí.
—¿Y ese chico qué tal?
Me quedé con el vaso a medio camino.
—¿Qué chico?
—El de enfrente.
—Trabaja mucho.
—Eso ya lo sé. Te he preguntado qué tal.
Miré la farola fundida de la esquina.
—Es buena gente —dije.
Mi abuela no contestó. Se colocó la escayola encima de las rodillas.
—Su abuelo también lo era —dijo, al cabo de un rato largo.
Y en cuanto lo dijo se levantó, cogió la silla con la mano buena y entró en casa, dejándome fuera con la mía.
El domingo por la tarde hubo pachanga en el frontón.
No el partido de julio, que ese es el que cuenta y ese ya se jugó. Una pachanga de las de después de la siesta, de las que se organizan porque hay ocho chavales con calor y una pared.
Yo fui porque me llevó Vega, que vino a buscarme a casa a las siete y me dijo que si no iba iba a ser peor.
El frontón está a la salida de Fuentelhorno, pegado al cementerio, y tiene cuatro gradas de cemento y una red de gallinero para que la pelota no se vaya al camino.
Había unas treinta personas. Veinte de aquí y diez de allí, y las diez de allí sentadas todas juntas en la grada de la izquierda, porque a la gente se le puede cambiar el equipo pero no el sitio.
Jugaron mezclados, porque eran ocho y no daba para hacerlo de otra manera, y ganó una pareja de un chico de Cañadalba y un chico de aquí que no se habían dirigido la palabra en su vida.
Y cuando ganaron, el de aquí levantó el brazo del de Cañadalba como hacen los árbitros con los boxeadores, y las dos gradas aplaudieron a la vez, y estuvo bien unos segundos.
Y entonces, alguien de la grada de la izquierda dijo algo que no oí, y en la de la derecha hubo dos risas cortas, y se acabó.
Yo estaba en la última fila, sola, con la espalda en la pared.
Nadie me habló. La Tere pasó a metro y medio y miró el marcador con mucha atención.
Pero cuando me levanté para irme, Vega vino detrás y, delante de cuatro personas, me dijo adiós en voz alta. Adiós, Carlota. Con mi nombre.
Una cría de dieciséis años.
Me fui andando hasta casa por la calle de arriba, que da más vuelta, y no me acuerdo de haber ido pensando en nada.
El domingo por la noche me puse a buscar hilo.
Eso es todo. No había ningún plan. Se me había descosido el bajo de un pantalón y en esa casa hay un costurero desde siempre, en el cuarto del fondo, dentro del armario grande, en el estante de arriba.
Es una caja de lata de galletas inglesas, de las que tienen un paisaje con nieve. Dentro hay carretes, imperdibles, un dedal, tres botones de nácar, la cinta métrica de mi bisabuela y un trozo de tela con agujas clavadas.
Y debajo de todo eso, envuelto en un pañuelo de tela, había un taco de madera.
Lo saqué sin pensar. Pesaba más de lo que parecía.
Era un sello de pan.
Madera oscura, gastada, con un mango redondo en la parte de atrás, y en la cara, tallada al revés, una hache.
Una hache con los palos gruesos, igual, exactamente igual, que la que lleva pintada en el costado la furgoneta que para en mi plaza todas las mañanas a las nueve.
Tenía un canto quemado. La madera negra, hundida, como si hubiera estado dentro de un fuego y alguien la hubiera sacado.
Le di la vuelta.
En la parte de atrás, en la madera lisa, había algo grabado a navaja, con trazos torcidos y profundos, hechos por una mano que apretaba mucho.
19-II-56
Me senté en el suelo del cuarto, con la espalda en el armario y el sello en la mano.
Debajo del pañuelo había otra cosa.
Un papel doblado en cuatro, amarillo, de cuaderno, con el doblez tan hecho que se había puesto blanco por las esquinas.
Lo cogí. Lo empecé a abrir.
—¿Qué haces ahí sentada?
Mi abuela estaba en la puerta del cuarto.
Yo tenía el sello en una mano y el papel a medio abrir en la otra, y me quedé como una idiota, sin decir nada.
Ella miró las dos cosas.
Vi cómo le cambiaba la cara. No se puso pálida ni nada de eso. Se le puso la cara de cuando le rompieron el puchero: una cara quieta, que es mucho peor.
—Eso no es tuyo —dijo.
—Estaba buscando hilo.
—El hilo está en el bote de abajo.
Se acercó, me quitó el papel de la mano, lo dobló otra vez por el mismo sitio y se lo metió en el bolsillo del delantal.
—Deja eso donde estaba.
—Abuela.
—Que lo dejes donde estaba, Carlota.
Lo dejé en la caja. Puse el pañuelo por encima. Cerré la lata y la subí al estante.
Mi abuela ya no estaba en la puerta. La oí bajar la escalera despacio, agarrándose, y luego la oí en la cocina moviendo cacharros que no hacía falta mover.
Aquella noche no fui a trabajar.
Mandé un mensaje a las once menos cuarto: «Hoy no voy, me he puesto mala». Contestó a los dos minutos: «Vale. ¿Necesitas algo?». Y yo contesté que no.
Eso fue la primera mentira que le dije a Julián, y me la pasé entera despierta.
Me acosté a las doce y me levanté a las dos de la mañana, porque llevaba tres semanas trabajando de noche y mi cuerpo no entendía nada.
Bajé a la cocina descalza.
Mi abuela estaba sentada a oscuras, con la luz del pasillo encendida y una manta por encima de las rodillas en agosto.
—Abuela.
—Vete a la cama.
—¿Tú no duermes?
—Yo ya he dormido lo que tenía que dormir en esta vida.
Me senté enfrente. En la mesa no había nada: ni el papel, ni el sello, ni la caja. Los habría subido ella.
—¿Ese sello es de los Heredia?
—Vete a la cama, Carlota.
—¿Es de Anselmo?
Mi abuela cerró los ojos un momento.
—Mañana hablamos.
—Eso lo dices para que me vaya.
—Eso lo digo porque son las dos de la mañana y estoy cansada.
Me fui. En la escalera, me acordé de una cosa que me había dicho la tía Visi en su puerta, con el abanico en la mano, y que hasta esa noche me había parecido una frase de vieja: «pasó el invierno más malo que yo he visto, y luego pasó todo lo demás».
Estuve toda la noche con el sello en la cabeza.
El lunes por la mañana bajé a la cocina antes que ella, subí al cuarto, saqué la caja, cogí el sello y lo puse encima de la mesa, en el centro del hule, con la hache hacia arriba.
Y esperé.
Mi abuela bajó a las ocho y diez.
Se paró en la puerta de la cocina.
Miró el sello. Luego me miró a mí. Y luego se sentó enfrente, muy despacio, poniendo primero la mano buena en el respaldo.
—¿Tú sabes lo que es esto? —dije.
Y mi abuela, que lleva ochenta y nueve años en este mundo y setenta callándose, puso las dos manos encima de la mesa, la buena y la de la escayola, y dijo:
—Anda, pon el café. Que esto es largo.