Pan, amor y otros fermentos 18. Tres días buenos
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18. Tres días buenos

Tres días buenos

Julián

De aquella semana me acuerdo de todo. Con las semanas no me suele pasar.

El domingo no hablamos de la verbena. Ella no vino, porque los domingos no hay turno, y yo cocí para el pueblo con un dolor de cabeza de dormir tres horas y estuve toda la mañana pensando en si aquello había sido una tontería de verbena o no.

El lunes llamó la inspectora para adelantarnos por teléfono lo que luego vendría por escrito.

Vino por correo electrónico, que en mi casa se mira dos veces por semana, y encima lo abrió Carlota, que era la que estaba con los papeles.

—Ha llegado lo del plomo.

Dejé la pala.

Ella leyó en voz alta, despacio, saltándose los números.

Leyó primero los números del recipiente. El puchero, el barro vidriado de los años cincuenta, cedía por encima de lo que la norma deja pasar. Eso ya no tenía vuelta: ese cacharro no vuelve a tener comida dentro en su vida.

—¿Y la masa? —dije.

Y me oí decirlo con una voz que no era la mía.

Carlota pasó el dedo por la pantalla, buscó, y tardó lo que tarda una persona en leer dos veces una línea para no equivocarse.

—La masa está limpia —dijo—. Por debajo del límite. No es que esté justa. Es que no da.

Me senté en la banqueta.

Me senté porque se me fueron las piernas. Llevaba desde el viernes ensayando por las noches qué le dices tú a un hombre de noventa años cuando hay que tirarlo.

—Léemelo otra vez.

Me lo leyó otra vez.

—Y el recipiente no vuelve —dijo—. Eso sí.

—El recipiente me da igual.

Y era verdad, y hasta ese momento yo no sabía que era verdad.

Nos quedamos los dos ahí, con el obrador oliendo a la segunda y el papel encima del mármol.

—Oye —dije.

—Dime.

—Si la masa está limpia y el barro no, ¿entonces lo que mi abuelo lleva setenta años guardando qué es? ¿El barro o lo de dentro?

Carlota tardó en contestar, y me gustó que tardara.

—Tu abuelo lleva veinticinco mil días dándole de comer —dijo—. Del cincuenta y seis ahí ya no queda materia. No quedaba en el sesenta. Es harina que ha ido pasando por ahí.

—Entonces no es el mismo.

—No es la misma harina.

—Pues entonces no es el mismo.

Ella puso la mano abierta encima del papel.

—Y sigue siendo el mismo.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Ninguno —dijo ella—. Y lo sabes igual que yo.

Aquella noche subí a contárselo a mi abuelo, que estaba acostado y me hizo pasar a la cocina.

Le expliqué lo del papel con mis palabras: que el puchero no vuelve y que la masa está bien.

Mi abuelo escuchó con las manos encima de la mesa.

—¿Y hay que tirar algo?

—No hay que tirar nada.

—¿Nada?

—Nada, abuelo. El cacharro. Lo de dentro no.

Se quedó un rato mirando el hule.

—El cacharro era de mi madre —dijo.

—Ya.

—Pues que se quede en la alacena, que vacío no hace daño a nadie.

Y se levantó a por el vaso de agua.

El lunes por la tarde mandamos los papeles que nos habían requerido.

Ella lo escribió en hora y media, en la mesa de mármol, con el portátil enchufado a la regleta y un ventilador apuntándole a la nuca.

Yo la vi trabajar.

Tenía el acta a la izquierda, el convenio abierto en una pestaña, el alta de Iker en otra y una hoja a mano donde iba tachando cosas. Escribía dos frases, paraba, borraba una.

—¿Va bien? —pregunté a la hora.

—Va.

—¿Nos van a quitar la multa?

—No. Pero puede bajar al mínimo.

—El mínimo son siete mil quinientos.

—Siete mil quinientos uno —dijo, sin levantar la vista—. Y sin agravantes ni reincidencia es lo que va a caer.

A las siete le dio a enviar y cerró el portátil.

—Ya está.

—¿Ya está?

—Lo demás es esperar.

Y se quedó ahí sentada, delante del portátil cerrado, con esa cara que pone la gente cuando termina una cosa y se da cuenta de que era lo único que la tenía de pie.

El martes por la tarde bajamos al río.

Fue idea suya y la dijo de una manera rara, mirando el suelo, que es como digo yo las cosas.

—A las cinco no hay nadie en la poza.

—A las cinco el pueblo está durmiendo.

—Pues eso.

Fui. Bajé por el camino con una toalla y la sensación de estar haciendo algo prohibido, a las cinco de la tarde de un martes, a cuarenta grados, en un pueblo donde a esa hora no se mueve ni el aire.

Ella estaba sentada en la orilla, con los pies dentro, con un libro que no estaba leyendo.

El agua no cubre. En julio te llega a media pantorrilla y está fría de la noche. Nos sentamos en las piedras grandes de la orilla, en la sombra de los chopos, y ahí estuvimos dos horas.

Lo que hicimos fue hablar. Eso es lo raro. Yo no hablo dos horas ni en Nochebuena.

Le conté lo de mi padre, que se murió cuando yo tenía catorce años, en marzo, y que desde entonces mi abuelo se levantó a las doce de la noche todos los días hasta que yo tuve dieciocho.

Ella me contó que su abuelo, el Emilio, la llevaba a ver las vacas de un hombre del valle y le dejaba conducir sentada en sus rodillas por la pista, y que cuando se murió, hace cuatro años, ella estaba en Barcelona en una reunión de operaciones y se enteró a las nueve de la noche.

—No llegué al entierro —dijo.

—¿Por qué?

—Porque no había vuelos. Y porque tampoco lo intenté mucho.

Se quedó mirando el agua.

—Eso no se lo he contado a nadie —dijo.

A las siete se durmió.

Se durmió de verdad, con la espalda en la piedra y el brazo por encima de la cara, veinte minutos, con el ruido del agua y las chicharras.

Yo me quedé al lado haciendo lo que hago yo cuando no tengo nada que hacer, que es cuentas.

Un ayudante de septiembre a junio son diecinueve mil euros con todo. Yo gano, si el año va bien, veintidós mil. Si además pago siete mil quinientos de multa, no gano nada.

Con el pueblo del alto tres días son mil doscientos más al año. Y si no subo tres días pierdo el pueblo entero, que son tres mil quinientos.

Estuve veinte minutos moviendo números en la cabeza, sentado en una piedra, al lado de una mujer que dormía con el brazo encima de la cara.

Y a los veinte minutos me di cuenta de que ninguna de las cuentas que estaba haciendo tenía en cuenta el mes de septiembre, porque en septiembre ella no está.

El miércoles, en la ruta, se me notó, y eso que yo creo que a mí no se me nota nada.

En el tercer pueblo del valle, la Jesusa me dijo:

—Tú vienes contento.

—Yo vengo como siempre.

—Tú vienes contento. Se te ha puesto cara de julio.

En el caserío, doña Amalia me pagó las dos barras y se quedó con el monedero abierto.

—¿Y la chica esa?

—¿Qué chica?

—La que vino contigo el otro día. La del cronómetro.

—Está durmiendo, doña Amalia, que trabaja de noche.

—Ah. —Cerró el monedero—. Pues tráela más.

El miércoles de madrugada, a las tres y media, nos besamos en el obrador.

No hubo ninguna música ni ninguna nave de lavandín. Ella estaba pesando sal, yo pasé por detrás con un cubo, me paré, y ella se giró.

Se acabó ahí.

El segundo se parece poco al primero. El primero fue de verbena. Este fue con las dos manos llenas de harina, con el horno encendido, a las tres y media de la mañana, y duró bastante más.

Después nos quedamos los dos apoyados en la mesa de mármol, mirando el suelo, sin saber muy bien qué se dice.

—Tengo que meter la segunda —dije.

—Mete la segunda.

Metí la segunda.

A las cinco, esperando, le conté lo de Madrid.

—Yo tenía plaza para estudiar. Ingeniería agrícola, en Madrid. En septiembre del año que mi abuelo empezó a no poder con las manos.

—¿Y no fuiste?

—No fui.

—¿Y quién te lo pidió?

Ahí me quedé parado, porque nunca lo había mirado por ese lado.

—Nadie.

—¿Nadie te lo pidió?

—Nadie. Mi abuelo no me dijo nada. Mi madre tampoco. Mi hermana tenía quince años. Yo miré el horno, miré las manos de mi abuelo y dije que me quedaba.

Ella se quedó un rato callada.

—Eso lo cuentas como si fuera una medalla.

—Es lo que hice.

—Es lo que hiciste, y está muy bien, y te lo agradecen seis pueblos todas las mañanas —dijo—. Pero no es una medalla. Es una factura. Y se la vas pasando a todo el mundo sin decirlo.

—¿A quién le paso yo ninguna factura?

—A tu sobrino, cuando le dices que aprenda lo que es trabajar. A la mujer de tu primo, a la que no llamas. A mí, cuando te digo que pongas un datáfono.

—Eso no tiene nada que ver.

—Tiene todo que ver. Porque cada vez que alguien te ofrece una manera de que te cueste menos, tú lo oyes como si te estuvieran diciendo que lo que hiciste con dieciocho años no valió para nada.

Me puse a pesar harina para una masa que no tocaba hasta la noche.

Ella no dijo nada más. Se puso el gorro y se fue a la cámara a por los moldes.

El jueves y el viernes fueron los dos días mejores del verano.

Ella llegaba a las doce. Trabajábamos. A las cuatro, cuando la masa descansa, nos sentábamos en el escalón del corral con dos vasos de agua y estábamos veinte minutos sin hacer nada, que es un lujo que yo no me doy desde hace diecisiete años.

El jueves, a las cuatro de la tarde, la llevé a la poza.

Eso no estaba pensado. Yo iba a dormir la siesta, como todos los días, y a las tres y media me llamó desde el poyo de la iglesia para preguntarme si el arroyo lleva agua en julio.

—Lleva un hilo.

—Entonces no se puede uno bañar.

—En el arroyo no. En la poza sí.

Se hizo un silencio corto al otro lado.

—La de las piedras —dijo.

—La de las piedras.

Y ninguno de los dos añadió nada, porque tres días antes, en una verbena, ya habíamos gastado todas las palabras que teníamos para ese sitio.

Bajamos por el camino de las eras a las cuatro, con el sol todavía alto y el campo oliendo a paja caliente.

La poza está donde el arroyo hace un recodo debajo de unos chopos, y se llega por un sendero que hay que saberse, porque desde la carretera no se ve.

Donde hacíamos la presa de críos cubre hasta la rodilla.

Dos metros más abajo, en el recodo, cubre hasta el pecho.

El agua estaba a diecisiete grados. Eso lo sé porque me lo dijo ella, que había metido el pie y había dicho un número.

—¿Diecisiete? ¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

—Eso no lo sabe nadie.

—Yo he hecho tres años de cámaras frigoríficas. Yo sé la temperatura de todo.

Se metió hasta la cintura de una vez, con los brazos levantados, y soltó un grito que se oyó en Fuentelhorno.

Yo me metí despacio, que es como nos metemos los que nos metemos en esa poza desde los cinco años.

Estuvimos allí hora y media.

No pasó nada, y fue lo mejor del verano. Estuvimos flotando de espaldas mirando los chopos, discutimos sobre si el agua estaba fría o no, ella sacó del fondo una piedra plana con el canto comido, la dejó en la orilla sin decir de dónde era y yo tampoco lo dije.

En la orilla, secándonos, me preguntó por qué no había una barandilla y un cartel.

—Porque no es de nadie.

—Todo es de alguien.

—Esto es del arroyo. Y el arroyo es de los dos pueblos, que es la manera fina de decir que no es de ninguno.

Volvimos a las seis. Ella subió a su casa por el camino del arroyo con el pelo mojado y yo subí al obrador por la cuesta con el pelo mojado, y a las siete de la tarde media Cañadalba sabía que el panadero había bajado a la poza con una mujer.

Aquí eso es normal. La gente se entera de lo que haces por el pelo.

El viernes me enseñó a usar el móvil para una cosa del banco y yo le enseñé a hacer trenzas de masa, que se le daban fatal.

—Esto parece un animal atropellado.

—Es tu primera.

—Es un animal atropellado, Julián.

Y se rió con la boca llena de harina, y yo me quedé mirándola como un tonto con una trenza en la mano.

A la una de la madrugada del jueves, cuando llevábamos una hora de turno, le sonó el móvil encima de la estantería de las especias.

Se llamaba «Bea».

—Es mi jefa —dijo.

—¿A las once de la noche?

—Ya ves.

Cogió el teléfono y salió al corral, y estuvo fuera dieciocho minutos, hablando poco, con esa manera que tiene de escuchar con la mano en la nuca.

Cuando entró, se puso el gorro otra vez y cogió el cubo de la segunda como si nada.

—¿Todo bien? —dije.

—Cosas de agosto.

—¿Seguro?

—Sí. Cosas de la empresa.

Y esa noche trabajó como trabaja ella, deprisa y bien, y a las cinco y media, cuando fue a lavarse las manos, yo me quedé mirando la estantería de las especias, donde había estado el móvil, más rato del que hacía falta.