Pan, amor y otros fermentos 17. Harina
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17. Harina

Harina

Carlota

A la verbena de Santiago me llevó Vega, que llamó a la puerta a las diez y media de la noche con un vestido verde y las zapatillas de andar.

—Vamos.

—¿Adónde?

—A la verbena de enfrente.

—Yo no puedo ir a la verbena de enfrente.

—¿Por qué no?

Me quedé con la mano en el picaporte y sin ninguna razón buena.

—Porque no.

—Pues yo voy todos los años —dijo Vega—. Y mi bisabuela lo sabe.

Mi abuela estaba en la cocina, oyéndolo todo, como oye ella las cosas.

—Abuela, que me voy a Cañadalba.

—Ya lo he oído.

—A la verbena.

—Ya lo he oído, hija. —No se giró—. Llévate una chaqueta, que a las tres refresca.

A las once, la plaza de Cañadalba era otra cosa distinta a todo lo que yo había visto en aquel pueblo.

Habían puesto un escenario delante de la iglesia, con luces de colores atadas a los balcones y una orquesta de siete personas que empezaba con pasodobles y acababa a las cuatro con lo que hiciera falta.

Debajo había trescientas personas. En las mesas de fuera del bar no cabía nadie más.

Olía a fritanga, a colonia y a gasoil de generador.

Vimos a Iker a los diez minutos, con tres amigos, mirando hacia donde estábamos nosotras y haciendo como que no.

—Anda, vete con él —dije.

—Que no.

—Vega.

—Que no, que es un pesado.

Se fue a los cuatro minutos.

Yo me quedé de pie al lado de la barra de la peña, con una gaseosa, que es lo que se pide cuando no sabes si te van a hablar, y estuve un rato haciendo lo que hago siempre en los sitios: contar.

Trescientas personas. Dos barras. Una cola de doce minutos en la del centro y ninguna en la de la esquina, porque la gente hace cola donde hay cola.

A las once y media me habló la primera persona.

—Tú eres la que trabaja en el horno.

Era un hombre de unos sesenta, con la camisa por fuera.

—Sí.

—¿Y eres de enfrente?

—Soy de Madrid. Mi abuela es de enfrente.

—Ah.

Y se fue, y a los dos minutos me enteré de que aquello había sido el permiso, porque a partir de ahí vinieron cuatro más.

Que si el pan del jueves estaba muy bueno. Que si era verdad lo de la multa. Que si el chaval del vídeo era el sobrino. Que si yo sabía que a la madre del panadero le hacía los recados su abuela hace cuarenta años, cosa que no sabía y que no sé si era verdad.

Bailé un pasodoble con un señor de ochenta años que bailaba muchísimo mejor que yo y que me llevó por toda la plaza como quien lleva una silla.

A las doce menos cuarto me reconoció una señora con gafas de sol en la cabeza, a las doce de la noche.

—¡Ay! ¿Tú no eres la del agua hirviendo?

En la plaza de Cañadalba, a oscuras y con la orquesta tocando, aquello sonó peor que en cualquier otro sitio del mundo.

—Soy la del agua hirviendo, sí.

—Que no, mujer, que no te lo digo por mal. Que a mí me pasó una cosa parecida con un kéfir.

—¿Con un kéfir?

—Me lo dio mi cuñada y lo tuve dos meses. Y un día olía a pies y lo tiré.

—Ya.

—Y no se lo he dicho nunca a nadie.

Se rió, me cogió del brazo un segundo y se fue a bailar con su marido.

Aquella noche aprendí una cosa que no se me ha olvidado: en el pueblo de enfrente yo no era la que había matado el reciento de un pueblo. Era una historia que se contaba en el bar. Y eso, comparado con lo mío, era casi unas vacaciones.

A Vega la vi a las doce y diez bailando con Iker en la esquina del escenario, los dos muy tiesos y a medio metro, como se baila a los dieciséis cuando te mira todo el mundo.

Iker me vio. Se puso rojo. Le dijo algo a Vega y los dos se fueron hacia las barras.

A los cinco minutos volvió él solo, con dos gaseosas, y me dio una sin decir nada.

—Gracias.

—De nada.

—Oye, Iker.

—¿Qué?

—Lo del vídeo ya está.

—Ya.

—Lo digo en serio. Ya está.

El chaval asintió dos veces mirando al suelo y salió corriendo.

Y a las doce y veinte, mientras la orquesta hacía la pausa, apareció él.

Camisa azul clara de manga corta, recién planchada. Se había afeitado. Y estaba en la esquina de la barra con un botellín en la mano y esa cara de estar en su pueblo y no saber qué hacer con las manos.

Me vio. Levantó el botellín dos centímetros. Yo levanté la gaseosa.

Tardó nueve minutos en cruzar la plaza. Lo sé porque miré el móvil.

—Has venido.

—He venido.

—Con la de Visi.

—Con Vega, sí. Y tú te has comprado una camisa.

—Esta camisa la tengo hace años.

—Tiene la raya del doblez en la manga.

Julián se miró la manga.

—Es que la tenía guardada.

Nos quedamos ahí, al lado de la barra, y aquello duró una hora entera y fue lo mejor de todo el verano hasta ese momento.

Hablamos de tonterías. De que la orquesta llevaba treinta años viniendo. De que el cantante era de Torija. De que en Fuentelhorno la orquesta se paga a medias entre el ayuntamiento y las peñas y aquí lo paga entero la cooperativa, cosa que a él le parecía mal por una razón que no entendí.

Y luego, sin saber cómo, empezamos a discutir.

Empezó por el datáfono.

—Te lo digo por última vez. Un datáfono son treinta euros al mes.

—No.

—Ayer se te fueron dos señoras porque no llevaban efectivo.

—Que se traigan efectivo.

—Julián, la gente ya no lleva dinero encima.

—Pues que lo lleve.

—Eso no es un argumento, eso es un berrinche.

—Y lo del vídeo tampoco era un argumento y lo defendiste media hora.

Ahí fue donde se torció.

—Lo del vídeo lo defendí porque te salvaba el año —dije—. Tú tienes una multa de siete mil quinientos euros encima de la mesa, un pueblo que se te va al supermercado y a una señora de ochenta y ocho años a la que dejaste sin pan el jueves, y sigues diciendo que no a todo lo que te ponen delante.

—No digo que no a todo.

—Dices que no a todo. Es lo único que dices. Datáfono, no. Wasap, no. Jueves en el alto, no. Ayuda, no. Y cuando tienes que pedir algo, tardas cuatro segundos en decir cinco palabras y miras al suelo.

Él dejó el botellín en la barra.

—¿Sabes lo que pasa contigo? —dijo—. Que tú tampoco pides.

—¿Perdona?

—Tú no pides nada. Tú ordenas.

—Yo he pedido el reciento tres veces.

—Tú has montado un plan para conseguir el reciento.

Que no es lo mismo. —Y me miró—. Llegaste a mi obrador a las cinco de la mañana con una lista de seis cosas mal hechas y un trato preparado.

A tu abuela le organizas la casa. A la alcaldesa le montas el reparto de la caridad y todavía no ha dicho que sí.

Y cuando te quemaste el brazo, ¿sabes lo que dijiste?

—Qué dije.

—«Poco». Dos veces.

Yo abrí la boca para contestar y me di cuenta de que no tenía nada que contestar, que es una sensación que no me pasa casi nunca y que no me gusta nada.

—Vale —dije—. Pues los dos.

Él se quedó con la lata a medio camino de la boca.

Y entonces la orquesta volvió de la pausa con una canción lenta de las de toda la vida y se llenó la plaza de gente, y nos empujaron, y acabamos en la esquina de la nave de la cooperativa, que es donde no llega la luz de colores.

Olía a lavandín. A esas horas huele el pueblo entero, porque llevan una semana segando y la nave está llena hasta el techo.

—Perdona —dijo él.

—¿Por qué?

—Por lo de antes.

—Tenías razón en lo de antes.

—Aun así.

Y nos quedamos callados, con la música de fondo y la espalda apoyada en la pared de la nave, a medio metro.

Fue él. Eso lo tengo clarísimo, porque yo me estaba diciendo a mí misma que no, que eran veintidós días, que aquello era una complicación que yo no necesitaba y que además había venido a hacer otra cosa.

Se giró, me puso la mano en la mandíbula, con el pulgar debajo de la oreja, y esperó medio segundo. Ese medio segundo es lo que a mí me desarmó.

Nos besamos al lado de una nave de lavandín, con una orquesta tocando una canción de mil novecientos ochenta y tantos, y yo pensando que aquello no podía ser peor idea y sin poder parar.

Cuando nos separamos, él se rió por lo bajo.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—¿Qué pasa, Julián?

Y me dijo:

—Tú me pusiste Harina.

Yo me quedé mirándolo.

—¿Qué?

—El verano que veníais. Tenías once años. Yo doce. En la poza del arroyo, con la hermana de la Tere y con uno de Sacedón, haciendo presas con piedras.

—Eso fue…

—Veintitrés años.

Y entonces fue como cuando abres un archivo viejo y tarda en cargar.

El agua hasta las rodillas. Las zapatillas puestas dentro del agua. Un crío más alto que yo, callado, que bajaba todas las tardes con las manos y los brazos blancos.

Le dije Harina el primer día y se quedó Harina todo el verano.

—Eras tú.

—Era yo.

—Yo no… —Me llevé la mano a la boca—. Yo me acuerdo del verano. Me acuerdo de la poza, de las piedras y de que a la mañana siguiente se lo había llevado todo el agua. Y me acuerdo de Harina. Pero Harina era un niño, no eras tú.

—Es que era yo.

—Y tú te has acordado desde el primer día.

—Desde la cola de la furgoneta —dijo—. Andas igual.

Me tuve que sentar en el escalón de la nave.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Julián se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, mirando la plaza.

—Porque al año siguiente no viniste —dijo.

Y entonces me acordé de la otra cosa, la que llevaba veintitrés años en el mismo cajón que el mote, y que no se me había movido hasta esa noche.

Me acordé de que aquel verano yo le dije a mi madre, en el coche, que al año siguiente quería quedarme todo julio y todo agosto.

Y me acordé de que mi madre no me contestó.

Estuve un rato sin poder hablar, sentada en el escalón de una nave de cooperativa, con la orquesta tocando un pasodoble a ochenta metros y un hombre de pie a mi lado esperando.

—Carlota.

—Espera.

Porque la cuenta que estaba haciendo era esta. Si él se acordaba de mí y yo me acordaba de un niño llamado Harina, y si yo había pedido volver y no volví, entonces lo que había pasado aquel septiembre no era que a mí se me hubiera olvidado un verano.

Era que alguien había decidido que ese verano no se repitiera.

Y no sabía quién, ni por qué, y llevaba veintitrés años contándome a mí misma que era porque me había hecho mayor.

—¿Estás bien? —dijo él.

—No.

—¿Quieres que llame a alguien?

—No hay a quién llamar, Julián. Esa es un poco la cuestión.

Y me reí, y él no se rió, y eso estuvo bien.

Me acompañó hasta la salida del pueblo, hasta donde se acaban las farolas y empieza el camino.

—¿Vas a bajar sola por ahí?

—He subido sola por ahí a las cinco de la mañana cuatro veces.

—Ya. Te acompaño hasta el arroyo.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta.

Bajamos sin hablar. Se oía la orquesta a nuestra espalda, cada vez más floja, y delante los grillos.

En las piedras se paró.

—Esto es una complicación —dijo.

—Lo sé.

—Digo para los dos.

—Lo sé, Julián.

Se quedó con las manos en los bolsillos.

—Te faltan veintidós días —dijo.

—Veintidós.

—Vale.

No dijo nada más. Yo tampoco, y eso también fue una manera de decir algo.

Volví a las tres y media por el camino del arroyo, con la linterna del móvil, la chaqueta que me dijo mi abuela y un ruido en la cabeza que no se apagaba.

Al pasar por la poza me paré.

Estaba oscuro y no se veía el fondo. Se oía el agua en las piedras, que en julio es un hilo.

Y me acordé de una cosa más, que había estado ahí todo el tiempo y que hasta esa noche no había sacado: que aquel verano mi madre vino a buscarme un día antes de lo que tocaba, y que no volvimos nunca.