Pan, amor y otros fermentos 16. La mudanza
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16. La mudanza

La mudanza

Julián

Mi abuelo llegó a las cinco y media de la tarde, que no es su hora, porque alguien del pueblo se lo había contado en la calle antes de que se lo pudiera contar yo.

Entró por la puerta de atrás, se paró en el escalón y miró la balda.

En la balda no había nada. Se veía un círculo limpio en el polvo, del tamaño de la base del puchero.

—¿Dónde está?

—Se lo han llevado, abuelo.

—¿Quién?

—Sanidad. Han tomado muestra. Dicen que el barro vidriado puede soltar plomo y que no puede estar aquí hasta que llegue el resultado.

Mi abuelo se quedó donde estaba, con el bastón en una mano y el sombrero en la otra.

—¿Y la masa?

—La masa se la han llevado también. Un bote.

—¿Todo?

—No. —Le señalé la mesa—. Un bote para el laboratorio. Lo demás lo pasamos aquí antes de que se lo llevaran.

Encima de la mesa de mármol había un tarro de cristal de litro y medio, limpio, hervido y secado, con la masa dentro y un paño mojado atado al cuello con una goma.

Mi abuelo se acercó despacio.

Lo miró desde arriba, luego de lado, y luego puso la mano en el cristal, con los dedos abiertos, como se toca la frente de alguien para ver si tiene fiebre.

—En cristal —dijo.

—En cristal.

—Toda la vida en barro.

—Ya.

—El barro respira.

—El cristal no le hace nada, abuelo. Lo que come es harina y agua.

Él no contestó, y estuvo un rato con la mano puesta en el tarro.

Yo me di la vuelta y me puse a ordenar la estantería, que no hacía falta, porque no quería verle la cara.

—¿Y dónde lo pongo? —dijo, al cabo.

Y eso es lo que llevaba yo pensando toda la tarde.

—Aquí no puede quedarse —dije—. Aunque sea en cristal. Si vuelven y lo ven en la balda, tenemos otra vez el mismo lío, porque esto es zona de producción y eso no es un ingrediente de la casa.

—Entonces se acabó.

—No se ha acabado nada. Te lo llevas a tu cocina.

Mi abuelo levantó la cabeza.

—¿A mi casa?

—A tu casa. A la alacena, encima del fregadero. Tienes la ventana al norte y allí no da el sol en todo el día.

Se quedó callado un momento, y le vi hacer una cosa que no le había visto hacer nunca, que fue asentir dos veces seguidas muy deprisa, como cuando alguien tiene que ponerse a hacer algo enseguida para no ponerse a otra cosa.

—Está bien.

Le busqué una caja de cartón de las de las magdalenas, le puse dos paños dentro y metimos el tarro en medio.

Y antes de cerrarla, mi abuelo salió al corral y volvió con una cosa en la mano.

Era su puchero viejo. El de verdad. El que lleva en esa casa desde antes de la guerra, que yo creía perdido y que resulta que estaba en el corral, con dos macetas de geranios dentro y una raja en el borde.

Lo vació, lo lavó en el fregadero y lo secó con un paño.

—Así va mejor —dijo.

Y metió el tarro de cristal dentro del puchero de barro, que le cabía justo, y luego los dos en la caja.

—Abuelo, el barro era el problema.

—El barro era el problema por dentro —dijo—. Por fuera es un puchero.

Lo llevamos a su casa a las siete de la tarde, por la calle, él delante con el bastón y yo detrás con la caja, y nos vio medio pueblo, y todo el mundo supo en veinte minutos que a los Heredia les habían sacado la masa del obrador.

Fue un paseo raro.

Doscientos metros de calle a las siete de la tarde, con la gente a la fresca en las puertas, mi abuelo delante con el bastón y yo detrás con una caja de magdalenas en los brazos.

—Buenas tardes, Anselmo.

—Buenas tardes.

—¿Qué llevas ahí?

—Cosas mías.

Nadie preguntó más, porque a mi abuelo no se le pregunta dos veces, pero todo el mundo lo vio, y en la esquina de La Parada había cuatro hombres con el botellín en la mano que se quedaron callados hasta que pasamos.

Cuando llegamos a su portal, uno de ellos dijo algo y los otros se rieron.

No oí el qué. Y mi abuelo tampoco, porque está sordo de ese lado, y por primera vez en mi vida me alegré de que lo esté.

Lo pusimos en la alacena, encima del fregadero, al lado de las tazas.

Mi abuelo abrió la portezuela, la cerró, la volvió a abrir.

—Aquí lo veo cuando desayuno —dijo.

Lo de Iker fue por la noche y fue peor.

Vino su madre desde Guadalajara, con el coche, a las nueve, y estuvimos los tres en la cocina del obrador con el acta de Trabajo encima de la mesa.

—Siete mil quinientos euros —dijo mi hermana, leyendo—. Julián, por Dios.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué estaba ahí a las once de la noche?

—Porque estaba esperando a que lo recogieras tú.

—No me eches la culpa a mí.

—No te echo la culpa. Te digo lo que pasó.

Iker estaba de pie, apoyado en el marco, con la cara roja.

—La he liado yo —dijo.

—Sí —dije.

—Ya lo sé, ¿vale? Ya lo sé.

—No lo sabes —dije, y esa vez le levanté la voz, y yo no levanto la voz—.

No lo sabes, Iker. Tú has grabado a tu abuelo sin preguntarle.

Y hay un comentario ahí abajo, con nombre y apellidos, que le llama lo que le llevan llamando toda la vida, y eso lo va a leer él cualquier día, porque el cura le enseña el móvil los domingos.

Iker se puso a llorar de rabia, que es como llora uno a los dieciséis, con los puños cerrados y sin querer.

Su madre fue a abrazarlo y él se apartó.

—Lo voy a quitar —dijo.

—Ya está quitado el comentario. Lo quitó Carlota con un escrito.

Levantó la cara.

—¿Lo quitó ella?

—El jueves por la noche, mientras tú y yo discutíamos.

Iker se limpió con el antebrazo. Se quedó un momento callado.

—Perdón —dijo.

—Vale.

—De verdad.

—Que vale, hombre.

Y ahí se acabó, porque en mi familia las cosas se acaban así, mal y de golpe, y al día siguiente se desayuna junto.

Se queda en el mostrador de día. Nada de noche. Papel firmado por su madre, evaluación hecha por una empresa de prevención que nos cobra cuatrocientos euros, y horario hasta las nueve de la noche.

Carlota se sentó conmigo desde las once de la noche hasta las dos de la madrugada con los papeles, en la mesa de mármol, entre una masa y otra.

No se puso a organizarme nada. No dijo ni una vez que yo tenía que haber hecho esto o lo otro, y podía haberlo dicho cuatro veces y con razón.

Hizo listas. Esto lo pide Trabajo, esto lo pide Sanidad, esto lo tienes y esto no, esto lo pedimos mañana, esto lo firma tu hermana, esto se manda por la sede electrónica y hace falta un certificado que tienes caducado desde hace cinco años.

—¿Y cuánto va a ser al final? —le pregunté, a las dos de la mañana.

—Eso no lo sé. Se puede alegar. A lo mejor se queda en el mínimo, y el mínimo son siete mil quinientos.

—Pues me como el verano.

—Te comes el verano.

Nos quedamos los dos mirando los papeles.

—Oye —dijo ella—. Lo del comentario. No te lo dije para que me lo agradecieras.

—Ya.

—Lo dije porque me dio mucha rabia.

—Ya.

A las dos y veinte metí la última hornada, la de las doscientas barras de la peña, y a las seis cerramos. Ella apagó las luces del fondo y yo cerré el gas, y luego nos quedamos los dos en la puerta de atrás, con el obrador oscuro detrás y el pueblo callado delante.

Yo tenía la llave en la mano.

Y no la metí en la cerradura.

—Mañana es Santiago —dije, por decir algo.

—Ya.

—Hay verbena.

—Eso me ha dicho tu sobrino. Catorce veces.

Ella estaba en el escalón, con la gasa en el brazo y el pelo suelto, y olía a horno, como yo, y no se iba.

Yo tampoco me iba.

Estuvimos así, no sé, veinte segundos. Los suficientes para que fuera otra cosa distinta a esperar a que el otro se vaya.

—Bueno —dijo.

—Bueno.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Y bajó la cuesta, y yo cerré con llave y me quedé un rato en la puerta como un pasmarote.

El sábado por la tarde fui a Brihuega a comprarme una camisa.

No lo tenía pensado. Salí a por unos rodamientos para la amasadora, que llevan dos semanas chirriando, y cuando volvía pasé por delante de la tienda de la plaza y aparqué.

Iker venía conmigo.

—¿Tú qué haces aquí?

—Comprar una camisa.

—¿Para la verbena?

—Para lo que sea.

Se puso a mi lado delante del perchero con esa sonrisa de dieciséis años que da ganas de mandarlo a barrer.

—Esa no.

—¿Por qué no?

—Porque es la camisa que se pone mi padre.

Cogí otra, azul clara, de manga corta, y una señora muy amable me dijo que me sentaba muy bien. Eso lo dicen siempre.

En el coche, Iker no dijo nada durante ocho kilómetros, lo cual en él es una hazaña.

—Que Vega me ha dicho que Carlota va a ir esta noche a la verbena.

—Muy bien.

—Y que se lo ha dicho ella.

—Muy bien, Iker.

—Yo solo lo digo.

Puse la radio.

A las ocho en punto del sábado vinieron los de la peña a por las doscientas barras.

Vinieron cinco, con una furgoneta blanca prestada y con las camisetas ya puestas a esa hora, y las cargaron en diez minutos en cajas de plástico apiladas de cuatro en cuatro.

Doscientas barras son cincuenta kilos de pan y hora y media de horno que yo no tenía esa noche, y por eso las metí a las dos y veinte y no dormí.

Rubén pagó en metálico, contando los billetes encima del mármol, y me sobró una barra de la cuenta.

—Llévatela.

—Que no, que te la pago.

—Que te la lleves, Rubén, que llevas dos semanas defendiéndome delante de la alcaldesa de enfrente.

Se la llevó debajo del brazo, sin bolsa, como se lleva el pan.

Y en la puerta, ya con la furgoneta en marcha, se volvió.

—El partido de San Roque. La alcaldesa de enfrente quiere que este año se juegue a sorteo, los dos pueblos revueltos.

—¿Y tú?

—Yo le he dicho que eso no se ha hecho en ochenta años.

—¿Y qué te ha contestado?

—Que en ochenta años tampoco se había quedado este valle en ciento cincuenta personas. —Se subió a la furgoneta—. Y no me preguntes qué me parece, que llevo tres días sin dormir de pensarlo.

El sábado por la mañana el mostrador se llenó a las nueve y cinco.

Vinieron los de siempre y vinieron dieciocho que no eran de siempre, con gorras y con el móvil en la mano, preguntando si era aquí.

Vendí todo a las diez y veinte, aparté las dos barras de la Jesusa desde primera hora y le dije a Iker que anotara los pedidos del lunes.

A las once entró una señora de unos sesenta años, de Madrid, con un bolso caro.

—¿Usted hace envíos?

—No.

—Es que mi hija vive en Londres y le encantaría.

—Señora, este pan aguanta dos días.

—Ya, pero con el vídeo y todo eso, usted podría…

—Podría —dije—. Y entonces dejaría de hacer el pan de aquí.

La señora se llevó una hogaza y se fue diciendo que era una lástima.

Puede que tenga razón. Eso lo pensé el sábado y lo pienso todavía.

El sábado por la mañana subí a llevarle a mi abuelo el pan.

Estaba en la cocina, desayunando, con la portezuela de la alacena abierta y el puchero a la vista, y se le veía de buen humor, que con él quiere decir que hablaba.

—Anda que menudo viernes —dijo.

—No me lo recuerde.

Se comió media magdalena.

—Abuelo.

—Qué.

—¿Tú por qué no lo has tirado nunca?

Él miró la alacena.

—Por si viene alguien a pedirlo —dijo—. Hay cosas que se guardan para eso. Para tenerlas cuando alguien venga.

—¿Y si no viene nadie?

—Pues se guardan igual.

Cogió la taza y se la llevó a la boca, y antes de beber dijo, como quien habla del tiempo:

—Esta noche hay verbena. Cómprate una camisa.