Pan, amor y otros fermentos 15. Dos coches
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15. Dos coches

Dos coches

Carlota

A mí me llamó Iker a las nueve y media de la mañana, cuando yo llevaba hora y media durmiendo.

—Carlota.

—¿Qué pasa?

—Que han venido unos señores.

Me vestí en tres minutos y bajé por el camino del arroyo medio corriendo, con las zapatillas sin atar y el pelo de haber dormido cuarenta minutos.

Cuando llegué, en la puerta del obrador había dos coches, cuatro personas con carpeta y un panadero de metro noventa con cara de estar viendo cómo se le cae la casa encima.

Lo primero que vi al llegar fue la furgoneta a medio cargar, con el portón abierto y catorce cajas de pan dentro, al sol.

—Iker, mete eso a la sombra.

—Es que mi tío ha dicho que…

—Mete eso a la sombra, que se seca.

Lo metió.

Dentro, Julián estaba de pie en medio de su obrador con una carpeta en la mano y cuatro personas alrededor, y tenía esa cara que se les pone a los hombres que saben hacer una cosa muy bien cuando alguien les pregunta por otra que no saben hacer.

Eran dos inspecciones distintas. Eso es lo primero que hay que entender y es lo que él no entendió en toda la mañana.

Los del coche blanco eran de Salud Pública, una mujer de unos cincuenta años y un chico joven. Venían por el vídeo, aunque no lo dijeron así: dijeron que hacían una visita de control en el marco de una campaña.

Los del coche gris eran de Inspección de Trabajo. Esos sí lo dijeron: venían por una denuncia y por unas imágenes de acceso público.

—¿Denuncia de quién? —preguntó Julián.

—Eso no se lo podemos decir.

En el minuto uno con cincuenta y ocho del vídeo, que es el trozo que se me quedó grabado a mí, hay un chico de dieciséis años con un saco de harina al hombro. Son las once y cuarto de la noche. La hora sale en la esquina del propio vídeo, porque lo grabó con el reloj puesto.

Trabajo se centró en eso desde el primer minuto.

—¿El menor está dado de alta?

—Sí.

—¿Tiene autorización firmada de sus padres?

Julián abrió la boca.

—Su madre es mi hermana.

—Eso no es una autorización.

—Es mi sobrino.

—Eso tampoco.

Yo estaba en la puerta y me metí, y me metí sin que él me lo pidiera, porque si esperaba a que me lo pidiera todavía estaríamos allí.

—Buenos días. Carlota Arranz, trabajo aquí de noche. La documentación está en la carpeta de la estantería y ahora mismo se la saco.

La actuaria de Trabajo me miró por encima de las gafas.

—¿Usted también de noche?

—Yo tengo treinta y cuatro años.

—Ya. Deme su alta también.

Saqué la carpeta. Estaba todo, porque él lo tiene todo, solo que lo tiene en una carpeta de plástico con cuatro papeles pendientes de firma y los demás sueltos entre facturas de harina.

Firmado por la madre no había nada. Evaluación de riesgos para trabajadores menores, tampoco. Y el vídeo enseñaba a un chaval de dieciséis años en un obrador a las once y cuarto de la noche, que es exactamente lo que no se puede hacer.

La actuaria lo dijo con esa tranquilidad de la gente que lleva veinte años diciendo lo mismo.

—El trabajo nocturno está prohibido para menores de dieciocho años. Sin excepciones. Esto es una infracción muy grave.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que la sanción arranca en siete mil quinientos euros.

Oí perfectamente cómo Julián tragaba saliva. Y él no dijo nada, porque él no dice nada, y ahí es donde me puse a trabajar.

Llamé a la gestoría de Cañadalba, que no me conocía de nada y que a las diez menos cuarto no tenía a nadie. Llamé a Noemí.

—Noemí, soy Carlota.

—Dime.

—Necesito un modelo de autorización de menores y el teléfono de alguien de Toledo que sepa de esto.

—¿Para el horno de enfrente?

—Sí.

Hubo un silencio de dos segundos.

—Dame diez minutos —dijo.

A los doce apareció ella misma, con la moto y el casco en la mano, y se metió en el obrador como si fuera su ayuntamiento.

Y a los quince apareció Rubén Salas, el alcalde de Cañadalba, con el mono de trabajo, porque en estos pueblos las noticias van más rápido que los coches oficiales.

—¿Qué hace aquí la alcaldesa de Fuentelhorno? —dijo, nada más entrar.

—Ayudar —dijo Noemí.

—Este es mi pueblo.

—Y este es el pan de mi pueblo.

Y ahí se pusieron los dos a discutir delante de una actuaria de Inspección de Trabajo, que levantó la vista de la carpeta y esperó, con la paciencia de quien ha visto muchos pueblos.

—Señores —dijo—. ¿Pueden seguir fuera?

Siguieron fuera. Se les oía igual.

A Iker lo interrogaron en el mostrador, con su tío delante, y el chaval lo hizo tan mal que daba ternura.

—¿Cuántas horas trabajas al día?

—Pocas.

—¿Pocas cuántas?

—Depende.

—¿A qué hora entras?

—Cuando me levanto.

—¿Y a qué hora te levantas?

—Depende.

La actuaria apuntaba sin levantar la cabeza.

—Ya. ¿Y la noche del martes?

Iker miró a su tío. Su tío miró al suelo.

—Es que esa noche estaba esperando a mi madre —dijo Iker—. No estaba trabajando. Estaba ahí.

—Estabas ahí con un saco de harina al hombro.

—Es que lo cogí sin pensar.

La mujer cerró la carpeta un momento.

—Hijo —dijo—, no te esfuerces, que estás empeorándolo.

Salud Pública iba por su lado y era otra cosa. La mujer del coche blanco recorrió el obrador despacio, mirando lo que hay que mirar: la cámara, los termómetros, el suelo, las manos, el agua caliente del lavamanos, los registros.

—¿Tienen plan de limpieza?

—Tienen —dije yo, y se lo enseñé, y era un folio plastificado de hace seis años que estaba cumplido a mano.

—¿Registro de temperaturas de cámara?

—Desde el lunes —dije.

Lo llevaba yo. Lo había empezado el lunes, en una hoja cuadriculada de la libreta, porque me ponía nerviosa que no lo llevara nadie.

La inspectora lo miró un momento más de la cuenta y no dijo nada, que en ese oficio es lo más parecido a un aplauso.

Y luego llegó a la balda del fondo.

—¿Y esto?

Julián estaba al otro lado de la mesa.

—Eso es una masa madre.

—¿Se utiliza en producción?

—No. No se ha vendido nunca un pan con eso.

La inspectora cogió el puchero con las dos manos, con cuidado, y lo giró para ver la base.

Barro vidriado. Vidriado marrón, brillante por dentro, de los años cincuenta.

—¿Sabe usted que esto puede ceder plomo?

—Es de mi abuelo.

—Le he preguntado si lo sabe.

—No.

La mujer dejó el puchero en la mesa de mármol.

—Un vidriado antiguo, con una masa ácida dentro, en contacto permanente —dijo—. Voy a tomar muestra del recipiente y del contenido, y hasta que tengamos el resultado, esto no puede estar en zona de producción.

—No se usa.

—Está en zona de producción. Y una masa así se toca con las manos que después tocan el pan que usted vende.

Y sacó de una nevera portátil dos botes y una etiqueta.

Yo estaba mirándole la cara a Julián, así que vi el momento exacto en que dejó de discutir.

Entre medias, el horno seguía encendido y había pan dentro, porque el pan no espera a nadie.

Sonó el pitido de la segunda hornada.

Julián estaba con Trabajo, de pie, con la carpeta abierta y una firma pendiente.

Así que fui yo.

Cogí la pala, saqué los ocho panes uno a uno, que eso ya lo hacía bien, y luego cogí la bandeja de los moldes pequeños, que es de hierro, que lleva dentro cuarenta minutos y que yo he visto coger cuatro noches con un paño doble.

Cogí un paño. Uno.

Y estaba mojado, porque acababa de limpiar la mesa con él, y el agua de un paño mojado en una bandeja a doscientos grados hace vapor, y el vapor pasa.

No grité. Solté la bandeja en la mesa, que fue lo único que hice bien, y me quedé mirándome el antebrazo derecho, donde se me estaba poniendo una raya roja de diez centímetros.

Y a los dos segundos tenía a Julián delante.

Me cogió la muñeca, me llevó al fregadero y me metió el brazo debajo del grifo.

—Agua fría. Veinte minutos.

—Julián, que está la inspectora.

—Que se espere.

El agua salía caliente al principio, como siempre, y luego salió fría. Él me sujetaba el brazo por debajo, con la mano abierta, y con la otra me apartaba la manga de la camiseta, y estaba tan cerca que le veía la harina metida en la ceja.

—¿Duele?

—Poco.

—Mentira.

—Poco.

No me soltó. Y yo me quedé mirando el chorro de agua y luego, sin querer, le miré la cara.

Él estaba mirándome el brazo. Y luego dejó de mirarme el brazo.

Fueron dos segundos. Puede que menos.

—Perdón —dijo alguien detrás.

Era el chico joven de Salud Pública, con un bote en la mano.

—¿Tienen botiquín?

Tenían botiquín. La quemadura era de primer grado, de las de escocer tres días y nada más, y me la tapé yo sola con una gasa mientras él firmaba tres papeles en la mesa de mármol.

A las doce menos cuarto se fueron los cuatro.

Trabajo se llevó las fotocopias y dejó una diligencia con los requerimientos y un plazo de diez días para aportar papeles. Salud Pública se llevó las muestras, dejó un requerimiento con plazo y se llevó también, dentro de una bolsa precintada, el puchero de barro con su trapo y todo.

Y en la calle, con el portón abierto desde las nueve y media, seguía la furgoneta a medio cargar.

Eran las doce menos cuarto.

Eso quiere decir que el alto llevaba tres horas esperando el pan, que los tres del valle llevaban dos y media, que doña Amalia se había asomado a la puerta doce veces con el monedero en la mano, y que en la plaza de la Fuente de Fuentelhorno, a las nueve, se habían juntado once personas debajo de un olmo delante de un sitio donde no había nadie.

Eso no lo pensó él. Él seguía con los papeles en la mano.

Lo pensé yo, porque es lo único que sé hacer.

—Julián.

No me oyó.

—Julián. La ruta.

Levantó la cabeza y miró el reloj de la pared, y se le puso una cara que no le había visto ni con los inspectores dentro.

—Hoy ya no llega —dijo.

—Hoy llega.

—Son cuatro horas. Para cuando yo suba al alto son las dos, y a las dos allí no hay nadie en la calle y el bar está dando comidas.

—Tú no subes. Subo yo.

Se quedó mirándome.

—Tú no conoces la ruta.

—Tú me la enseñaste el viernes pasado y la llevo apuntada. —Ya estaba cogiendo las llaves del clavo—. Y voy con Iker, que se sabe las casas.

—Iker no puede trabajar hoy.

—Iker viene de acompañante en el coche de su tío, que eso lo puede hacer cualquier sobrino de este país.

Cargamos las catorce cajas que faltaban en siete minutos. Él quiso ayudar y le dije que se quedara con Noemí y los papeles, y lo dije en un tono que no era el mío, y me hizo caso, que tampoco era lo suyo.

Salimos a las doce y cuarto.

En el alto no había nadie. Dejamos el pan en el bar, contado, con una nota, y el del bar me dijo que tranquila, que ya lo repartía él, y luego me dijo la frase que se me quedó dentro todo el verano:

—Si no sube tres días, la gente se trae el pan del supermercado cuando baja al médico. Y luego ya no vuelve a comprarlo aquí, porque le da vergüenza.

En el primer pueblo del valle no salió nadie y dejamos el pan en la caja de plástico con la piedra encima.

En el segundo, igual.

En el tercero salió la Jesusa a la puerta, sin el vaso de agua, y nos preguntó qué había pasado.

—Nada. Un lío de papeles.

—¿Está bien el chico?

—Cansado. Bien.

—Pues dile que me dé igual la hora, que yo lo que quiero es que venga.

En el caserío, doña Amalia tenía el monedero encima de la mesa camilla, al lado de la puerta, donde lo había dejado a las ocho y veinte.

Y en la plaza de Fuentelhorno, a la una y media de la tarde, con cuarenta grados, no había nadie debajo del olmo.

Once personas se habían ido a su casa a las nueve y veinte sin pan.

Volvimos con cuatro cajas llenas.

Aquella tarde, sentada en el poyo de la iglesia, hice una cuenta que no le enseñé a nadie: once casas por dos barras, más el alto, más lo que se quedó sin vender, son ciento diez euros. Y una mañana.

Ciento diez euros y una mañana, por dos coches en una puerta.

Cuando cerró la puerta, en el obrador nos quedamos Julián, Iker, Noemí, Rubén y yo.

Nadie dijo nada durante un rato largo.

Fuera, en la calle, Noemí y Rubén seguían discutiendo con los coches oficiales ya en marcha.

Los oía desde dentro.

—Lo que no puede ser es que vengas tú a arreglar los papeles de un vecino mío.

—Lo que no puede ser es que un vecino tuyo tenga los papeles así, Rubén.

—Ese hombre trabaja dieciocho horas.

—Pues por eso.

Cuando entraron, entraron callados, que es como entra la gente que se ha dicho lo que tenía que decirse.

Julián se sentó en el taburete de su abuelo, que es un sitio donde no se sienta nunca, y se quedó con los codos en las rodillas mirando el suelo.

—Bueno —dijo Noemí—. Pues ahora hay que contestar al acta.

—¿Con qué? —dijo él.

—Con papeles.

—Es que yo de papeles…

Y ahí se calló.

Yo estaba de pie en la puerta de la cámara, con la gasa en el brazo, y esperé. Porque esto se lo había visto hacer a mi madre, a mi abuela y a mí misma un millón de veces, y sé lo que cuesta.

Julián levantó la cabeza.

—¿Me ayudas con eso?

Lo dijo mirando al suelo, entre dientes, y tardó como cuatro segundos en decir cinco palabras.

—Sí —dije.

Salí con Noemí a la calle, a por el aire que no había dentro.

Ella se puso el casco debajo del brazo y se subió a la moto.

—Ah, y una cosa —dijo, con el motor en marcha—. Lo del registro de temperaturas lo llevabas tú, ¿verdad?

—Sí.

—Pues eso le ha salvado la mitad de la visita de Sanidad. Que lo sepas tú, ya que no te lo va a decir él.

Y se fue calle abajo.

Y no dije nada más, porque si llego a decir una palabra de más, aquel hombre no me vuelve a pedir nada en su vida.