Pan, amor y otros fermentos 14. El panadero más borde de la Alcarria
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14. El panadero más borde de la Alcarria

El panadero más borde de la Alcarria

Julián

El vídeo lo grabó el martes por la noche, cuando ya no tenía que estar allí.

Iker no entra hasta las cuatro y cuarto, pero aquel martes se quedó desde las once porque había verbena en un pueblo del valle y su madre venía a recogerlo tarde. Y en esa hora, con el móvil apoyado en un saco de harina, grabó cuatro minutos de obrador.

Yo no lo supe hasta el jueves a mediodía.

A las diez de la mañana del jueves vendí la última barra. A las diez y cuarto había ocho personas en el mostrador y cuatro de ellas no habían pisado ese pueblo en su vida.

—¿Eres tú? —me dijo una chica con el móvil levantado.

—¿Yo qué?

—El del vídeo.

A las once vinieron doce más. A las doce se paró un autobús en la puerta, que no había pasado nunca por esa calle, porque los autobuses aparcan arriba, en la cooperativa.

A las once menos cuarto entró un chico de unos veinte años con una cámara al cuello.

—Perdona, ¿tú eres el del vídeo?

—Yo soy el panadero.

—¿Te puedo hacer una foto?

—No.

—¿Y del horno?

—Tampoco.

—Es para un reportaje de pueblos con alma.

—Pues mira, eso todavía menos.

Se fue. A los diez minutos volvió con dos amigas y compraron tres magdalenas entre los tres, y luego estuvieron un cuarto de hora fuera, haciéndose fotos con la fachada.

A las once y veinte entró la Tere, que había cruzado desde Fuentelhorno en el coche de su cuñado solamente para eso.

—Julián, hijo, que estás en toda España.

—Ya me he enterado.

—Que me lo ha mandado mi sobrina de Valencia.

—Ya.

—Y que dicen que eres muy borde.

—Eso también me lo han dicho.

Se apoyó en el mostrador con las dos manos, disfrutando como no la he visto disfrutar nunca.

—¿Y tú sabes lo que es esto? —dijo—. Esto es que este verano subes el doble de gente al pueblo.

—Esto es que me quedo sin pan a las diez y la Jesusa se va a su casa con las manos vacías.

La Tere se quedó un momento pensándolo, que para ella es un esfuerzo.

—Bueno —dijo—. Pues haz más pan.

Y se fue tan contenta.

Iker apareció a las doce y media con la cara blanca.

—Tío.

—¿Qué has hecho?

—Nada malo.

—¿Qué has hecho, Iker?

Me puso el móvil delante.

Cuatro minutos. Mis manos. La pala entrando en el horno. La masa cayendo del cubo. Yo de espaldas, greñando, con la camiseta pegada. Y encima, escrito con letras blancas: «El panadero más borde de la Alcarria (pero hace el mejor pan de España)».

Ciento doce mil visitas.

—Es que subí uno el martes de noche, de prueba —dijo—. Y a las nueve de la mañana tenía cuatro mil. Y a las once, treinta mil. Y yo qué sé, tío.

Lo peor no fue eso.

Lo peor fue lo que había a partir del minuto tres. Ahí, al fondo, entrando por la puerta de atrás y saliendo enseguida, se ve a un hombre de noventa años con un gorro de panadero, de espaldas, dándole de comer a algo que hay en una balda.

Tres segundos.

Y debajo, en los comentarios, entre trescientos que decían «qué arte» y «yo quiero ese pan», había uno, de una cuenta con nombre y apellidos, de aquí, de este pueblo, que decía:

«Ese señor es el que se trajo la masa de Fuentelhorno en el 56 jajaja leyenda»

Sesenta y un me gusta.

Le devolví el móvil a mi sobrino.

—Bórralo.

—Es que no puedo.

—¿Cómo que no puedes?

—Que sí puedo borrarlo, pero ya lo han copiado. Lo ha subido otra cuenta con doscientos mil. Aunque lo borre, ya está.

Me quedé mirando el mostrador vacío a las doce y media, con la vitrina limpia y catorce personas fuera esperando a que abriera por la tarde.

A la una llamó el periódico de la comarca y estuve cuatro minutos contestando cosas que no había pensado en mi vida.

—¿Cuál es su secreto?

—No tengo secreto.

—Algo habrá. La gente dice que su pan es distinto.

—Es masa madre, agua de aquí y un horno de mil novecientos sesenta y cuatro.

—¿Y lo de ser borde?

—Eso es de mi familia.

El chico se rió y me preguntó si podía mandar a un fotógrafo el lunes.

Le dije que el lunes reparto.

A la una y veinte llamó Noemí, la alcaldesa de Fuentelhorno, que es del otro pueblo y tiene mi número desde hace cuatro días.

—Julián. Que he visto el vídeo.

—Como toda España.

—Escúchame, que esto es una oportunidad.

—Para ti.

—Para los dos —dijo, y se le notaba que llevaba el discurso preparado—. Yo tengo a la televisión autonómica medio convencida para grabar la caridad de San Roque. Con esto, vienen seguro. Y si vienen, sale tu horno, sale tu pan y sales tú.

—Yo no quiero salir.

—Tú quieres vender pan.

—Yo quiero hacer pan y que me lo compre la gente de aquí.

Noemí resopló al otro lado.

—Eres igual que las viejas de mi pueblo —dijo, y colgó.

Lo que no le dije a nadie, y lo que me tuvo el jueves entero con un peso en el pecho, es que mi abuelo tiene una costumbre desde hace dos años.

Los domingos, después de misa, el cura se queda un rato en el atrio con tres o cuatro viejos y les enseña cosas en el móvil. Vídeos de la Virgen de no sé dónde, del Athletic, de una cabra que sube a un tejado.

Y mi abuelo se pone las gafas y mira.

Eso es todo. Ese es el peso: que el domingo, en el atrio de mi pueblo, alguien le puede poner a un hombre de noventa años un vídeo de su propio obrador con un comentario debajo llamándolo lo que le llevan llamando desde el cincuenta y seis.

Por la tarde me lo encontré todo el rato. El chaval de la gasolinera me lo enseñó en la pantalla. Rubén me llamó para decirme que era la leche. En La Parada alguien había puesto el vídeo en la tele del bar.

El jueves fue también el día en que me quedé sin pan en mitad de la ruta, y eso no había pasado nunca.

Descargué los sacos, cargué el pan y salí con media hora de retraso. En el alto se me fue medio género, porque el del bar había puesto en su grupo que hoy subía el del vídeo y se presentaron doce personas a las siete y cuarto de la mañana, en pijama algunas.

En el valle iba ya justo. En el segundo pueblo dejé la caja con la piedra encima con tres barras en vez de cinco.

Y al llegar al caserío, a las siete y veinte, doña Amalia salió con el monedero y yo tenía el suelo de la furgoneta vacío y dos magdalenas del día anterior.

—Hoy no hay, doña Amalia.

—¿Cómo que no hay?

—Que se ha vendido todo arriba.

La mujer se quedó con el monedero abierto en la mano.

—Yo llevo comprándote el pan desde que tú tenías el carné recién sacado —dijo—. Y antes a tu abuelo.

—Ya lo sé.

—Y tu abuelo no se dejó nunca a nadie sin pan.

Eso me lo dijo sin mala idea y me dolió como si me lo hubiera dicho con ella.

Volví al obrador a las nueve menos cuarto, encendí otra vez el horno, que estaba todavía caliente, y saqué una hornada pequeña, ocho barras, con la masa del día siguiente que tenía en la cámara.

A las dos, con el mostrador cerrado, subí al caserío con las ocho barras, doce kilómetros de ida y doce de vuelta, y se las dejé en la puerta.

No estaba. Había ido al médico a Sacedón.

Se las dejé en una bolsa colgada del picaporte y me volví.

Y a las doce menos cinco, cuando llegó Carlota al turno, traía el móvil en la mano y una sonrisa que se le borró en cuanto me vio la cara.

—He visto el vídeo —dijo.

—Sí.

—Julián, esto es…

—No lo digas.

—Es que es enorme. Son doscientas mil personas. Con eso puedes…

—¿Puedo qué?

Dejó el bolso en la banqueta.

—Puedes vender fuera. Puedes montar envíos. Puedes hacer una tienda pequeña y mandar hogazas a Madrid dos días por semana. Con dos personas más y una furgoneta aislada…

—Para.

—Es que te estoy diciendo la solución a lo del alto, a lo de doña Amalia y a lo de que en noviembre no llegas.

—Que pares.

Y entonces hice una cosa que no había hecho nunca con nadie: cogí el móvil de la estantería, busqué el vídeo, le di al minuto tres y se lo puse delante de la cara.

—Mira.

—Es tu abuelo.

—Tres segundos. De espaldas. —Bajé a los comentarios y le señalé el de las sesenta y una reacciones—. Y esto.

Ella lo leyó. Le vi moverse los ojos dos veces por la misma línea.

—Ese que lo escribe es de aquí —dije—. Vive a doscientos metros. Su padre jugaba a las cartas con el mío.

Carlota no dijo nada.

—Ese hombre tiene noventa años —dije—, y desde el martes lo está viendo gente que no sabe ni dónde está este pueblo, debajo de un chiste que llevo oyendo desde los seis años. Así que no me hables de envíos a Madrid.

Se quedó de pie, con los brazos colgando.

—Lo siento —dijo.

—Ya.

—De verdad. No lo había visto por ahí.

—Ya lo sé —dije—. Tú no lo ves por ahí porque a ti nadie te ha llamado nunca nada.

Y eso estuvo de más, y lo supe según lo decía, pero ya estaba dicho.

Trabajamos cinco horas casi sin hablar. Ella hizo su parte bien, como siempre. A las cuatro y media, mientras yo sacaba la segunda, se acercó y me dejó al lado, en la mesa de mármol, un papel doblado.

—¿Qué es esto?

—Una cosa que he hecho con el móvil. Léela cuando quieras.

Era una carta de dos párrafos, escrita como se escriben las quejas cuando sabes escribirlas, dirigida a la plataforma, pidiendo la retirada de un comentario por afectar al honor de una persona identificable de noventa años, con dos enlaces y un número de expediente en blanco para rellenar.

La leí a las seis de la mañana, cuando ella ya se había ido.

Esa noche no dormí bien, y no por el comentario.

El jueves por la tarde subí a casa de mi abuelo con dos barras y una bolsa de peras.

Estaba en la cocina, con la radio y la ventana abierta.

—¿Qué tal el día? —dijo.

—Movido.

—Ya me han contado que ha venido mucha gente.

—Bastante.

Le dejé el pan encima del mármol y me quedé un momento de pie, con la bolsa de peras en la mano, pensando cómo se empieza una frase así.

«Abuelo, hay un vídeo en internet y sales tú tres segundos, y hay un comentario debajo que dice lo de siempre, y yo lo voy a quitar.»

No la empecé.

Le dejé las peras en el frutero, le dije que se tomara la pastilla y me fui a dormir la siesta de dos horas que me toca.

Eso también lo hacemos muy bien en mi casa: no decir las cosas por si al decirlas se hacen más grandes.

A las nueve y media del viernes, cuando estaba cargando la furgoneta, aparcaron dos coches delante del obrador.

Uno era blanco, con un escudo pequeño en la puerta. El otro era gris.

De cada uno bajaron dos personas con una carpeta.