Pan, amor y otros fermentos 13. Robado no sirve
39%

13. Robado no sirve

Robado no sirve

Carlota

El miércoles por la tarde hice la ronda.

Lo llamo así porque en mi trabajo, cuando una cosa no sale por el canal que toca, se hace la ronda: se va uno a uno, se escucha y se pide.

Empecé por la Sagrario, que vive dos puertas más abajo y que fue la primera que olió el tarro.

—Sagrario, ¿puedo hablar contigo un momento?

—Estoy con la cena.

—Son dos minutos.

Me dejó pasar al portal, que no es la cocina, pero tampoco es la calle.

Le dije lo que llevaba preparado: que lo del sábado lo había hecho yo, que la votación fue en caliente, que Anselmo Heredia estaba dispuesto a dar el reciento y que solo pedía una cosa.

—¿Y qué pide?

—Que vaya mi abuela.

La Sagrario se quedó con el paño en la mano.

—Ah —dijo—. Eso es otra cosa.

—¿Por qué es otra cosa?

—Porque eso no lo va a hacer.

—¿Por qué no?

—Hija, porque no.

Y se metió para dentro.

Con la Matilde fue parecido, pero más largo, porque la Matilde es la más blanda y me dio hasta un vaso de gaseosa.

—A mí me daría igual pedirlo —me dijo, en voz baja, mirando la calle—. Yo el pan me lo como igual.

—Pues vótalo el sábado.

—Es que no es por el pan.

—¿Y por qué es?

La Matilde se quedó pensando un rato largo, y al final dijo una cosa que me dejó peor que todo lo demás.

—Porque tu abuela dijo que no —dijo—. Y si tu abuela dice que no, aquí no va nadie.

Volví a casa a las nueve menos cuarto, sin haber conseguido nada, y con la sensación rara de haber estado todo el rato hablando de otro asunto.

El miércoles, cenando, mi abuela sacó de la despensa los ramos de manzanilla y los puso encima de la mesa.

—¿Y eso?

—Hay que ir haciendo los ramitos.

—¿Los ramitos de qué?

—De la caridad. Uno por panecillo. Se atan con hilo de bramante, de tres en tres flores, que si pones más abultan.

Se sentó, se colocó la escayola en el borde de la mesa y empezó a separar flores secas con la mano buena, muy despacio, haciendo montoncitos.

Yo me quedé mirándola.

Ella sabía perfectamente que no había reciento, que las del sábado habían votado no pedirlo y que a día veintidós de julio no teníamos absolutamente nada con lo que hacer cuatrocientos panecillos.

Y estaba preparando los ramitos.

—Que si hacemos los ramitos ahora, se secan más.

—Ya están secos.

—Digo que a lo mejor es pronto.

Mi abuela cogió un trozo de bramante y lo cortó con los dientes, porque con una mano no se puede hacer otra cosa.

—Cuando llegue el día, los ramitos estarán hechos —dijo.

Y no hubo manera de sacarla de ahí.

Estuvimos dos horas. Salieron ciento diez. Yo los ataba mal y ella me los deshacía y me los volvía a poner en la mano sin decir nada.

Aquella noche, cuando llegué al obrador, Julián estaba con la chaqueta puesta y las llaves de la furgoneta en la mano.

—Me voy a Guadalajara.

—¿A estas horas?

—El almacén de harinas abre a las cinco para los panaderos. Me falta la de fuerza y el de la furgoneta del reparto me ha fallado dos veces.

—¿Y el turno?

—Está montado. La primera está en el cubo grande, sale a las dos y cuarto. La segunda, a las tres y media. No toques el horno, no abras la cámara y no metas nada dentro de nada.

—Eso último ha sido innecesario.

—Ha sido por si acaso.

Se fue. Oí la furgoneta bajar la calle y luego no oí nada más que la cámara y el ventilador.

Antes de irse, ya con las llaves en la mano, le hice la pregunta que llevaba dos días rondándome.

—Julián. ¿En la comarca no hay otro?

—¿Otro qué?

—Otro reciento. Otra masa madre vieja. En algún pueblo de la ruta.

Él se quedó en la puerta, pensando de verdad. Cuando le preguntas de pan, tarda.

—En el alto se perdió cuando cerró la panadería, que sería el noventa y dos —dijo—. En el valle no queda ninguna panadería. Doña Amalia tuvo masa suya hasta que se murió su marido, pero eso hace veinte años.

—¿Y los dos pueblos del final de la ruta?

—Ahí el pan lo lleva un industrial de Sacedón, con levadura.

Se colocó las llaves en el bolsillo.

—Aquí quedan dos —dijo—. La mía, que la hice yo con dieciocho años, y esa de ahí.

Y señaló la balda con la barbilla.

—¿Y la tuya no sirve?

—La mía es mía. No tiene nada que ver con la vuestra, ni en el sabor ni en nada. Tu tía Visi la conocería a la primera.

—¿Tú crees?

—Yo no lo creo. Lo sé. Esa mujer come mi pan todos los días desde hace diecisiete años y sabe cuándo he cambiado de harina.

Se fue.

Era la primera vez que estaba sola en aquel obrador.

Hice lo que tenía que hacer. Vigilé la primera, la volqué a las dos y cuarto, dividí y boleé como él me había enseñado, que me sale regular, y tapé. A las tres y diez me senté en la banqueta con un vaso de agua del grifo, que salía caliente, y me quedé mirando la pared de enfrente.

En la pared de enfrente hay una balda.

Y en la balda hay un puchero de barro con un trapo mojado por encima.

Yo he tomado decisiones caras en mi vida.

He decidido cerrar un almacén y dejar a catorce personas sin turno.

He decidido, un martes a las once de la noche, parar un reparto de toda una ciudad porque había un aviso de nieve, y me equivoqué, y me costó una reunión de dos horas con un señor que hablaba muy despacio.

Nunca, en ninguna de esas, he tenido el corazón como lo tuve aquella noche con una cuchara de palo en la mano.

Porque era facilísimo.

Un pellizco. El tamaño de una nuez. En un tarro de los de mermelada, en el fondo del bolso, y a las ocho de la mañana estaba en mi cocina.

Le doy de comer tres días. El sábado siguiente hay pan en el horno de poya y nadie, nadie del mundo, puede distinguir un pellizco de esa masa de un pellizco de esa misma masa.

Porque es la misma masa. Esa es la parte que me estuvo dando vueltas toda la noche. No es que fuera parecida: es que es la misma. La que salió de casa de mi bisabuelo en el cincuenta y seis.

Me levanté.

Fui hasta la balda. Quité el trapo.

Olía a manzana, como el nuestro. Tenía las mismas burbujas grandes pegadas a la pared del puchero, un poco más oscuras. Metí la cuchara y la dejé apoyada en el borde, sin sacar nada.

Y me quedé así, no sé cuánto, con la cuchara dentro y el brazo tonto.

Lo que me paró no fue la honradez, y eso lo tengo que decir porque es la verdad.

Lo que me paró fue que me imaginé el sábado. Me imaginé el horno, las doce, los tableros, y a la tía Visi sentada en su silla de enea con una hogaza en las manos, partiéndola, oliéndola y diciendo que aquello estaba bien.

Y yo sabiendo de dónde había salido.

Y teniendo que decir, cuarenta años, que había aparecido.

Saqué la cuchara. Puse el trapo. Lo estiré por las esquinas, como se lo había visto hacer al viejo.

—Has hecho bien.

Se me cayó la cuchara al suelo.

Anselmo estaba sentado en su taburete, en la esquina del fondo, a oscuras, con el bastón entre las rodillas. No sé cuánto llevaba allí. No había encendido la luz de ese lado y yo estaba trabajando con la de la mesa.

—Perdón —dije, y me oí decirlo con una voz rara.

—Has hecho bien —repitió—. Robado no sirve.

Recogí la cuchara. La llevé al fregadero, la lavé, me quedé de espaldas más tiempo del necesario.

—¿Usted duerme alguna vez? —dije, cuando pude.

—Poco. A mi edad se duerme mal y se duerme pronto. A las tres estoy despierto y aquí hay luz.

Me senté en la banqueta, enfrente de él, con las manos mojadas.

—Lo iba a coger —dije.

—Lo sé.

—¿Y se iba a quedar ahí sentado mirando?

—Sí.

Aquello me dejó peor que si me hubiera gritado.

—¿Por qué?

Anselmo se pasó el pulgar por el puño del bastón, que lo tiene gastado y brillante de ese sitio.

—Porque si te lo hubieras llevado, allá tú —dijo—. Y porque si no te lo llevabas, me enteraba yo de una cosa que llevo un mes queriendo saber.

—¿De qué cosa?

—De si me lo iban a robar otra vez.

Se hizo un silencio en el que solo se oía el extractor.

—Nadie se lo ha robado a usted —dije.

Y él no contestó a eso. Levantó un poco la barbilla y miró la balda, como se mira un sitio donde hay algo que lleva demasiados años en el mismo sitio.

—Hija.

—Dígame.

—Tú tienes prisa.

—Yo tengo veinticinco días.

—Ya. —Apoyó las dos manos en el bastón—. Yo tengo noventa años y tampoco me sobran. Y aun así, esto no se arregla corriendo.

—Es que si no corro, no llego.

—Si corres, llegas a otro sitio.

Me quedé mirándolo.

—Lo iba a coger de verdad.

—Y lo has dejado.

—Por lo peor. No por bueno. Porque me daba miedo tener que mentir toda la vida.

Anselmo movió una mano, como quitándole importancia.

—Eso también sirve —dijo.

Estuvimos un rato callados. Sonó el reloj de la pared dando las cuatro, que es un reloj de esos que dan las horas con un ruido de lata.

—Yo le doy de comer todas las mañanas desde el año cincuenta y seis —dijo él, de repente—. ¿Tú sabes lo que es eso en días?

—Veinticinco mil quinientos y pico.

Levantó la cabeza.

—¿Eso lo has hecho de cabeza?

—Es multiplicar.

Se rió un poco, con ese ruido corto que hacen los viejos.

—Mi mujer decía que estaba loco —dijo—. Amparo. Se murió hace once años. Ella me decía: «Anselmo, tira ya ese puchero, que no haces pan con él y te levantas a las seis de la mañana por un barro».

—¿Y usted qué le decía?

—Que sí, que lo iba a tirar.

Se pasó la mano por la rodilla.

—Y una vez, una sola vez, me lo dijo de otra manera. Me dijo: «Yo sé para quién lo guardas». Y no lo dijo con mala idea. Lo dijo como se dicen las cosas cuando ya llevas cuarenta años casada.

A mí se me paró el aire.

—¿Y para quién lo guarda?

Anselmo se quedó mirando la balda.

—Para el que venga a pedirlo —dijo.

—Señor Anselmo.

—Anselmo, hija, que Anselmo.

—Anselmo. Mi abuela no va a cruzar.

—Eso lo dice ahora.

—Eso lo lleva diciendo una semana. Y va a seguir diciéndolo el dieciséis de agosto, y el pueblo se va a quedar sin caridad, y a usted no le va a servir de nada haberse levantado veinticinco mil veces.

Él no contestó a eso.

Cogió el bastón, se levantó del taburete con dos intentos, y se puso a andar hacia la puerta de atrás.

—¿Por qué tiene que ser ella? —dije, a su espalda—. ¿Por qué no me lo da a mí, que soy su nieta y he venido tres veces?

Anselmo se paró en el escalón.

—Porque di mi palabra —dijo.

—¿A quién? ¿A quién le dio la palabra?

Y entonces el hombre hizo lo mismo que hace mi abuela, como si lo tuvieran ensayado, y que a aquellas alturas ya me parecía una coreografía ensayada.

—Que descanses, Carlota.

Y se fue a dormir.

Julián llegó a las seis y veinte con la furgoneta cargada de sacos.

Descargamos entre los dos, veinticinco kilos cada uno, del portón a la estantería, y a mí me temblaban los brazos a la mitad y no dije nada porque no pensaba decir nada.

—¿Todo bien?

—Me tiemblan los brazos.

—¿Salió la segunda?

—A las tres y media, como dijiste.

Se quedó un momento mirándome con un saco al hombro.

—¿Seguro que todo bien?

—Que sí.

Salí a las ocho menos cuarto, con el sol ya entero.

Bajé por el camino, y en vez de cruzar por las piedras me quedé un momento en la orilla.

Ahí hay una poza. En julio no cubre ni las rodillas y tiene el fondo de piedras blancas, con una sombra de chopos que llega hasta la mitad.

Me acordé de haber estado ahí. Así, sin más: de haber estado dentro del agua con las zapatillas puestas, moviendo piedras, con un sol que daba en la nuca.

Y me acordé también de que el agua se lo llevaba todo por la noche y de que había que empezar otra vez.

Debí de tener once o doce años. No me acordaba de con quién.

Me quedé un minuto y subí la cuesta, y en la cuesta me dio el sol de frente y se me olvidó.

No se lo conté. Ni aquel día, ni en toda la semana. No por nada, sino porque no sabía cómo se cuenta que has estado a punto de robarle a su abuelo y que lo que te ha parado no ha sido la decencia, sino el miedo a que se te note.

Eso lo apunté en la libreta, en la página de atrás, donde no hay rutas.

«He estado a punto. No lo he hecho. No sé si eso cuenta.»