12. Cuatro frases
Cuatro frases
Julián
Lo preparamos el lunes por la noche, entre la segunda y la tercera hornada, con un papel de horno encima de la mesa de mármol y un lápiz de carpintero.
—A ver —dijo ella, y dibujó un rectángulo—. Esto es el pasillo.
—Eso es un rectángulo.
—Esto es el pasillo. Aquí las seis sillas. Aquí la puerta de la consulta y aquí la de la enfermera.
—¿Tú has hecho esto antes?
—Yo hago planos de almacenes de quinientos metros. Un consultorio es un almacén pequeño con revistas.
Dibujó dos equis.
—Tu abuelo se sienta aquí. Esta es la silla del fondo, la que está más lejos de la puerta. Tú te sientas al lado para que no se siente nadie más.
—¿Y por qué ahí?
—Porque desde ahí ve entrar a todo el que llegue y no lo ven a él hasta que están dentro.
—Eres un poco preocupante.
—Y mi abuela entra a las once y cuarto, que es su hora con la enfermera. Si se sienta, ya está. Si no se sienta, se va, y hemos perdido una mañana.
—Se va a dar cuenta.
—Claro que se va a dar cuenta —dijo ella—. Las dos cosas son verdad: se va a dar cuenta y va a ir igual. Llevo tres semanas durmiendo en su casa.
Arrugó el papel de horno y lo tiró a la caja de la leña.
—Y una última cosa —dijo—. Pase lo que pase, tú no hables.
—Yo no hablo nunca.
—Tú hablas cuando no tienes que hablar.
Lo preparamos como se prepara una tontería: mal y con mucho detalle.
El martes por la mañana le dije a mi abuelo que había que ir al médico, que le tocaba la revisión de la tensión y que el consultorio de aquí sigue en obras desde mayo.
—¿Y dónde pasa?
—En Fuentelhorno.
Mi abuelo estaba mojando una galleta en la achicoria. Paró el brazo en el aire, dos segundos, y la galleta se le partió y se le cayó la mitad dentro de la taza.
—Ah —dijo.
—A las once.
—¿Y no puede ser en Brihuega?
—En Brihuega te dan cita para septiembre.
Se quedó mirando la taza con media galleta dentro.
—Está bien —dijo.
A las diez y cuarto subí a buscarlo y no estaba en la cocina.
Estaba en el cuarto de arriba, el que fue de mis abuelos y que ahora es solo suyo, delante del armario abierto, con dos camisas encima de la cama.
—Abuelo.
—Estoy.
—Que son doce minutos de coche.
—Ya lo sé.
Cogió la blanca. Luego la dejó y cogió la otra, que es azul clara y que yo le he visto puesta tres veces en mi vida: en el entierro de mi abuela, en la comunión de Iker y el día que le dieron la placa del ayuntamiento por los cuarenta años de furgoneta.
Se la puso delante del espejo del armario, de espaldas a mí, y se abrochó los botones de abajo arriba, despacio, porque tiene los dedos como tiene los dedos.
Y luego hizo una cosa que me dejó tonto.
Se pasó la mano por el pelo, que es blanco y que se peina con agua, y se lo aplastó hacia un lado. Y se quedó mirándose en el espejo cuatro segundos, con noventa años, con las manos quietas.
Yo me di la vuelta y bajé la escalera para no verlo.
Porque ahí, en la escalera de casa de mi abuelo, un martes de julio a las diez y veinte de la mañana, se me pasó por la cabeza por primera vez, muy deprisa y sin palabras, la idea de que aquello no iba de una masa.
Salimos a las once menos cuarto para un viaje de doce minutos. Yo con la camiseta del obrador. Él con la chaqueta.
—Abuelo, que hace treinta y cuatro grados.
—Es la del médico.
La chaqueta del médico es azul marino, de paño, y la tiene desde antes de que yo naciera. Se la puso encima de la camisa y se la abrochó entera.
En todo el camino no dijo nada. Yo tampoco. Cuando llegamos al cartel de Fuentelhorno, se enderezó en el asiento.
El consultorio está al lado de la escuela y es un edificio bajo con una placa y seis sillas de plástico azules en el pasillo.
Cuando entramos había tres mujeres sentadas. Una era la Tere.
Mi abuelo saludó como saluda él, quitándose el sombrero y diciendo «buenos días» a nadie en particular, y las tres contestaron a la vez y en el mismo tono, que es el que se usa cuando entra alguien de quien se estaba hablando o de quien se va a hablar.
Nos sentamos en las dos sillas del fondo.
Fuera, en la acera de enfrente, a la sombra del porche del ayuntamiento, estaba Carlota con una carpeta en la mano, haciendo como que leía algo.
A las once y cuarto entró la Encarna.
Traía la escayola por delante y un vestido azul con florecitas blancas, de los buenos, de los que se sacan del armario, planchado, con el pelo recién puesto.
A mí me dio la risa en la garganta y me la tragué, porque en ese momento entendí que aquella mujer sabía perfectamente lo que iba a pasar y había ido igual, y con el vestido de las fiestas.
Se paró en la puerta. Miró el pasillo entero. Nos vio.
La Tere se enderezó en su silla y se acomodó como para ver una película.
Mi abuelo se levantó.
Se levantó del todo, se puso de pie apoyándose en el bastón y se quitó el sombrero otra vez.
—Encarna.
—Anselmo.
Ahí se acabó, durante cuatro minutos largos, todo lo que yo había imaginado en el coche.
Ella se sentó en la silla de enfrente, que era la más lejos que había, con la espalda recta y el bolso en las rodillas. Él se sentó despacio.
Las tres mujeres del pasillo no respiraban.
Al final fue ella la que habló.
—¿Vienes al médico?
—A la tensión.
—Ah.
Pasaron veinte segundos.
—Aprieta el calor —dijo él.
—Desde el jueves.
—Dicen que hasta el domingo no refresca.
—Eso dicen.
Y otra vez el silencio, y la enfermera abriendo una puerta al fondo y llamando a una mujer que se levantó a regañadientes, porque no se quería perder aquello.
Yo miraba al suelo. He estado en velatorios menos incómodos.
—¿Y esa mano? —dijo mi abuelo.
—Un taburete.
—Ya.
—Cogiendo la manzanilla del alambre.
—Ya —dijo él otra vez—. Eso hay que pedírselo a alguien.
Y ahí la Encarna levantó la cabeza y lo miró, y fue un segundo, pero yo lo vi, y la Tere también, y yo creo que hasta la pared lo vio.
—Eso le digo yo a mi nieta —contestó.
Mi abuelo sonrió un poco. Poco. Con la boca cerrada.
—El perro aquel que teníais —dijo.
—¿Cuál?
—El pequeño. El de las orejas caídas, que se metía en el horno.
—Ese se murió. En el setenta y uno.
—Ya.
—En agosto. Le dio algo.
—Ya.
Mi abuelo se miró las manos, que las tenía encima del puño del bastón, una sobre otra.
—Yo me acuerdo de ese perro —dijo.
Y se le fue la voz.
No fue un llanto ni nada parecido. Fue que empezó la frase con voz y la acabó sin ella, y las dos últimas palabras le salieron en un hilo, y se quedó con la boca cerrada mirándose las manos.
La Encarna miró al suelo.
Nadie dijo nada más.
La enfermera salió y dijo:
—Anselmo Heredia.
Mi abuelo se levantó, cogió el sombrero, dio dos pasos hacia la puerta y se dio la vuelta.
—Que te mejores esa mano —dijo.
—Gracias.
Y entró en la consulta.
Cuando volvió, doce minutos después, con el papel de la tensión doblado en la mano, la Encarna ya estaba dentro con la enfermera y el pasillo estaba vacío, porque a la Tere la había llamado el médico y las otras dos se habían ido a contarlo.
Salimos. En la puerta, mi abuelo se paró a ponerse el sombrero y se cruzó con Carlota, que seguía enfrente con la carpeta, disimulando fatal.
—Buenos días, Carlota.
—Buenos días.
—Dile a tu abuela que se compre una escalera —dijo—. Que esas cosas hay que pedirlas.
Y siguió andando hacia el coche.
Ella me miró. Yo me encogí de hombros, porque no tenía ni idea de si aquello había sido un desastre o lo contrario.
En el coche, antes de arrancar, mi abuelo se quitó la chaqueta y la dobló encima de las rodillas, muy despacio, doblando las mangas hacia dentro.
—Ha sido un poco encerrona, ¿no? —dijo.
—¿El qué?
—Lo del médico.
Yo me agarré al volante.
—Abuelo…
—Si está bien —dijo—. Está bien.
Y no dijo nada más hasta la salida del pueblo.
Cuando salíamos del pueblo, mi abuelo dijo:
—Pásate por el arcén un momento.
—¿Estás mareado?
—Para el coche, hombre.
Paré en la recta, antes del puente. Él bajó la ventanilla del todo y se quedó mirando los campos segados, que a esa hora estaban blancos de sol.
Estuvo así casi un minuto.
Y yo, que llevaba veintisiete años preguntando y quedándome sin respuesta, y que aquel día había visto a mi abuelo ponerse la chaqueta del médico a treinta y cuatro grados y quedarse sin voz por un perro del setenta y uno, se lo pregunté.
—Abuelo. ¿Qué pasó de verdad en el cincuenta y seis?
Él siguió mirando por la ventanilla.
Pasó un coche en dirección contraria. Se oía una cosechadora lejos.
—Arranca, anda —dijo—. Que se te pasa la hora del pan.
Arranqué.
Al día siguiente, en el reparto, lo sabía Fuentelhorno entero.
Me enteré en la primera parada de la plaza, que es donde me entero yo de todo.
—Oye, Julián.
—Dime, Loli.
—Que dicen que tu abuelo y la Encarna estuvieron ayer hablando en el consultorio.
—Estuvieron en el consultorio, sí.
—¿Y hablaron?
Detrás de la Loli había cuatro personas escuchando sin ningún disimulo.
—Se dieron los buenos días —dije.
—A mí me han dicho que hablaron de un perro.
—Pues ya sabes más que yo, que estaba delante.
La Loli se llevó su pan sin quedarse conforme, y por el retrovisor la vi cruzar la plaza derecha hacia el Casino.
Aquella tarde mi abuelo le dio de comer al puchero dos veces.
Una a las seis de la mañana, como siempre. Y otra a las cinco de la tarde, cuando entró por la puerta de atrás, se puso el gorro y fue a la balda. Harina, agua, la cuchara, el trapo otra vez mojado.
Yo lo vi desde la mesa de mármol y no le dije que ya lo había hecho.
Y a las siete no fue al bar. Mi abuelo va a La Parada todos los martes desde que enviudó, a la partida, y aquel martes se quedó en su cocina con la radio puesta y la puerta abierta.
Iker apareció en el obrador a las ocho con el móvil en la mano.
—¿Qué tal ha ido?
—Bien.
—¿Bien bien o bien de los tuyos?
—Se han dicho cuatro frases.
—¿Cuatro?
—Cuatro.
Iker se quedó pensando.
—Menudo desastre.
—No —dije—. No ha sido un desastre.
Y no sabía explicar por qué, y sigo sin saberlo, pero aquella noche, a las once y media, hice una cosa que no había hecho nunca: cogí el móvil y busqué el número que me había dado ella para lo de los pedidos.
Estuve un rato mirando la pantalla.
«Ha vuelto a darle de comer al puchero esta tarde. Y no ha ido al bar.»
Tardó dos minutos en contestar.
«¿Eso es bueno?»
«No lo sé.»
«Yo tampoco. Mi abuela ha planchado el vestido y lo ha vuelto a guardar.»
Me quedé mirando el móvil apoyado en la mesa de mármol, con el horno calentando detrás y media hora todavía por delante.
«Nos vemos a las doce», escribí.
Y a las doce menos cinco empujó la puerta de atrás.