Pan, amor y otros fermentos 11. Greñar
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11. Greñar

Greñar

Carlota

Los domingos no hay turno de noche, porque el domingo se cuece para el pueblo y nada más, y de eso se encarga él solo.

Así que el domingo dormí ocho horas seguidas por primera vez en una semana, me desperté a las once de la mañana y no supe qué hacer con el día.

Bajé a la piscina.

Fue una idea regular. La piscina municipal de Fuentelhorno en julio son cuarenta personas, veinte de ellas de agosto y las otras veinte del pueblo, y en cuanto entré por la puerta de la valla noté el silencio ese de medio segundo que ya me sabía de memoria.

Puse la toalla en el césped, en un sitio con sombra, y me quedé mirando el agua.

A los diez minutos se me sentó Vega al lado, chorreando.

—Buenas.

—Buenas.

—¿Es verdad que estás trabajando en el horno de enfrente?

—Es verdad.

—Y que les has montado un wasap.

—Eso también.

Vega se retorció el pelo para escurrirlo y se quedó mirando la piscina.

—Mi bisabuela ha preguntado por ti dos veces.

—¿Para qué?

—Que si comes.

Me reí. Fue la primera vez en cuatro días que me reí.

Al otro lado de la valla, en la pared de la piscina, había un chaval sentado que no era de Fuentelhorno. Me llevó un rato reconocerlo sin el gorro y sin harina.

—¿Ese no es el sobrino de Julián?

Vega se puso colorada hasta las orejas, que con dieciséis años es una cosa que no se puede disimular.

—Ese es Iker —dijo—. Y a ti no te he dicho nada.

—Yo no he visto nada.

—Ya.

Se levantó, se tiró al agua sin coger carrerilla y no volvió a hablarme en toda la tarde, porque a esa edad la vergüenza dura más que el baño.

Por la noche saqué las sillas a la puerta con mi abuela.

Enfrente estaban la Loli y su marido. Nos dieron las buenas noches. A ella. A mí no.

—Pues mañana dicen que aprieta —dijo el marido de la Loli.

—Ya lo creo —dijo mi abuela.

Y estuvieron así media hora, hablando de lo mismo de siempre con la misma gente de siempre, y yo en medio, sentada en una silla de enea, mirando la farola fundida de la esquina como si fuera la televisión.

Cuando entramos, mi abuela dijo, sin venir a cuento:

—La Loli es tonta, pero no es mala.

—Ya.

—Y a mí también me lo hicieron una vez.

—¿El qué?

—Retirarme el saludo.

Se agarró a la barandilla y subió el primer escalón.

—¿Cuándo, abuela?

—Hace mucho. Apaga la luz de abajo.

El lunes a mediodía me acerqué al mostrador de Cañadalba. De día no había ido nunca.

Había cola. Cinco personas, a la una menos cuarto, cuando llevo una semana oyendo que a las once no queda nada.

En el mostrador, en una bandeja aparte, había once bolsas de papel con un nombre escrito en cada una.

—Buenas —dijo la primera—. Vengo a por lo de la Jesusa.

Iker le dio la bolsa que ponía «Jesusa».

Detrás entró una señora con el móvil en la mano.

—Yo lo pedí anoche, no sé si…

—¿Nombre?

—Pili.

—Aquí está.

Julián estaba al fondo, apoyado en el marco de la puerta del obrador, con los brazos cruzados y cara de estar viendo cómo le pintan la casa de un color que no ha elegido.

Cuando salió la última, se acercó al mostrador y miró la bandeja vacía.

—Once —dijo.

—Once.

—Y no ha venido ninguno a mirarme a la cara.

—Han venido todos a mirarle la cara a Iker, que es peor.

Iker levantó el pulgar sin dejar de mirar el móvil.

Julián cogió el trapo y se puso a limpiar el mármol del mostrador, que estaba limpio.

—Una cosa —dije.

—Qué.

—Si además pusieras un datáfono, la gente de los autobuses se dejaría el doble.

—No.

—Es una cosa así, pequeña, que se pone en el mostrador y…

—Sé lo que es un datáfono.

—¿Y entonces?

—Que no.

Y se metió en el obrador.

Esa tarde, en la libreta de papel, empecé una página nueva. La titulé «cosas que dice que no» y apunté tres: datáfono, jueves en el alto, abrir a las ocho.

El lunes por la noche me enseñó a greñar.

Greñar es hacerle el corte al pan antes de meterlo al horno. Se hace con una cuchilla montada en un palo, en diagonal, rápido, y si lo haces bien el pan se abre por ahí y le sale lo que ellos llaman la oreja.

Yo lo había visto hacer cuatro noches. Es un gesto de medio segundo.

—Coge —dijo, y me puso la cuchilla en la mano.

—¿Yo?

—Tú. Esa hornada es de las de Cañadalba, que si sale mal se la vendo igual.

Cogí la cuchilla. Me quedé delante de la masa como quien va a operar.

—No pienses.

—Es que si lo pienso…

—Por eso.

Hice el primero y me salió una raja fea y corta, de esas que luego se abren por el lado.

—Otra vez. Más ángulo.

Hice el segundo y me salió peor.

Y entonces se puso detrás, con un paso, y me cogió la muñeca.

No la mano. La muñeca, por la parte de abajo, con los dedos por encima de donde se toma el pulso, y con la otra mano me giró el codo hacia dentro.

—Así. El filo tumbado. Y de un tirón.

Hizo el movimiento conmigo. Yo noté el calor del horno en la cara y el suyo en la espalda, y noté que se me había subido el pulso, y supe, con esa claridad horrible que tienen estas cosas, que él lo estaba notando con dos dedos en la muñeca.

El corte salió limpio.

—Otra vez —dijo, y me soltó.

Hice cinco más yo sola. Dos me salieron bien.

Cuando salieron del horno, cuarenta minutos después, los puso en el tablero y me dijo que mirara.

Las dos mías tenían la oreja levantada, abierta, con la corteza rota hacia arriba como un labio.

—Esas dos son tuyas —dijo.

Y yo me quedé mirando dos panes en un tablero con una cosa en el pecho que no me pasa ni cuando cierro un trimestre.

A las cinco menos cuarto, esperando la última hornada, cogió una hogaza de la primera, la volvió del revés y me la puso delante.

—Dale dos golpes con los nudillos.

Los di.

—¿Qué se oye?

—Un ruido.

—¿Qué ruido?

—Un ruido hueco.

—Eso es que está cocido. Si suena macizo, le falta.

Cogió otra que acababa de salir y me la puso al lado.

—Prueba esta.

La golpeé. Sonaba distinto, más apagado, más cerrado.

—Esta no —dije.

—Esa no.

Se apoyó en la mesa a un palmo, con la cabeza agachada hacia el pan, y yo también, y estuvimos los dos así, escuchando un pan, con las dos cabezas casi tocándose y la mano de él y la mía a dos centímetros encima de la mesa de mármol.

—Golpea otra vez —dijo, y no levantó la cara.

Golpeé otra vez.

Entró Iker por la puerta del mostrador con una caja de cartón en los brazos y nos separamos como dos críos, que es exactamente lo que fue.

—¿Qué hacéis?

—Escuchar el pan —dije.

—Vaya plan.

A la una y media, entre la primera y la segunda hornada, Iker soltó la caja en la mesa y dijo una cosa que nos cambió la semana.

—Oye, tío. ¿Tú sabías que el médico va a Fuentelhorno los martes?

—Sí.

—Es que el de aquí está en obras y mi madre dice que le des la vuelta al papel del abuelo, el de la tensión, que le toca este mes.

Julián se quedó con la pala en la mano.

Yo dejé el trapo encima de la mesa muy despacio, como se deja una copa cuando se te acaba de ocurrir algo.

—Espera —dije.

—No.

—Que esperes.

—Ya sé lo que estás pensando y no.

—El médico pasa los martes en el consultorio de mi pueblo. A tu abuelo le toca revisión. A mi abuela le toca curas de la escayola, que se las hace la enfermera los martes a las once y cuarto, y va siempre, porque a la enfermera la quiere mucho.

—Carlota.

—Mismo pasillo. Seis sillas. Media hora de espera.

Julián dejó la pala apoyada en la pared.

—Eso es una encerrona.

—Eso es una sala de espera —dije—. La gente coincide en las salas de espera. Es lo que hacen las salas de espera.

Él se quedó callado y se pasó la mano por la nuca.

—¿Y si se levanta y se va?

—Pues se levanta y se va, y estamos igual que ahora.

Iker nos miraba a los dos con la boca abierta.

—¿Vais a juntar a mi abuelo con la Encarna?

—Tú cállate —dijimos los dos a la vez.

Volviendo de la piscina el domingo me paró Noemí en la plaza, con el casco de la moto en la mano.

—Tú y yo tenemos que hablar.

—Tú dirás.

—¿Es verdad que estás en nómina en el horno de los Heredia?

—Es verdad.

Noemí se sentó en el poyo de la fuente y me hizo un sitio al lado.

—Vale. Pues te cuento lo que se dice, que es mi trabajo enterarme. Se dice que la nieta de la Encarna está sirviendo en casa de los ladrones. Se dice que te pagan. Y hay una versión, que es mi favorita, que dice que lo haces para robarles la masa por la noche.

—Eso último es muy bueno.

—Es de la Charo. Tiene imaginación.

Se rió, y luego se puso seria.

—¿Y tú qué buscas ahí?

—Que el hombre me vea todos los días.

—¿Y?

—Y de momento me da los buenos días.

Noemí asintió despacio, mirando el suelo.

—Yo no te lo voy a reprochar —dijo—. A mí lo que me importa es que el dieciséis haya panecillos. Pero ten cuidado con una cosa.

—Con qué.

—Con que aquí la gente perdona el error y no perdona el cambio de bando.

Se levantó y se puso el casco.

—Ah, y si convences al del horno de que suba al alto los jueves, dile que el ayuntamiento le paga el gasóleo —dijo—. Aunque no tengo con qué pagárselo, así que no se lo digas todavía.

Salí a las ocho de la mañana por el camino del arroyo con la bata doblada en el brazo y una idea en la cabeza, y estaba tan contenta con la idea que tardé media cuesta en acordarme de la muñeca, y de la cabeza a dos centímetros, y de que aquello no había sido nada.

Cuando llegué a casa, mi abuela estaba fregando la cocina con la mano buena y un estropajo, a las ocho y media de la mañana. Friega cuando ha dormido mal.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me serví un vaso de leche y me senté. Ella siguió fregando.

—¿Has cenado algo? —dijo.

—A las tres, un bocadillo.

—Eso no es cenar.

Aclaró el estropajo. Lo escurrió. Lo dejó en su sitio, encima del grifo, con la esquina hacia abajo.

Y entonces, sin girarse, dijo:

—¿Y él cómo está?

Yo levanté la cabeza del vaso.

—¿Quién?

Mi abuela se quedó quieta tres segundos, con las dos manos en el borde del fregadero.

—Nada —dijo—. No me contestes.

Cogió el paño de la mesa, lo dobló y se fue al pasillo.

Antes de entrar en casa, escribí en el móvil:

«Hoy. 11.15. Consultorio.»