Pan, amor y otros fermentos 10. El botijo
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10. El botijo

El botijo

Julián

El viernes, cuando salí a cargar, mi abuelo estaba en la puerta con el sombrero puesto.

—Hoy voy contigo.

—Abuelo, son cuatro horas de furgoneta.

—Ya sé lo que son.

No discutí, porque con mi abuelo no se discute, y porque hacía diecisiete años que no se subía a esa furgoneta.

Se sentó en el medio, que es un asiento incómodo y estrecho, y dejó a Carlota la ventanilla.

Cargar la furgoneta con ella al lado fue, los tres primeros días, lo más cansado del turno.

—Las cajas del alto van arriba.

—Van arriba porque las descargas las primeras.

—Exacto.

—Pues entonces van abajo.

—¿Cómo van a ir abajo?

—Porque abres la puerta de atrás y las de arriba hay que bajarlas con las dos manos por encima de la cabeza. Las de abajo las sacas de un tirón. Lo he cronometrado.

—¿Has cronometrado cómo saco yo las cajas?

—Once veces.

Yo la miré. Ella no se movió.

Total, que ahora las del alto van abajo, y se tarda menos, y no pienso decírselo nunca.

Salimos a las seis. Los primeros diez kilómetros no habló nadie. Después mi abuelo dijo:

—Antes, aquí, había un chopo.

Y a partir de ahí no paró.

Ella iba con el móvil encendido y una libreta de verdad, de papel, que se había comprado en la tienda. Apuntaba las horas de cada parada. Tres minutos, seis minutos, ocho minutos, dos.

En el alto, el del bar salió con la persiana a medio subir y volvió a preguntarme por el jueves.

—Estoy en ello —dije.

Ella apuntó algo.

En el primer pueblo del valle salió la señora de siempre y me dijo lo de siempre.

—Cuarenta céntimos.

—Buenos días, Angelita.

—Cuarenta céntimos.

En el segundo dejé el pan en la caja de plástico, con la piedra encima, y volvimos a la carretera. Carlota se giró en el asiento.

—¿Y el dinero?

—Por la tarde lo dejan en la caja.

—¿En la caja de la calle?

—Con una piedra encima, que si no vuela.

—¿Y si alguien lo coge?

Mi abuelo se rió por lo bajo.

En el tercero salió la Jesusa con el vaso de agua fría, como todos los días de los últimos diecisiete años, y esta vez sacó dos, porque ya le habían contado que iba una mujer conmigo.

Entre el segundo y el tercer pueblo del valle hay cuatro kilómetros de recta y mi abuelo se puso a hablar.

—Aquí, en el cincuenta y ocho, había una era.

—¿Dónde?

—Ahí, donde la nave. Ahí trillaban los de Solanillos. —Se giró un poco hacia ella—. Yo bajaba con el carro a llevar el pan y me daban un melón.

—¿Con carro? —dijo Carlota.

—Con carro y con mula hasta el sesenta y seis. El coche lo compró mi padre el año que se murió.

Hablaba mirando al frente, como si estuviera leyendo en el parabrisas.

—En esta casa vivía un hombre que se llamaba Elpidio —dijo, cuando entramos en el pueblo—. Se murió sin dejar a nadie y la casa está así desde entonces.

Carlota se quedó mirando la fachada, con la ventana rota y la parra comiéndose el balcón.

—¿Y usted se acuerda de todas?

—Yo me acuerdo de cuántas barras llevaba cada una —dijo mi abuelo—. Eso no se olvida. Los nombres sí, pero las barras no.

En la segunda casa del tercer pueblo, mi abuelo me hizo parar.

—Aquí no. Aquí ya no.

—Aquí sigo parando, abuelo.

—Aquí se murió la Felisa en marzo.

—Ya. Y el hijo viene los fines de semana y me compra cuatro barras el sábado.

Mi abuelo se quedó pensando eso un rato largo.

—¿Cuatro barras el sábado?

—Cuatro.

—Pues entonces para —dijo—. Pero no toques el claxon, que no hay nadie a quien avisar y eso se oye desde la casa de al lado.

Yo llevaba cuatro meses tocando el claxon en esa puerta.

Carlota no dijo nada, pero la vi apuntar algo en el móvil, y por el retrovisor le vi la cara de la gente que acaba de entender una cosa que no esperaba entender en un coche.

En el cuarto pueblo, mi abuelo me preguntó por qué llevaba las cajas de pan pequeño debajo.

—Porque pesan menos.

—Las pequeñas van arriba.

—Abuelo, pesan menos.

—Las pequeñas se aplastan. Y el que compra pan pequeño es el que menos come y el que más mira.

Se agarró al asidero para bajarse.

Yo llevo diecisiete años haciendo esa ruta y aquel día me enteré de cosas de mi propio pueblo que no sabía.

A las ocho y veinte llegamos al caserío. Doña Amalia estaba en la puerta con el monedero en la mano.

—Hoy vienes con gente.

—Hoy vengo con gente.

—¿Es tu novia?

—Es una compañera, doña Amalia.

—Ah. —Se asomó a la ventanilla—. Hija, dile a este que suba el jueves al alto, que se van a llevar el pan del supermercado.

—Se lo digo —dijo Carlota.

Cuando arrancamos, ella tenía la libreta abierta y el boli en la mano.

—Vale. Tengo una propuesta.

—Ya empezamos.

—Escúchame. Si sales del alto por la pista de la umbría en vez de bajar a la carretera, te ahorras once kilómetros y veinte minutos.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabes?

—Claro que lo sé. Llevo diecisiete años.

—¿Y por qué no lo haces?

Y ahí fue cuando habló mi abuelo, que llevaba veinte minutos callado, mirando al frente.

—Porque por la umbría llegas al caserío hora y media antes —dijo—.

Y los domingos que sube el cura, doña Amalia va a misa a las nueve, y quiere el pan antes, para dejarlo en casa.

Y si vas por la umbría, a ella le llega antes, sí.

Pero a los del segundo del valle les llega antes de que haya nadie levantado, y el pan se queda en la caja hasta las nueve, y en julio, a las nueve, el pan de la caja está seco.

Carlota se quedó con el boli parado.

—Esa ruta no es la corta —dijo mi abuelo—. Esa ruta es la que va llegando a cada casa cuando en esa casa hay alguien despierto.

Yo no dije nada, porque yo esa ruta me la sé de memoria y nunca me la había explicado nadie así. A mí me la enseñaron conduciendo.

Ella cerró la libreta.

—Eso no me lo habías dicho —me dijo.

—Es que yo no sé explicarlo.

—Pues tu abuelo sí.

Mi abuelo miraba por el parabrisas como si no fuera con él.

La fuente está en la entrada del último pueblo, debajo de una acacia, y es el único sitio de la ruta con sombra a las ocho de la mañana. Allí paro siempre cinco minutos.

Mi abuelo se quedó dormido en el asiento, con la barbilla en el pecho.

Bajamos los dos, sin hablar, para no despertarlo. Yo saqué el botijo de debajo del asiento, que lo lleno todas las mañanas en la fuente de casa, y bebí a chorro.

Se lo pasé.

—No sé —dijo.

—¿No sabes beber a chorro?

—Sé beber a chorro. No sé beber a chorro delante de gente.

—Aquí no hay gente.

Lo cogió con las dos manos. Levantó el codo. Y lo hizo fatal, claro, y se le fue el agua por la barbilla y por el cuello de la camiseta, y se rió, y al reírse se le fue más, y acabó tosiendo y doblada hacia delante con el botijo colgando de una mano.

Le quité el botijo para que no se le cayera y le sujeté el brazo con la otra mano, y ella se enderezó y se quedó ahí.

Un palmo. Puede que menos.

Tenía el agua bajándole por el cuello y el pelo pegado a la sien, y olía a obrador, que es a lo que olía yo. Vi el punto exacto en el que dejó de reírse.

Yo no me moví. Ella tampoco.

Y entonces sonó el claxon.

Mi abuelo se había despertado y tenía la mano apoyada en el volante, mirando al frente, muy serio, apoyándose sin querer.

Volvimos a la furgoneta. Ninguno de los dos dijo una palabra en los once kilómetros siguientes.

Fue a mitad de esos once kilómetros cuando ella sacó otra vez la libreta y dijo, con una voz más alta de lo normal:

—Los pedidos.

—¿Qué pedidos?

—La gente que se queda sin pan. Montamos un grupo de wasap, la gente pide el día antes, tú apartas y ellos recogen. Cero coste.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque el pan se compra mirando a la cara.

—Eso no es una razón, eso es una frase.

—Pues es mi frase.

—Se te quedan tres clientes de toda la vida sin pan a las once de la mañana.

—Y con el wasap se me queda el mostrador lleno de gente mirando el móvil.

—Se te queda el mostrador lleno de gente, a secas. Que es lo que quieres.

Mi abuelo, en el medio, dijo:

—A mí me gusta mirar a la cara.

—Gracias, abuelo.

—Pero a los del alto el pan les llega seco —siguió—. Y eso a mí no me gusta más.

Y se calló otra vez.

El viernes por la tarde, después de dormir, me encontré a Iker en el mostrador con una libreta de papel abierta y un boli.

—¿Y eso?

—Los pedidos. Me ha dicho Carlota que los apunte aquí también, por si se va la cobertura.

—¿Y por qué se va a ir la cobertura?

—Dice que en su pueblo hay una calle entera sin.

Miré la libreta. Tenía una columna con el nombre, otra con lo que pedían y otra con una marca cuando se recogía.

Era la letra de ella. Las tres primeras páginas las había hecho ella y se las había dejado empezadas, como se le deja la cama hecha a alguien.

—Está bien —dije.

—¿Se lo digo?

—No.

El sábado no hay reparto. Cuezo la mitad, abro de nueve a una y a las dos duermo.

Aquel sábado, a las siete y media de la mañana, salí al corral a por leña y miré enfrente. Aquí eso lo hace todo el mundo sin darse cuenta.

En la calle del Horno de Fuentelhorno no había humo.

Los sábados, desde que yo tengo memoria, a las siete y media hay una columna fina saliendo por encima de los tejados. Desde aquí se ve perfectamente. Mi padre decía «ya están las viejas» y seguía con lo suyo.

No había nada.

Me quedé con dos leños en la mano más tiempo del que hacía falta.

Cuando entré, mi abuelo estaba en la ventana del obrador, mirando lo mismo.

—Hoy tampoco —dijo.

Yo dejé las llaves en el clavo y no contesté.

Se dio la vuelta y se puso a contar cajas vacías que ya había contado.

El sábado por la noche fui a La Parada, que en verano es lo que hay.

Estaban los de la partida y estaba Rubén, y en cuanto crucé la puerta noté ese medio segundo de silencio que en un bar de pueblo vale por un discurso.

—Hombre, Julián.

—Buenas.

—Oye, una cosa que me han dicho.

—Dime.

—Que tienes trabajando en el obrador a la nieta de la Encarna.

—La tengo.

Hubo dos o tres «ahí va» y una risa corta.

—¿Y eso?

—Que me hacía falta gente y esa sabe trabajar.

—Hombre, Julián, que es de enfrente.

—Y el que me quitó el sitio del mercadillo es de aquí.

Eso les hizo gracia, pero solo a medias.

Rubén se acercó a la barra con el botellín.

—Tú sabrás lo que haces —dijo.

—Yo sabré.

—Pero te lo digo como amigo: eso en el pueblo se va a comentar.

—Ya se está comentando.

—Y hay quien va a decir que estás dejando entrar en tu casa a la gente que lleva setenta años llamando ladrón a tu abuelo.

Dejé el botellín en la barra.

—¿Sabes lo que me dijo mi abuelo el jueves, cuando la vio con el gorro puesto? —dije.

—¿Qué te dijo?

—Buenos días.

Rubén se rió, se le pasó la risa y se quedó mirándome con esa cara que se le pone cuando algo le sale del guion.

Pagué y me fui a las once.

A la una, cerrando el mostrador, apareció Iker con el móvil.

—Tío, mira.

—¿Otra vez el del pan que sale volando?

—No. Mira.

Era un grupo. Se llamaba «Horno Heredia. Pedidos». Tenía treinta y cuatro personas dentro y un mensaje fijado arriba, escrito la noche anterior a las once y media:

«Hola. Si escribís aquí antes de las 20.00 lo que queréis para el día siguiente, se os aparta y se recoge en el mostrador hasta las 11.30. No hace falta que contestéis a este mensaje.»

Debajo había ya once pedidos.

—¿Quién ha montado esto?

Iker se encogió de hombros, pero se le escapaba la risa por un lado de la boca.

—Ella. Me pidió los números.

—¿Y tú se los has dado?

—Me los pidió.

Miré la pantalla otra vez. El tercer pedido era de la Jesusa, escrito por su hija desde Alcalá. El séptimo era de doña Amalia, dictado, porque ponía «me dice doña Amalia que dos barras y que no te olvides el jueves».

Le devolví el móvil a mi sobrino.

—Que apunte ella los pedidos —dije—. Yo de ahí no leo nada.