9. Antes muerta
Antes muerta
Carlota
La formación de higiene alimentaria dura una mañana y consiste en un manual fotocopiado de veintiocho páginas, un vídeo de hace quince años y una hoja que se firma al final.
Me lo dio él a las diez de la mañana del miércoles, en el mostrador, con el pelo mojado de haberse duchado después del turno y unas ojeras de tres kilos.
—Léete esto.
—Me lo sé.
—Léetelo igual.
Me lo leí. Temperaturas, alérgenos, limpieza, uñas, anillos, pelo recogido, heridas tapadas. Todo lo que yo audito en los almacenes, escrito en un papel con una grapa oxidada.
Firmé la hoja. Él la guardó en la carpeta de la estantería, esa que tiene un papel rojo que pone «pendiente», y después sacó un sobre con el alta.
—A media jornada no me sirves —dijo—. De noche el tope son ocho horas de media y el reparto entra dentro. Firmas de doce a ocho enteras, con plus de nocturnidad, y el alta la mando esta tarde, que tiene que estar antes de que entres.
—¿Me vas a pagar?
—Claro que te voy a pagar.
—No hace falta.
—A mí me hace falta —dijo—. Si aquí entra una inspección y hay una persona sin dar de alta, me cierran. Ya tengo bastante con lo que tengo.
Señaló la carpeta con la barbilla y no dijo más.
Antes de empezar me llevó al cuartito del fondo, me dio una bata blanca, un gorro y una caja de guantes, y se quedó mirándome las manos.
—Las uñas.
—Ya.
—Cortas y sin pintar.
—Que ya, que me las corto.
Se fue al obrador. Iker me dejó unas tijeras de las de cutículas que tenía en la mochila, no sé por qué, y me corté las uñas en el váter del bar de Cañadalba, porque en el obrador no hay espejo.
El esmalte me lo quité aquella noche, en casa, con la acetona de mi abuela, que es de un frasco que debe de tener quince años y huele exactamente a los años ochenta.
Mi abuela me miró desde la puerta de la cocina, con un algodón oliendo a acetona en el aire y las uñas quedándoseme pálidas y cortas.
—Pareces otra.
—Es solo un mes.
—Todas dicen eso.
A mi abuela se lo dije el miércoles, comiendo, entre el primer plato y el segundo.
—Voy a trabajar en el horno de enfrente.
Ella siguió partiendo el tomate.
—¿Cómo que vas a trabajar?
—Por las noches. De doce a ocho. Me han dado de alta.
—¿Te han dado de alta los Heredia?
—Me ha dado de alta Julián Heredia, sí.
Dejó el cuchillo.
—¿Tú sabes lo que van a decir?
—Me lo imagino.
—No te lo imaginas. —Se limpió las manos en el delantal—. Van a decir que la nieta de la Encarna se ha puesto a servir a los ladrones. Eso van a decir. Y lo van a decir en el Casino y en la puerta de la iglesia y el día de San Roque.
—Abuela, es lo único que se me ha ocurrido.
—¿El qué es lo único que se te ha ocurrido?
—Estar allí. Aprender a hacerlo. Y que el viejo me vea todos los días.
Mi abuela se quedó callada un rato largo, con las dos manos en el borde de la mesa.
—El viejo —dijo.
—Anselmo.
—Ya sé cómo se llama.
Se levantó, cogió los platos con la mano buena, uno y luego el otro, y los llevó al fregadero.
—Haz lo que quieras —dijo, de espaldas—. Pero no me cuentes nada de allí. Ni de la casa, ni del horno, ni de él. Nada.
—Vale.
—Nada, Carlota.
—Que vale.
Estuvo el resto de la tarde en su cuarto con la radio puesta, y a las ocho bajó, me puso un plato con dos filetes empanados en la mesa y me dijo que si iba a trabajar de noche tenía que cenar antes de irme.
A las doce menos cinco de aquella noche empujé la puerta de atrás del obrador y entré a trabajar.
Lo primero que hay que decir del obrador de los Heredia a las doce de la noche es que hace un calor que no se puede explicar.
El horno está encendido desde antes y no se apaga nunca, y la puerta se cierra porque si no entran bichos, y a las dos de la mañana la camiseta se te pega a la espalda como si la llevaras mojada.
Lo segundo es que no hay música. Yo creía que en los obradores había música. Hay un reloj de pared, un ventilador que no llega, el zumbido de la cámara y ya.
Y lo tercero es que allí no manda la persona. Manda la masa.
Eso me costó tres noches entenderlo y la primera me costó una bronca.
—Pesa dieciocho kilos de esa harina.
Pesé.
—Ahora el agua. Once litros y medio.
—¿No sería más rápido pesar de golpe todas las harinas de las tres masas y luego…?
—No.
—Es que si preparas los componentes por adelantado ahorras…
—Que no. La segunda masa lleva otra harina y tiene que entrar veinte minutos después, no antes. Si la tienes hecha antes, se pasa. Pesa trescientos veinte.
Pesé trescientos veinte.
A la una y media metió la primera masa en la amasadora, una máquina vieja de brazos que hace un ruido de barco, y me enseñó a ver el punto sin tocarla.
—Cuando deja de pegarse al fondo y hace así, se para.
—¿Así cómo?
—Así.
—Eso no es una medida.
Él paró la máquina, metió la mano, cogió un trozo de masa y me lo estiró delante de la cara hasta que se hizo una película fina que dejaba pasar la luz de la bombilla.
—Esto es la medida —dijo.
Y volvió a lo suyo.
Lo que no me esperaba era el peso.
Un saco de harina son veinticinco kilos.
Esa noche entraron nueve. Los sube uno solo, del suelo al hombro y del hombro a la balda, y el que los sube lleva diecisiete años subiéndolos y tiene el hombro derecho más alto que el izquierdo, cosa que yo no había visto hasta que lo vi de espaldas levantando el séptimo.
Una artesa de masa son treinta kilos. Eso no se levanta: se empuja, se vuelca y se corta.
Y el ruido, que tampoco me lo esperaba. La amasadora hace un ruido de lavadora vieja con una piedra dentro. El extractor hace otro. El horno hace un clac cada vez que entra el quemador, cada cincuenta segundos, y a las cuatro horas ese clac lo oyes con los ojos cerrados.
A las dos y cuarto me llevé la mano a la nuca y me noté la camiseta empapada por dentro del cuello.
A las dos y media me quité el reloj, porque se me resbalaba.
A las tres menos veinte me di cuenta de que en tres horas de turno no había mirado el móvil ni una vez, y que eso no me pasaba desde el año dos mil quince.
A las tres y cuarto, mientras esperábamos a que subiera la primera, me senté en la banqueta con el móvil y empecé a escribir.
—¿Qué haces?
—Apuntar.
—¿Apuntar qué?
—Seis cosas.
—A ver.
Me arrepentí en cuanto abrí la boca, pero ya estaba.
—Una. Pesas las harinas tres veces por noche y siempre los mismos números.
Se pueden dejar pesadas por masa, en cubos, con la etiqueta puesta.
Dos. La cámara está a seis pasos de la mesa y la abres nueve veces por noche.
Tres. Cargas la furgoneta tú solo mientras Iker barre, y luego barres tú mientras él carga las cajas de vuelta, que es justo al revés de lo que interesa.
Cuatro. El mostrador abre a las nueve pero el pan está a las siete y media, y entre las siete y media y las nueve no hay nadie que despache. Cinco…
—Para.
—Es que la cinco es la buena.
—Que pares.
Se apoyó con las dos manos en la mesa de mármol y me miró.
—Esto no es un almacén —dijo.
—Ya lo sé.
—No lo sabes. Aquí no se hacen paquetes.
Aquí la masa decide y nosotros vamos detrás.
Si tú me organizas el turno para ganar veinte minutos, esos veinte minutos se los quitas a la fermentación, y entonces el pan sale peor, y entonces la gente lo nota, y a mí lo único que me queda contra el supermercado de la comarca es que lo noten.
—Yo no he dicho de tocar la fermentación. He dicho de tocar lo que haces tú mientras la masa no hace nada.
Él abrió la boca. La cerró.
Se dio la vuelta y se puso a engrasar los moldes, que no hacía ninguna falta engrasarlos en ese momento, y estuvo así cuatro minutos.
—La cinco —dijo, sin mirarme.
—¿Qué?
—Que cuál era la cinco.
—Que tienes dos hojas de inspección sin firmar desde mayo.
—Eso no es del turno.
—Eso es de que te van a cerrar.
No contestó.
A las tres y cuarenta estropeé una masa.
Fue por querer ayudar. Vi el cubo de la segunda tapado encima de la mesa, con el paño puesto, y pensé que si lo metía en la cámara aguantaría mejor el calor, porque en aquel obrador hacía treinta y ocho grados y yo llevo cinco años metiendo cosas en cámaras.
Lo metí.
A las cuatro y diez, cuando él fue a buscarlo, se quedó mirando el hueco de la mesa.
—¿Y la segunda?
—La he metido en la cámara.
Cerró los ojos un segundo. Luego abrió la cámara, sacó el cubo, metió la mano y apretó la masa con dos dedos.
Yo esperé la bronca con la espalda recta, que es como espero yo las broncas desde los veinticinco.
—Está parada —dijo.
—¿Se ha estropeado?
—No. Está parada. —Puso el cubo encima del horno, en la esquina caliente—. Ahora sale dos horas tarde.
—Lo siento.
—Ya.
Cogió el paño, lo mojó, lo escurrió y lo puso encima del cubo.
—La masa no está esperando a que tú tengas tiempo —dijo—. Está haciendo una cosa. Si la enfrías, la paras. Si la calientas, la corres. Lo único que no puedes hacer es tratarla como si fuera una caja.
—Vale.
—Y esa la vamos a vender igual, y va a salir un poco más ácida, y la Jesusa me lo va a decir el viernes.
No me gritó ni una vez. Aquella noche pensé, subiendo la cuesta, que en mi trabajo alguien habría escrito un correo.
A las cuatro y media Iker se despertó del todo y me enseñó las máquinas como se las enseña un crío de dieciséis años a una señora de treinta y cuatro, o sea, riéndose.
—Esto es la divisora. Esto es la cortadora, que es la de las tres hostias. A esto no te acerques. Y esto de aquí lo tocas y mi tío te mata.
—¿Y eso qué es?
—El cuadro del horno.
A las cinco y veinte salió la última hornada y él me llamó con la mano.
—Ven.
Puso las hogazas en el tablero, en dos filas, y se quedó delante sin tocarlas.
—Ahora no se toca ninguna.
—¿Por qué?
—Porque están cantando.
Me acerqué. Y era verdad, y es una cosa que no sabe nadie que no haya estado a esa hora en un obrador. El pan recién salido cruje solo. Se oye un chisporroteo fino, como cuando se enfría un motor.
—Eso es la corteza, que se contrae —dijo.
—¿Y eso cuánto dura?
—Diez minutos. A veces menos.
Nos quedamos los dos callados delante de doce hogazas que sonaban, a las cinco y media de la mañana, con el ventilador de fondo y la puerta ya abierta y el fresco entrando.
—Vale —dije—. Esto no sale en el manual de veintiocho páginas.
—En el manual no sale nada.
A las seis menos cinco entró Anselmo por la puerta de atrás.
Me vio con la bata y el gorro y se quitó el sombrero.
—Buenos días.
—Buenos días.
No dijo nada más. Fue a la balda, le dio de comer al puchero, mojó el trapo y se sentó en su taburete.
Y a mí, con las manos metidas en una masa de treinta kilos, se me hizo un nudo raro en la garganta, porque durante veinte minutos nadie dijo una palabra y se oía la cuchara de palo dando en el barro.
A las seis cargaron la furgoneta y se fueron, y me quedé sola en aquel obrador con el ruido del extractor.
Salí a las ocho menos cuarto. Me fui por el camino del arroyo con la bata doblada en el brazo, subí la cuesta entre los huertos y llegué a casa a las ocho y veinte, con un olor a horno que no se quita con ducha.
Mi abuela estaba desayunando.
—Vienes de allí.
—Vengo de allí.
—Ya lo sabe todo el pueblo.
—Ya me lo imagino.
Me senté enfrente con un vaso de leche y se lo dije.
—Abuela, tu amigo Anselmo dice que te lo da a ti.
—No es mi amigo.
—Dice que se lo pidas tú.
—No.
—Dice que se lo dará a quien tiene que pedírselo.
Mi abuela dejó la taza.
—Ya te he dicho que de ahí no se pide nada.
—Son cuatro pasos. Ni siquiera hace falta que cruces el arroyo. Te llevo en el coche por la carretera y te bajo en la puerta.
—Yo no voy ni por el aire.
—¿Por qué?
Y entonces mi abuela dijo la frase que yo iba a estar oyendo veinticinco días seguidos, con las mismas dos palabras y la misma cara, como quien cierra una puerta con llave y se guarda la llave en el bolsillo del delantal.
—Antes muerta.
Me tumbé a las nueve y me desperté a las dos y media con el ruido de la persiana del vecino y la boca seca.
Bajé. En la mesa de la cocina había un plato tapado con otro plato, un vaso y un tenedor puestos, y una nota escrita con la mano izquierda, que es la que le queda libre, con una letra de niño de seis años.
«Lentejas. Calienta 3 minutos. No las remuevas mucho.»
Mi abuela estaba en su cuarto con la radio.
Me comí las lentejas de pie, mirando por la ventana de la cocina el tejado de la casa de enfrente, y pensé que llevaba más de dos semanas en ese pueblo y que ya tenía dos horarios: el de la gente y el mío.
Subí a dormir a las nueve. Antes de bajar la persiana abrí el móvil, entré en la nota que se llama «pendientes» y escribí lo único que tenía claro a esas horas.
«Faltan 31 días.»