Pan, amor y otros fermentos 8. La condición
25%

8. La condición

La condición

Julián

A las cinco menos cuarto de la mañana llaman a la puerta de atrás dos personas: mi abuelo, que no llama, y nadie.

Yo estaba sacando la segunda hornada con la pala, con el horno abierto y la cara a medio metro de la boca, así que tardé en ir. Cuando abrí, tenía las manos llenas de masa y en la puerta estaba ella, con una sudadera atada a la cintura y las zapatillas llenas de polvo del camino.

—¿Has venido andando?

—Por el arroyo.

—A las cinco de la mañana.

—Es la única hora que estás despierto.

Me quedé un segundo con la mano en el marco. Detrás de mí, el horno perdiendo calor.

—Pasa, que se me enfría.

Pasó.

Se quedó de pie junto a la puerta, pegada a la pared, mirándolo todo.

No miraba como mira la gente cuando entra en un obrador por primera vez, que mira el horno y las palas y se le van los ojos al pan.

Miraba las estanterías, el suelo, la cámara, la mesa de mármol, el cuadro de horarios de la pared.

Iba de izquierda a derecha. Estaba contando cosas.

Saqué las últimas cuatro hogazas, cerré y me limpié en el delantal.

—Si vienes a pedirme otra vez el reciento, ya te lo dije el lunes.

—No vengo a que me lo des tú.

—¿Ah, no?

—Vengo a hablar con tu abuelo.

Eso no me lo esperaba.

—Mi abuelo tiene noventa años.

—Y llega a las seis menos cinco. Me lo dijo la Tere el primer día, cuando todavía me hablaba.

Me eché a reír de mala manera, de esa que no es risa.

—En este pueblo ya sabes hasta la hora a la que se levanta un viejo.

—En este pueblo y en el mío, todo el mundo sabe todo menos lo que hace falta.

Y ahí se calló, y se quedó mirándome, y yo no supe qué decirle. Eso no me pasa casi nunca, porque casi nunca hablo.

Puse el temporizador de la tercera hornada. Ella siguió pegada a la pared.

—¿Te puedo preguntar una cosa mientras? —dijo.

—Pregunta.

—¿Por qué está el mostrador vacío a las once?

—Porque en julio suben tres autobuses y se lo llevan todo.

—¿Y por qué no haces más pan?

—Porque el horno es el que es y las manos son estas.

Ella asintió despacio, como si le hubiera dado un dato que ya tenía apuntado.

A las cinco y veinte bajó Iker en calzoncillos, vio a una desconocida en el obrador y se dio la vuelta sin decir nada. Volvió a los dos minutos vestido, con el pelo de punta.

—Buenos días —dijo, con una cara de curiosidad que le llegaba a las orejas.

—Buenos días.

—Iker, las cajas.

—Si todavía es pronto.

—Las cajas.

Se fue arrastrando los pies. Ella se rió por lo bajo, un segundo, y se puso seria enseguida, porque había venido a otra cosa.

Mi abuelo entró a las seis menos cinco por la puerta de atrás.

La vio y se paró en el escalón. Se quitó el sombrero. Eso lo hace con las mujeres y ya no lo hace nadie.

—Buenos días.

—Buenos días —dijo ella, y se puso de pie del todo, separándose de la pared.

Mi abuelo dejó el bastón apoyado en el marco, fue hasta la balda, se puso el gorro y no dijo nada más. Sacó la harina. Sacó el agua.

Y ella empezó a hablar.

Se lo contó todo, desde el principio, sin adornos y sin excusas, de pie en medio de mi obrador con el temporizador corriendo detrás.

El jueves. El vinagre. El fregadero. El estropajo.

El agua hirviendo. El puchero de su bisabuela rajado de arriba abajo.

Que su abuela había querido taparlo. Que ella había comprado la levadura en la tienda de aquí, y que eso también lo había hecho ella.

Que en su pueblo habían votado no pedir nada a esta casa, y que había venido igual, sola, andando por el arroyo, porque la votación era de ellas y el destrozo era suyo.

Mi abuelo le daba de comer al puchero mientras la oía. Un puñado de harina. El agua. La cuchara de palo.

Cuando ella acabó, se hizo un silencio en el que solo se oía la cámara.

Mi abuelo puso el trapo mojado encima de la boca del puchero. Lo colocó bien, estirando las esquinas, como se estira una sábana.

Después se giró.

—¿Cómo te llamas? —dijo.

—Carlota.

—Carlota. —Asintió—. ¿Tú sabes lo que tienes ahí dentro, Carlota?

—Sé que es del cincuenta y seis.

—Es de antes. Del cincuenta y seis es el día que salió de vuestro pueblo, que no es lo mismo.

Ella se quedó quieta.

—Yo le doy de comer todas las mañanas desde hace setenta años —dijo mi abuelo—. Nunca he vendido un pan con él. Ni uno.

—¿Por qué?

—Porque no es para vender.

Y ahí levantó la cabeza y lo dijo, y lo dijo despacio, como quien lleva mucho tiempo sabiéndose una frase.

—Se lo daré a quien tiene que pedírmelo. Que venga Encarna.

Yo estaba apoyado en la mesa de mármol con los brazos cruzados y noté que se me descruzaban solos.

—Mi abuela no va a venir —dijo ella.

—Pues entonces no hay nada que hablar.

—Tiene ochenta y nueve años y una muñeca rota.

—Y yo tengo noventa y también ando.

—No va a cruzar. Se lo he pedido. Me ha dicho que de aquí no se pide nada, no se coge nada y no se habla.

Mi abuelo cogió el bastón. Yo creí que iba a decir algo más. Se quedó un momento mirando al suelo, con las dos manos encima del puño del bastón, y luego se puso el sombrero.

—Abuelo —dije—. ¿Por qué Encarna?

Y mi abuelo me contestó lo que me ha contestado siempre que le he preguntado cualquier cosa de aquel pueblo, desde que yo tengo ocho años.

—Di mi palabra.

—¿A quién?

—Di mi palabra, Julián.

Y se fue por la puerta de atrás, con el sombrero puesto y a las seis y diez de la mañana, que es una hora a la que mi abuelo no se ha ido nunca del obrador.

Nos quedamos ella y yo.

Sonó el temporizador. Abrí, metí la tercera hornada, cerré. Cuando me di la vuelta, ella seguía en el mismo sitio.

—Vete a casa, anda —le dije—. Ya has oído.

—No.

—¿Cómo que no?

—Que me faltan treinta y dos días para San Roque y no tengo ningún plan mejor que este.

Cogió una banqueta, la arrastró medio metro y se sentó, y empezó a hablar como si estuviera en una reunión.

—Vamos por partes. Tu abuelo dice que se lo da a mi abuela. Mi abuela dice que no cruza. Eso es un bloqueo, y los bloqueos se trabajan por los lados.

—Aquí no se trabaja nada por los lados.

—Tú tienes seis pueblos, un chaval de dieciséis años que se duerme de pie y ningún ayudante desde junio —dijo, y empezó a contar con los dedos—.

Vendes todo a las once y pierdes a los clientes de toda la vida.

Tienes una carpeta en esa estantería con dos hojas de papel de inspección sin firmar, y lo sé porque pone «pendiente» en rojo desde donde estoy sentada.

Te vas a quedar sin el pueblo del alto, porque no puedes subir tres días.

—¿Eso quién te lo ha dicho?

—El hombre del bar del alto se lo dijo a mi abuela en el médico.

Me quedé callado.

—Y yo llevo cinco años organizando almacenes de comida fresca —dijo—. Turnos, rutas, cargas, protocolos. Es lo que sé hacer. Es lo único que sé hacer.

—Aquí no hay almacenes.

—Aquí hay una furgoneta mal cargada.

Eso me dolió más de lo que debería, porque la cargo yo.

—¿Y qué quieres a cambio? —dije—. Porque el reciento no te lo puedo dar, te lo acaba de decir el dueño.

—Quiero tres cosas. —Levantó tres dedos—. Una, que me enseñes a levantar una masa madre y a cocer cuatrocientos panecillos, porque si al final lo conseguimos no voy a saber ni por dónde empezar. Dos, que me dejes trabajar aquí de noche para aprender. Y tres…

Se paró.

—Tres —dije.

—Que me ayudes a que esos dos se hablen.

Fuera empezaba a clarear. Por la ventana alta del obrador se veía el cielo gris y la punta del campanario de mi pueblo.

Yo pensé en mi abuelo poniéndose el sombrero a las seis y diez.

Pensé en la mano temblándole el sábado por la tarde con el trapo mojado.

Pensé en que llevo toda la vida oyendo «la robada» en el bar y en que aquella mujer era, hasta donde yo sabía, la primera persona de Fuentelhorno que había entrado por esta puerta en setenta años.

Y pensé en lo que iba a decir Rubén cuando se enterara.

—Las madrugadas son de doce a ocho —dije—. Te doy la formación de higiene y te doy de alta, porque si no, el día que aparezca una inspección me hundo.

—De acuerdo.

—Y aquí se hace lo que yo diga, aunque tú creas que está mal hecho.

—Eso ya lo veremos.

—Eso no se ve. Eso es así.

Ella se levantó de la banqueta.

—Trato —dijo, y me tendió la mano.

Yo tenía las dos manos llenas de masa. Se las enseñé, por delante y por detrás.

—Ya —dijo, y la bajó—. Pues trato igual.

Antes de irse, cuando ya tenía la mano en el picaporte, se dio la vuelta.

—Una cosa.

—Dime.

—¿Por qué no hacéis vosotros una nueva y ya está? —dijo—. Una masa madre se hace con harina y agua. En diez días la tienes. Y a ti nadie te ha quitado nada.

Yo me apoyé en la mesa.

—¿Por qué no la hacéis vosotras?

—Porque no llegamos a San Roque.

—No. Porque no sería el vuestro. —Le señalé la balda con la cabeza—. Eso de ahí lleva setenta años en esta casa. Si mañana yo tiro ese puchero y hago otro, mi abuelo se sienta en ese taburete a mirar un cubo de harina con agua.

Ella se quedó callada.

—Eso es lo que no entiende la gente de fuera —dije—. Que esto no es un producto. Es una lista de gente.

—Lo he entendido esta mañana —dijo ella—. Cuando el chico de la panadería de Guadalajara me ofreció la suya.

—¿Llamaste a una panadería de Guadalajara?

—A tres.

—Madre mía.

—Ya.

Abrió la puerta. Entraba el fresco de las ocho menos veinte, que es lo único bueno que tiene julio.

—Oye —dijo—. ¿A qué hora empiezas esta noche?

—A las doce.

—Pues no llegues a y cinco.

Y se fue.

Se fue a las ocho menos veinte por la puerta de atrás, cuando yo salía a cargar la furgoneta.

Desde la ventana la vi bajar la cuesta entre los dos huertos, cruzar por las piedras del arroyo y subir por el otro lado, con la sudadera todavía atada a la cintura.

Mientras la veía subir pensé en que a las seis menos cinco de la mañana siguiente mi abuelo iba a entrar por esa puerta y se la iba a encontrar con un gorro puesto y las manos en mi masa.

Habría que decírselo.

Y también habría que decírselo a Rubén, y a los de la partida, y a la Tere, que lo iba a saber igual el jueves a la una.

Decidí lo que decido siempre, que es no decir nada y que las cosas se vayan viendo. En mi casa eso se nos da muy bien.

Iker apareció al lado con una caja en los brazos.

—¿Esa quién es?

—La nieta de la Encarna.

—¿Y qué quiere?

—Trabajar aquí de noche.

Iker se quedó un momento pensando, con la caja colgando.

—Tío, eso es rarísimo.

—Sí.

—¿Y tú has dicho que sí?

—No tenía otra cosa que decir.

—Pues sí que estamos mal.

Le di en la nuca con el paño y cargamos la furgoneta.