Pan, amor y otros fermentos 7. Sin saludo
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7. Sin saludo

Sin saludo

Carlota

Me quedé en la plaza con cuatro barras en el brazo y la cara ardiendo.

No por él. Por la gente.

Porque cuando la furgoneta salió por la calle de abajo, en la plaza había diecisiete personas, y las conté mientras se iban yendo, una por una, sin mirarme. La Loli fue la única que me dijo algo, al pasar por mi lado, sin pararse.

—Te lo dijimos.

No me lo había dicho nadie. Me lo había dicho Noemí, y no exactamente eso.

Subí a casa. Mi abuela estaba en la cocina, de pie, con la radio apagada, y por cómo estaba de pie supe que ya se había enterado, porque aquí todo el mundo se entera de todo antes de que llegues tú a contarlo.

—¿Has ido a pedírselo? —dijo.

—He ido.

—Después de lo que se votó el sábado.

—Se votó lo que se votó. Yo no soy del sábado.

Mi abuela cogió el trapo del respaldo, lo dobló y lo volvió a dejar.

—¿Y qué te ha dicho?

Se lo dije con sus palabras exactas, porque no se me iban a olvidar en la vida.

Ella se quedó mirando el hule.

Y entonces hizo una cosa que a mí, en ese momento, me pareció simple mala leche, y que tardé un mes entero en entender. Se sentó, se colocó la escayola encima de la mesa y dijo, muy bajito, como para ella:

—Pobre hombre.

—¿Pobre hombre? Abuela, me ha humillado delante de medio pueblo.

Mi abuela levantó la cabeza, y tenía los ojos de otra manera.

—Que te frías un huevo, anda, que no has comido —dijo.

Lo que pasó después de aquello no fue un escándalo. Fue otra cosa, más lenta y peor.

A la una fui al Casino a comprar hielo. En el Casino había seis personas. Tere estaba detrás de la barra.

—Buenas —dije.

Tere cogió la bolsa de hielo del arcón, la puso en el mostrador y dijo el precio.

Ni «hija», ni «tú eres la nieta de», ni tres preguntas seguidas. El precio.

Pagué, di las gracias y salí, y cuando ya estaba en la puerta oí a alguien decir algo detrás y a dos personas reírse, y no sé lo que dijeron, y da igual, porque llevo toda la vida sabiendo lo que se siente cuando se ríen a tu espalda a metro y medio.

Por la tarde bajé a por el pan a la plaza y no había furgoneta, claro, que la furgoneta pasa por la mañana.

La Pura venía de frente por la acera de la panadería vieja. Me vio a treinta metros, se paró, se ató el zapato que no llevaba desatado y cruzó a la otra acera.

No te insultan. Te ahorran el trabajo de saludar.

Esa noche hice una cosa que no me gusta contar.

Me senté en el poyo de la iglesia a las once, con el móvil en la mano, y estuve cuarenta minutos leyendo el grupo de las del sábado. No el mío, que ese no existía todavía. El suyo. Uno que se llama «Horno» y que me habían metido el segundo día, cuando aquí todavía era la nieta de la Encarna.

Nadie hablaba de mí.

Eso fue lo peor. Habían pasado dos días desde la plaza y en ese grupo había catorce mensajes sobre una cita del médico, cuatro sobre una gotera y una foto de un gato. Ni una palabra del reciento, ni de la caridad, ni de mí.

No se hablaba de eso en el grupo porque de eso se hablaba en las puertas, a las ocho de la tarde, con las sillas sacadas, que es donde se habla aquí de lo que importa. El grupo es para las goteras.

Y yo, que llevo cinco años diciendo en reuniones que la información va por donde va y no por donde la pones tú, tardé dos días en entender el canal de un pueblo de cien habitantes.

A las doce menos cuarto llamé a Bea.

—Son las doce, Carlota.

—Necesito las tres semanas de asuntos propios.

Hubo un silencio corto al otro lado, de esos que se oyen.

—¿Las que llevas tres años sin pedir?

—Esas.

—¿Desde cuándo?

—Desde el día dieciséis.

—¿Y eso por qué?

Yo me quedé mirando la calle vacía, con las farolas dando esa luz naranja que hay en los pueblos y una bombilla parpadeando encima de la puerta de la iglesia.

—Porque he roto una cosa —dije— y no me puedo ir antes de arreglarla.

—¿Una cosa de trabajo?

—No.

—Ah. —Se le oyó cambiar de postura—. ¿Estás bien?

—Estoy en un pueblo donde no me habla nadie porque he hervido una masa.

—Carlota.

—Es largo.

—Mándame el papel mañana y te lo firmo —dijo—. Y cuando vuelvas me lo cuentas entero, con principio y final.

Colgué. Y me quedé un rato más ahí sentada, porque bajar a casa era llegar a una cocina donde había una mujer de ochenta y nueve años que tampoco me hablaba mucho.

El martes por la mañana fui al horno.

Los martes no se cuece, pero se barre, se ordena la leña y se pone al día lo que haga falta, y las del sábado hacen turnos. A mi abuela le tocaba esa semana con la Rosalía, y como mi abuela tiene una mano escayolada, iba a ir yo.

La puerta de dos hojas estaba abierta. Dentro había cuatro mujeres.

Cuando entré, dejaron de hablar.

—Vengo a barrer, que le toca a mi abuela.

—Ya está barrido —dijo la Rosalía.

—Son las nueve y media.

—Pues ya está barrido.

La Matilde, que es la más blanda de las doce, se quedó mirando el suelo.

—Hija, es que hasta que se arregle esto…

—Hasta que se arregle esto, ¿qué?

—Pues eso.

Me fui. En la puerta me crucé con la Sagrario, que entraba con un cubo.

—Buenos días —dije.

La Sagrario me miró a la cara, y eso fue casi peor.

—Yo el viernes te lo dije —contestó—. Que olía raro.

Y entró.

Noemí me encontró en el poyo de la iglesia a mediodía, que es donde me sentaba yo a hablar por teléfono, y se sentó al lado sin pedir permiso, con la carpeta en las rodillas.

—Vaya semanita.

—Ya.

—¿Es verdad lo del agua hirviendo?

—Es verdad.

Noemí resopló y miró al pueblo, igual que miro yo.

—A ver, Carlota. Te voy a decir lo que hay, porque nadie te lo va a decir a la cara, y luego haces lo que quieras.

—Vale.

—La caridad de San Roque es lo único que hace este pueblo entero junto. Lo único. El resto del año somos cien personas y cuatro rencillas. Ese día se levantan las doce, hacen cuatrocientos panecillos y no falta ni una casa.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes, porque tú te vas en agosto. —Lo dijo sin maldad, y por eso era peor—. Yo tenía a la autonómica medio convencida. Y con eso salía el pueblo, y con el pueblo sale la escuela, que tengo seis niños y me hacen falta dos más antes de septiembre o me la cierran.

—¿Y qué quieres que haga?

—Que lo arregles.

—Se lo he pedido a los de enfrente. Delante de todo el mundo. Me han dicho que no.

Noemí se echó a reír, con una risa corta y sin gracia.

—Es que eso no se hace así.

—¿Y cómo se hace?

—Pues no lo sé, pero así no —dijo—. Aquí hay cosas que llevan setenta años puestas de una manera y tú has llegado el uno de julio.

Se levantó, se sacudió la falda y se colocó la carpeta debajo del brazo.

—Otra cosa. Las del sábado han votado que no se les pide nada a los Heredia. Eso es una votación y aquí las votaciones van a misa. Así que si vuelves a cruzar, vas tú sola.

—Ya he ido yo sola.

—Pues eso.

El martes por la tarde fui a casa de la tía Visi.

Vive en la última casa de la calle del Horno, la del emparrado, y estaba dentro, en la penumbra, con la puerta de la calle abierta y una cortina de tiras de plástico para las moscas.

—Buenas tardes.

—Pasa, hija.

Eso ya me descolocó, porque llevaba dos días sin que nadie me dijera «hija».

Me senté en una silla baja, delante de ella. Es una mujer pequeña, con las manos moteadas y unas gafas de cerca colgando de un cordón.

—Vengo a pedirle perdón.

—Ya me lo pediste el sábado, delante de todas.

—Pues se lo pido otra vez a usted sola.

Me miró por encima de las gafas y me pareció que le hacía gracia.

—Tú no tienes la culpa de nada —dijo.

—Yo lo tiré por el fregadero.

—Tú tiraste una masa porque no sabías. Eso no es culpa, eso es no saber. —Movió la mano—. Anda, cógete un vaso de agua de la nevera, que hoy aprieta.

Le cogí un vaso a ella también.

—Tía Visi, yo he venido a otra cosa.

—Ya lo sé.

—A la votación.

—Ya.

—Si ustedes, las del sábado, la levantaran, yo podría ir de otra manera. No como el lunes, que fui sola y quedó como quedó. Podríamos ir tres, con Noemí, y hablar con el abuelo ese, que tiene noventa años y a lo mejor…

—No.

Lo dijo sin levantar la voz y sin dejarme terminar.

—¿Por qué no?

—Porque no.

—Usted ha votado que no se les pida nada y luego le dice a su bisnieta que yo no tengo la culpa de nada. Eso no encaja.

La vieja se quedó mirando la cortina de tiras. Fuera pasó un coche.

—Hay cosas en este pueblo que llevan puestas más años que tú —dijo.

—Eso me lo ha dicho ya Noemí.

—Pues por algo será.

Me terminé el agua y me levanté. En la puerta, con la cortina en la mano, lo intenté por última vez.

—¿Qué pasó en el cincuenta y seis?

La tía Visi cogió el abanico de la mesa camilla y lo abrió.

—Pasó el invierno más malo que yo he visto —dijo—. Y luego pasó todo lo demás.

Y se puso a abanicarse, que en este pueblo quiere decir que la conversación se ha acabado.

A las ocho de la tarde llamaron a la puerta. Era Vega, con la toalla y el pelo mojado.

—¿Está la Encarna?

—Está echada.

—Vale. Venía a verte a ti.

Se sentó en el escalón de la calle, como si fuera su casa, y yo me senté al lado.

—Mi bisabuela no ha dormido —dijo.

—Ya.

—Lleva dos noches levantándose. Yo duermo en el cuarto de al lado y la oigo andar.

—Dile que lo siento.

—Se lo he dicho. —Se estiró la toalla en las rodillas—. Dice que tú no tienes la culpa de nada.

Levanté la cabeza.

—¿Eso dice?

—Eso dice. Y luego votó que no os dejaran pedirlo, así que yo ya no entiendo nada.

Se quedó un momento callada, dándole vueltas a una piedrecilla con la chancla.

—Oye, Carlota.

—Dime.

—¿Tú sabes lo del cincuenta y seis?

Se me erizó algo en la nuca.

—He oído decirlo en el horno. Que en el cincuenta y seis este pueblo también se quedó sin.

—No se quedó sin. Se lo llevaron. Eso es lo que cuentan aquí desde siempre: que el hijo del panadero de enfrente entró de noche en el horno y se llevó el reciento. Por eso son los ladrones.

—¿Y tu bisabuela qué dice?

Vega me miró.

—Mi bisabuela no dice nada. Yo le pregunté el domingo y me dijo que me fuera a la piscina.

Cuando se fue, subí. Mi abuela estaba despierta, sentada en la cama con la radio puesta bajita.

—Abuela.

—Qué.

—¿Qué pasó en el cincuenta y seis?

La radio seguía sonando. Ella se colocó la sábana con la mano buena, muy despacio, doblando el embozo dos veces.

—Que nos robaron el reciento —dijo.

—¿Y ya está?

—Y ya está.

—Abuela, si hay algo…

—Carlota. —Me miró—. De ahí no se pide nada. No se pide, no se coge y no se habla. Apaga la luz al salir.

Aquella noche llamó mi madre. Martes, no domingo.

—¿Se puede saber qué está pasando ahí?

—¿Quién te lo ha contado?

—La Loli tiene el número de tu tía, y tu tía me ha llamado a mí. Que has tirado la masa del pueblo y que has ido a pedírsela a los de enfrente delante de todo el mundo.

—Las dos cosas son verdad.

Mi madre resopló en el teléfono. Se oía su cocina detrás, el grifo, un plato.

—Carlota, coge el coche y vente.

—Tengo hasta el quince de vacaciones, y luego tres semanas de asuntos propios que llevo tres años sin gastar.

—Pues te vienes antes. Que la abuela está bien, que tiene el brazo escayolado y no se ha muerto nadie, y tú allí no pintas nada.

—Es que lo he roto yo.

—Es una masa.

Eso es exactamente lo que le dije yo a mi abuela el jueves, y al oírselo a mi madre me sonó de otra manera.

—¿Tú sabes lo que pasó en el cincuenta y seis?

Hubo un silencio corto. Muy corto, pero yo trabajo con tiempos y los noto.

—Lo que sabe todo el mundo —dijo—. Que les robaron esa cosa y que desde entonces se llevan a matar. Cosas de pueblo.

—¿Y por qué la abuela no quiere hablar de eso?

—Porque es de su padre, y a su padre lo dejaron por tonto. Y ahora hazme caso y vente.

Colgamos. Me quedé en el poyo de la iglesia, que es donde hay cobertura, mirando los tejados a oscuras.

Cuarenta y ocho, conté otra vez. Tres con andamio y dos hundidos.

Puse el despertador a las cuatro y media.

No sé muy bien por qué lo puse, porque a esa hora no había pensado todavía lo que iba a hacer. Lo pensé a las cuatro y media, con el móvil sonando debajo de la almohada y la casa a oscuras.

Salí a las cinco menos cuarto. El pueblo olía a tierra mojada porque alguien había regado, y no había ni una luz encendida.

Bajé por el camino del arroyo, entre los chopos, con la linterna del móvil apuntando al suelo. Crucé por las piedras, que estaban secas. Subí por el otro lado, entre dos huertos, y a mitad de la cuesta empecé a oler a pan.

Es un olor que no se parece a nada a las cinco de la mañana.

La panadería estaba al final de la calle, con una ventana alta iluminada y un ruido de máquina dentro.

Llamé a la puerta de atrás con los nudillos, dos veces, y esperé.