Pan, amor y otros fermentos 6. El pan de los ladrones
19%

6. El pan de los ladrones

El pan de los ladrones

Julián

Los sábados no reparto. Cuezo la mitad, abro el mostrador de nueve a una y a las dos estoy durmiendo.

Aquel sábado no dormí, porque a las dos ya lo sabía todo Cañadalba.

Aquí las noticias del otro pueblo entran por dos sitios: por la furgoneta, que es mía, y por el teléfono de la Tere, que llama a su hermana todos los días a la una. Ese sábado vino por el teléfono.

A las tres, en La Parada, estaban los de la partida con el vermú en la mano y la cosa ya contada con adornos.

—Que se les ha muerto el pan.

—¿A quién?

—A las del sábado. A las viejas. Que se les ha muerto la masa esa que llevan guardando desde los romanos.

—¿Y eso cómo se muere?

—Pues como se muere todo. Sin comer.

Se rieron. Se rieron bastante rato, y luego se rieron otra vez cuando alguien contó lo del agua hirviendo, que para entonces ya no era agua hirviendo, era lejía.

—Fregona y lejía —dijo el de la partida—. La nieta de la Encarna, que ha venido de Madrid a cuidarla.

—Anda la madre.

—Y la caridad de San Roque, ¿qué?

—Pues sin caridad.

—Este año nos toca a nosotros darles a ellos —dijo Rubén desde la barra, y aquello les hizo tanta gracia que hubo que repetirlo dos veces.

Yo me tomé la caña y no dije nada.

Un hombre del fondo, que es de los que no hablan casi nunca, lo dijo mirando el vaso.

—A ver si vienen a pedirnos.

—Que vengan.

—Que vengan de rodillas, hombre.

Pagué y me fui.

A las cinco de la tarde, con el pueblo durmiendo, fui al obrador a poner las masas del domingo y la puerta de atrás estaba abierta.

Mi abuelo estaba dentro, de pie delante de la balda.

A las cinco de la tarde. Él va a las seis de la mañana. Lleva yendo a las seis de la mañana desde que se jubiló, y antes iba a las doce de la noche, y antes de eso su padre.

Tenía el trapo en la mano y el puchero destapado, y no estaba haciendo nada. Estaba mirándolo.

—Abuelo.

Se giró despacio.

—¿Tú lo sabes ya? —dijo.

—Lo sabe todo el bar.

Volvió a mirar dentro del puchero. Le di tiempo. Mi abuelo tarda en las cosas y no se le mete prisa.

—¿Y qué dicen? —preguntó.

—Que se les ha muerto.

—Eso ya lo sé. Digo qué dicen de nosotros.

—Que a ver si vienen a pedir.

Mi abuelo asintió una vez, como si le hubiera dicho la hora.

Mojó el trapo en el cubo, lo escurrió y lo puso encima de la boca del puchero.

Le temblaba la mano. A mi abuelo le tiembla la mano desde hace tres años y es una cosa que no se mira en mi casa, pero aquella tarde le temblaba de otra manera, y yo me quedé en la puerta sin saber qué hacer con los brazos.

—Abuelo, ¿le has dado de comer?

—Esta mañana.

—Entonces vete a casa, que hace calor.

Se fue. Desde la ventana lo vi subir la calle con el bastón, parando en la esquina como para mirar algo que no había.

El domingo mi abuelo no vino a las seis.

Es la primera vez en diecisiete años. Cuando se jubiló y le dije que se quedara en casa, que ya estaba bien, me contestó que a él lo que le sobraba era casa, y desde entonces no ha fallado ni con gripe.

A las siete seguía sin aparecer. A las once, cuando cerré el mostrador, subí a su casa.

Estaba en la cocina, con la radio puesta y una taza de achicoria delante. La achicoria se la tomaba mi abuela, que murió hace once años. Él la sigue comprando.

—¿Estás malo?

—Estoy bien.

—Son las once.

—Ya sé la hora que es.

Me senté enfrente. Estuvimos callados un rato, con la radio dando el parte del campo.

—Abuelo.

—Qué.

—Lo del cincuenta y seis.

Movió la taza dos centímetros a la izquierda.

—¿Qué pasa con el cincuenta y seis?

—Que a mí me lo han contado en la escuela, en el bar y en el frontón, y en mi casa nunca.

—Porque en esta casa no hay nada que contar.

—Abuelo, a mí me llamaron ladrón antes de saber lo que era un ladrón.

Eso fue lo más lejos que he llegado nunca con él, y me arrepentí en el momento, porque le vi la cara.

Miró la radio. Luego la ventana. Y luego dijo lo que lleva diciendo toda la vida, con las mismas palabras, ni una más.

—Yo entré de noche en el horno de Doroteo Sanz y me llevé el reciento. Eso es lo que hay.

—¿Y por qué lo hiciste?

—Porque mi padre estaba en la cama y en mi pueblo no había pan.

—¿Y por qué no lo pediste?

Se quedó un momento con la boca un poco abierta, como quien va a decir algo y se lo traga.

—Porque era joven y era tonto —dijo—. Anda, vete a dormir, que llevas dos noches sin.

Me fui. En la escalera me di la vuelta y le pregunté una cosa más, desde abajo, sin verle la cara.

—Abuelo, ¿y por qué le guardas a la Encarna la barra más tostada?

Tardó en contestar.

—Porque le gusta así —dijo.

Y cerró la puerta de la cocina.

El domingo hubo frontón.

Es una cosa que se hace desde hace cuarenta años: el segundo domingo de julio, Cañadalba contra Fuentelhorno, en el frontón de ellos, que es mejor que el nuestro. Yo ya no juego. Antes jugaba.

Perdimos por dos tantos, con un saque que se fue fuera en el último punto, y la gente de aquí se pasó la vuelta entera diciendo que el frontis de ese pueblo tiene una junta que escupe la pelota.

A la salida, mientras cargaba las cajas de cerveza vacías en la furgoneta, pasaron tres críos de once o doce años, de los de allí, y uno dijo, no muy alto, pero lo bastante:

—Cuidado, que este es el nieto del ladrón.

Los otros dos se rieron y salieron corriendo, como hacen los críos cuando repiten algo que han oído en casa.

Yo seguí cargando cajas.

A los once años a mí eso me hacía llorar en el cuarto de baño de la escuela. A los quince me pegué dos veces y me castigaron las dos. A los veinte aprendí que lo mejor es no cambiar la cara, porque la cara es lo único que ellos buscan.

A los treinta y cinco ya solo es una cosa que pasa, como el granizo.

Lo que no sabía, hasta aquel domingo, es que me iba a dar rabia que lo dijera un crío que ni siquiera ha nacido cuando aquello.

El lunes llegué a Fuentelhorno a las nueve, aparqué debajo del olmo y abrí las dos puertas de atrás.

Salió la gente. Salió más gente que otros días.

Eso lo noté enseguida, porque yo llevo diecisiete años parando ahí y sé cuánta gente sale. Estaba la Tere, que no le tocaba. Estaba la Loli. Estaba la Toñi con la bata puesta. Estaba media plaza.

Y en la esquina, esperando, estaba ella.

Esperó a que despachara a cuatro. Luego se acercó a la furgoneta y se paró a un metro, no en la ventanilla, y habló en voz alta, para que se oyera.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Me llamo Carlota Arranz, soy la nieta de Encarna Sanz. El jueves tiré el reciento de mi abuela pensando que estaba malo. Fue culpa mía, no de ella.

En la plaza no se movió nadie.

—Vengo a pedirte el reciento que tenéis vosotros —dijo—. Un pellizco. Para que haya caridad en San Roque.

Y lo hizo bien, que fue lo que más rabia me dio después. Que no lo pidió por lo bajo ni por teléfono ni mandando a otro. Que lo pidió en la puerta, de viva voz, delante de su pueblo entero, que es exactamente como se pide aquí.

Yo tenía las manos en la caja de las barras.

Ese pellizco no es mío. Está en casa de mi abuelo, en su balda, y yo no lo toco.

Y si yo decía que sí, el lunes en La Parada iba a haber quince tíos diciendo que los Heredia habían devuelto lo robado. Devolver es reconocer.

Luego miré la plaza. Miré a la gente de la plaza de uno en uno, que es una cosa que se tarda menos en hacer que en contarla, y en aquella plaza había por lo menos seis personas que a mi abuelo le han dado los buenos días toda la vida sabiendo lo que decían de él a sus espaldas.

Se me puso el cuello caliente.

—¿Ahora sí queréis el pan de los ladrones? —dije.

Lo dije alto. Más alto de lo que hacía falta.

Ella abrió la boca y no le salió nada.

Cerré las puertas de atrás, di la vuelta al olmo y salí por la calle de abajo, y en el retrovisor se quedó la plaza entera mirando, que es la imagen que me llevé.

Por la tarde vino Rubén al obrador.

Entró por el mostrador, con el mono puesto y el móvil en la mano, y traía esa cara de contento que se le pone cuando algo le parece un asunto público.

—¡Julián!

—Dime.

—Que me han contado lo de esta mañana.

—¿Quién te lo ha contado?

—Todo el mundo. —Se apoyó en el mostrador—. Oye, bien dicho.

Yo estaba limpiando la báscula. Seguí limpiándola.

—Bien dicho, de verdad —repitió—. Setenta años llamándonos ladrones, y ahora bajan a pedirnos el pan. Eso hay que decirlo alto, y tú lo has dicho alto.

—Le pidió un pellizco de masa a un hombre de noventa años, Rubén.

—Le pidió a tu abuelo que le devolviera lo que ellos dicen que es suyo.

Dejé el trapo.

—¿Y qué es? —dije—. ¿De quién es esa masa?

Rubén se rió, pero se le notó que no tenía la respuesta a mano.

—Hombre, de tu abuelo.

—¿Y antes?

—Antes es antes.

Se guardó el móvil en el bolsillo del mono.

—Total, que el pueblo está encantado —dijo, ya en la puerta—. Y en La Parada esta noche vas a tener invitación.

Cuando se fue me quedé un rato mirando la báscula limpia.

Yo tenía razón en lo que dije y lo dije en el sitio donde más daño hacía.

Esa noche hubo invitación en La Parada y no fui.

Fui el jueves, dos días después, cuando ya se había hablado bastante, y aun así me duró veinte minutos.

El primero me dio una palmada en la espalda. El segundo me dijo que él habría dicho lo mismo pero peor. El tercero, que es un hombre de sesenta años que me compra dos barras y media al día desde que murió su mujer, levantó el vaso desde la otra punta y dijo, delante de once personas:

—¡Por el nieto del ladrón!

Y se rieron todos, con cariño, porque aquí eso se dice con cariño.

Me bebí la caña. Di las gracias. Me fui.

Y por el camino me acordé de una cosa que no me había acordado en años: que la primera vez que me lo llamaron a mí fue en el patio de la escuela de Cañadalba, con seis años, y que al que me lo llamó no le pegué, porque entonces yo era un crío educado, sino que fui a casa y se lo pregunté a mi madre.

Y mi madre, que era de Pastrana y que se había casado en este pueblo sin saber nada, me dijo que eso era una tontería antigua y que no le hiciera caso.

Y a los dos días le oí discutir con mi padre en la cocina sobre si teníamos que irnos del pueblo.

Nos quedamos, claro. Aquí no se va nadie.

Lo que quiero decir es que a mí esa palabra me la pusieron a los seis años y me la han ido devolviendo cada diez, siempre en broma, siempre entre amigos, siempre con cariño y con el vaso levantado, y que eso es como una piedra pequeña en la bota: no te tira al suelo ninguna vez, pero al cabo de cuarenta años andas raro.

Y aquella mujer, en la plaza, delante del patio de la escuela, no me había llamado nada.

Paré en el puente.

Son doscientos metros. Aparqué en la cuneta, me bajé, me puse en el pretil y estuve mirando el arroyo, que en julio lleva un hilo de agua y unas piedras blancas.

Ni siquiera me había hecho nada. Me había pedido una cosa que yo no le podía dar, y me la había pedido bien.

Cuando llegué al obrador, mi abuelo estaba en el taburete con el café de las diez.

—¿Es verdad lo de Fuentelhorno? —dijo.

—Es verdad.

—¿Y qué han hecho?

—La nieta de la Encarna me lo ha pedido en la plaza.

Mi abuelo dejó la taza en la mesa de mármol. No se la bebió entera, y eso tampoco pasa en mi casa.

—¿Y tú qué le has dicho?

Se lo conté con las mismas palabras.

Mi abuelo se levantó, cogió el bastón, se puso el sombrero y se fue sin decir absolutamente nada, y yo me quedé solo en el obrador con doscientas barras por hacer y una taza de café a medias enfriándose encima del mármol.