5. Agua hirviendo #2
Harina de fuerza, agua tibia, un tarro de mermelada vacío de los de kilo. Mi abuela sentada a la mesa con la escayola apoyada, dirigiendo, y yo de pie, mezclando.
—Más agua.
—Dice el vídeo que a partes iguales.
—Dile al vídeo que esta harina es de aquí.
Lo dejamos tapado al lado del horno de la cocina, que es el sitio más caliente de la casa. A las tres de la mañana bajé a mirarlo con la linterna del móvil y no se había movido. A las siete tenía cuatro burbujas del tamaño de una lenteja.
El viernes fue el día más largo de mi vida.
Le dimos de comer a las ocho, a las dos y a las ocho. A mediodía olía a harina mojada y nada más. A las siete de la tarde olía un poco a yogur, y mi abuela metió el dedo, lo probó y puso una cara que no le había visto nunca.
—Esto no levanta ni con música —dijo.
—¿Y entonces?
Fue a la despensa. Volvió con las cuatro pastillas de levadura prensada.
—Abuela.
—Mi madre lo hacía en el año del hambre y no se lo dijo a nadie —dijo, desenvolviendo uno—. Media pastilla en la masa, y el pan sube y nadie pregunta.
—¿Y eso no se nota?
—El pan sube, se dora y está bueno.
—Te he preguntado si se nota.
Mi abuela partió la pastilla por la mitad, con una mano, apretando contra el borde de la mesa.
—A la Visi no se le puede poner un pan delante —dijo—. Pero la Visi tiene noventa y cuatro años.
A las diez de la noche llamaron a la puerta.
Once mujeres, una detrás de otra, con sus tarros. Y nosotras con un tarro de mermelada lleno de una cosa de un día y media pastilla de levadura escondida en la masa que ya estaba amasada en la artesa.
La primera fue la Sagrario.
Mi abuela levantó el paño, metió la cuchara y le puso el pegote en el tarro.
La Sagrario lo miró. Luego se lo acercó a la nariz.
—Esto huele raro.
A mí se me paró el pulso en el cuello, ahí donde se nota.
Mi abuela no levantó la vista.
—Lo que huele raro es esa colonia que te echas —dijo—. Que se te huele desde la esquina.
La Sagrario se rió, cerró el tarro y se fue.
Y así once veces. Y a la última, cuando se cerró la puerta, mi abuela se quedó con las dos manos en la mesa, la buena y la de la escayola, y dijo:
—Vete a dormir, que mañana hay que madrugar.
El sábado a las seis menos cuarto estábamos en el horno.
Todo fue exactamente igual que el sábado anterior. Las brasas, el barredero, la bóveda que se pone blanca, los tableros, los sellos, la Matilde diciendo «ya está», el pan entrando con la pala. Yo llevaba el tablero de mi abuela con las dos hogazas marcadas con la ese.
Y subió. El pan subió. Salió dorado, alto, con la oreja abierta, y a mí, durante nueve minutos, se me pasó por la cabeza que aquello iba a salir bien.
La tía Visi llegó a las siete y media, como siempre, y se sentó en su silla de enea al lado de la boca.
Le llevaron la primera hogaza, que era de la Pura. La volvió del revés, dos golpes, la oreja cerca, la partió, olió la miga.
—Esta está bien.
La segunda era de la Charo.
—Esta también.
La tercera era de mi abuela.
La cogió con las dos manos. La volvió. Le dio los dos golpes. Y antes de partirla, sin partirla siquiera, levantó la cabeza.
El horno se quedó callado. Doce mujeres y una cría de dieciséis años.
La tía Visi partió la hogaza por la mitad, se acercó la miga a la nariz y estuvo así un segundo largo.
—Este pan no es nuestro —dijo—. Esto lleva levadura de la tienda.
Yo no sé lo que iba a decir mi abuela, porque no le di tiempo.
—Ha sido culpa mía —dije.
Y lo conté todo de pie, en medio del horno, con el calor de la boca en la cara y un tablero vacío en las manos: el vinagre, el fregadero, el agua hirviendo, el puchero rajado, los dos días, la levadura, el tarro de mermelada.
Mientras hablaba pensé una cosa absurda, que es que se me estaba dando bien, porque yo explico incidencias todas las semanas, y luego me di cuenta de que nadie me miraba a mí. Miraban a mi abuela.
Cuando acabé, la Pura dijo:
—O sea, que el reciento se ha muerto.
—Sí.
—El reciento de este pueblo.
—Sí.
—El del cincuenta y seis —dijo alguien al fondo, y yo entonces no supe qué quería decir eso.
La tía Visi dejó las dos mitades de la hogaza en la silla, encima de su falda, y se limpió los dedos.
—Encarna —dijo—. ¿Tú lo sabías?
—Lo sabía.
—¿Y nos lo ibas a dar así?
—Os lo he dado así.
Y entonces empezaron todas a la vez, que es como se habla aquí cuando pasa algo de verdad.
Que si había que decírselo a Noemí. Que si sin reciento no hay caridad. Que si la caridad lleva haciéndose desde antes de la guerra. Que si en el cincuenta y seis también se quedaron sin y hubo que buscarlo fuera.
—De fuera no se trae nada —dijo la Rosalía.
—Hombre, de fuera. De enfrente.
Y ahí se calló todo el mundo otra vez.
La Loli lo dijo despacio, como quien pone una cosa en la mesa que lleva escondida en el bolsillo.
—Los Heredia tienen el nuestro.
—Los Heredia tienen el que se llevaron —dijo la Toñi.
—Que es el nuestro.
—Que es el nuestro, sí.
Mi abuela, que no había abierto la boca desde «os lo he dado así», se levantó del banco. Le costó, por la escayola.
—De ahí no se trae nada —dijo.
—Encarna, si es el mismo…
—De ahí no se trae nada.
La tía Visi levantó la mano.
Tiene noventa y cuatro años y una mano pequeña, y en aquel horno la levantó y se callaron doce personas.
—Que se vote —dijo.
Y se votó, a mano alzada, en un horno de pan a las ocho de la mañana de un sábado de julio.
Antes sin caridad que pedírselo a los ladrones.
Nueve manos. La Pura y la Charo no votaron. Mi abuela tampoco, que estaba de pie mirando la pared.
Y la tía Visi, que se llevaba ochenta años de amistad con mi abuela, levantó la mano con las duras.
Eso fue lo único que aquel día no entendí.