Pan, amor y otros fermentos 5. Agua hirviendo
14%

5. Agua hirviendo

Agua hirviendo

Carlota

La Toñi vino a por mi abuela a las ocho menos cuarto y tocó el claxon dos veces desde la esquina. Aquí eso sustituye al timbre.

—Que no hace falta que vengas —me dijo mi abuela en la puerta, con el bolso colgado del brazo bueno.

—Ya lo sé.

—Que la Toñi se sabe el camino corto.

—Ya me lo has dicho tres veces.

—Pues cuatro. —Se paró a mitad del escalón—. Y al reciento le das de comer al mediodía, que ayer lo hice temprano.

—Al mediodía.

—Y le mojas el trapo.

—Y le mojo el trapo.

Se subieron al Ibiza blanco de la Toñi y salieron pitando cuesta arriba. Yo me quedé en la puerta a las ocho de la mañana con un pueblo entero para mí sola y un calor que ya apretaba.

Volví a la cocina, me hice un café y abrí el portátil en la mesa, encima del hule, porque en la casa no hay escritorio y porque la mesa es el único sitio donde cuadra el enchufe.

A las nueve tenía reunión. Yo estaba de vacaciones, pero mi jefa manda las invitaciones igual y luego dice que no hace falta que entres.

Entré.

Cuarenta minutos de almacenes, de turnos y de una promoción de bebidas frías que iba a reventarnos los sábados de agosto en toda la zona centro. Hablé nueve minutos y en siete de ellos dije que no.

Cuando colgué eran las diez menos veinte y tenía un mensaje de mi madre: «¿Está la abuela mejor?». Contesté que sí. Me contestó con un pulgar hacia arriba.

A las once me metí en el correo. A las doce menos cuarto llamó el de Vallecas por lo del sábado. A las doce y diez me acordé del puchero.

Lo bajé de la alacena, lo puse en la mesa, aparté el portátil y quité el trapo.

Olía a vinagre.

No a manzana. A vinagre, como cuando abres una botella de sidra que lleva medio año en la despensa.

Lo primero que pensé, y lo pensé en serio, fue: contaminación.

Yo llevo cinco años auditando almacenes de comida fresca.

Tengo metido en la cabeza el mapa de todo lo que puede salir mal cuando dejas un producto a temperatura ambiente.

Sé de memoria cuánto aguanta un pollo, cuánto aguanta una tortilla y qué pasa cuando la cadena de frío se rompe cuarenta minutos en julio.

Y aquello llevaba en una alacena, sin frío, a treinta y tantos grados, desde que se inventó el pueblo.

Metí la cuchara. Debajo de la capa de arriba había una masa gris, más líquida de lo que estaba el miércoles, con un charquito oscuro encima.

Y yo, que llevo cinco años mirando neveras ajenas, vi lo que creí que estaba viendo: olor avinagrado, líquido separado, color apagado. Una incidencia. De las que en mi trabajo no se discuten porque hay doce mil pedidos detrás.

Miré el reloj, que iba siete minutos adelantado. Pensé, y esto es exactamente lo que pensé, con estas palabras: «Si le doy de comer a esto y mi abuela de ochenta y nueve años se come el pan del sábado, la que va a tener un problema soy yo».

Y lo tiré por el fregadero.

Salió despacio, en dos veces, y tuve que empujar lo del fondo con la cuchara de palo. Abrí el grifo y lo dejé correr. Cogí el estropajo, eché lavavajillas y fregué el puchero por dentro hasta que la pared rascaba.

Y luego hice la última cosa, que es la que me va a durar toda la vida.

Puse el cazo al fuego, herví agua y la eché dentro del puchero para esterilizarlo.

El barro hizo un ruido corto. Crac. Una raja de arriba abajo, del borde a la base, y el agua hirviendo saliendo por la mesa y cayéndome en la zapatilla.

Me quedé mirando aquello con el cazo vacío en la mano.

Puse un paño en la mesa. Quité el agua. Dejé el puchero boca abajo en el escurridor, rajado, limpio y vacío, y me senté.

Luego cogí el móvil y busqué. Tardé cuatro minutos en encontrarlo y no me hizo falta entrar en más de dos páginas.

El olor a vinagre de una masa madre no es contaminación. Es ácido acético. Es lo que pasa cuando la masa lleva días sin comer y se queda sin azúcares. El líquido oscuro de arriba tiene hasta nombre.

No se tira. Se le da de comer y se espera.

Y lo que me dejó peor no fue haberme equivocado. Fue caer en que en esa casa había una mujer que lleva setenta años con esa masa, durmiendo a cuatro metros de mí, y que a mí no se me ocurrió subir a preguntarle.

Volví al fregadero. Miré el desagüe. Levanté el estropajo por si había quedado algo pegado, y no había quedado nada, porque yo friego bien. Llevo fregando bien desde los diecinueve años, que es cuando me fui a vivir sola.

Me senté otra vez y estuve un rato largo sin hacer nada, con los brazos colgando.

A la una y media oí el claxon del Ibiza.

Mi abuela entró hablando de la fisio, que es una chica de Yunquera que le hace daño a propósito, y de una señora de la sala de espera que le ha contado no sé qué de una nieta suya. Dejó el bolso en la silla. Fue a coger un vaso.

Y se paró.

Con el vaso en la mano, mirando el escurridor.

—¿Y el puchero?

Se lo dije todo seguido, sin sentarme, mirándole la escayola para no mirarle la cara.

Que había olido a vinagre. Que yo había creído que estaba malo.

Que lo había tirado. Que había escaldado el puchero y se había rajado.

Que ya sabía que había hecho una barbaridad, que lo había buscado después, y que lo sentía muchísimo.

Mi abuela no dijo nada.

Dejó el vaso en la encimera. Se acercó al escurridor, cogió el puchero con la mano buena, le dio la vuelta y le pasó el dedo por la raja.

Cuando le vi la cara entendí que hubiera preferido que me gritara.

—Abuela.

—Calla un momento.

Se sentó. Puso el puchero en la mesa, encima del hule, y estuvo mirándolo como se mira a alguien en un tanatorio.

—Ese puchero era de mi madre —dijo.

—Abuela, de verdad que…

—Que calles un momento, hija. Que estoy pensando.

Estuvo pensando dos minutos y medio. Los conté porque no tenía otra cosa que hacer con las manos.

Después levantó la cabeza.

—¿Cuántos días hay hasta el sábado?

—Dos.

—Dos. —Se quedó otra vez callada—. ¿Y con harina y agua se hace?

—¿Qué se hace?

—Otro.

Yo tardé en entenderlo. Pensé que hablaba del puchero.

—Abuela, una masa madre nueva tarda una semana o más. Lo acabo de leer.

—Ya sé lo que tarda —dijo—. Yo he visto a mi madre empezar uno en el cincuenta y dos, cuando se le heló el suyo. Tardó doce días y salió flojo.

—Entonces no llegamos al sábado.

—No.

—Pues habrá que decirlo.

Mi abuela levantó la mano buena.

—Tú no vas a decir nada.

—Abuela…

—Tú no sabes lo que es esto. Si mañana se sabe que el reciento se ha muerto en mi casa, en mi mes, y por una que ha venido de Madrid, este pueblo lo va a estar contando en los entierros dentro de treinta años.

—Es masa, abuela.

Me miró como si le hubiera dicho una grosería, y a lo mejor se la dije.

—Se hace otra y aquí no se entera nadie —dijo—. Coge el monedero.

—¿Para qué?

—Para ir a por levadura, que en este pueblo no hay tienda.

—¿Y dónde hay?

Mi abuela cogió el trapo del respaldo, lo dobló y lo dejó encima de la mesa.

—Enfrente —dijo.

Se tarda veinticinco minutos a pie hasta Cañadalba si vas por el camino del arroyo, que baja entre los chopos, cruza por unas piedras que en julio están secas y sube por el otro lado, entre dos huertos.

Yo no fui por el camino. Fui en coche, por la carretera, que son doce kilómetros y un rodeo largo, porque llevaba unas zapatillas blancas y porque no me apetecía llegar con los pies llenos de polvo.

Cañadalba tiene tienda, bar, iglesia y panadería. La tienda está en la calle de la iglesia y huele a jabón y a fruta.

Cogí cuatro pastillas de levadura prensada, de esas que vienen en papel de plata. Cogí también un paquete de harina de fuerza, porque en casa solo había de la normal, y una bolsa de galletas para disimular, como en las películas, que no sirve absolutamente para nada.

Y cuando me giré hacia la caja, estaba el panadero de la furgoneta en la puerta, con un paquete de papel de horno en la mano.

Se me quedó mirando la cesta. No la cara. La cesta.

Cuatro pastillas de levadura de panadero, en un pueblo con panadería, compradas por la nieta de la Encarna.

—Buenas —dije.

—Buenas.

Y ahí, en medio segundo, decidí que no iba a dar ninguna explicación, y a continuación di una.

—Es para un bizcocho.

Él miró la cesta otra vez.

—Vale —dijo.

Pagué, cogí la bolsa y salí a la calle con la sensación de haber dicho en voz alta todo lo que quería callarme.

Antes de ponernos con la harina hice lo que hago yo siempre, que es intentar comprar la solución.

Hay masa madre a la venta. Deshidratada, en sobres, con reseñas de cuatro estrellas y media. Hay talleres de fin de semana en Madrid a sesenta euros y hay panaderías que te regalan un pellizco si vas con un tarro.

Estuve una hora con el móvil encima del hule.

La deshidratada tarda dos días en despertar y tres en levantar, y eso lo pone hasta el que la vende.

El envío más rápido a Guadalajara capital era el lunes.

A Fuentelhorno, directamente, no hay envío.

Hay un desplegable con los códigos postales de la zona y el nuestro no sale, porque no hay empresa que suba esta carretera para dejar un paquete de nueve euros.

Eso lo sé yo mejor que nadie. Lo he defendido en reuniones. He dicho la frase «no es rentable» en voz alta en un edificio de cristal, delante de un mapa donde este pueblo es un punto gris.

Después llamé a tres panaderías de Guadalajara.

En la primera no lo cogieron. En la segunda me dijeron que ellos trabajan con levadura. En la tercera, un chico muy amable me dijo que sí, que me daban un trozo de su masa madre sin ningún problema, que fuera cuando quisiera.

—¿Y es de harina de aquí? —le pregunté, porque algo se me había pegado ya.

—Es de una francesa que traemos, buenísima.

Le di las gracias y colgué.

Podía ir a Guadalajara, volver con un tarro y decir que era el nuestro. Cincuenta minutos de coche.

Y ponerle a la tía Visi, que lleva noventa y cuatro años comiendo el pan de ese horno, un pan hecho con una masa francesa.

Me quedé mirando el tarro de mermelada vacío encima de la mesa.

—¿Qué haces ahí parada? —dijo mi abuela desde la puerta.

—Nada. Pensar.

—Pues piensa con las manos, que son las once.

Empezamos a las once de la noche, cuando ya no pasaba nadie por la calle.