Pan, amor y otros fermentos 4. Lo que no se vende
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4. Lo que no se vende

Lo que no se vende

Julián

La lavanda está para segar a mediados de julio y eso lo sabe todo el mundo aquí, porque la cooperativa lo pone en un cartel en la puerta y porque en cuanto empiezan las máquinas el pueblo huele a armario durante quince días.

Lo que hay en esos campos, y lo digo una vez más, es lavandín. Lavandín de destilar, para jabón y para bolsitas. Lo planta la cooperativa desde hace veinte años porque da más que el cereal y porque aguanta la sequía, y detrás vinieron los autobuses, que nadie los llamó.

En julio suben los autobuses.

Vienen por la carretera de arriba, aparcan en la explanada de la cooperativa y sueltan cincuenta personas con sombrero que se hacen fotos en los campos, compran una bolsita de flor seca y bajan al pueblo a buscar un sitio para comer, que no hay.

Lo que hay es mi mostrador.

El lunes vendí todo a las once y veinte. El martes, a las once. El miércoles, a las once menos cuarto, y tuve que decirle que no a la Jesusa, que lleva viniendo desde que existe la tienda.

—Pues haz más pan —me dijo Iker, con la escoba en la mano y sin barrer.

—El horno es el que es.

—Pues otro horno.

—Con lo que ganamos en julio no se paga otro horno. Barre.

Eso es lo que no entiende nadie, ni mi sobrino ni los del autobús. Que agosto son seis semanas y el resto del año son cuarenta y seis, y que cuarenta y seis semanas al año yo hago el pan de seis pueblos donde vive gente que se muere, y cada vez que se muere alguien vendo dos barras menos.

El miércoles me quedé sin pan antes de llegar al tercero del valle y la Jesusa se quedó sin sus dos barras.

Es la tercera vez este verano. Le di media hogaza de la víspera y no se la cobré, y ella me dijo que no hacía falta y me la pagó igual, y las dos cosas eran mentira.

—Es que vienen los autobuses, Jesusa.

—Ya, hijo.

—Mañana te aparto yo las tuyas y te las llevo en la ruta.

—Si a mí me da igual, que yo como poco.

Eso lo dice la gente cuando le quitas algo que lleva teniendo toda la vida.

Después entraron tres del autobús a preguntar si podían pasar al obrador a hacer fotos.

—No.

—Es un momento.

—Es que ahí dentro hay harina en el suelo y un horno a doscientos cincuenta grados.

—Solo del horno.

—No.

Se fueron diciendo que era una pena, que en Francia los obradores se visitan, y yo les di las gracias por venir, porque también me compraron dieciocho magdalenas.

El miércoles entró una señora con gafas de sol en la cabeza y me preguntó si tenía pan de lavanda.

—No.

—¿Y de espelta?

—Tampoco.

—¿Pero de lavanda no? Con lo que tenéis ahí arriba.

—Lo que hay ahí arriba es lavandín.

—¿Y eso no es lavanda?

—Eso es para los armarios. Si lo come, le amarga y le sabe a alcanfor.

La señora miró a su marido, el marido miró la vitrina y se llevaron dos magdalenas.

Lo del pan de lavanda no lo dejan.

Lo preguntan todos los días. Lo pregunta gente que ha visto una foto en el móvil de un sitio de la Provenza, con el pan encima de un mantel de cuadros y un ramo al lado. Y lo que no sabe esa gente es que el ramo de la foto tampoco se come.

Yo he probado a hacerlo. Eso no lo sabe nadie.

Lo probé hace cuatro años, con lavandín de la cooperativa, porque me lo pidieron catorce personas en una semana y porque catorce personas en una semana, en un obrador como el mío, son un mes de magdalenas. Hice cuatro hogazas pequeñas, con la flor seca picada muy fina, y las dejé enfriar.

Me comí un trozo a las once de la mañana, de pie, con el mostrador cerrado.

Sabía a jabón. No a jabón de broma: a jabón de lavarse las manos, con ese amargo que se te queda detrás de la lengua y que no se quita con agua.

Tiré las cuatro al cubo y no se lo conté a nadie.

Eso no es pan. Eso es una idea que alguien ha tenido mirando una foto, y hay una diferencia entre las dos cosas que yo no sé explicar con palabras pero sí con la boca.

Lo que sí hay en este obrador, y no está en la vitrina, es una cosa que hago dos veces al año con la lavanda fina que me trae un hombre de Trillo en bolsas de cien gramos. Sale cara, no da dinero y no la vendo.

Esa no amarga.

Luego sacó la tarjeta.

—No cobro con tarjeta.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Y eso?

Yo ya no contesto a eso. Le señalé el cartelito de la pared, que lleva ahí desde antes de que existieran los móviles, y ella pagó con un billete de cincuenta y se fue mirando el cambio.

A la mañana siguiente, la de las gafas de sol contó en el bar que el panadero era un borde. Me lo dijo la Tere, que se entera de todo lo que pasa a los dos lados del arroyo.

—¿Y tú qué le dijiste? —le pregunté.

—Que sí.

El miércoles por la tarde hice cuentas en la mesa de la cocina, que es donde se hacen las cuentas en mi casa desde que existe la casa.

Julio va bien. Julio siempre va bien. El problema es que en julio y agosto hago el dinero de todo el año y el resto del tiempo lo voy soltando en gasóleo.

Y hay dos cosas que se me están yendo de las manos.

Una es el alto. Me llamó el alcalde en junio para decirme que si no subo tres días a la semana, se traen el pan del supermercado de la comarca, que se lo deja en el bar a mitad de precio.

Ahora mismo subo dos. Subir tres son veinticuatro kilómetros más y una hora más al día, y esa hora no está en ninguna parte.

La otra es el caserío de doña Amalia, que son cuatro casas y cinco barras. Por cinco barras no se va, dice todo el mundo. Mi abuelo fue cuarenta años.

Miré los números un rato largo. Si contrato a alguien de septiembre a junio, no me salen. Si contrato a alguien solo para el verano, me sale, pero tengo que encontrarlo, y el de este año se fue a un chiringuito de Gandía en la primera semana de junio, que le pagan más y trabaja con el mar delante.

Podría llamar a la mujer de mi primo, que estuvo en un obrador en Guadalajara y ahora está en el paro.

Lo pensé y no la llamé, y no la llamé porque para llamarla tendría que empezar diciendo que no puedo con esto, y eso no lo voy a decir en mi pueblo.

Cerré el cuaderno y me fui a dormir la siesta de dos horas que me toca.

Mi abuelo llegó a las seis menos cinco y le dio de comer al puchero. Cuatro minutos, como siempre.

El mío es otro. El mío está en la cámara, en un cubo con tapa, y lo hice yo con dieciocho años, con harina de aquí y agua del grifo, tardó nueve días en levantar y es con el que cuezo desde entonces. Lo tengo apuntado en un papel: el día que empezó, la harina, las temperaturas de aquella semana.

No se lo he enseñado a nadie, porque a nadie le importa. Lo que le importa a la gente es lo otro.

En Cañadalba, al puchero de mi abuelo lo llaman «la robada». No se lo dicen delante. Lo dicen en La Parada, con dos vinos, cuando pasan por la ventana los de enfrente.

El miércoles por la noche me pasé por La Parada a tomar una caña. En verano hago eso en vez de dormir la segunda siesta.

Estaban los de siempre, con el partido de frontón del domingo que viene ya en la boca, que este año lo jugamos en su frontón.

—Ya están otra vez con que nos llevamos su pan —dijo uno.

—Y con que nos lo llevamos de noche —dijo otro, y se rieron.

Rubén, que estaba apoyado en la máquina del tabaco, me miró de reojo a ver si yo me reía.

Yo me bebí la caña.

Lo llaman «la robada». Lo llevo oyendo toda la vida. Delante de mi abuelo no lo dice nadie, pero cuando él no está, alguno lo suelta igual que un chiste viejo que ya no hace gracia a nadie y que se sigue contando igual.

Pagué y me fui a las once, que es tarde para mí.

El jueves, Iker se me puso al lado con el móvil.

—Tío, mira.

—Estoy pesando.

—Que mires.

Era un vídeo de una hogaza saliendo del horno con la pala, hecho por alguien que no era él, en un obrador que no era el mío, con una música que ponía «tum» cada vez que salía un pan.

—Ochocientas mil —dijo.

—¿Ochocientas mil qué?

—Visitas.

—¿Y qué gana ese?

Iker se quedó pensando.

—Visitas.

Le quité el móvil, lo dejé bocabajo en la estantería de las especias y le puse el saco de la sal delante.

—A las seis lo recoges.

Mi abuelo, desde el taburete, se rió sin hacer ruido.

A media mañana entró Rubén Salas, que es el alcalde de Cañadalba y veterinario, con el mono de trabajo y las botas puestas.

—Julián.

—Rubén.

—Este año la peña quiere hacer bocadillos el día veinticinco. Doscientas barras, y a las ocho de la mañana.

Doscientas barras encima de lo mío un sábado de verbena, con la ruta hecha y el mostrador lleno.

—Eso es una hornada más —dije.

—¿Puedes?

Ahí es donde yo podría haber dicho que puedo si alguien me echa una mano con la carga. Rubén tiene dos sobrinos de veinte años que se pasan el verano en la piscina.

—Puedo —dije.

—Eres un fenómeno.

Se fue con una barra que no pagó, como siempre, y yo me quedé mirando el calendario de la pared, donde el veinticinco ya tenía dos cosas escritas.

Cuando se fue Iker a echarse un rato, mi abuelo se levantó, se acercó a la mesa y estuvo un momento mirando cómo formaba yo las hogazas.

—Aprietas mucho con la derecha —dijo.

—Llevo diecisiete años apretando mucho con la derecha.

—Y yo llevo setenta diciéndotelo.

Setenta no, porque yo tengo treinta y cinco, pero eso en mi casa da igual.

Luego dijo, mirando la masa y no a mí:

—¿Ha venido este verano la nieta de la Encarna?

Mi abuelo no pregunta por nadie de ese pueblo desde que yo tengo memoria. Si ha preguntado es porque ya lo sabe.

Y me quedé con el paño en la mano más rato del que hace falta para coger un paño.

—Creo que sí —dije.

—Ah.

Volvió a su taburete. No preguntó nada más.

El jueves por la tarde bajé a la tienda de Cañadalba a por papel de horno, que se me había acabado, y me la encontré allí.

Estaba delante de la estantería del pan de molde y las galletas, con una cesta en el brazo, y en la cesta había cuatro pastillas de levadura prensada.

Levadura prensada. En un pueblo donde hay panadería a sesenta metros.

Se giró, me vio y me hizo un gesto con la cabeza, de esos que se hacen cuando no sabes si saludar o no.

—Buenas.

—Buenas.

Miró la cesta, después me miró a mí, y le vi en la cara el segundo exacto en que decidió no dar ninguna explicación.

—Es para un bizcocho —dijo.

Con levadura de panadero no se hace un bizcocho. Eso lo sabe cualquiera que haya estado media hora en una cocina.

—Vale —dije.

Cogí mi papel de horno, pagué y me fui.

Por la noche, pesando la masa, me acordé de la cesta. Cuatro sobres son muchos sobres.

Y pensé en llamar a la Tere, que se entera de todo, para preguntarle si en Fuentelhorno pasaba algo.

No la llamé. Allá cada casa con su pan.