Pan, amor y otros fermentos 3. Viernes y sábado
8%

3. Viernes y sábado

Viernes y sábado

Carlota

El viernes, a las nueve y media de la noche, mi abuela puso el puchero en la mesa de la cocina, sacó once cucharillas y me dijo que me sentara donde no estorbara.

—¿Vienen todas?

—Once. Falta la Jose, que está en Guadalajara con la hija.

—¿A la vez?

—Una detrás de otra, como está mandado.

La primera fue la Sagrario, que vive dos puertas más abajo y llegó con un tarro de cristal y una bolsa de ciruelas.

—Estas son de mi hermano, que tiene el árbol cargado —dijo, dejando la bolsa en la encimera sin mirar a nadie. Después se quedó de pie delante de la mesa, con el tarro abierto en la mano.

Mi abuela levantó el trapo, metió la cuchara y le puso un pegote de masa dentro del tarro. No lo pesó. La Sagrario cerró el tarro, dijo «hasta mañana» y se fue.

Tres minutos y medio. Lo miré porque yo miro esas cosas.

La segunda fue la Pura. Luego la Charo, que entró preguntando si era verdad que yo trabajaba en eso de la compra por el móvil, y cuando le dije que sí, quiso saber si podía pedir la compra para su hija, que vive en Alcalá.

—A Alcalá seguramente sí.

—¿Y aquí?

—Aquí no llegamos.

—Ya —dijo—. Aquí no llega nadie.

Y me dio las gracias como si le hubiera hecho un favor.

Después vino la Toñi, después la Fina, después la Angelines, después la Loli, después Mariví, que es la más joven de las doce y tiene sesenta y un años. Cada una traía su tarro y cada una decía algo sobre mí en tercera persona, estando yo sentada a metro y medio.

—Está más delgada que su madre.

—Es que en Madrid no comen.

—Pues que coma, mujer, que estamos en julio.

La Matilde se quedó un momento más que las otras, mirando los ramos de la despensa.

—Encarna, ¿tienes manzanilla de la de junio?

—Tengo ocho ramos.

—Es que la mía se me ha puesto negra.

—Pues cógete dos, mujer, que para San Roque hace falta.

La Matilde cogió dos ramos y se los llevó debajo del brazo como si llevara flores de la iglesia.

—¿Para qué es la manzanilla? —pregunté yo, cuando se cerró la puerta.

—Para la caridad. Un panecillo por persona y un ramito por casa.

—¿Y eso por qué?

—Porque sí —dijo mi abuela—. Porque siempre.

La última en llegar no fue una de las once. Fue Vega, con el pelo otra vez mojado y unas chanclas que sonaban por el pasillo.

—Vengo a por lo de mi bisabuela.

—¿Y por qué no baja ella?

—Porque son las diez y a las diez se acuesta. Y porque dice que si baja se va a poner a discutir con usted y que no le apetece.

Mi abuela le puso el pegote en el tarro sin decir nada.

Vega lo cerró, lo miró a contraluz y dijo:

—Está un poco flojo.

—Está como tiene que estar.

—Sí, sí.

Se fue. Mi abuela tapó el puchero y se quedó con la mano encima del trapo.

—Esa niña —dijo.

—Esa niña tiene razón o no la tiene, pero se atreve a decirlo.

—Esa niña tiene dieciséis años.

—Y tú a los dieciséis, ¿qué hacías?

Mi abuela cogió el puchero, lo subió a la alacena y cerró la portezuela.

—Lo mismo que esa —dijo—. Meterme donde no me llamaban.

A las once me puso a amasar.

La artesa está en la despensa, debajo de los ramos de manzanilla, y es un cajón de madera con las paredes en cuesta, tan gastado por dentro que la madera brilla. Mi abuela echó la harina con la mano buena, hizo un hueco en el medio, deshizo el pellizco de reciento en agua tibia y lo volcó dentro.

—Ahora tú.

—¿Yo qué?

—Mezcla. Con la mano, que no muerde.

Aquello al principio es una cosa pegajosa y fea que se te queda en los dedos y no hay manera de quitársela. Luego, de repente, deja de pegarse.

—Aprieta con la palma. No con los dedos, que no estás tocando el piano.

Apreté con la palma. Me dolía el hombro y sudaba como si estuviera en el gimnasio, que es un sitio al que pago treinta y nueve euros al mes por no ir.

—Más.

—Abuela, llevo diez minutos.

—Y te quedan cinco.

Cuando por fin me dejó parar, la masa era otra cosa. Se estiraba sin romperse, como el reciento, pero más firme, y olía a cereal crudo y a levadura, y a mí me dio una satisfacción ridícula, como cuando cuadra un turno al minuto.

Mi abuela la tapó con un paño y la dejó en el tablero.

—Mañana a las seis menos cuarto en el horno. Y lávate las uñas, que las llevas pintadas y luego dicen.

El sábado me levanté a las cinco y cuarto, que es una hora que yo conocía solo por el otro lado.

La calle del Horno sube desde la plaza y se estrecha al final, y ahí está el horno, con la puerta de dos hojas abierta y la luz amarilla saliendo a la calle. Se oía a la gente desde la esquina.

Dentro hacía más calor que fuera. La boca del horno es de hierro y está negra, y encima hay una bóveda de ladrillo que aquella mañana todavía estaba oscura. La Matilde y la Rosalía habían encendido a las tres. Se turnan.

En el suelo, apoyadas en la pared, dos palas largas y un palo con un trapo atado en la punta.

—El barredero —me dijo mi abuela, cuando me vio mirarlo—. Para limpiar las brasas antes de meter el pan. Eso se moja y se pasa. Ni se te ocurra tocarlo.

Las masas habían venido de las casas. Cada una en su tablero, tapada con un paño, con el nombre puesto o sin nombre, porque todas saben de quién es cada tablero. El de mi abuela lo había amasado yo la noche anterior en la artesa de la despensa, con ella al lado diciéndome que apretara más.

A las siete, la Matilde se acercó a la boca, miró dentro y dijo:

—Ya está blanca.

Lo estaba. La bóveda, que a las seis y media estaba negra de hollín, se había puesto blanca por dentro, como si alguien la hubiera encalado mientras nadie miraba.

—Cuando se pone así, está a punto —dijo mi abuela—. Eso no se aprende con reloj.

Barrieron. Metieron el pan. Y ahí es donde yo me enteré de para qué sirven los sellos.

Cada casa marca su pan antes de meterlo. Un trozo de madera con una letra o un dibujo, que se aprieta encima de la masa y deja la marca. Una flor, una cruz, una equis doble, una eme. Once marcas distintas, más la mía, que era la de mi abuela: una ese.

—De Sanz —dijo—. De mi padre.

—¿Y por qué no de Lahoz?

—Porque el horno era de mi padre.

Lo dijo mirando al pan, no a mí.

En cuarenta minutos aquello se llenó de un olor que no se puede contar. Yo he estado en almacenes con ochenta mil referencias y sé lo que huele un sitio lleno de comida. Esto no era eso. Esto olía a casa de otra gente, a todas a la vez.

Y entonces sacaron el primero y empezó lo serio.

La tía Visi tiene noventa y cuatro años y llegó a las siete y media, cuando ya estaba el pan dentro, que es exactamente cuando llega siempre. Se sentó en una silla de enea que alguien le puso al lado de la boca y esperó.

Le llevaron la primera hogaza. La cogió con las dos manos, la volvió del revés, le dio dos golpes en el culo con los nudillos y escuchó.

Luego la partió, acercó la nariz a la miga y estuvo así tres segundos.

—Esta ha entrado pronto —dijo.

—¿Muy pronto? —preguntó la Rosalía.

—Un poco. No pasa nada.

Y todas asintieron como si acabara de firmar un papel.

Cuando sacaron el pan de mi abuela, la tía Visi hizo lo mismo con el mío. Lo volvió del revés, dos golpes, la oreja cerca.

—Este lo ha amasado otra.

—Lo ha amasado mi nieta —dijo mi abuela.

La vieja me buscó con la mirada, me encontró junto a la puerta y me estuvo mirando tres segundos largos, que a mí se me hicieron un cuarto de hora.

—Pues no está mal —dijo—. Le falta mano, pero no está mal.

Y volvió a dejar el pan en el tablero.

Yo, que he presentado planes de operaciones delante de doce directores en una sala con aire acondicionado, noté que me había puesto colorada.

Y entonces me di cuenta de una cosa que llevaba toda la mañana delante y no había visto.

Aquello no era una costumbre bonita. Aquello era una cadena de montaje.

Doce mujeres, doce masas hechas cada una en su casa con el pellizco del viernes, doce tableros que llegan a las seis y media ordenados por quién llega antes, un solo horno, una sola boca y una sola bóveda que se enfría desde el minuto en que se barre.

Las hogazas entran en el orden en que se amasaron, no en el orden en que llegan sus dueñas, porque la que se amasó primero está más fermentada y no espera.

La Sagrario, que es la que lleva la pala, lo sabe sin mirar el reloj.

Dentro caben veintiocho hogazas. Ellas son doce y hacen entre dos y cuatro cada una. Eso son treinta y cuatro piezas, y por eso todos los sábados hay una segunda entrada corta de seis panes, con el horno ya más flojo, y por eso las seis últimas salen siempre menos tostadas.

Y por eso el orden importa, y por eso se discute, y por eso llevan discutiendo lo mismo, según la Loli, desde mil novecientos ochenta y algo.

Yo tenía en la cabeza la palabra que usamos nosotros para esto. Secuenciación de carga.

No la dije. Ya había dicho bastantes tonterías esa mañana.

Pero me quedé mirando la boca del horno y pensando que si a alguien le hubieran pagado por optimizar aquello, lo primero que habría hecho es quitar seis panes y meterlos el domingo, y lo segundo, cobrar por ello.

Y que entonces ya no habría sábado.

A mí me hizo gracia y se me debió de notar, porque la Loli me dijo al oído, sin bajar mucho la voz:

—Tú ríete. Aquí, lo que dice esa, va a misa.

A las ocho apareció Noemí con una carpeta debajo del brazo.

Noemí es la alcaldesa, tiene treinta y un años y anda por el pueblo como si llegara tarde a todo, y es que es alcaldesa de un sitio donde el ayuntamiento son dos personas y media.

—Buenos días, señoras.

—Buenos días.

—¿Este año caridad como siempre?

—Como siempre —dijo mi abuela.

—Es que este año quiero traer a la televisión.

Se hizo un silencio de dos segundos, que en un horno lleno de mujeres es mucho.

—¿A la televisión de Toledo? —dijo la Pura.

—A la autonómica. Vienen si hay algo que grabar. Y esto lo hay: un horno del siglo dieciocho, doce casas cociendo y un reparto de pan que no lo tiene nadie en la provincia.

—Eso no es para la televisión —dijo la tía Visi desde su silla.

—Eso es exactamente para la televisión, tía Visi.

—Eso es para comerlo.

Noemí no discutió. Abrió la carpeta, apuntó algo y se giró hacia mí, que estaba con un tablero en las manos intentando no estorbar.

—Tú eres la de la empresa de los repartos.

—Trabajo en una empresa de reparto, sí.

—¿Tú sabrías organizar un reparto de cuatrocientos panes en una mañana?

—Depende de cuántas manos tenga.

—Doce señoras y un cura.

—Entonces sí.

Se rió y se guardó el bolígrafo.

—Me lo apunto —dijo—. Y otra cosa: si conoces a alguien con niños que se quiera venir a vivir aquí, me lo mandas. La escuela tiene seis. Con menos de cuatro nos la cierran y ya no la abren más.

Se fue con la carpeta debajo del brazo, cuesta abajo, y yo me quedé pensando que aquella mujer acababa de pedirme dos cosas en cuarenta segundos y que no le había costado ningún trabajo.

A las ocho y media estábamos fuera, con los tableros cargados, y alguien nombró a los de enfrente.

Fue por nada. La Pura dijo que el pan de la furgoneta había venido el jueves poco cocido.

—Claro, como lo hacen con la masa de aquí —dijo la Toñi.

Y se rieron todas menos mi abuela, que en ese momento estaba mirándose la escayola.

—Anda, calla —dijo.

—Si es la verdad, Encarna.

—Que calles.

Y nadie dijo nada más, y a mí me quedó la sensación rara de que ahí había una puerta cerrada y que todo el mundo pasaba por delante haciendo como que no estaba.

Bajamos a casa a las nueve. Mi abuela se sentó a la mesa con el pan delante, cortó una rebanada con la mano buena, apretándolo contra el pecho, y me la dio a mí primero.

—Prueba.

Probé. Estaba caliente todavía, con la corteza dura y la miga que se pegaba un poco al paladar.

—¿Está bueno?

—Está buenísimo.

—Pues este es el que hay que hacer en San Roque —dijo—. Panecillos pequeños, uno por casa, con su ramito de manzanilla. La caridad.

—¿Y eso lo hacéis vosotras?

—Eso lo hacemos nosotras desde antes de que tú nacieras, y antes de que naciera yo.

Se limpió las migas de la falda.

—El jueves me lleva la Toñi a rehabilitación, que tú no sabes ir por el camino corto —dijo—. Así que el jueves no te despistes, que sin eso no hay caridad.