Pan, amor y otros fermentos 2. La hache
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2. La hache

La hache

Julián

Los martes son los peores, pero aquel jueves también fue malo, porque a las doce menos cuarto se me fue la luz treinta segundos y tuve que estar pendiente de la amasadora el resto de la noche, por si acaso.

A las doce ya estaba todo en marcha. A las dos, las masas tapadas. A las tres y media, la primera hornada. A las seis menos cuarto cargué la furgoneta con Iker medio dormido, poniéndome las cajas del revés, y a las seis salimos.

Iker tiene dieciséis años y este verano lo tengo aquí porque le han quedado tres. Su madre me lo trajo en junio con una frase que le habrá parecido buena:

—Así aprende lo que es trabajar.

Lo que aprende mi sobrino es a dormir de pie, que no es poco.

Yo empiezo a las doce. Enciendo, saco de la cámara el cubo de mi masa madre, que está frío y huele a yogur, y le doy de comer antes que a nada. Luego pesan las harinas, luego el agua, luego la sal, y entre una cosa y otra se hacen las dos.

En julio el obrador es un sitio donde no debería estar nadie. Con el horno encendido y la puerta cerrada se ponen treinta y ocho grados a las tres de la mañana. Se trabaja en camiseta y se bebe agua del grifo del fregadero, que sale caliente hasta que pasa un minuto.

A las tres y media metí la primera hornada. A las cuatro empecé a sacar. Iker vino a las cuatro y cuarto, que es su hora, con la cara de lado del que se ha dormido encima del brazo.

—Buenas.

—Buenas. Cajas.

A las seis menos cinco entró mi abuelo por la puerta de atrás, que no cierro nunca.

Noventa años. Se pone el gorro aunque ya no amasa, saluda con la barbilla y va derecho a la balda del fondo, donde hay un puchero de barro tapado con un trapo. Le da de comer. Harina, agua, la cuchara de palo, el trapo otra vez mojado. Tarda cuatro minutos.

Ese puchero no ha hecho nunca un pan de venta.

Luego se sienta en el taburete de la esquina y se queda mirando cómo cargo la furgoneta, sin decir nada, hasta que salgo.

La ruta son seis pueblos y la hace antes mi abuelo en la cabeza que yo con el volante.

Primero el alto, que está a doce kilómetros y hay que subir con el sol dando en el parabrisas.

Luego los tres del valle. Luego el caserío de cuatro casas donde vive doña Amalia, que tiene ochenta y ocho años y quiere el pan antes de misa los domingos que sube el cura. Y la última, Fuentelhorno, a las nueve.

Ese día no era domingo, pero doña Amalia sale igual a la puerta con el monedero en la mano y me cuenta lo que ha soñado.

A las seis y cuarenta estoy arriba. En el alto hay veinte vecinos y un bar que abre a las siete, y el hombre del bar sale con la persiana a medio subir y me coge las barras de la caja él mismo, para no bajar dos veces.

—¿Me subes el jueves? —me dijo ese día.

—El jueves no toca.

—Ya. Es que el jueves la gente se queda sin.

Lo apunté en la cabeza, que es donde apunto yo las cosas, y me pasé toda la bajada dándole vueltas.

Luego los tres del valle. En el primero hay una señora que me espera con el dinero contado en la mano y no me dice nunca buenos días, sino «un euro veinte».

En el segundo no sale nadie y dejo el pan en una caja de plástico con una piedra encima, y por la tarde me dejan el dinero en la misma caja.

En el tercero está la Jesusa, que me tiene puesto un vaso de agua fría en la ventana desde hace diecisiete años.

Iker se durmió entre el segundo y el tercero, con la cabeza contra el cristal, y se despertó solo al oír abrirse las puertas de atrás.

—¿Ya estamos?

—Estamos en Fuentelhorno. Baja.

En Fuentelhorno paro en la plaza de la Fuente, debajo del olmo, y abro las dos puertas de atrás. Entonces sale la gente de sus casas, no antes. Llevo diecisiete años parando ahí y no he conseguido que salgan antes. Salen cuando oyen la puerta.

Ese jueves, mientras ponía las barras en la caja de arriba, aparté la más tostada y la dejé debajo del paño, a la izquierda. La de la Encarna. Mi abuelo la apartaba así cuarenta años y yo la aparto igual, y no es por nada, es porque ella la quiere así y porque hay cosas que se hacen sin preguntar.

Vino primero la Tere, la del Casino, que compra ocho barras y se entera de todo.

—Ocho.

—Ocho.

—Oye, Julián.

—Dime.

—¿Tú sabías que ha venido la nieta de la Encarna?

—No.

—Pues ha venido. Ayer por la tarde. Me compró dos botellas de agua.

Le puse las ocho barras en la bolsa y le di el cambio.

—Qué callado te lo tenías —dijo.

—Es que no lo sabía, Tere.

—Ya, ya. Luego la Sagrario. Luego dos de agosto, de esos que llegan el día uno y se creen que la piscina es suya.

Y luego vi a una mujer bajando por la cuesta, con unas zapatillas blancas que no habían pisado un camino en su vida y el móvil en la mano.

La reconocí antes de verle la cara. Por cómo andaba. Eso no cambia. Andaba como andaba a los once años, mirando al suelo dos pasos por delante, calculando dónde poner el pie.

La nieta de la Encarna.

Hacía veintitrés años que no la veía. No dije nada. Seguí cortando el paño y puse las magdalenas en su sitio.

Ella se puso a la cola, detrás de la Sagrario, y esperó. A los dos minutos, levantó la vista de la pantalla y miró la furgoneta entera, de arriba abajo, como se mira una estantería de supermercado.

Yo sé lo que se mira en mi furgoneta y ella no miró eso. Ella miró las dos puertas abiertas, la caja de arriba, el suelo de la plaza y a la gente.

Cuando le tocó, dijo:

—Buenos días. Cuatro barras y una hogaza.

—Buenos días.

Le di las cuatro barras. Saqué la hogaza de la caja del fondo.

—Perdona —dijo—. Una cosa.

—Dime.

—¿No sería mejor poner las dos cajas del pan en este lado y la caja del dinero en aquel? La cola se os está haciendo en curva.

Detrás de ella, la Loli se rió.

Yo le puse la hogaza encima de las barras y la miré.

—Aquí nadie tiene prisa.

—No es por la prisa, es por el espacio. Tardaríais la mitad.

—¿Y qué hago con la otra mitad?

Ella abrió la boca y la volvió a cerrar. Sacó el móvil.

—¿Aceptáis tarjeta?

—No.

—¿Bizum?

—No.

—Vale. —Buscó en el bolsillo del pantalón, encontró un billete de diez y lo dejó en la caja—. Es que me han dicho que hay que traer suelto y no me lo he creído.

—Pues créeselo.

Le devolví el cambio y ella se quedó un segundo mirándome, no con rabia, con eso otro que hace la gente de Madrid cuando algo no les cuadra y lo apuntan para después.

Se fue cuesta arriba con el pan debajo del brazo, agarrado como se agarra un bolso.

—Esa es la nieta de la Encarna —dijo la Loli, por si yo no lo sabía.

—Ya.

—Viene a cuidarla.

—Ya.

—Pues que se prepare.

Cerré las puertas, di la vuelta a la plaza y salí por la calle de abajo. En el retrovisor la vi pararse en la esquina, cambiarse el pan de brazo y volver a mirar el móvil.

Iker iba con los pies en el salpicadero.

—Tío.

—Baja los pies.

Los bajó.

—¿Por qué le guardas siempre la tostada a esa señora?

—¿A cuál?

—A la de la casa de la esquina. La de la escayola. Todos los días apartas una y la pones debajo del paño.

—Porque la quiere así.

—¿Y por qué no se lo dice y ya está?

Ahí no supe qué contestar, y me molestó no saberlo. Es una cosa que hacía mi abuelo, y cuando cogí yo la furgoneta, con dieciocho años, él me lo dijo una sola vez, el primer día, y no como se enseña una ruta.

—La barra más tostada, debajo del paño, a la izquierda. Esa es de la Encarna.

Diecisiete años después la sigo apartando y nunca se lo he preguntado.

—Hay cosas que se hacen y ya está —le dije a Iker.

—Eso no es una respuesta.

—Pues no.

Hay un sitio en el arroyo, debajo de los chopos, donde el agua hace una poza que en julio no cubre ni las rodillas. Ahí nos juntábamos los críos de los dos pueblos, que es la única cosa en cincuenta años que hemos hecho juntos sin que nadie se enfadara.

Yo tenía doce años y era el nieto del ladrón. Eso es una cosa que se lleva puesta, como una camiseta. Nadie te pega. Simplemente saben quién eres.

Aquel verano vino una niña de Madrid que no se sabía la historia. Me preguntó cómo me llamaba, y cuando se lo dije, se encogió de hombros. Se pasó julio y agosto enteros metida en el agua conmigo y con la hermana de la Tere, haciendo presas con piedras que se llevaba la corriente por la noche.

Me llamaba Harina, porque un día bajé del obrador de mi padre sin lavarme los brazos.

Al año siguiente no vino. Ni al otro.

A mí, con doce años, aquello me pareció lo más normal del mundo. La gente de fuera viene y se va. Es lo que hace la gente de fuera.

Llegué al caserío a las ocho y veinte, veinte minutos tarde, y doña Amalia ya estaba en la puerta con el monedero.

—Hoy vienes tarde, Julián.

—Hoy vengo tarde, doña Amalia.

—¿Te ha pasado algo?

—No, mujer. Que la plaza se me ha hecho larga.

Volví al obrador a las diez y veinte. Iker estaba en el mostrador con la cara del que se va a dormir de pie otra vez, y quedaban cuatro barras y las magdalenas de ayer.

Mi abuelo seguía en el taburete.

Esa es otra cosa que hace desde que se jubiló. Viene a las seis, le da de comer al puchero y se queda. A veces hasta las once. A veces hasta la una. No estorba, no toca nada y no habla si no le hablas.

—¿Mucha gente? —dijo.

—Lo normal.

—¿En Fuentelhorno?

Lo miré. Estaba con las manos encima del bastón, mirando la pared de enfrente, donde no hay nada.

—Lo normal —dije otra vez.

Podía haberle dicho que en la plaza había una mujer de treinta y cuatro años con unas zapatillas blancas que quería reorganizarme la furgoneta. Podía haberle dicho de quién era nieta.

No se lo dije. En mi casa las cosas de ese pueblo no se cuentan, se dejan pasar, y llevamos setenta años haciéndolo así.

Mi abuelo se levantó a las once menos cuarto, me dio dos golpes en el hombro y se fue a comer a su casa.

Yo subí a dormir y no me dormí. Me quedé con los ojos abiertos oyendo el motor de la cámara, pensando en una presa de piedras que hicimos en la poza del arroyo cuatro críos con las manos, y en que a la mañana siguiente siempre había que hacerla otra vez.

A las dos de la tarde bajé al obrador, saqué el cubo de la cámara y le di de comer a mi masa, que no le tocaba hasta la noche.