Pan, amor y otros fermentos
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1. La guardiana
La guardiana
Carlota
A Fuentelhorno se llega por una carretera que en el mapa es amarilla y en la vida es un carril y medio.
La conocía de memoria sin haberla conducido nunca.
De niña la hacía dormida en el asiento de atrás y me despertaba siempre en la misma curva, la que huele a paja, y sabía que faltaban siete minutos.
Aquel miércoles tardé nueve. Me paré detrás de un tractor que iba a veinte y no me atreví a adelantarlo.
Aparqué debajo de los chopos, junto al arroyo, y lo primero que hice fue mirar el móvil. Tres rayas. Bien. Luego bajé, y el calor se me vino encima como cuando abres el horno para ver cómo va algo.
Mi abuela estaba en la puerta con el brazo escayolado, apoyado en la barriga como si llevara un bolso.
—Ya era hora —dijo—. Está la comida hecha.
—Abuela, que vengo a cuidarte.
—Para cuidarme ya tengo a medio pueblo. Coge la maleta, que pesa.
Pesaba. La subí yo. Ella fue delante por la escalera, agarrándose a la barandilla con la mano buena, contándome sin que le preguntara quién le había traído la comida el lunes, quién el martes y por qué a la Toñi se le va la mano con el pimentón.
La casa olía a lo que huele siempre esa casa. A cal, a leña apagada y a manzanilla. Los ramos estaban donde estuvieron siempre, colgados boca abajo de un alambre en la despensa, secos desde junio, y al pasar por debajo había que agachar la cabeza o te llevabas medio ramo en el pelo.
Yo no me agaché. Me llevé medio ramo en el pelo.
—Que te agaches —dijo mi abuela, sin volverse.
Comimos judías con oreja a treinta y seis grados. Yo le dije que con este calor se come mejor una ensalada y ella me dijo que las ensaladas no son comida, y ahí se acabó la conversación sobre la ensalada.
Mientras fregaba, hice lo que hago siempre que llego a un sitio nuevo: contar.
Veintidós minutos hasta la farmacia más cercana.
Una carretera. Un bar. Cien vecinos en invierno, según mi abuela, cuatrocientos en agosto, según mi abuela también.
Una furgoneta que trae el pan de lunes a viernes.
Ningún supermercado. Ninguna tienda desde que cerró la de Purificación.
En mi trabajo a eso lo llamamos zona sin cobertura logística, y significa que ahí no entramos. En Fuentelhorno significa que la gente se apaña.
Por la tarde, cuando bajó un poco el sol, salí a dar una vuelta con la excusa de comprar agua y sin sitio donde comprarla.
La plaza de la Fuente tiene un olmo, una fuente de dos caños y el Casino, que es un bar con once mesas y una máquina tragaperras apagada. Tere estaba en la puerta con un paño al hombro.
—Tú eres la nieta de la Encarna.
—Sí.
—Estás más alta.
—Tengo treinta y cuatro años.
—Ya. Pues estás más alta.
Me vendió dos botellas de agua a precio de bar sin que yo se las pidiera y me preguntó tres cosas seguidas: cuánto me iba a quedar, si estaba casada y si en Madrid la gente cobra lo que dicen que cobra.
Antes de subir di la vuelta entera al pueblo, que se hace en doce minutos andando despacio.
Conté cuarenta y ocho tejados. De esos, ocho estaban hundidos por el medio, con la viga a la vista y una higuera creciendo dentro, y otros cinco tenían las contraventanas cerradas con el pestillo por fuera, que es la manera que hay aquí de decir que esa casa se abre en agosto y no antes.
La escuela está en la calle de abajo, en un edificio bajo con el tejado nuevo y un patio de cemento con dos canastas. En la puerta hay un papel plastificado con el horario, y debajo, escrito a mano, «Aula mixta. Educación Infantil y Primaria».
Me quedé leyendo aquel papel más rato del que hacía falta.
Seis niños. Lo supe después, pero se veía en el patio: seis perchas pintadas en la pared, con seis nombres, y una de las perchas tenía la pintura más fresca que las otras.
Al lado de la escuela hay un local con la persiana bajada y un cartel de plástico descolorido que todavía pone «Alimentación Purificación». Debajo, alguien ha pegado con celo una hoja de cuaderno: «Pedidos al 611…», con un número de teléfono y la última cifra tapada por la lluvia.
Me acerqué a mirarlo porque llevo cinco años mirando cosas como esa.
Un local de treinta metros, con escaparate a la calle, en la esquina de la única cuesta por la que se pasa para ir a cualquier sitio.
Eso en Madrid lo alquilas en dos días. Aquí lleva cerrado, según me dijo luego mi abuela, once años y cuatro meses, porque la Puri se murió en marzo y la hija no quiso.
Volví a la plaza por la otra calle. En una puerta había dos sillas de enea y ninguna persona. En la siguiente, dos sillas de enea y dos señoras, que dejaron de hablar cuando pasé y volvieron a hablar cuando llevaba cuatro pasos.
Y después de eso subí por la calle del Horno, que sale de la plaza y se estrecha al final. El horno está arriba, con la puerta de dos hojas cerrada con un candado y una placa del ayuntamiento al lado con la fecha de la restauración. Por las rendijas salía olor a ceniza fría.
Saqué el móvil para hacerle una foto y no tenía cobertura. Ni una raya. Bajé tres pasos y volvieron dos rayas. Subí tres pasos y se fueron. Lo hice cuatro veces, como una idiota, porque me parecía imposible que hubiera una calle entera, cincuenta metros de calle, donde no entrara nada.
Al final me senté en el poyo de la iglesia, que es donde sí hay cobertura, y llamé al trabajo. Yo estaba de vacaciones desde el lunes. En mi empresa eso se dice y no se hace.
—Carlota, perdona, dos minutos.
—Dime.
—El almacén de Vallecas está petando los sábados por la tarde.
—Mete dos riders más de seis a diez y saca el refresco de bebidas al turno de mañana.
—¿Y si no llegamos?
—Llegáis.
—¿Estás de vacaciones?
—Estoy de vacaciones.
Colgué y me quedé un rato mirando el pueblo desde arriba. Cuarenta y ocho tejados. Los conté. Tres con andamio, dos hundidos.
Cuando volví, mi abuela estaba sentada a la mesa camilla con la tele puesta y la escayola encima de un cojín.
—¿Te has perdido?
—Me he subido a la iglesia a hablar por teléfono.
—Ah. Ahí hay.
Y lo dijo como quien dice que en el norte del pueblo llueve más.
Le puse un vaso de agua y me senté enfrente.
—Abuela, ¿cómo te caíste?
—Ya te lo dije.
—Me dijiste que te caíste.
Resopló. Se puso a estirar el hule de la mesa con la mano buena.
—Estaba cogiendo la manzanilla de la despensa. La de junio, la que está en el alambre. Me subí al taburete y el taburete se movió.
—¿Y no había nadie?
—Estaba yo sola.
—¿Y por qué no se lo pediste a alguien?
Mi abuela me miró como si le hubiera preguntado por qué no vendía la casa.
—¿A quién?
—A la Toñi. A la Loli. A cualquiera de las que te suben la comida.
—Porque no hacía falta.
—Abuela, te has roto la muñeca.
—Porque se movió el taburete, no porque no se lo pidiera a la Toñi.
Se quedó callada, mirando la tele sin mirarla, y yo me callé también, porque mi madre dice exactamente lo mismo cuando algo se le rompe en casa, y porque a mí me habría dado un apuro horroroso llamar a una vecina para que me bajara unas hierbas de un alambre.
Hay cosas que se heredan sin que nadie te las dé.
Me estaba secando las manos cuando mi abuela abrió la alacena de arriba y sacó un puchero de barro con un trapo mojado por encima.
Lo puso en la mesa como se pone un cáliz.
—Esto es el reciento —dijo.
—El reciento.
—La masa madre. Aquí se ha llamado siempre así.
Quité el trapo. Dentro había una masa clara, con burbujas grandes, pegada a las paredes del puchero como si hubiera subido mucho y luego se hubiera cansado. Olía a manzana un poco pasada.
—Julio es mi mes —dijo mi abuela—. Yo soy la guardiana. Lo tengo yo y nadie más.
—¿Y los demás meses?
—Lo tiene otra. Somos doce casas y hay doce meses, que por algo lo pusieron así los que sabían.
Me explicó la regla dos veces, la segunda más despacio, porque la primera yo estaba mirando el móvil. Los viernes por la noche vienen las once a por su pellizco. Se lo llevan, amasan el viernes o el sábado temprano y lo gastan. Guardar no guarda nadie más que la guardiana.
—¿Y si alguien se guarda un poco por si acaso?
Mi abuela me miró como se mira a una niña que pregunta por qué no se puede pisar el trigo.
—Reciento en dos casas, pueblo a pedradas.
—Eso es un refrán.
—Eso es lo que hay.
Me lo apunté en el móvil. No porque pensara usarlo, sino porque yo apunto cosas. Tengo una libreta en el teléfono que se llama «pendientes» y tiene mil doscientas notas, y la mitad son frases de gente que no me caía bien.
A las siete llamaron a la puerta. Una cría de dieciséis años, morena, con el pelo mojado de la piscina y una toalla al hombro.
—Buenas. ¿Está la Encarna?
—Pasa, Vega —gritó mi abuela desde la cocina.
Pasó. No me miró a mí, miró la mesa, y en la mesa estaba el puchero destapado.
Se quedó ahí parada, con la toalla goteándole en las zapatillas, mirando un puchero de barro como los chicos de mi edificio miran las motos en el escaparate.
—Es el de julio —dijo.
—Es el de julio —dijo mi abuela.
—¿Y el mes que viene?
—El mes que viene le toca a la Sagrario, y lo sabes.
Vega se pasó la lengua por el labio de abajo.
—Yo quiero llevarlo un mes.
—Tú eres una cría.
—Mi bisabuela lo llevó con diecisiete.
—Tu bisabuela lo llevó porque se murió su madre y no había otra. Anda, coge un melocotón y vete.
Vega cogió el melocotón. En la puerta, ya de espaldas, dijo:
—Con dieciséis, y no con diecisiete.
Y se fue.
Mi abuela tapó el puchero y lo subió a la alacena.
—Esa niña sabe más de pan que su madre —dijo. Y no se lo dijo a nadie, se lo dijo al puchero.
Cenamos a las nueve, tomate con aceite y una tortilla, y después mi abuela sacó dos sillas a la puerta de la calle.
Eso es una cosa que yo tenía olvidada y que me volvió entera en cuanto me senté: que aquí, en julio, a partir de las diez la gente se pone a la fresca. Sillas en la acera, de espaldas a la pared, a oscuras, porque la farola de la esquina lleva tres semanas fundida.
Enfrente estaban la Loli y su marido. Dos casas más abajo, la Sagrario. Nadie hablaba mucho. De vez en cuando alguien decía algo y contestaba alguien que estaba a veinte metros.
—Pues mañana dicen que aprieta.
—Ya lo creo.
—Hasta el domingo no refresca.
Y así media hora.
Yo miraba el móvil y me daba cuenta de que lo miraba, que es lo peor que te puede pasar con el móvil.
Mi madre llamaba los domingos. Aquel día era miércoles y llamó igual, a las nueve y media, cuando estábamos con el telediario puesto y nadie lo miraba.
—¿Has llegado bien?
—Sin novedad. Un tractor en la recta.
—¿Y la abuela?
—Dice que ya la cuida medio pueblo.
Mi madre se rió con esa risa suya de media boca. Se oía el ruido de su cocina detrás, el grifo, un plato.
—No te quedes mucho, ¿eh?
Y luego, por si acaso no lo había oído:
—Que el pueblo en verano parece muy bonito, pero se queda uno pegado.
Colgué y me quedé un rato con el teléfono en la mano. En la pantalla, arriba, el reloj. Cuarenta y seis días hasta San Roque, dije sin decirlo. No sé por qué conté aquello. Yo cuento cosas.
A las once y media, mi abuela me llamó a la cocina, bajó otra vez el puchero y puso al lado un vaso de agua, un tarro de harina y una cuchara de palo.
—Mira, que esto lo tienes que saber tú.
—Abuela, que me voy en dos semanas.
—Mira, te he dicho.
Miró el reloj de la cocina, que lleva adelantado siete minutos desde que yo tengo memoria. Sacó con la cuchara un poco de masa, la echó en un tazón, pesó a ojo la harina, echó el agua, removió y volvió a poner el trapo por encima. Todo con una mano. La escayola descansando en el borde de la mesa.
—Un puñado de esto, otro de harina, otro de agua. Ni frío ni caliente, del grifo está bien. Y el trapo mojado, que si se le seca la boca se enfada.
—¿Y cuándo hay que hacerlo?
—Cuando lo veas bajo.
—¿Y cómo sé yo que está bajo?
—Lo verás.
Me dio la cuchara para que lo hiciera yo. La masa se estira y no se rompe, y eso no me lo esperaba. Se te queda pegada en los dedos y hay que quitársela con el canto de la cuchara. Huele a manzana, es verdad. Huele a manzana y a algo más que no sé decir, a ropa guardada, a casa cerrada en invierno.
—Es más fácil que un gato —dijo mi abuela—. Y come menos.
—¿Cuántos años tiene esto?
—Más que yo. Lo tenía mi madre y lo tenía la suya, y antes ya andaba por el pueblo.
—Eso no puede ser.
—Pues es.
Subió el puchero a la alacena y cerró la portezuela con cuidado, como quien acuesta a alguien.
Yo me quedé con las manos pegajosas, mirando la alacena, pensando una tontería de las mías: que en un mes por esa cocina iban a pasar once mujeres a llevarse un trozo de una cosa que mi bisabuela también había tocado, y que no había ningún papel, ni ninguna lista, ni nadie que lo llevara apuntado.
Todo el sistema se sostenía porque a nadie se le ocurría no hacerlo.
—Mañana a las nueve pasa el pan —dijo mi abuela desde la puerta—. En la plaza. Vas tú.
—Vale.
—Y llevas suelto, que el de la furgoneta no coge tarjeta.
—¿No coge tarjeta?
Mi abuela ya se iba por el pasillo.
—Ni la va a coger —dijo—. Buenas noches.