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El sonido es lo que la despierta. Un rugido rítmico, gutural y profundo, como si alguien estuviera intentando arrancar una motosierra sumergida en fango.
Hada abre un ojo. Le cuesta un mundo; sus párpados parecen sellados con pegamento industrial. La luz de la mañana se filtra por las rendijas de la persiana, una claridad grisácea y acusadora que ilumina partículas de polvo bailando en el aire.
Una grieta con forma de cicatriz cruza la escayola. Hada nunca permitiría una grieta así en su techo. Ve paredes de ladrillo visto y tuberías expuestas. Durante un segundo —uno largo y aterrador—, su cerebro se niega a procesar la información.
Brooklyn.
El rugido continúa. Gira la cabeza, y el movimiento brusco hace que su cerebro chapotee dolorosamente dentro de su cráneo. A su lado, ocupando el ochenta por ciento de la cama y con la boca abierta en una expresión de total abandono, está Chase Donovan.
La memoria le vuelve como un tsunami de alcohol barato.
El Rusty Nail. Los gritos en el callejón. La bofetada. El beso. El taxi. Las escaleras subidas a trompicones, arrancándose la ropa con desesperación. Oh, mierda. El beso. Y luego… todo lo demás.
—Dios… —susurra, cerrando los ojos con fuerza, deseando poder rebobinar la realidad. ¿Qué ha hecho? ¿Qué demonios ha hecho?
Una segunda vibración se une a la primera. Hada se incorpora sobre los codos, sintiendo el frío del aire en los hombros desnudos. A los pies de la cama, hecho un ovillo sobre los vaqueros de Chase, está Logan. El pitbull ronca a dúo con su dueño. Una sinfonía de la desidia masculina.
Tiene que salir de allí. Ahora. Antes de que él se despierte y diga algo «ingenioso» que la obligue a improvisar una decisión para la cual no está preparada.
Se desliza fuera de las sábanas con el sigilo de un ladrón de guante blanco; cada movimiento es una misión de reconocimiento.
El suelo está helado. Localiza su ropa dispersa por la habitación como los restos de un naufragio.
El vestido es un gurruño junto a la mesilla.
Las bragas, cerca de la puerta. El sujetador…
¿dónde narices está el sujetador? Ah. En la lámpara de pie. «Qué elegante, Hada. Qué clase».
Se viste a toda prisa, conteniendo la respiración cada vez que el colchón cruje o Logan gruñe persiguiendo conejos en sus sueños.
«No ha pasado nada», se repite mentalmente mientras pelea con la cremallera del vestido. «Bueno, sí ha pasado. Pero no volverá a pasar. Nunca. Jamás. En la vida».
Chase gruñe y se da la vuelta, lanzando un brazo pesado sobre el espacio vacío que ella acaba de dejar. Hada se congela, con un zapato en cada mano, aguantando la respiración.
—Mmm… pizza… —murmura él contra la almohada.
Hada pone los ojos en blanco. «Idiota», piensa. Aunque no está segura de si se refiere a él o a la mujer que se refleja en el espejo de cuerpo entero: despeinada, con el maquillaje corrido y aspecto de haber librado una batalla.
Antes de salir, se permite una última debilidad. Se vuelve.
Chase duerme con el abandono de un niño. Tiene el pelo revuelto cayéndole sobre la frente y una marca de almohada en la mejilla. Parece insultantemente feliz. La sábana apenas le cubre la cadera, revelando esa V muscular que conduce a…
«Basta», se ordena. «Vete de aquí».
Sale de puntillas, caminando descalza sobre la madera crujiente del pasillo. Su objetivo es la puerta principal. Escapar, pedir un Uber, llegar a su casa, ducharse con agua hirviendo hasta quitarse el olor a Chase Donovan y fingir que este capítulo de su vida nunca ha sucedido.
El apartamento está en silencio, salvo por el zumbido de la nevera. Hada llega al salón. La luz aquí es más fuerte. Y entonces se detiene en seco.
Hay alguien en el sofá.
No. Hay alguien levantándose del sofá. Una figura femenina que se está poniendo la chaqueta con el mismo sigilo que ella.
Es Molly Dickinson.
La periodista lleva la misma ropa de anoche, aunque ahora parece que ha dormido en una secadora.
Tiene el rímel corrido bajo los ojos y el pelo es una maraña oscura y salvaje.
Lleva las botas de cuero en la mano, igual que Hada sus tacones.
Y debajo de la chaqueta entreabierta, asoma una camiseta gris demasiado grande para ella.
Una camiseta con el logo descolorido de los Knicks.
Hada conoce esa camiseta. Se la ha visto puesta a Toni cientos de veces.
Las dos mujeres se miran petrificadas.
Hada a Molly. Molly a Hada.
El cerebro de Hada procesa la información a la velocidad de la luz, catalogando la escena: Molly. En el apartamento de los chicos. A las seis de la mañana. Descalza. Despeinada. Con la ropa de Toni. Su mirada se desplaza hacia la puerta cerrada del dormitorio de Toni. Luego vuelve a Molly.
Oh.
OH.
Ohhhhh.
Molly parece estar llegando a las mismas conclusiones. Sus ojos verdes se abren un milímetro más de lo normal.
Molly se muerde el interior de la mejilla. Hada aprieta la mandíbula. Ninguna de las dos dice nada, pero hay algo en el aire. Algo parecido a la risa contenida de dos adolescentes pilladas in fraganti.
Logan elige ese momento para soltar un ronquido especialmente fuerte desde la habitación de Chase. El sonido rompe el hechizo.
Hada hace un gesto con la cabeza hacia la puerta principal.
Molly asiente.
Se mueven al unísono, como dos ladronas profesionales ejecutando un golpe perfectamente coreografiado. Hada abre la puerta con cuidado para que el pestillo no haga ruido. Molly sale primero. Hada la sigue. Cierran con un clic apenas audible.
Bajan las escaleras en silencio. Tres pisos. Sesenta y cuatro escalones. Hada los cuenta todos porque necesita concentrarse en algo que no sea el olor a sexo que parece llenar el hueco de las escaleras.
Cuando salen a la calle, el aire de Brooklyn, frío y limpio, disipa la atmósfera viciada del apartamento. La ciudad a estas horas de la mañana es un animal distinto; un camión de basura pasa rugiendo y un tipo con chándal corre con su perro.
Se detienen en la acera.
Sin decir una palabra, como si lo hubieran ensayado, ambas dejan caer sus zapatos al suelo y comienzan a calzarse.
Hada se balancea sobre un pie para meter el tacón.
El asfalto está húmedo. Probablemente llovió anoche.
No lo recuerda. No recuerda muchas cosas de anoche, aunque algunas partes están grabadas a fuego en su memoria.
Molly se apoya en la pared del edificio y tira de sus botas con violencia. Es una escena cómica y extrañamente íntima. Dos mujeres adultas, profesionales de éxito, vistiéndose en la calle un miércoles al amanecer como universitarias tras una fiesta de fraternidad.
Molly termina primero. Se pasa una mano por el pelo, intentando domar el caos sin éxito, y se cierra la chaqueta de cuero hasta la barbilla. Se vuelve hacia Hada, que acaba de ajustarse el segundo zapato.
Sus miradas se cruzan. Hay complicidad criminal. Son dos supervivientes de un naufragio emocional.
—Ni una palabra de esto —dice Molly, con voz rasposa. Su tono lo dice todo: están sellando una cláusula de confidencialidad blindada.
Hada se alisa el vestido con dignidad, recuperando centímetro a centímetro su armadura. Levanta la barbilla.
—Nunca jamás —sentencia.
Se sostienen la mirada un segundo más. Por un instante, parece que Molly va a añadir algo. Tal vez un comentario mordaz. Una broma. Una observación irónica sobre lo ridículo que es todo esto.
Pero no lo hace. Simplemente se gira y echa a andar con paso rápido. Sus botas repiquetean contra el pavimento mojado. Clic-clac. Clic-clac . El sonido se aleja poco a poco hasta perderse en la distancia.
Hada la ve alejarse y respira hondo. «¿Qué has hecho, Hada?». Se ajusta el bolso al hombro —por suerte lo dejó en el salón y no en la habitación de Chase— y empieza a caminar en dirección contraria a Molly. El sol empieza a asomar entre los edificios. Naranja, tibio. Un nuevo día.
Lleva media manzana recorrida cuando su móvil vibra en el bolso. El corazón le da un vuelco traicionero cuando lo saca y comprueba la pantalla.
Chase:
¿Tortitas para desayunar?
Hada se queda embobada mirando las tres palabras.
El muy cabrón está despierto. Probablemente lo ha estado todo el tiempo.
La ha oído vestirse, salir de puntillas, cerrar la puerta con cuidado.
Y en lugar de decir algo, en lugar de hacer esto más incómodo de lo que ya es, espera a que se vaya para mandarle un despreocupado mensaje sobre tortitas.
No puede evitarlo. Una sonrisa estúpida e involuntaria tira de la comisura de sus labios.
La borra de inmediato con un gesto severo. Guarda el teléfono sin contestar y acelera el paso, huyendo de la escena del crimen, sabiendo que, por mucho que corra, ya es demasiado tarde para escapar.
A su espalda, muy por encima de ella, Chase mira la pantalla de su móvil. Espera. Sonríe. Y vuelve a dejarse caer sobre la almohada.