Pack Toni Galán (libros 1-3) Epílogo
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Epílogo

EPÍLOGO

El sol del Caribe cae sobre la cubierta de teca del Lady Margaret como oro derretido.

Reginald Gross contempla el horizonte. En su mano izquierda, la de carne y hueso, sostiene un Old Fashioned ; el cristal suda, llorando gotas frías sobre sus dedos. La otra mano, la artificial, descansa sobre la barandilla ardiente.

—¡Abuelo! ¡Mírame!

La voz aguda de Michael rompe la quietud. Reginald se gira. Su nieto, un torbellino de cinco años armado con una pistola de agua, persigue a su hermana mayor mientras la niñera, una joven dominicana de paciencia infinita, intenta embadurnarlos de crema solar.

—Cuidado, campeón —dice Reginald. Su voz es cálida, paternal—. No corras cerca del borde.

—¡Dakota me ha mojado!

—Pues mójala tú a ella. Pero no ataques de frente. —Reginald le guiña un ojo—. Flanquéala. Espera a que se confíe.

Los niños ríen y desaparecen tras el jacuzzi. Michael tropieza con una toalla y sus rodillas impactan contra la madera dura. No llora. Los Gross no lloran. Se levanta, se sacude y sigue corriendo.

«Buen chico», piensa Reginald, y da un sorbo a su bebida. «Aprenderá rápido».

Vuelve a mirar al mar. El whisky añejo le baja por la garganta dejando un rastro de fuego y vainilla. Sabe a victoria.

La gente pobre, piensa con una mueca divertida, adora decir que el dinero no da la felicidad.

Es el consuelo universal de los mediocres.

El mantra que recitan para soportar la alarma de las seis de la mañana y el metro abarrotado.

Somerset Maugham, que entendía la naturaleza humana mejor que la mayoría, lo clavó: «El dinero es como un sexto sentido sin el cual no puedes hacer un uso completo de los otros cinco».

Qué gran verdad. Sin dinero, su mano derecha sería un muñón inútil o un garfio de plástico, y él estaría en una celda de tres por tres.

Pero hay un proverbio ruso que le gusta aún más. Su abuelo solía repetirlo mientras contaba billetes en la trastienda de su negocio en Odessa:

«Cuando el dinero habla, la verdad calla» .

Y vaya si calló aquella noche.

Reginald cierra los ojos. El sonido de las olas rompiendo contra el casco se transforma en el zumbido eléctrico del aire acondicionado de su mansión en Westchester. Vuelve a estar allí. La pistola de Marko apuntando al pecho del detective español. El móvil pegado a la oreja de Galán.

—911, ¿cuál es su emergencia?

Recuerda la mirada de Galán. No era miedo a morir, sino a fallar. Galán es un hombre de moral, y esos son los más difíciles de comprar.

—¿Señor Gross?

La voz de Elena, la chef, lo trae de vuelta al Caribe. Lo mira con esa mezcla de deferencia y pánico leve que él cultiva con esmero.

—¿Sí, Elena?

—La cena estará lista en veinte minutos. ¿Prefiere langosta o lubina?

—Langosta. Y dile a mi hija que suba.

Elena asiente y desaparece escaleras abajo. La mirada de Reginald regresa al horizonte, pero su mente sigue atrapada en el salón de su casa, saboreando el momento exacto en que la voluntad del detective se quebró.

«¿Qué coño puede ofrecerme este psicópata que valga la vida de un hombre?» Eso es lo que Galán debió de pensar. Reginald lo leyó en su cara. En la tensión de su mandíbula. En el sudor de sus sienes.

—Dígale que se ha equivocado — le había ordenado, dando un paso hacia él.

El dedo del detective temblaba sobre el botón de colgar.

— Jax Thorne no es una víctima inocente, Galán.

— ¿Señor? —insistía la operadora a través del auricular. Y luego, el sonido más dulce del mundo: el tono de finalización de llamada. Por supuesto que Galán colgó.

— No puedo… —Su voz era un hilo roto—. No puedo dejar que un secuestrador quede impune. Lo que hizo Jax es una abominación, pero usted… usted es un sádico. Un criminal. —Miró a Marko—. Preferiría que su gorila me pegara un tiro a tener que convivir con la culpa de dejarlo libre.

Y lo decía en serio. Eso era lo fascinante. Estaba dispuesto a morir por sus estúpidos principios.

Reginald sonrió entonces. La misma sonrisa que hace un rato le ha dedicado a su nieto. Admira a los hombres de fuertes ideales; suelen ser las mascotas más fieles una vez que les pones el collar adecuado.

—¿Papá?

Reginald abre los ojos. La voz de su hija, Margaret, lo saca de su ensoñación. Cuarenta y dos años, divorciada, madre de dos. Aparece a su lado, envuelta en un pareo de seda.

—Elena me ha dicho que querías verme —dice ella—. ¿Pido que sirvan la cena en la cubierta o preferimos el comedor?

—Aquí está bien —responde él, acariciándole el brazo con su mano buena—. El atardecer promete ser espectacular.

—Los niños están agotados.

—Mejor. Dormirán pronto.

Ella le besa la mejilla y se aleja. Reginald regresa a su copa. Una gaviota planea sobre el agua.

Sí, Galán estaba dispuesto a morir. Pero Reginald conocía a su oponente. Había hecho sus deberes; siempre los hace.

La cena en familia transcurre bajo un manto de estrellas.

Risas, vino blanco, conversaciones banales y las vacaciones de invierno.

Los niños pelean por el último trozo de pastel.

Margaret habla de un hombre que ha conocido en el club de tenis.

Reginald asiente en los momentos correctos, sonríe cuando debe, hace las preguntas apropiadas.

Pero su mente está en otro lugar. En aquel salón. En aquella noche.

— Olvide todo lo que sabe, Galán.

— Sabe bien que no puedo hacer eso.

—Papá, ¿estás bien?

Margaret lo observa con extrañeza y preocupación. Reginald parpadea. Se da cuenta de que lleva varios segundos mirando al vacío.

—Perfectamente, cariño. Solo pensaba.

—¿En qué?

—En lo afortunado que soy.

Y es verdad. Lo es.

Después de la sobremesa, mientras los niños duermen y Margaret lee en la proa, Reginald baja a su camarote. Abre la caja fuerte oculta tras un Monet y extrae un pequeño objeto.

Un pendrive.

Lo sostiene entre los dedos de su mano artificial. Los servomotores zumban suavemente mientras lo gira, examinándolo bajo la luz de la lámpara como si fuera una joya.

Dentro hay una grabación. La misma que le entregó a Galán antes del momento clave. El jaque mate.

— Esta es la copia del vídeo de esa noche —explicó—. Considérelo un seguro.

El detective miró el dispositivo como si fuera una serpiente.

— Si usted me entrega, yo publico esto. Jax irá a la cárcel por intento de homicidio y agresión con agravantes.

En definitiva: los dos caemos. Yo, en cambio, prefiero la alternativa: Jax es liberado.

Contarán una historia. Que huyó voluntariamente.

Que necesitaba alejarse de todo. La gente creerá lo que quiera creer. Y podremos irnos cada uno a su casa.

Aquello no fue suficiente, claro. Galán era obstinado. Tenía esa rigidez ética de los que creen que el mundo es blanco y negro.

— La esclerosis múltiple tiene un diagnóstico complicado —dijo despacio, saboreando las palabras.

Se quedó helado. Fue mejor que dispararle.

—Cállese.

—El estrés de un juicio mediático contra mí no le ayudará, créame. Pero ¿sabe qué ayuda?

Reginald recuerda cómo se acercó, apartando la pistola de Marko, bajando la voz. Convirtiéndose en su confidente y salvador.

—Tengo acciones en la Clínica Votteler, en Zúrich.

Están desarrollando un protocolo experimental.

Ozonoterapia intravenosa combinada con regeneración de mielina.

Es exclusivo y obscenamente caro. No está al alcance de un seguro médico privado.

Y mucho menos del que puede permitirse un investigador al que acaban de poner de patitas en la calle.

Galán parpadeó.

—¿Cómo sabe eso?

—Sé muchas cosas. Sé que arrastra problemas financieros. Que planean independizarse. Y que no tiene un centavo.

Vio cómo la garganta de Galán se movía al tragar saliva. Vio la esperanza luchar contra la moral. Por un instante, sus ojos se encendieron.

— Que te follen —gruñó—. Yo no me vendo.

Reginald jugó entonces su última carta:

—¿Cuánto tiempo cree que le queda antes de que sus piernas sufran un nuevo brote? ¿Cinco años? ¿Tres? He leído su historial médico. Los tratamientos convencionales mantienen la enfermedad a raya por ahora, pero no es suficiente.

Silencio. Un silencio largo y denso.

— El tratamiento experimental del que le hablo aumenta la calidad de vida de verdad —continuó, implacable—. Detiene los brotes y cura la enfermedad. Le estoy ofreciendo una nueva oportunidad. Años para ver crecer a sus futuros hijos, para seguir trabajando.

Ese fue el golpe de gracia. No le ofreció yates, ni coches deportivos. Le ofreció tiempo. Le ofreció dignidad.

— Olvide todo esto. Jax se va libre. Usted se queda el pendrive como seguro de que yo nunca hablaré.

Y mañana mismo recibirá una transferencia anónima a nombre de su nueva agencia, suficiente capital para despegar sin deudas, junto con una invitación para el tratamiento en Zúrich.

Todo pagado. De por vida. —Hizo una pausa para que calaran sus siguientes palabras—.

Al menos, hasta que mantenga su parte del trato.

Hubo un nuevo silencio eterno hasta que Galán bajó el teléfono. Todo hombre tiene un precio, solo hay que saber la divisa en la que cobra.

Reginald va a guardar el pendrive cuando su mirada se detiene en el otro objeto que descansa en el terciopelo de la caja fuerte: un reloj Patek Philippe de oro.

En el reverso, tres iniciales grabadas: JMF.

Lo acaricia con el pulgar de titanio; metal frío contra metal frío.

Luego cierra la puerta e introduce el código secreto.

El Monet vuelve a su sitio, ocultando los pecados.

—Señor Gross.

Jaric aparece como una sombra a su espalda. Lleva un polo blanco y bermudas, pero sigue pareciendo un arma cargada.

—Dime, Marko.

—El capitán pregunta si mantenemos rumbo a las Caimán o hacemos escala.

—A las Caimán. Quiero desayunar en tierra firme.

—Entendido. —Jaric duda un segundo—. ¿Crees que el detective cumplirá su parte?

—¿Tú qué crees, Marko? ¿Cumplirá?

—Los hombres con principios son los más peligrosos —dice Marko con voz grave—. Cuando se rompen, a veces se vuelven impredecibles. Ya no tienen nada que perder.

Reginald sonríe.

—Por eso le di algo que perder —dice, contemplando su extremidad biónica. Flexiona los dedos. El servomotor zumba, obediente, perfecto, incansable.

Jaric asiente en una especie de reverencia solemne.

—Descanse, señor Gross.

—Buenas noches, Marko.

El serbio se retira en silencio. Cuando se queda solo, Reginald saca el móvil de su bolsillo y abre la aplicación de banca. La transferencia se realizó esta mañana. TG Confidential tiene ahora fondos suficientes para operar durante años. Y la clínica de Zúrich tiene un nuevo paciente VIP.

Ha comprado su silencio. Y lo ha hecho con la misma facilidad con la que compró este barco.

Sube de nuevo a la cubierta de popa, donde encuentra a Margaret. Ha dejado el libro y contempla la estela de espuma que deja el barco con una copa de vino. La brisa juega con su pelo.

Él se acerca y la abraza por los hombros. Ella le llena una copa de vino y se la tiende. Reginald respira hondo el aire salado y levanta su copa.

«Cuando el dinero habla —piensa mientras brinda con su hija—, la verdad no solo calla. La verdad se arrodilla».

Bebe un trago generoso. Está delicioso.