Pack Toni Galán (libros 1-3) 52
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Cuelgo unos segundos después de que lo haga mi madre. Me quedo mirando mi propio reflejo oscuro en el cristal del teléfono.

La culpa reaparece. No es una ducha fría, como dicen los poetas. Es un parásito que se mete bajo la piel y empieza a comerse tus órganos uno por uno.

Mis padres ya no son jóvenes. No lo pensé antes de largarme a Estados Unidos. No pensé en un montón de cosas.

Cierro los ojos. Respira, Toni. Respira .

No funciona. Hay un bloque de cemento en mis pulmones. No puedo quedarme aquí.

Entro al bar como un sonámbulo y la música me aturde. Ahora suena Walking on Sunshine; qué jodida ironía. Casi corro al lavabo, caminando entre la gente. Alguien me dice hola, otra voz pronuncia mi nombre, pero yo solo veo bocas moviéndose y rostros borrosos bajo las luces del bar mientras camino.

Empujo la puerta del baño de hombres. Gracias a Dios, hay un cubículo libre. Me meto, echo el pestillo y bajo la tapa del inodoro antes de desplomarme sobre ella.

Y entonces, me rompo. Lloro como no he llorado en años.

Profundos y desgarradores sollozos que me sacuden los hombros.

Gemidos ahogados contra la palma de mi mano porque no quiero que los tipos de fuera sepan que el detective héroe se está desmoronando junto a un rollo de papel higiénico barato.

Lloro hasta que me duelen las costillas.

Por papá, por la distancia, por los seis mil kilómetros de océano que me separan de la única mano que necesito sujetar ahora mismo.

Oigo que la puerta de los baños se abre.

Contengo la respiración y me limpio las lágrimas con el dorso de la mano.

Por favor, que sea Chase. Joder, lo necesito.

Porque Chase entraría aquí, vería el desastre que soy y no diría nada.

Solo se apoyaría en la pared, haría un chiste malo sobre la fortaleza de los españoles, me recordaría que los Galán somos de granito y hasta conseguiría sacarme una sonrisa triste mientras me palmea el hombro.

—Joder, qué meada más larga —dice una voz pastosa.

No es Chase. Solo es un borracho más que mea ruidosamente en el urinario mientras tararea algo incomprensible.

Salgo del cubículo cuando el desconocido se va. Me lavo la cara con agua helada, pero mis ojos en el espejo parecen dos agujeros de bala.

Tengo que detenerme para apoyarme en una columna y respirar por primera vez —o eso me parece— desde hace varios minutos.

Tienes que venir, hijo. Tienes que venir a casa ya.

La frase de mamá se repite en bucle.

Veo cómo se hacen viejos y me pregunto por qué no puedo aceptarlo, por qué sigo viéndolos como inmortales, aunque no lo son.

El infarto de papá es en parte culpa mía.

La tensión y el estrés de lo ocurrido últimamente: el divorcio, la enfermedad, la huida a otro continente, la persecución de la prensa, verme expuesto a peligro constante…

Todo eso ha ido acumulándose sobre los hombros de un hombre de setenta años cuyo corazón ya estaba cansado.

¿Cómo habría sido para ellos si hubiesen sufrido el mismo destino que David Klein? ¿Si yo hubiese desaparecido a los diecinueve años sin dejar rastro?

Pienso en Molly y en cómo casi me ha suplicado honestidad y confianza.

Pienso en Anna y en qué significó ese beso, si es que significó algo.

Pienso en Chase y en Hada y en los sacrificios que hacen los amigos. En cómo me cubren las espaldas aunque no sepan toda la verdad. En cómo confían en mí incluso cuando no deberían.

Durante mucho tiempo no pienso en la desaparición de Jax ni en la muerte de Lily Williams. No pienso en Reginald Gross ni en su vinculación con aquello.

No pienso en el pacto que hice.

Solo pienso en mi padre. En que tengo que volver a casa.

Salgo del bar sin despedirme. Afuera, el aire está cargado, como si la ciudad entera estuviera conteniendo la respiración.

Camino sin rumbo. Una gota me golpea en la frente. Luego otra. Y otra. El cielo se abre y empieza a llover con fuerza. Me subo el cuello de la chaqueta, pero no sirve de mucho. Aun así, el agua me reconforta y anestesia el pánico.

Un taxi pasa salpicando agua sucia. Una pareja corre hacia un portal riendo.

Un tipo con paraguas esquiva un charco. Yo sigo caminando.

Paso junto a un escaparate iluminado. Maniquíes con ropa que nunca compraré.

Una tienda de dónuts cerrada. Un cajero automático con un vagabundo durmiendo en el hueco.

Me detengo con el corazón disparado. Absurdamente, busco en su rostro los rasgos de Reginald.

El tipo se mueve, gruñe algo en sueños. No es él.

Claro que no. La paranoia me está devorando.

Gross está en su mansión, bebiendo whisky y riéndose de mi «justicia».

Mis pasos me llevan, instintivamente, hacia la boca del metro, pero me detengo antes de bajar.

Al final de la calle, bajo unas largas escaleras, reconozco a Molly.

Por un momento creo que es una alucinación.

Mi cerebro, colapsando por el estrés, proyectando lo que necesito ver.

Pero no, es ella. Su chaqueta de cuero brilla bajo el aguacero y el pelo se le pega a las mejillas en mechones oscuros.

Cuando su mirada se posa en mí, siento una descarga eléctrica. La lluvia cae entre nosotros como una cortina.

No se mueve al verme.

Bajo las escaleras hacia ella. El agua me resbala por el cuello, empapando la camisa. Cuando estoy a tres metros, veo sus ojos. Están rojos. Hinchados.

No soy el único que se ha roto esta noche.

Ha llorado, o está llorando ahora y la lluvia disimula las lágrimas.

Hay una intensidad en su expresión que me atraviesa.

Me mira a través de la cortina de agua. No hay reproches en su expresión, ni preguntas, ni ironía esta vez.

Solo hay cansancio y algo crudo que me da miedo tocar.

Cuando habla, su voz es baja, ronca.

—Hola, Toni.