Pack Toni Galán (libros 1-3) 51 #3
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—Así que solo pensabas en ti, como siempre.

—Lamento decepcionarte en tus expectativas de caballero andante, princesa.

—No eres quién para meterte en lo mío con Brad. ¿Te enteras?

—Tranquila. No me van los tríos. Salvo que el único hombre en la ecuación sea yo, claro.

Lo fulmina con la mirada.

—¿Y si te demanda?

—No lo hará. Aunque, eh, no lo delaté a Hacienda. Y no porque no lo mereciera. Pero tengo que estar muy desesperado para contactar con ese atajo de carroñeros sin escrúpulos.

—¿Me hablas tú de escrúpulos?

Lo mira un segundo más, negando con la cabeza y respirando agitadamente, como si estuviera viendo a otra persona.

Como si todo lo que creía saber sobre Chase Donovan acabara de reescribirse en su mente.

Parece que va a gritarle, pero en lugar de eso, da media vuelta y sale disparada hacia la puerta del bar.

Chase maldice por lo bajo y va tras ella.

La noche de Brooklyn los recibe con un bofetada de aire helado, un recordatorio de que el mundo sigue girando. Hada camina rápido, taconeando con furia sobre el asfalto.

—¡Hada, espera!

La alcanza bajo la luz amarillenta de una farola que parpadea con un zumbido eléctrico. Le coge la mano. Está fría y rígida, como una losa de mármol. Ella se zafa con una violencia que lo sorprende.

—¡No me toques! —grita.

—Vamos, no te pongas así.

—¿Que no me ponga así? ¿Cómo quieres que me ponga, Chase? —sus palabras brotan en ráfagas cortas y jadeantes.

—No lo sé. ¿Agradecida? El tipo era un extorsionador.

—¡No necesitaba que me salvaras! —Se gira, enfrentándolo. Tiene los ojos brillantes de lágrimas no derramadas—. ¡Yo no soy Toni! ¡Puedo defenderme muy bien sola!

—¡Pues no lo parecía! —ruge él, perdiendo la paciencia—. ¡Te estaba consumiendo!

Hada suelta una risa seca.

—¡Es mi vida! ¡Son mis errores! ¿Quién te crees que eres para meterte en medio?

—¡Alguien que está harto de verte sufrir por un imbécil con dinero!

El grito de Chase resuena en el callejón vacío. Un par de transeúntes se giran, pero él solo tiene ojos para ella.

Se hace el silencio. Hada lo mira, el pecho subiendo y bajando.

—¿Por qué? —pregunta ella, y su voz se rompe—. ¿Por qué te importa? Si solo eres un egoísta que piensa en su cheque, ¿por qué te arriesgas a ir a la cárcel por mí?

—Ya te lo he dicho. Yo…

—¡No! Dime la verdad de una vez, Chase. ¿Por qué?

Chase aprieta la mandíbula. Podría soltarle algo ingenioso, una frase ácida, pero las palabras se le quedan atascadas en algún lugar entre el pecho y la garganta. Por primera vez en mucho tiempo, Chase Donovan no tiene ni puta idea de qué decir.

Se pasa la mano por el pelo. Mira hacia otro lado. Vuelve a mirarla.

—Porque no podía… —empieza, pero se detiene—. Porque cada vez que entrabas en la oficina con esa cara, como si llevaras el peso del mundo encima, me volvía loco. ¿Vale? ¿Es eso lo que querías oír?

—Chase…

—No. Déjame terminar. No podía quedarme de brazos cruzados viendo cómo ese hijo de puta te hacía daño. Y sé que no es asunto mío. Sé que puedes cuidarte sola. Pero no me importó. Porque…

—Porque, ¿qué?

Chase da un paso hacia ella. La otra voz que Chase tiene en la cabeza, la que le dice que todas las ideas arriesgadas son buenas, surge de las profundidades, haciendo que unas palabras acudan a sus labios:

—Porque si alguien va a volverte loca, Hada, quiero ser yo.

Ella parpadea. La energía entre los dos ha cambiado. Ya no es rabia. Es algo más denso, más oscuro.

—Te odio —susurra ella.

Él sonríe con una tristeza que no suele permitirse.

—Lo sé.

—Te odio por meterte donde no te llaman. Por ser tan… tan…

—¿Encantador? ¿Irresistible?

—¡Insoportable!

Le empuja el pecho con ambas manos. Él no se mueve.

—Te odio por hacerme enfadar constantemente. Y te odio por… —su voz se rompe. Chase siente algo apretarse en su pecho—. Por hacerme sentir esto.

—¿Sentir qué?

Sus pupilas titilan. En sus ojos, Chase ve todo lo que nunca se han dicho. Todo lo que han estado evitando durante meses.

—Tú lo sabes.

Él traga saliva. Da otro paso hacia ella. Ahora están tan cerca el uno del otro que pueden sentir el calor que desprenden sus cuerpos.

—Dilo.

—No. Si lo digo, todo cambiará. Y no habrá vuelta atrás.

Chase levanta la mano y, con una delicadeza que no parece suya, le aparta un mechón de pelo. Ella se estremece.

—Tal vez ya ha cambiado, Hada.

Cuando ella cierra los ojos, una lágrima resbala por su mejilla, trazando un surco en el maquillaje. Él la atrapa con el pulgar.

—Dime que pare. Dime que me vaya y desapareceré.

La besa. Es un roce breve, casi una pregunta. Ella permanece inmóvil. Cuando Chase se separa, Hada levanta la mano y él espera la bofetada. Se la merece. Casi la desea.

El golpe llega seco, rápido y brutal. La cara se le gira. El sabor cobrizo de la sangre le llena la boca.

Chase vuelve a mirarla, pasándose la lengua por el labio. Sonríe.

—¿Mejor?

Hada suelta un sonido que es mitad sollozo, mitad gruñido.

Lo agarra por las solapas de la chaqueta de cuero y lo estampa contra la farola.

El beso no es romántico. Es un choque de trenes.

Es dientes contra dientes, desesperación y rabia.

Hada lo besa como si quisiera castigarlo, y Chase responde con la misma moneda, rodeándole la cintura y atrayéndola hacia él hasta que no queda aire entre sus cuerpos.

Es un beso sucio, posesivo, una declaración de guerra y de rendición al mismo tiempo.

Cuando se separan, el mundo parece haber cambiado de eje.

—Si le cuentas una sola palabra de esto a Toni… te mato —jadea ella, apoyando su frente contra la de él.

Chase suelta una risa ronca contra su boca.

—No diré nada.

Ella se separa, arreglándose el vestido con manos temblorosas. Vuelve a componer su máscara de frialdad, aunque sus ojos la delatan.

—Vámonos. Sácame de aquí.

—¿A dónde? —pregunta él, aunque le da igual. Iría con ella al infierno si se lo pidiera así.

Ella lo besa de nuevo, brevemente, y lo arrastra de la mano calle abajo. Detrás de ellos, el neón del Rusty Nail parpadea una última vez antes de que la noche se los trague.