51 #2
—Se trata exclusivamente de confianza. —Baja del taburete y se pone la chaqueta—. Pensé que éramos… algo más. Socios. Quizás algo complicado, pero real. Pero veo que me equivoqué. Solo soy otra pieza en tu tablero.
—Molly, espera.
Coge su bolso y observa mi rostro como si estuviera buscando algo que normalmente estaba ahí. Después, sin decir nada más, da media vuelta y se pierde entre la gente.
Mi móvil vibra en el bolsillo, salvándome de correr tras ella. Compruebo la pantalla. Es mamá.
Salgo a la terraza interior, huyendo del ruido. Antes de contestar, echo un vistazo al interior a través del cristal. Ni rastro de Molly. Mierda, he vuelto a cagarla. Chase está en la barra hablando con Hada. Me ve y levanta el botellín. Yo le devuelvo el gesto.
—Mamá. Perdona. No te he cogido el teléfono estos días. Estaba…
—Hijo. —Su voz suena rara.
Me detengo.
—¿Mamá?
Está conteniendo el llanto. Algo va mal.
—No quería asustarte, pero… ha pasado algo.
—¿Qué es? —Me aprieto el teléfono contra la oreja, tapándome el otro oído para bloquear el sonido de la música.
—Quiero que sepas que todo está bien, así que no te preocupes, ¿vale?
—Mamá, ¿qué?
—Tu padre… —Se le quiebra la voz del todo, un sollozo ahogado—. Tu padre tuvo un infarto ayer, Toni.
El mundo se detiene con un chirrido. El ruido del bar desaparece. El frío de la noche se me mete en los huesos.
—¿Cómo… cómo está? —logro articular.
—Está en la UCI. Está grave. Tienes que venir, hijo. Tienes que venir a casa ya.
A través del cristal, Chase y Hada charlan animosamente, celebrando nuestra gran victoria, nuestros cincuenta mil dólares, nuestro futuro brillante.
Y yo, de pie en la oscuridad, siento que acabo de perderlo todo.
Pero Chase y Hada no están charlando animosamente.
Ella lo ha interceptado a la salida de los lavabos, pillándolo con las manos todavía en la cremallera del pantalón.
No está simplemente esperando; está bloqueando el pasillo como una barricada de un metro sesenta y cinco, vestida de seda y furia.
Chase arquea una ceja, componiendo esa media sonrisa que suele abrirle puertas y piernas por igual.
—¿Me estabas esperando? —dice, subiéndose la cremallera con una parsimonia insultante—. Qué atrevida. Si querías ver el espectáculo, solo tenías que pedir entrada VIP.
Ella ni parpadea. Sus ojos, habitualmente dos pozos cálidos de inteligencia, son ahora carbón.
—Corta el rollo, Chase. Tenemos que hablar.
Chase se apoya contra la pared desconchada del pasillo, cruzándose de brazos. El neón rojo de la salida de emergencia parpadea sobre sus cabezas.
—Vaya. Tono grave. ¿Es sobre mi evaluación de desempeño? Porque te adelanto que Toni cree que soy indispensa…
—Cierra la boca.
—Vale. ¿Qué ocurre?
—¿Qué hiciste?
—Vas a tener que ser más específica. Soy un hombre del Renacimiento. Hago muchas cosas.
Ella da un paso hacia él. Huele a su perfume floral luchando contra el hedor a orina y desinfectante barato del bar.
—Brad Sullivan.
Chase no altera ni un músculo de la cara. Su pulso se mantiene en unas sociópatas sesenta pulsaciones por minuto.
—Ah. Ese.
—Sí. Ese.
—¿Qué pasa con él?
—No te hagas el imbécil conmigo.
—No me lo hago. Soy genuinamente estúpido. Pregúntale a cualquiera.
—Chase, por favor. Te juro por Dios que no estoy para bromas.
—Mira, no sé qué…
—Me escribió.
—¿Ah, sí? —Chase se examina las uñas—. ¿Y qué cuenta? ¿Te ha pedido la receta de la tarta de manzana?
—Me pidió disculpas. Dijo que había sido un error, que ha borrado todos los archivos y que se va de la ciudad mañana a primera hora.
—Pues mira qué bien. Por fin el universo le otorgó un gramo de cerebro a ese imbécil. Deberíamos brindar.
—Chase. —Su voz vibra con una amenaza real—. ¿Cómo sabías lo de Brad?
—Me encontré con Marcus Levine. Ese bocazas me contó que…
—Mentira. Marcus no sabe nada. Nadie sabía nada. Salvo Toni. Y Toni no te lo ha contado porque no te cuenta nada últimamente.
Chase deja de sonreír. La máscara de bufón cae al suelo pegajoso.
—En eso tiene razón. Pero tú eres muy mala ocultando tus mierdas, princesa. —Ladea la cabeza, estudiándola—. Llevas semanas con esa cara de ciervo atropellado, mirando el móvil con pánico cada vez que vibra. Solo tuve que sumar dos más dos.
Hada está aullando por dentro. No es tonta y sabe que hay más. Por supuesto que Chase la oyó contarle a Toni lo de Brad; ahora no le cabe la menor duda. Pero él prefiere confesar un asesinato antes que admitir que se preocupa por alguien.
—¿Qué le hiciste? —pregunta ella.
—Lo que había que hacer.
—¿Qué hiciste, Chase?
Chase siente la tentación de mentir, pero está cansado. Y, joder, hay algo excitante en verla así, acorralada y furiosa. Entonces su boca se curva de nuevo, se pasa los dedos por el cuello y, adoptando el susurro rasgado de Marlon Brando en El Padrino , sentencia:
—Le hice una oferta que no pudo rechazar.
Encontró a Brad Sullivan en las gradas superiores del estadio, frente a un puesto de perritos calientes. El tipo llevaba una gorra del equipo y unas gafas de sol que gritaban «soy un capullo con dinero».
Chase se colocó a su lado, apoyándose en la barandilla metálica. Abajo, los Yankees estaban siendo apaleados por los Red Sox. Un tipo con la camiseta de Judge gritaba obscenidades a pocos metros.
—¿Brad Sullivan?
El tipo se giró, masticando con la boca abierta.
—¿Te conozco?
—No. Pero yo conozco tus aficiones. —Chase sacó un sobre grueso y lo dejó caer sobre la bandeja de cartón, aplastando las patatas fritas—. Diez mil dólares.
Brad soltó una risa nasal.
—¿Perdona? ¿Qué es esto?
—El pago por borrar los vídeos de Hada y desaparecer. Mañana mismo. Es un anticipo. Cuando te largues de Nueva York, habrá otros cinco mil. Ah, y ya va incluida la propina.
Brad se limpió la mostaza de la comisura de los labios.
—No sé de qué me hablas.
—Diez. Mil. Dólares. Sé que es poco para alguien de tu calibre, pero es lo que hay.
—Gano trescientos mil al año, payaso. ¿Crees que me voy a mover por calderilla?
—Son libres de impuestos. Y vienen con un incentivo extra: conservar tus rótulas.
—Lárgate antes de que llame a seguridad. Y dile a esa puta que si sigue enviando a sus matones, publicaré los vídeos esta misma noche.
Chase suspiró. Odiaba cuando elegían el camino difícil. O tal vez le encantaba.
—Mala elección de palabras, Brad.
Chase lo agarró por la nuca y le estampó la cara contra la barandilla de hormigón en un movimiento rápido.
El perrito caliente aterrizó sobre el cemento sucio.
Hubo un crujido, el sonido inconfundible del cartílago nasal cediendo ante la física.
Brad gritó, pero el rugido de la multitud tras un home run de los Red Sox ahogó el sonido.
Solo el tipo de la camiseta de Judge se giró, pero Chase le dedicó una mirada que le hizo volver a centrarse en el partido.
Luego, se inclinó sobre Brad, susurrándole al oído como un amante despechado.
—Escúchame bien, pedazo de mierda. Tengo un amigo en Hacienda que está muy interesado en saber que blanqueas dinero negro y que defraudas más que un político en campaña. Y otro amigo en Queens que te rompería las piernas por quinientos pavos. Yo te estoy ofreciendo una salida elegante.
Lo soltó. Brad se deslizó hasta el suelo, agarrándose la nariz sangrante. Lloraba.
—Saca el teléfono y bórralo todo —le ordenó Chase—. Ahora.
Brad obedeció, temblando. Chase observó la pantalla mientras las miniaturas desaparecían. Pero antes de que lo hicieran, alcanzó a ver una miniatura de Hada. Sintió un chispazo de ira tan pura que tuvo que apretar los puños para no matarlo allí mismo.
—Ahora escríbele. Pídele perdón. Dile que te vas. Que sepa que eres historia.
—¿Qué? —Brad lo observaba con los ojos húmedos de puro terror.
—Que le escribas, joder.
Brad tecleó con los dedos temblorosos y manchados de sangre. Chase leía por encima de su hombro:
He borrado los vídeos. Mañana me voy de la ciudad. Lo siento mucho. Todo ha sido un error.
—Bien —dijo Chase cuando el mensaje fue enviado—. Mañana. Tengo una alerta puesta en tu nombre. Si no embarcas, iré a buscarte. Y la próxima vez no traeré dinero. Traeré una bolsa para cadáveres.
Esa misma madrugada, Chase entró al Four Seasons como si fuera el dueño. Gorra de béisbol, sudadera con capucha y las manos en los bolsillos. Las cámaras de seguridad lo estarían captando, pero eso no le importaba. Sabía cómo moverse.
Habitación 1201. Suite presidencial.
Llamó a la puerta. A la tercera vez, Brad abrió. Estaba haciendo la maleta. Su nariz había triplicado su tamaño y adquirido un color morado oscuro. No tenía buen aspecto. Chilló al verlo:
—¡¿Qué coño haces aquí?!
Chase lo empujó hacia adentro y cerró la puerta de una patada.
—He venido a darte las buenas noches. Y a cobrar la comisión por gestión de crisis.
Brad retrocedió.
—¡Hice lo que me pediste! ¡Borré los vídeos! ¡Le escribí!
—Lo sé. —Se quitó la gorra—. Pero hay un pequeño problema.
—¿Qué problema?
—Que no me fío de ti.
Antes de que Brad pudiera reaccionar, Chase le hundió el puño en el estómago. Brad se dobló como una silla plegable.
—Esto es para que recuerdes que Hada no está sola.
Chase metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y recuperó el sobre con los diez mil dólares.
—No te importa, ¿verdad? —le dijo al bulto que gemía en la alfombra persa—. Pensándolo mejor, Hada no necesita pagar por su libertad. Y yo tengo gastos. Buen viaje, Brad.
Se puso la gorra y salió de allí, dejando a Brad gimiendo en el suelo.
Hada lo contempla como si acabara de abofetearla.
—Le pegaste —dice.
—Se cayó sobre mi puño. Varias veces. Es muy torpe.
—Y le pagaste para que me dejara en paz.
Chase sonríe, palmeándose el bolsillo interior de la chaqueta donde el sobre abulta ligeramente.
—Técnicamente, el dinero ha vuelto a su legítimo dueño.
Hada abre la boca, incrédula.
—A ver si lo entiendo: chantajeaste a Brad, borró los vídeos… ¿y aun así le diste una paliza? ¿A ti qué te pasa?
—Ese payaso te iba a arruinar. No me mires así. Si tú caes, Toni se hunde. Y si Toni se hunde, se me acaba el chollo de la agencia.