51
—Por nosotros —dice Chase, alzando su botellín como si sostuviera el Santo Grial.
—Por nosotros —repito.
El cristal de mi cerveza sin alcohol choca contra el suyo.
Bebemos. The Rusty Nail es exactamente lo que su nombre promete: un tugurio con personalidad.
Las mesas de madera oscura están llenas de marcas de vasos y quemaduras de cigarrillos de cuando fumar en interiores todavía era legal.
La barra tiene ese barniz pegajoso que solo se consigue después de décadas de alcohol derramado.
En la esquina, la gramola escupe Don’t Stop Believin’ .
Porque, claro, ¿qué otro tema iba a sonar en un bar de Brooklyn un martes por la noche?
—Cincuenta mil pavos —dice Chase, con los ojos brillando como un niño que ha encontrado la pistola de papá—. Y Jax de vuelta. Susan despierta. Caso cerrado. Somos unos putos genios, Toni.
—No te pases.
—¿Que no me pase? Con esto nos independizamos. Adiós a la agencia. Hola a TG Confidential.
Sonrío pensando en lo contento que se pondrá papá cuando se lo cuente. Siempre decía que trabajar para otros era perder la libertad. «Montad lo vuestro, chicos. Sed vuestros propios jefes».
—Tu nombre en la puerta —sigue Chase—. Nuestras reglas.
—Suena bien.
—Despídete de entrevistar a viejas glorias seniles para tu podcast.
—Oye, Confesiones de medianoche tenía su público.
—Sí. Cuatro insomnes y mi madre. Y mi madre lo ponía para que el perro se durmiera.
Se ríe y da otro trago largo. Yo me aferro a mi botellín.
Siento una punzada de nostalgia por esas viejas glorias.
Mujeres como Vivienne Sinclair y sus increíbles historias sobre affairs con actores que ya ni existen.
La mayoría mentiras, probablemente. Pero qué bien las contaba.
Esas mentiras eran inocentes. No hacían daño a nadie.
No como las mías.
Miro hacia el fondo del bar. Hada está apoyada en la pared, lidiando con un tipo con camisa de franela que intenta presionarla.
Ella se ha vuelto a maquillar y se ha puesto un vestido que anuncia «estoy de vuelta».
De vez en cuando, sus ojos oscuros barren el local y se clavan en mí.
Hada no necesita pruebas; tiene un radar para la culpa y sabe que estoy ocultando algo.
—Es increíble —dice Chase, sacándome de mi paranoia.
—¿El qué?
—Al final teníamos razón. Jax se largó con una tía. Estaba en el extranjero, huyendo de su futuro con Susan y de las garras de David Klein.
Siento un nudo corredizo apretándose en mi estómago.
—Sí —murmuro.
—Cogió los cien mil y se largó. Simple y directo. Caso resuelto.
—Ajam…
—Y lo de Reginald Gross… —Da otro trago—. Que lo agredieran la misma noche de la despedida de soltero fue solo una coincidencia. Una putada, sí, pero nada que ver con Jax.
—Nada que ver —repito.
—Aunque… he estado dándole vueltas.
Aquí viene.
—Creo que Linda Parker nos mintió.
—¿Sí?
—Sí. Fue Jax quien le pagó. No Gross, eso no tendría ningún sentido.
Jax la conoció en el Mystery Box, ¿no? Creo que le ofreció dinero a cambio de que tramaran una infidelidad falsa.
Tal vez los cien mil eran para eso: su billete de salida hacia Toronto.
Él viajó con ella en el avión. Piénsalo: nunca llegamos a saber nada de ese supuesto actor del que ella nos habló.
Por eso las bragas en el maletero. Todo planeado.
Asiento como si estuviera considerándolo.
—Tiene sentido.
—Las maletas también. Jax quería largarse del país. Empezar de cero. Pero no con Linda, claro. Ella solo era su cómplice.
—Interesante teoría.
Vuelvo a bajar la vista a mi bebida porque no puedo mirarlo a los ojos.
Me siento como una mierda. Estoy mintiendo a mi mejor amigo.
La verdad es que solo cinco personas conocen lo que realmente pasó: Jax, Gross, Susan, Rebecca y yo.
Y no he tenido el valor de contárselo a Chase.
Ni a Hada. Espero que la mentira nunca salga a la luz.
Él me mira. Su gesto de asentimiento es casi imperceptible. Como si en realidad no se tragara nada.
—¿Y ese Marko Jaric? —digo, probándolo—. Aún no veo cómo encaja.
—Probablemente solo quería asustarte. Klein no te dijo la verdad sobre Jaric. Él lo envió para que no hurgaras en su chantaje a Jax. Está claro.
Lo observo. Chase es listo. Demasiado listo para creerse esto. Pero veo en sus ojos una chispa de duda, una puerta entreabierta esperando que yo la cruce y le cuente la verdad.
Chase me sostiene la mirada un segundo más de lo necesario. Luego, asiente. Decide creerme porque la alternativa es demasiado complicada.
—Mira quién ha venido —dice de repente, dándome un codazo.
Me giro y la temperatura del local parece subir cinco grados de golpe.
Molly está entrando por la puerta. Vaqueros ajustados, botas negras y una chaqueta de cuero que le queda como si hubiera nacido con ella puesta.
Se detiene en el umbral, escaneando el bar con mirada de depredador. Cuando nos ve, levanta una mano.
Genial. Justo lo que necesitaba ahora mismo.
—¿Qué hace aquí? —siseo.
—Le dije que viniera.
—¿Tú? Joder, Chase.
—Ha colaborado en la investigación, ¿no? Casi es una de los nuestros. Y… bueno, pensé que le gustaría venir a celebrarlo. Al parecer, no me equivoqué.
Le dedico una mueca.
—Claro. Esa es la única razón.
Suelta una carcajada.
—Venga, Toni. Tú también contabas con ella. No lo niegues.
—Qué va. Ni de coña.
—Tu boca dice no, pero tus zapatos dicen «ouh yeah».
—Joder, viene hacia nosotros —murmuro.
Molly se acerca, partiendo la multitud como el Mar Rojo.
—Chicos —saluda, con una sonrisa—. Felicidades. He oído que el hijo pródigo ha vuelto.
—Gracias —dice Chase—. ¿Quieres tomar algo?
—Sí. Claro.
—Genial. Voy a pedir. Ah, espera. Tengo que ir al baño primero. Vuelvo enseguida.
Y se larga.
Muy sutil, Chase. Muy sutil.
Molly se sienta en el taburete que Chase ha dejado libre. Pide un vino rosado sin mirarme. Exactamente así es como la conocí. En un taburete. En un bar. Con una copa. Parece que hemos dado la vuelta completa al círculo.
—Así que has venido —digo, colocándome las gafas con el dedo índice.
—Por lo visto es la hora de las obviedades.
Confirmado: viene con la munición cargada.
—¿Cómo estás?
—Bien. Ocupada.
—¿Algún artículo interesante?
—Siempre.
—¿No has traído a tu novio?
—No. Y no es mi novio. Solo nos estamos…
—Conociendo, ya.
Se produce un silencio incómodo. Ella lo ocupa dando un sorbo a su vino. Me mira por encima del vidrio y sus ojos verdes me diseccionan:
—No me lo trago, Toni.
—¿El qué?
—Lo de Jax. Que haya vuelto sin más. Que todo se haya resuelto tan fácil.
—¿Por qué no?
—Porque te conozco.
—Igual no tan bien como crees.
—Lo suficiente para saber que te ajustas las gafas cuando mientes. Ya van dos veces en un minuto.
Me quedo helado. Bajo la mano lentamente.
—Teníamos un trato —dice ella, bajando la voz—. Yo te ayudaba y tú me lo contabas todo sobre el caso.
—Y lo hice.
—Me has dado un guion de sobremesa.
—Es lo que hay.
—No me jodas. —Deja la copa en la barra con un golpe seco—. ¿Dónde estaba Jax realmente? ¿Qué hiciste para traerlo de vuelta?
—Nada, ya lo sabes —respondo—. Te he dicho la verdad. Jax se arrepintió. El miedo a perder a su familia pudo más que el dinero.
—¿Simplemente se arrepintió?, ¿decidió regresar?
Repetirlo todo, pero formulado como una pregunta: «Técnica de Interrogatorio Amateur, capítulo 1». Yo me niego a ceder.
—Salió en la tele contándoselo a la prensa. ¿Qué más quieres?
—¿Me tomas por estúpida? Eso fue una farsa.
—Molly…
—No. —Levanta una mano—. No me vengas con evasivas. Te estoy preguntando directamente. Como profesional. Como… como lo que sea que somos.
Me quedo callado.
Ella suspira y niega con la cabeza. Luego baja el tono un poco más.
—¿Sabes algo de baloncesto?
Hago como que olisqueo el aire.
—¿Detecto el claro olor de una metáfora deportiva?
—Eso me temo.
—Uf. Continúa.
—Lo nuestro es como un partido de baloncesto, Toni.
Arqueo una ceja. Que haya dicho «lo nuestro» me ha acelerado el corazón. Su tono, sin embargo, me pone en alerta.
—Hemos estado pasándonos el balón —prosigue—. Defendiendo, amagando, haciendo faltas estúpidas. Aguantando el marcador. Pero solo podemos hacerlo durante un tiempo. Al final, el tiempo de posesión se agotará y tendremos que atacar la canasta. Tú tienes el balón en las manos, pero te quema.
Hago una mueca.
—Vaya.
—Ya. Una pésima ocurrencia improvisada. Lo sé.
—Puedo mejorarla —digo—. A ver qué te parece. Estamos en la prórroga. Nuestras piernas flojean y hemos perdido el control del balón. Tal vez perdamos este partido, Molly. Pero si seguimos entrenando, si jugamos como un equipo… quizá el próximo sea distinto.
Ella sonríe, pero no hay alegría en sus ojos. Hay una decepción amarga.
—Sabemos lo que pasará en el próximo partido.
Nos encontraremos furtivamente. Fingiremos algunas pullas ácidas.
Te tiraré los tejos. Tú harás como que no te das cuenta.
Entonces me pedirás ayuda profesional. Un último favor.
Yo me haré la dura y aceptaré con la excusa de recibir la primicia.
Entonces el árbitro pitará el final del partido y volveremos a este punto.
Siento un temblor en el interior de mi corazón.
—No me insultes, Toni. —Su tono baja, volviéndose íntimo y letal—. Esto no es un juego. No soy una de tus fuentes a las que puedes manipular. Así que te lo pregunto por última vez: ¿qué pasó realmente con Jax Thorne?
La tentación de contárselo es brutal. Compartir la carga, decirle que he vendido mi alma para salvar a una familia. Pero David Klein tenía razón: hay cosas que, una vez descubiertas, no se pueden olvidar.
—No hay nada más, Molly. El caso está cerrado.
Ella me mira durante un largo silencio. Veo cómo la decepción inunda sus pupilas, apagando el brillo de interés que siempre había ahí.
—Está bien, Toni. Mensaje recibido. ¿Sabes cuál es tu problema? —dice, y su voz suena triste—. Que crees que te proteges de algo al mentirme. Pero lo único que estás haciendo es demostrarme que no confías en mí.
—No se trata de confianza.