50
Caminamos entre los bancos de madera del parque junto al hospital, sin prisa.
Jax lleva las manos sepultadas en los bolsillos de una chaqueta North Face que le queda un poco grande.
Parece un niño que se ha puesto la ropa de su padre, o un fantasma que aún no se ha dado cuenta de que ha vuelto al mundo de los vivos.
Lo observo de reojo. Tiene los hombros hundidos y un tic en el párpado, el de los animales que esperan un golpe en el lomo.
Su pelo negro le cae despeinado, algo más largo de la cuenta; le da cierto aire de pianista de conciertos venido a menos, o de alguien que ha olvidado cómo se siente el sol en la piel.
Al saludarlo antes, he notado la suavidad de sus palmas, y enseguida he comprendido que este hombre no ha trabajado duro en toda su vida.
—Bonito día —dice.
Es un mediodía insultantemente perfecto. El sol cae a plomo. Nos cruzamos con madres empujando cochecitos y con un tipo haciendo jogging que resuella como una locomotora. En el césped, un golden retriever persigue una pelota con una felicidad que me da envidia.
—De postal —respondo.
—El perro es bonito. Susan quiere uno cuando nos mudemos a la casa nueva. Dice que será bueno para Noah, para que aprenda responsabilidad.
Buena idea. Los perros son mejores que las personas.
—¿Tú tienes perro?
—Dos. Alfred y Logan. Uno es un santo, el otro es un pitbull que se cree gato.
—Buenos nombres.
—Gracias.
Conversación de ascensor. Las odio. Pero entiendo por qué estamos haciéndolo: ambos somos conscientes de que esto es solo el preámbulo, la espuma antes de la ola, y ninguno sabe cómo empezar la conversación de verdad.
—Te vi ayer por la tele —dice de pronto—. Hablándole a la prensa.
—Ya.
—Estuviste muy… convincente.
—Gracias. No está siendo fácil.
—¿Cómo te encuentras?
—Hecho polvo. Pero vivo.
Me detengo y lo encaro.
—¿Y tu hijo? ¿Qué has sentido al verlo?
Su sonrisa se ensancha, pero no llega a los ojos. Sigue habiendo demasiada oscuridad ahí dentro.
—Noah es… increíble. No sabía que tenía capacidad para sentir algo así.
Asiento. El silencio se estira entre nosotros, denso y pegajoso como el alquitrán.
—¿La boda sigue en pie? —disparo.
—Sí. En cuanto ella se recupere. Nada exagerado. Familia, amigos íntimos… y tú, si quieres venir.
Me entra la risa floja. Miro a este hombre, que ha pasado medio año viviendo como una rata en un sótano por una gamberrada que se le fue de las manos, planificando su boda, y no sé qué decirle. La capacidad humana para la negación es fascinante. Por otro lado, ¿qué le dices a alguien así?
—Hablemos de lo que pasó en ese zulo —corto por lo sano.
Jax clava la vista en el asfalto. Sus dedos juguetean con un hilo suelto de su chaqueta.
—¿Qué quieres saber, Toni? ¿El olor a humedad? ¿Si lloré? ¿Si supliqué?
—Quiero saber cómo era Gross.
Suelta un suspiro que parece vaciarlo por dentro.
—Reginald… es complejo. No me trataba mal. No de la forma en que imaginas. Me daba comida caliente, agua, me dejaba ducharme. Incluso me traía libros a veces.
—Un secuestrador cinco estrellas.
—Eso era lo peor. Me mantenía con esperanza. Si me hubiera tratado como a un animal, habría sido fácil odiarlo. Pero su amabilidad… era una tortura psicológica. Quería que tuviera tiempo para pensar, para que la culpa me comiera vivo, despacio, mordisco a mordisco.
—¿Y funcionó? ¿Reflexionaste?
—Cada maldito segundo.
Pasamos junto a un banco donde una anciana echa migas a las palomas. Las aves se pelean con una violencia salvaje; picotazos rápidos, desesperación por una migaja. El parque es precioso, pero si miras de cerca, todo el mundo está intentando devorar a alguien.
—Tengo que reconocerlo —dice Jax, deteniéndose frente a una fuente—.
Le echaste huevos al ir allí solo. Reginald es un hombre orgulloso, de principios retorcidos, y ese gorila suyo, Jaric, es todavía peor.
Disfruta haciendo daño. Yo habría apostado mi mano derecha a que te meterían una bala entre los ojos.
—Me escanea con una curiosidad mórbida—. ¿Cómo sabías que nos dejaría marchar?
—No lo sabía. Tiré los dados y salió doble seis.
—¿Entonces? ¿Cómo convenciste al diablo para que nos dejara con vida? Tengo curiosidad.
Respiro hondo. El peso del secreto me quema la garganta como un trago de whisky barato.
—Me hizo una oferta.
Se me queda mirando. Sus pupilas están tan dilatadas que el gris de sus ojos parece negro.
Y entonces se lo cuento todo. El trato. El pacto con el diablo.
Me siento aliviado al decirlo, vomitando la verdad sobre alguien que ya está manchado; Jax es el único que puede entenderlo.
Pero también me siento sucio. No puedo contárselo a Chase, ni a Hada.
Y, por supuesto, Molly me escupiría a la cara.
Si ellos me preguntaran y yo les contestara con sinceridad, la vida como la conozco terminaría.
Claro que, de todos modos, en cierto sentido, esa vida ha terminado.
He cruzado una línea y no hay billete de vuelta.
Aunque la verdad siempre tiene una manera de salir a la luz. Y eso es lo que más me preocupa.
Cuando termino, Jax asiente lentamente, sin juzgar.
—Hiciste lo que tenías que hacer —murmura. Pragmatismo de clase alta. El fin justifica los medios.
—No estoy tan seguro de eso.
—¿Y ahora qué? —pregunto—. ¿Qué vas a hacer?
Se queda mirando el agua de la fuente, donde unos niños lanzan monedas pidiendo deseos que probablemente no se cumplirán.
—Tabula rasa —suspira—. Quiero empezar de cero.
—¿De cero? —repito, incrédulo.
—Sé que suena estúpido. No puedo borrar el pasado, ni compensar el mal que hice, pero puedo construir algo nuevo encima. Por Noah. Quiero ser un buen padre. Y un buen marido.
—Has sido un capullo, Jax.
No se ofende. Se encoge de hombros con esa arrogancia innata de quien siempre ha tenido red de seguridad. Si fumara, estaría soltando anillos de humo al aire.
—Lo mantengo: tienes huevos, Toni. Te lo reconozco. Pero ten cuidado, o el día menos pensado alguien te los cortará y te los servirá para desayunar.
—Me lo dicen a menudo. Pero no te equivoques. —Alzo la vista hacia él—. No te tengo respeto. Eres escoria, sin más. Que yo te haya salvado no cambia nada. Pero no eres ningún idiota. Creo que eres de los que sabe mantenerse con vida.
Él no habla durante un largo rato. Finalmente, asiente.
—Tienes razón. Fui un imbécil, un borracho y un adúltero.
Esa noche había bebido mucho. Estaba furioso con Susan por algo estúpido que ya ni recuerdo.
Y ese vagabundo… parecía tan patético. Tan insignificante.
Y yo… supongo que quería ejercer poder sobre alguien porque me sentía pequeño.
Pero eso se acabó. Susan y Noah son mi prioridad. De verdad.
—¿Susan sabe lo que hiciste? ¿Lo de Gross? ¿Y lo de tu aventura con Scarlett Moon?
—Se lo conté todo. No quería empezar de nuevo sobre una base de mentiras.
—¿Y te perdonó?
—Sí. Es… mejor persona que yo. O me quiere demasiado.
—¿Y lo de Lily? —suelto el nombre como quien deja caer una granada sin anilla.
Jax se tensa. Todo su cuerpo se vuelve rígido, como si esperara un impacto. Se rasca la nuca, un gesto nervioso.
—¿Se lo has dicho? —insisto.
—No.
—¿Por qué?
—Porque pasó hace una vida, Toni. Es agua pasada. No tiene sentido remover el fango ahora que las aguas se han calmado.
—¿Agua pasada? Lily está muerta, Jax.
—¡Lo sé! —estalla, y por fin veo la grieta en su armadura. Dos madres se giran a mirarnos. Baja la voz—. Tuve pesadillas durante meses. Por eso bebía. Pero contárselo a Susan ahora… la destrozaría. No sobreviviría a eso. Y no me perdonaría.
—Entonces no buscas redención. Buscas comodidad. Quieres el disfraz de marido perfecto sin pagar el precio de la entrada.
Aprieta los puños. Por un momento creo que va a golpearme. Pero se contiene.
—Que te jodan. Ya he pagado mi penitencia de sobra en ese agujero. No necesito que un detective de Brooklyn me dé lecciones de moral. No estás en disposición de eso.
Me muerdo la lengua. Tiene razón. Ambos estamos sucios.
—Solo Rebecca lo sabe —dice—. Y ahora tú.
—Y John-Michael. Pero él ya no hablará.
Asiente.
—También David Klein —añado.
Jax palidece. El color se le drena de la cara tan rápido que parece que va a desmayarse.
—Lo sé. Ese cabrón se enteró e intentó joderme.
Y ni siquiera dio la cara. Pero iré a verlo.
—Traga saliva—. Se lo debo. Iré y le pediré perdón de rodillas si hace falta.
De hombre a hombre, no como el cobarde de JM.
Le suplicaré perdón por haber ocultado lo de su hija. Espero que... espero que tenga piedad.
Pienso en las palabras de Klein: Es hora de dejar que la herida cicatrice . Quizás Jax tenga más suerte de la que merece. O tal vez no.
—Yo que tú tendría cuidado —digo—. Sigues siendo el hombre que mató a su hija y ocultó su cadáver. Y Klein no parece un tipo que deje las cosas estar.
—Asumiré ese riesgo.
—Solo digo que, a partir de ahora, vigiles tus espaldas.
—Tomo nota.
Caminamos de vuelta al hospital. Las sombras de los árboles se alargan, arañando el césped. Saco el pendrive del bolsillo.
—Toma.
Jax lo mira como si fuera un insecto venenoso.
—¿Qué es?
—La grabación de lo que le hiciste a Gross. La noche de tu despedida de soltero.
Retrocede un paso, levantando las manos.
—Quédatela. No la quiero.
—No es un regalo. Es tu seguro de vida.
—¿De qué hablas?
—Gross tiene una copia. Yo tengo otra. Es el equilibrio del terror, Jax. Si uno habla, el otro dispara. Esto es lo único que garantiza que ambos mantendréis la boca cerrada hasta el día que os muráis.
Niega con la cabeza, con una expresión de asco genuino.
—Solo quiero olvidar el asunto. Centrarme en mi vida. En mi familia.
Le agarro la mano y le clavo el dispositivo en la palma. Lo obligo a cerrar el puño.
—Entonces guárdalo para que nunca se te olvide en qué te convertiste aquella noche. Para que el monstruo que llevas dentro no vuelva a salir. Para que, cuando mires a Noah, recuerdes que tienes que ser mejor persona.
Se queda mirando su puño. He debido de tocar una fibra sensible, porque sus labios fruncidos se han puesto a temblar. No quiero ni imaginar la vergüenza que debe provocarle lo que hizo aquella noche. Finalmente, guarda el pendrive en el bolsillo con movimientos rápidos, como si le quemara la piel.
—Gracias, Toni. No sé si merecía que me salvaras.
Miro hacia las ventanas del hospital. Cientos de vidas suspendidas en un hilo.
—Supongo que todos merecemos una segunda oportunidad.
Nos despedimos con un apretón de manos. Esta vez, su agarre es más firme. Hay algo de humanidad ahí debajo, después de todo.
Cuando vuelvo al coche, no arranco el motor. Me quedo con las manos sobre el volante, mirando el salpicadero lleno de polvo.
En unas horas estaré en The Rusty Nail con Chase y Hada. Brindaremos con cerveza barata, chocaremos las jarras y fingiremos que somos los buenos de la película. Que hemos matado al dragón y salvado al pueblo.
Pero no tengo ganas de celebrar.
He salvado a Jax, sí. Susan recupera la conciencia y a su marido, su vida de ensueño. Rebecca tiene a su hermano de vuelta. Pero Reginald Gross sigue libre. Jax sigue libre. Y yo soy el responsable de esta farsa.
Me miro en el retrovisor. Mis ojos parecen más viejos. He ganado la partida, sin duda. Pero tengo la terrible sensación de que he perdido algo mucho más importante por el camino, y que la factura de este pacto, tarde o temprano, va a llegar a mi buzón.
Y cuando lo haga, no voy a tener con qué pagarla.