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Dos días después
Avanzo por los pasillos del Presbyterian cargando un ramo de margaritas blancas. Nada ostentoso. Las margaritas significan inocencia, nuevos comienzos. Me pareció apropiado para alguien que acaba de recuperar su vida.
El móvil vibra en mi bolsillo. Es Chase:
Sonrío, aunque es una mueca que se queda en la superficie.
The Rusty Nail es un tugurio en Carroll Gardens donde las mesas están pegadas al suelo por décadas de cerveza derramada y la gramola solo entiende de fracasos de los ochenta.
El tipo de sitio donde nadie te reconoce y te sientes como en el salón de tu casa. Perfecto para celebrar.
El problema es que no estoy seguro de que tengamos algo que festejar que no esté manchado de barro y secretos.
El hospital tiene esa cualidad de existir fuera del tiempo: es un limbo de luces fluorescentes donde la gente entra con esperanza y sale con una bolsa de plástico que contiene sus pertenencias; o a veces —solo a veces— ocurre un pequeño milagro.
Una enfermera me adelanta empujando una silla de ruedas vacía.
Me cruzo con un anciano que arrastra su gotero con la misma cadencia y resignación con la que un condenado arrastraría su cadena.
Llego a la 314 y llamo con los nudillos. Dos toques suaves. El código universal de «no vengo a ponerte una inyección».
—Adelante —dice una voz de mujer.
Empujo la puerta y el aire cambia. Susan Calloway está incorporada en la cama, envuelta en ese azul hospitalario que te hace parecer un extra de una película de terror.
Lleva el pelo recogido en una coleta floja que deja ver unos pómulos más marcados de lo que recordaba.
Tiene ojeras profundas, claro, pero hay algo nuevo en sus ojos: paz.
Es la primera vez que la veo sonreír. Antes del accidente, solo había visto preocupación en su rostro.
A su lado, una enfermera le retira la bandeja de comida de las piernas.
Es una mujer bajita y ancha como una rotonda, con unas caderas que podrían tener su propio código postal.
La tela azul del uniforme grita de dolor a la altura de sus pechos.
Se mueve con una eficiencia brusca, sin tiempo para la compasión.
Me mira como si fuera un virus que se ha colado por la ventilación.
Rebecca Thorne está junto a la ventana, sosteniendo a Noah.
El bebé duerme con esa obscena tranquilidad de los recién nacidos, ajeno a todo el desastre de sangre y mentiras que ha rodeado su llegada al mundo.
Está envuelto en una manta de un amarillo tan chillón que parece el único punto de sol en todo el estado de Nueva York.
Me fijo en el perchero. Hay una chaqueta de hombre. Azul marino, corte caro.
Rebecca se levanta y me planta dos besos sinceros en las mejillas. Tiene la palabra «insomnio» grabada a fuego en la cara. Me aprieta el brazo con una fuerza desesperada.
—Toni. Gracias. Por todo.
—No hay de qué, Rebecca.
—Sí que lo hay.
Se queda mirándome un segundo más de lo socialmente aceptable.
Sé en qué está pensando: en Lily Williams y el accidente en el que acabó muerta.
Sus ojos me suplican que no hable, que no remueva la tumba de la verdad que acabamos de sellar, ahora que todo se ha reconducido.
Hay secretos que son como minas antipersona: si das un paso en falso, vuelas por los aires.
Y yo no tengo ganas de perder una pierna.
Me inclino sobre Noah para romper la tensión.
Tiene los ojos cerrados y los puños apretados, tal vez soñando con conquistar el mundo —o con que alguien le cambie el pañal—.
Huele a polvos de talco y a esperanza, un aroma que no encaja en una ciudad que huele a marihuana barata y a promesas rotas.
Es un olor limpio en una ciudad de alcantarillas abiertas.
—Hola, campeón —murmuro, acariciándole la mejilla; su piel es insultantemente suave—. Menuda fiesta de bienvenida te hemos organizado, ¿eh?
Susan me sonríe desde la cama.
—¿Tú cómo te encuentras? —le pregunto.
—Como si me hubiera atropellado un convoy de metro —dice—, pero estoy aquí. Gracias a ti.
Le tiendo las margaritas, pero la sargento-enfermera se interpone como un muro de contención.
—Genial, más polen —gruñe, arrebatándome el ramo—. Esto es un hospital, no un jardín botánico.
—¿Le pagan un plus por ser tan encantadora? Si Susan empieza a hacer la fotosíntesis, me las llevo, no se preocupe —respondo con una sonrisa que no busca otra cosa que provocar.
La mujer me lanza una mirada que podría congelar el Hudson y deja las flores en un jarrón de plástico, eclipsadas por las orquídeas y las rosas de tallo largo que inundan la habitación. Susan señala mis margaritas.
—Pon esas junto a mi cama —le ordena a la enfermera con una autoridad nueva—. El resto... muévelas a la ventana. O al pasillo. Me dan dolor de cabeza.
Es un gesto pequeño, pero me llega al pecho. La enfermera resopla y mueve los otros ramos con un desprecio que casi me hace sentir lástima por las orquídeas.
Me acerco a Rebecca y noto cómo mi expresión se endurece. La máscara de trabajo. Bajo el tono.
—¿Dónde está él?
Antes de que responda, la puerta se abre a mis espaldas. Me giro. Intento ver quién es, pero la enfermera me tapa la línea de visión creando un eclipse de uniforme azul. Por fin se aparta para recoger una bandeja y entonces puedo reconocerlo.
Está en el umbral, paralizado. Lleva una camisa blanca impecable, pero sus ojos parecen haber envejecido veinte años en una semana. El cautiverio en la granja de Gross ha dejado una marca en él que ninguna ducha caliente podrá borrar.
Es Jax Thorne. Ha vuelto de entre los muertos, y no estoy seguro de si eso es una buena noticia para nadie.