Pack Toni Galán (libros 1-3) 47
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—Manos arriba. Vamos —me pide el chófer.

El chasquido metálico al amartillar la pistola resuena en el salón. Ese acento… Mis costillas pulsan con un eco de dolor sordo al reconocerlo. Levanto las manos despacio; el aire se ha vuelto denso como cemento líquido.

—Baja eso —ordena Gross con una calma que me hiela la sangre.

Pero el chófer no se mueve. El cañón de la pistola es una pupila negra que me observa sin parpadear. Veo la tensión en su dedo sobre el gatillo. Un gramo más de presión y esto termina aquí.

—¡Marko, joder! ¡He dicho que obedezcas! —El grito de Gross corta el aire como un latigazo.

Finalmente, el matón baja el arma, pero no la guarda. La mantiene pegada al muslo, como un perro rabioso esperando la orden de saltar. Marko Jaric. El tipo del Mystery Box, el que me abrió la ceja contra la pared, está aquí, trabajando para Reginald Gross.

Gross se acerca a la armadura medieval y acaricia el peto de metal con su mano humana, una caricia casi amorosa.

—¿Le gusta mi caballero, señor Galán?

Me trago una réplica. No es muy graciosa, algo sobre una fiesta sorpresa de bienvenida, y mantengo la boca cerrada.

—Basta de juegos, Reginald —digo en su lugar, y mi voz suena más firme de lo que mis piernas temblorosas sugieren—. Tiene a Jax Thorne aquí. Lo sé todo.

Gross suelta una risa suave, la risa de un abuelo que escucha a un niño prometer que atrapará la luna con las manos. Señala un sillón de cuero.

—¿Puedo pedirle que se siente?

—Prefiero quedarme de pie.

—Insisto.

En realidad, no es una invitación. Si este hombre quiere, estoy muerto. Solo tiene que chasquear los dedos y su matón me mandará al otro barrio encantado. Así que me hundo en el cuero frío, que cruje bajo mi peso.

Él se acomoda frente a mí y abre una caja de caoba. Extrae un puro, lo huele con deleite y lo enciende con un mechero dorado. El ritual es pausado, diseñado para recordarme que él es el dueño del tiempo.

Jaric se queda en la esquina, inmóvil, con el ceño fruncido de un boxeador retirado de la Unión Soviética.

Intento no mirarlo, aunque no es fácil. Siento sus ojos clavados en mí.

Me pregunto por qué los matones de los ricos siempre parecen más ofendidos que sus amos.

¿Es simple resentimiento? ¿O sencillamente las personas atraídas por estos empleos son unos inseguros lameculos?

Los pequeños misterios de la vida.

—Bonita bata —le digo a Gross, intentando recuperar algo de terreno—. Destaca el rojo demoníaco de sus ojos.

Él esboza una sombra de sonrisa.

—¿A qué ha venido realmente?

—Vengo del St. Vincent’s —suelto la bomba—. Me ha costado, pero al final la verdad siempre sale a flote. 3:47 de la madrugada, hace ocho meses. Ingresó con un traumatismo severo, las costillas trituradas y… —Hago una pausa deliberada—. Una mano que era poco más que pulpa de carne y hueso.

Gross exhala una nube de humo azulado. No parpadea.

—Impresionante labor de archivo. Pero se podría haber ahorrado la visita a ese nido de ratas inútiles que usted llama hospital. Todo eso ya se lo conté esta tarde en el Instituto.

—No, Reginald. No me lo contó todo. No explicó lo que de verdad ocurrió la noche del diecinueve de febrero.

El anciano fija sus ojos en mí durante un largo rato. Luego sonríe.

—¿Sabe cuánta gente duerme en las calles de Nueva York, señor Galán? Más de setenta mil. Setenta mil almas invisibles en la ciudad más rica del mundo. ¿No le parece obsceno?

Decido que la pregunta no requiere respuesta.

—La gente pasa junto a ellos, va a sus trabajos en traje, a cenas de doscientos dólares y ni siquiera los mira. Son… ruido de fondo. Decorado. Parte del paisaje.

—Ahórrese el discurso sociológico.

—Acumular fortuna está bien. Te aporta libertad y permite llevar una existencia plena, librarte de problemas. Pero llega un momento en que el mundo pierde el sabor. Es como jugar a un juego en el que ya conoces todos los trucos. Me aburría, Toni. Me aburría soberanamente. ¿Entiende lo que le digo?

Me mira como si realmente esperara una respuesta.

—En realidad, no —admito.

—Antes era productor de cine. Pasé treinta años haciendo películas.

Ganando premios. Acumulando ceros en mi cuenta bancaria.

Y un día me desperté y me di cuenta: estaba completamente aburrido.

—Se quita las gafas con un gesto muy dramático y añade—: Así que empecé a hacer documentales; proyectos reales con gente real.

Donaba todo el dinero a causas benéficas: refugios, comedores sociales…

Fue gratificante durante un tiempo. Pero incluso eso empezó a aburrirme.

—Pobrecito. ¿Quiere un pañuelo?

Gross ignora mi sarcasmo.

—Luego viajé a Sudán para un documental.

Allí vi el dolor real. Y tuve una idea brillante: ¿Y si pudiera ver el mundo desde el otro lado?

Solo por una noche, aquí en Manhattan. Experimentar lo que ellos sufren.

Así, tal vez, devolvería la adrenalina a mi vida a la vez que adquiría un poco de conciencia.

De la real, no de la que te venden las ONG.

Empiezo a entender.

—Así que me vestí con harapos, me puse una barba postiza y maquillaje, y pasé una noche en la calle, durmiendo entre cartones.

—¿Por qué? —le pregunto, genuinamente intrigado.

—Ya se lo he dicho: para volver a sentir eso . Para que la gratitud regresara a mi sangre. —Sus ojos brillan—. Y funcionó. Fue… revelador.

—¿Revelador?

—Ver a toda esa gente pasar, ignorándome como si fuera basura. Y los que me daban algo… esos eran peores. Esa mirada de superioridad, de falsa lástima. Te tiran un dólar y eso basta para limpiar su conciencia. Hipócritas.

Trago saliva. Ahora todo encaja con una claridad insultante.

Él da una honda calada y prosigue:

—Se volvió adictivo.

—¿Adictivo? ¿Dormir en cartones?

—Suena a locura, lo sé. Pero ¿acaso no son locos los paracaidistas?

¿O los pilotos de Fórmula 1? Así que empecé a repetirlo.

Era mi nueva rutina. Una vez al mes, adoptaba mi nueva identidad de indigente y salía a la calle con las manos vacías.

Diferente barrio cada vez, distintos disfraces.

—Se inclina hacia adelante—. En la tercera noche, tuve una idea brillante: escondí una microcámara en mi rostro, camuflada como un lunar.

—¿Lo grababa todo?

—Todo. Quería rodar el documental definitivo sobre la vida en la calle, experimentado por el propio productor. Sería revolucionario. Pero la cámara grabó algo mucho mejor. Me abrió una posibilidad entonces impensable.

Asiento, porque ya imagino lo que recogió el objetivo.

—El informe del St. Vincent’s menciona más cosas —señalo—. Detalles que llamaron la atención del equipo de enfermería. Por ejemplo, que una de sus manchas en la cara era en realidad una microcámara, o que llevaba un Rólex de oro blanco debajo de los harapos de mendigo.

Mientras hablo, mi mente revive mi conversación con Robert Ashford, el amigo de Jax. Mencionó a un vagabundo. Jax y JM lo humillaron esa noche, a la salida de la discoteca. Pero no pensé… no imaginé que hubieran llegado tan lejos.

—Esa noche, Jax Thorne celebraba su despedida de soltero —continúo—.

Él y otro chico llamado John-Michael Flint molestaron a un vagabundo en el Meatpacking District, la misma zona donde lo encontraron a usted.

Le orinaron encima. Le destrozaron la mano a patadas.

No sabían que el vagabundo era un millonario jugando a ser sociólogo con una microcámara camuflada en la cara.

Gross aplasta el puro en el cenicero. Su mirada se vuelve profunda, un pozo de sombras.

—Ese niño rico casi me mata. Orinó sobre mí mientras su amigo se reía.

Me destrozó la mano a patadas. Y luego me arrojó a las escaleras del metro, dejándome inconsciente en un charco de mi propia sangre y de su orina.

Usted dice que me molestó, pero no lo dulcifique.

Es un insulto a las personas honestas. Lo que hicieron fue intentar asesinar a un hombre que consideraban basura.

No hay nada detrás de los ojos de Gross que no sea podredumbre y decadencia. Es como observar a través de las ventanas rotas de un edificio abandonado.

—Pero sobrevivió —digo.

—Desperté del coma tres días después, con varias costillas rotas, la rodilla triturada y la mano amputada.

—Y entonces tuvo muy claro su siguiente propósito: ir a por su verdugo.

Niega con la cabeza tan lentamente que cualquiera diría que va a quedarse dormido.

—Todo esto no prueba nada —dice—. Que ese hombre me agrediera no significa que yo esté detrás de su desaparición.

—Hablé con Linda Parker.

Gross parpadea.

—Me lo contó todo. Cómo usted la contactó. Su impresionante oferta. Ella trabajaba en el Mystery Box como escort. Scarlett Moon era su nombre artístico.

—Siga.

—Le pidió que sedujera a Jax, que lo agasajara y ganara su confianza. Y cuando lo tuviera comiendo de su mano, debía dejar un tanga en su coche. En definitiva, simularon una infidelidad.

—Una teoría picante.

—Luego, ella debía tomar un vuelo a Toronto con Jax. Solo que no sería Jax, ¿verdad? Sería un actor, con su pasaporte.

La sonrisa de Gross parece saltar de su cara, arrastrarse hacia mí y deslizarse por mi espalda. Al parecer, la situación le resulta divertida.

—Y entonces —digo—, usted se disfrazó de hombre del saco.

A él parece hacerle gracia mi comentario. Lejos de halagarme, me pone los pelos de punta.

—¿Le gustaría una copa, señor Galán?

—No.

—¿Seguro? Es un whisky excelente. Cincuenta años.

—No bebo.

Gross se levanta, camina hacia un mueble bar con esa cojera rítmica y se sirve dos dedos. Luego vuelve a sentarse.

—¿Cómo lo hizo, Reginald?

Él alza la copa y me dedica un brindis antes de humedecerse los labios.

—Olvídelo, Toni.

—¿Cómo?

—¿Qué quiere decir con cómo? Ya lo sabe. En realidad, fue muy fácil. Cuando desperté en el hospital, solo tuve que ver la grabación. La tenía guardada en la nube. Y ahí estaba todo: lo que me hicieron, sus caras, incluso su dirección.

—¿Su dirección?

—Ese idiota se la gritó al taxista. Se comportaba como si el mundo fuera suyo.