Pack Toni Galán (libros 1-3) 47 #2
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—Irónico, viniendo de alguien que puede permitirse una mano de más de medio millón de dólares. ¿Qué pasó entonces?

Su expresión es tan siniestra que sus dientes parecen moverse.

—Que supe lo que tenía que hacer.

—¿Qué fue?

—Vamos… ya conoce el resto de la historia, ¿no?

Una sacudida de rabia agita mi cuerpo.

—Se vengó de él.

—Prefiero llamarlo justicia.

—¿Cuál es la diferencia?

—El que la ejecuta.

Miro a Jaric. Permanece inmóvil, pero hay algo en sus ojos que dice: una palabra más y termino esto .

—Podría haberlo denunciado —digo—. Lo tenía todo grabado.

—¿La policía? ¿En serio? —Niega con la cabeza—.

Este país tiene el mejor sistema judicial que el dinero puede comprar, señor Galán.

Y Jax Thorne tiene bastante dinero. ¿Sabe cuántos ricos van a prisión por agresión?

Prácticamente ninguno. Sus colegas abogados habrían convertido el caso en un circo.

Habrían alegado que yo los provoqué, que él estaba borracho, que todo fue un malentendido.

Y al final, quizá una multa, servicios comunitarios y una palmadita en la muñeca.

No, Toni. La justicia real no se pide, se ejecuta.

Sus ojos brillan con algo oscuro.

—Cada vez que siento piedad por ese capullo, cada vez que pienso en liberarlo, solo tengo que ver el vídeo de esa noche. Ver cómo me golpean, cómo se ríen. Cómo orinan sobre mí como si fuera basura. Y entonces… —Sonríe—. Se me pasa.

Dios. Este hombre está completamente loco.

—Cuénteme qué pasó el día que desapareció Jax.

Espero. El cosquilleo en mi columna vertebral se intensifica.

Gross da un nuevo trago.

—El mismo día del vuelo, Marko lo interceptó en la puerta de su casa. Un golpe rápido y limpio. Nadie vio nada.

Miro a Jaric. Él me observa como si fuera un sándwich aplastado en el suelo.

Luego pienso en Jax. Veintiséis años. Saliendo de su casa esa mañana. Quizá pensando en su boda, en el vestido que llevaría Susan, en el nombre de su futuro hijo. Sin saber que en tres segundos todo acabaría. Que pasaría de hombre libre a prisionero en un parpadeo.

—Lo metió en el maletero y le quitó las llaves de casa —continúa Gross—. La novia estaba trabajando, así que la vivienda estaba vacía. Marko llenó dos maletas con ropa y se las llevó.

—Para que pareciera que Jax había huido voluntariamente.

—Nadie sospecharía otra cosa. Pensarían lo evidente: que Jax había huido del país con su amante, la escort conocida como Scarlett Moon. A ella la conocí en una de mis incursiones nocturnas. Es una buena chica. Le cambié la vida, y ella lo sabe. Nadie puede negar eso.

—Un plan brillante —digo. Y lo es. De una manera retorcida y horrible, lo es.

—Gracias.

—Supongo que también quería vengarse de John-Michael Flint. Él estaba presente cuando lo agredieron.

Se encoge de hombros.

—Ese cobarde se me adelantó. Se suicidó antes de que pudiera… equilibrar las cosas.

—Qué conveniente.

—¿Verdad? —dice, alzando las cejas.

Pienso que aún hay un detalle que no encaja: el dinero.

—Jax sacó cien mil dólares de su cuenta antes de esfumarse —digo—. Nunca aparecieron.

Él asiente como si hubiera dicho algo evidente.

—¿Me está llamando ladrón?

—Solo pregunto.

—Lo dice como si ese dinero significara algo para mí.

—¿Qué hizo con él, entonces?

—Lo doné, obviamente.

—¿Obviamente?

—A un refugio para gente sin techo. Anónimamente. Justicia poética, ¿no le parece?

Reconozco el patrón. Los discursos con aire de superioridad dirigidos a una audiencia acorralada. La pose educada. La gentileza amenazadora. Todo diseñado para alimentar su propia fantasía de omnipotencia. Para sentirse Dios.

Probando que mi teoría es cierta, añade:

—Esto ha sido muy ilustrativo, mi querido detective. Pero me temo que debemos ir terminando.

Saco mi móvil. Mis dedos están entumecidos, pero mi mente está clara.

—Se acabó, Reginald.

—¿Qué hace? —pregunta, entrecerrando los ojos.

—Llamar a la policía.

—No lo hará.

—Va a tener que matarme para impedirlo. Porque pienso contarles todo esto.

Gross no se inmuta. Jaric, en cambio, levanta la pistola. El punto de mira está de nuevo en mi esternón.

—¿Me toma por un vulgar matón? —pregunta Gross con voz sedosa.

No puedo reprimir un bufido.

—Secuestró a Jax Thorne y simuló su desaparición. Es una locura.

—Pero no lo maté, ¿verdad?

—Aún no.

—Además —Gross se reclina en su sillón—, él se lo merecía. Usted no.

—¿Disculpe?

—Usted debería entenderlo mejor que nadie —dice, manteniéndome la mirada—. Está roto por dentro, como yo. La esclerosis múltiple es una injusticia biológica.

—Cállese.

—Imagine por un momento que vuelve a estar sano.

Y luego, que un joven borracho le provoca la enfermedad con la arrogancia de un niño que disfruta aplastando un hormiguero.

¿Qué habría hecho? ¿No se habría vengado, de haber tenido los medios y la oportunidad?

—Emite un gemido que pretende ser una risa—.

No hace falta que conteste, es una pregunta retórica.

Me quedo paralizado con el teléfono en la mano. No estoy preparado para asumir la cuestión que acaba de proponerme.

—Es un buen tipo, Galán —añade—. Hace su trabajo. Es un hombre enfermo que busca… —hace una pausa medida— picos de adrenalina para huir de su propia decadencia.

Mira su mano de titanio. Luego, a mí.

—Lo entiendo perfectamente. Al fin y al cabo, usted y yo no somos tan distintos. Dos hombres marcados por la pérdida buscando un propósito.

Me pongo de pie.

—¿Y por eso mandó a su gorila a darme una paliza?

Jaric da un paso adelante, apuntándome de nuevo. Gross levanta su mano de titanio. Un gesto de paz.

—Marko, quieto.

Jaric se detiene, pero no baja el arma esta vez.

—Se supone que solo tenía que asustarlo un poco —explica Gross—. Nada más. Para que dejara de investigar. Pero usted… usted no se asusta fácilmente.

Termino de marcar el 911. Me llevo el móvil a la oreja.

—No va a llamar, detective —murmura.

Primer tono. Jaric aprieta la mandíbula. Su dedo se curva sobre el gatillo.

Segundo tono. El silencio en la habitación es tan pesado que puedo oír el zumbido de los motores de la prótesis de Gross. El hecho de que nadie haya disparado todavía me convence de que estoy en la vía correcta, pese a que no estoy seguro de qué vía es exactamente.

Tercer tono. Una voz femenina responde al otro lado:

—911, ¿cuál es su emergencia?

Miro a Gross a los ojos. Él no tiene miedo. Tiene otra cosa:

—No les dirá nada —dice con una serenidad aterradora—, porque tengo algo que ofrecerle.

—¿Señor? ¿Cuál es su emergencia? —repite la operadora.

—Dígale que se ha equivocado —dice Gross, dando un paso hacia mí.

El dedo de Jaric en el gatillo.

La sonrisa de tiburón de Gross.

El peso del móvil en mi oreja.

Y esa pregunta flotando: ¿Qué coño puede ofrecerme este psicópata que valga la vida de un hombre?

—Y le aseguro —añade Gross— que le va a hacer cambiar de opinión.