Pack Toni Galán (libros 1-3) 46
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Me quedo sentado, con las manos soldadas al volante y el motor apagado.

¿Qué demonios estoy haciendo? Esa es la pregunta inteligente, y la respuesta es obvia: suicidarme profesionalmente.

Estoy a punto de entrar ilegalmente en una propiedad privada.

Sin arma. Sin refuerzos. Sin un maldito plan B.

Si Gross me descubre, solo tiene que apretar el gatillo y alegar ante un juez amigo que defendía su hogar de un intruso desequilibrado. Y tendría razón.

Me pregunto si me estarán observando en este momento. En el fondo, casi lo deseo. Que un guardia aparezca y me obligue a dar media vuelta. Una escapatoria fácil.

Abro la puerta y el aire de Westchester me trae su olor a tierra mojada.

No hay estrellas; sobre mí, un desfile de nubes negras corre a una velocidad vertiginosa.

Camino por el arcén sintiendo cómo la grava cruje bajo mis botas.

Detecto el chirrido de unos grillos a lo lejos, nada más; la noche está conteniendo el aliento.

El haz de la linterna del móvil atraviesa la abrumadora oscuridad mostrándome el camino; es un túnel estrecho de luz en un océano negro.

Tengo la boca seca. Siempre se me seca en momentos así.

Cuando estoy cerca de la finca, apago la luz y la negrura me engulle. Espero a que mis pupilas se dilaten, dejando que las formas emerjan: la silueta dentada de la verja, el bulto macizo de la mansión y, al fondo, la sombra del granero.

Chase no me acompaña, aunque se supone que no debería ser así.

Hace unas horas, salíamos del St. Vincent’s tambaleantes, como boxeadores al final del último asalto.

Caminamos hasta Hudson Yards y comimos algo en un restaurante mexicano, de esos con luces de neón que intentan parecer auténticos pero que probablemente pertenecen a una cadena corporativa.

Allí le expliqué lo que revelaban los informes del hospital sobre el ingreso de Reginald Gross.

Cada detalle, cada fecha, cada conexión.

Él se quedó mirándome con cara inexpresiva.

Tenía los brazos cruzados y las piernas separadas, dándose un aire de estrella del rock.

—Estábamos en lo cierto —dijo finalmente.

Me recosté en la silla y me froté la cara con las manos. Me llevé un nacho con guacamole a la boca, casi sin notar el sabor; como echar gasolina a un coche. Asentí. Seguía oyendo los clics cerebrales.

—Mañana a primera hora le haremos una visita al viejo —prometí.

Chase estaba de acuerdo con el plan. Cómo no.

Pagamos y salimos a la calle. El aire frío nos despertó un poco. Nos separamos en la esquina de la Décima Avenida.

—Tengo que ver a mi terapeuta —le dije.

Chase hizo una mueca. Él odia que vaya a «ese loquero», como lo llama. Cree que lo que mi cuerpo necesita es fuerza en los músculos y una victoria real.

—¿Ahora? —preguntó—. ¿A las nueve de la noche?

—Sesión de emergencia. Ya sabes. Los días malos.

Se lo tragó. Por supuesto que se lo tragó. Me palmeó el hombro y se fue.

No fui a ver a mi psicólogo, aunque tendría que haberlo hecho. Vine directamente aquí. A la granja de Gross. A rescatar a Jax.

Estoy solo y tengo miedo, pero no quiero involucrar a Chase en esto. Lo pensé desde el primer día y lo mantengo. Lo he expuesto demasiadas veces a mis fantasmas. No, esto tengo que resolverlo yo solo. Aunque me cueste la vida.

Me detengo, evaluando la verja. Las cámaras están ahí, ojos negros vigilantes. Soy un hombre moderadamente alto, más que la media, pero esta verja tiene tres metros de altura y está rematada por puntas de lanza que no parecen nada decorativas desde aquí abajo.

Me doy cuenta de que estoy sudando y la camisa se me pega a la espalda como una segunda piel fría. Tiene que haber un modo de entrar.

Rodeo la propiedad buscando una debilidad. La verja se extiende kilómetros. O al menos, eso parece. Finalmente, encuentro un tramo donde la alambrada cede cerca del suelo, hundida por la erosión de la lluvia. Es barro oscuro que se pega a todo.

Al otro lado, las ramas de un viejo olmo gimen sacudidas por el viento. No hay cámaras cerca aquí. Al menos, no visibles.

Es ahora o nunca.

Me arrodillo y empiezo a escarbar. Mis manos se hunden en el barro frío; es como hurgar en vísceras. La tierra está blanda y se remueve fácilmente. Cavo hasta que el agujero es lo bastante grande para pasar reptando.

Una vez más, me asalta aquel viejo recuerdo: la puerta abierta de la avioneta, a miles de metros por encima del suelo, esperando la señal para saltar.

Más vivo que nunca gracias a la amenaza de una muerte inminente, pero también seguro de que todo saldrá bien, de que en realidad no hay ningún peligro, de que no habrá precio alguno que pagar.

Me tumbo y empujo con los codos, reptando como un soldado.

Siento el lodo filtrarse por mi camisa. Noto un tirón violento y algo que me frena: mi zapatilla izquierda se ha enganchado en la malla metálica.

Tiro con desesperación y escucho el sonido del caucho rindiéndose.

Me libero con un gruñido, dejando el calzado atrás.

Mañana, alguien, un perro quizás, tal vez la encuentre.

Pero ahora estoy dentro. Embarrado, medio descalzo, con la espalda arañada… y lleno de adrenalina.

Me froto las manos para sacudir la tierra y corro hacia el granero, agachado entre las sombras.

El calcetín empapado se me resbala con cada zancada.

Tierra y piedrecitas se me clavan, y trato de ignorar el pinchazo eléctrico que me recorre la pierna.

Tengo las pastillas en el coche, debería haberlas traído. Pero ya es tarde.

El granero emerge de las sombras. Rojo oscuro, casi negro bajo la luna. La ventana que antes tenía luz ahora es un hueco negro y ciego.

Lo rodeo hasta la entrada, una puerta lateral de madera vieja y pintura descascarillada. Pero una cadena de hierro y un candado del tamaño de mi puño me cortan el paso. Imposible.

«Pues claro, estúpido, ¿imaginabas que iban a dejar abierta la puerta de un granero donde tienen secuestrado a un hombre?».

—¿Jax? —susurro al aire, y mi voz se pierde en el vacío.

No hay respuesta. ¿Está ahí dentro o estoy persiguiendo un espejismo?

No puedo irme ahora. No después de llegar hasta aquí.

Miro hacia el edificio principal. La casa.

Grande. En calma. Si hay alguien, estará dormido.

Camino hacia el lateral del edificio. En el patio encuentro una de esas casitas Fisher Price de plástico, con un tobogán azul y una escala de cuerdas.

Me imagino a los nietos de Gross jugando aquí mientras Jax está encerrado a cincuenta metros. La imagen me revuelve el estómago.

Cinco escalones de piedra y estoy frente a la entrada principal de doble puerta, de madera maciza y vetas profundas.

Mis dedos rozan el pomo. Me preparo para encontrarlo bloqueado, para tener que forzar una ventana, pero el metal gira sin resistencia.

La puerta se abre con un susurro de bisagras bien engrasadas.

Mi instinto grita: ¡Trampa! . Pero mi obsesión me empuja hacia el interior.

Seguramente tengo mil razones para no hacer esto.

Mil razones para dar media vuelta. Para salir corriendo y llamar a la policía.

Pero en mi cabeza, una de ellas grita sobre todas las demás: encuentra a Jax y acaba con esto .

El interior tiene ese olor de casas antiguas: polvo, cera para muebles y libros olvidados. Mis ojos se adaptan lentamente. La luz de la luna proyecta sombras alargadas sobre el suelo de madera, suficiente para ver formas y contornos.

Avanzo hacia el salón, midiendo cada paso para que el suelo no me delate con un crujido.

Paso junto a una escalera curva que sube al segundo piso con barandilla de hierro forjado y llego al salón.

Es un espacio inmenso, presidido por una chimenea de piedra que parece la garganta de un gigante.

Un televisor de incontables pulgadas cuelga de la pared; la pantalla negra refleja la habitación como un espejo oscuro.

Dos grandes sillones de cuero envejecido miran al televisor, de los que se hunden cuando te sientas y huelen a tabaco y whisky.

Y en una esquina, montando guardia como un maniquí, una armadura medieval completa de tamaño real: yelmo, peto, grebas… y una espada en la mano enguantada.

Me acerco, fascinado a pesar de las circunstancias. Las cuencas vacías del yelmo parecen seguir mis movimientos, como si algo vivo habitara ahí dentro. Todo en esta casa parece estar muerto pero vigilante.

De repente, un estruendo digital rompe la calma. Mi móvil. La vibración parece un terremoto en mi bolsillo. Lo saco con dedos torpes, el pánico nublándome la vista.

En pantalla: REBECCA THORNE .

Mientras tanto, en su piso de Manhattan, Hada García no puede pegar ojo mirando la pantalla de su móvil hasta agotarse la batería.

Entonces lo ha puesto a cargar y ha seguido mirándolo.

Ha perdido la cuenta de las veces que ha leído el mensaje de Brad: «He borrado los vídeos.

Mañana me voy de la ciudad. Lo siento mucho. Todo ha sido un error».

A algunas manzanas de allí, en el hotel Hilton, Chase recorre el pasillo de la planta doce. Se detiene frente a la suite presidencial. Llama una, dos, tres veces hasta que la puerta se abre.

Ajeno a estos hechos, yo rechazo la llamada de Rebecca al segundo tono, pero el daño ya está hecho. El silencio en el salón de Gross se ha vuelto denso, cargado de una electricidad estática que me eriza el vello.

Escucho un crujido sobre mi cabeza. Unas pisadas lentas, rítmicas, bajando la escalera. Y por último, una voz tras de mí:

—Me preguntaba cuánto tardaría en venir, señor Galán.

Me giro como un resorte. Reginald Gross está en el hueco de la puerta, envuelto en una bata de seda negra. A su lado, el chófer me apunta directamente al pecho con una pistola que parece brillar bajo la luna.

Entiendo mi error al instante. La puerta abierta. El silencio. La falta de seguridad. No fue un descuido. Fue una invitación a cenar con el diablo.

Gross me mira con una serenidad casi religiosa. Esboza una pequeña sonrisa, una mueca de triunfo que ilumina sus ojos gélidos.

—Siéntese, por favor. No se quede de pie con la boca abierta. Tenemos mucho de qué hablar.