Pack Toni Galán (libros 1-3) 45
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Atravesamos la Séptima Avenida y Manhattan suda. La lluvia ha dado una tregua, pero el asfalto exhala un vapor espeso que se te pega a la garganta. Bajo las farolas, la ciudad brilla con un barniz aceitoso, reflejando luces de neón que se retuercen en los charcos.

Son las siete de la tarde y la ciudad está en su punto de ebullición.

Taxis amarillos rugen como bestias, el olor inconfundible de los pretzels calientes se mezcla con el hedor dulce de la basura húmeda, y esa marea humana de espectros hiperconectados avanza.

Todos caminan con el cuello doblado, adorando el fulgor azul de sus pantallas como si en Instagram estuvieran las instrucciones para seguir respirando.

Ya nadie se atreve a estar a solas con sus pensamientos.

Esperamos el tren y aprovechamos para hablar por teléfono.

Llenamos cada vacío con fotos edulcoradas de personas que ni siquiera saben que existimos, eligiendo el ruido digital a la honestidad de la nada.

El otro día vi un anuncio de un tour que te lleva a tres ciudades en un solo día; te bajan del autobús, te haces la foto en el punto exacto para demostrar que estuviste allí y te vuelven a subir.

¿Quién quiere conocer la historia o sentarse a contemplar el ambiente cuando lo importante es no perder un minuto?

Es una existencia de cartón piedra. Quizá, pienso con un cinismo que me asusta, una eventual extinción no sería tan mala noticia.

Chase camina a mi lado, pero parece estar a kilómetros de distancia. Sus manos están hundidas en los bolsillos y la mirada, perdida en el tráfico. Está demasiado callado para ser él.

—¿Qué hacías en el estadio de los Yankees? —pregunto. Mi voz suena pequeña frente al estruendo de un autobús que pasa.

—No tiene importancia.

—Llevas media hora con los cables cruzados. No me vengas con esas. ¿Qué hacías allí?

Se detiene en seco frente a un escaparate de televisores apagados. Me mira, y lo que veo en sus ojos no me gusta. No es el Chase sarcástico que siempre tiene un chiste malo listo para romper la tensión. Hay una mancha oscura en su mirada, una preocupación que no quiere compartir.

—Déjalo —repite. Su tono es una pared de hormigón.

No insisto. En este negocio, todos tenemos un sótano bajo el sótano, y Chase acaba de echar la llave al suyo.

Doblamos la esquina y el Madison Square Garden emerge como un templo moderno.

Está en uno de los peores cruces de la ciudad: montañas de desperdicios y tipos zombificados por el fentanilo que deambulan como espectros.

Pero cuando paso cerca del Garden, mis pulmones se detienen.

Es inevitable. Los recuerdos son como la humedad: siempre encuentran una grieta por donde entrar.

Me veo a los nueve años, de pie en un tren de la línea 10 del metro de Madrid.

Sujeto a la mano de mi padre —una mano que entonces me parecía tan grande como un continente—, mirando su rostro amable y orgulloso, sintiendo el cosquilleo de la excitación antes de un partido.

Papá me había comprado una bufanda con los escudos de los dos equipos y la fecha bordada.

Recuerdo el siseo de la red cuando el balón entró.

El griterío ensordecedor de decenas de miles de fans enfervorecidos.

Las puertas del manicomio desatadas. Y el afecto indescriptible en el rostro de papá cuando salté para abrazarlo.

El Real Madrid perdió aquel día, pero mi padre estaba feliz de todos modos.

No por el partido, sino por estar conmigo.

Aún conservo esa bufanda. Envejece en el sótano de la casa de mis padres.

Los recuerdos de la infancia son débiles, pero casi todos los chicos pueden recordar la primera vez que fueron a ver a su equipo en directo: el resultado, quién marcó, cómo fueron los goles.

Pero, sobre todo, yo recuerdo a mi padre.

El olor de su loción de afeitado está impregnado en mi memoria, mezclado con los olores del estadio: el aire de primavera, los bocadillos de jamón, las patatas fritas, la cerveza derramada.

Muéstrame a un chico que no haya soñado con ser una figura de la liga antes de los diez años. Antes de que el colegio, la pubertad, la televisión o lo que sea comience a cribar la manada en una de las primeras lecciones de la vida: que el mundo puede y te desilusionará.

Muéstrame a un chico que no recuerde haber llevado el chándal de su equipo a la escuela, con su cromo favorito pegado a la carpeta. Muéstrame a un chico que nunca se haya creído su jugador preferido durante aquellas interminables tardes de verano en la cancha debajo de casa.

Solo el deporte tiene esa magia.

Me sacudo los fantasmas del pasado y me vuelvo hacia Chase.

—Otra vez viajando en el tiempo, ¿no? —comenta.

Asiento.

—¿Te das cuenta de que eres demasiado joven para tantos recuerdos?

—Sí. Lo sé.

Le cuento mi recuerdo de manera general, obviando los detalles más sentimentales. Chase no deja pasar la ocasión para hacer un chiste fácil sobre el fútbol europeo.

—Dos horas viendo a tipos en pantalón corto correr detrás de una pelota —dice—. Fascinante.

—¿Sabes qué me dijo mi padre ese día, al ver la decepción por la derrota en mi rostro?

—¿Qué?

—Que la venganza es como beber veneno esperando que la otra persona muera.

Su sonrisa se borra, y yo vuelvo a preguntarme qué demonios hacía en el estadio de béisbol.

—Un hombre sabio, tu viejo —murmura.

—Sí. —Miro el Garden otra vez—. Me pregunto si Gross habría escuchado ese consejo.

—¿Crees que todo esto es solo una vendetta personal?

Miro el tráfico, las luces rojas fluyendo hacia el St. Vincent. No me atrevo a contestar.

Pero sí. Lo creo.

El día se me está haciendo eterno, uno de esos que se estiran como chicle viejo pegado a la suela de un zapato.

Para cuando llegamos al St. Vincent's, el dolor de cabeza ha dejado de ser una molestia para convertirse en un inquilino con un martillo neumático.

Es el tipo de dolor que te hace pensar en cosas estúpidas, como si realmente hubiera algo ahí dentro tratando de abrirse paso a través del hueso frontal.

Saco el frasco de plástico ámbar. Tres pastillas ruedan en la palma de mi mano. Tres soldados solitarios en una guerra perdida. Me trago una sin agua. El amargor me raspa la garganta.

Chase me observa de reojo.

—¿Estás bien?

—Estoy perfecto.

Mentira número ciento treinta y siete del día. Pero las mentiras son como el alcohol: si las usas lo suficiente, empiezas a normalizarlas mientras te consumen por dentro.

El vestíbulo es un laberinto de linóleo brillante y luces fluorescentes.

—¿Tienes un plan? —pregunta Chase, cruzándose de brazos.

—Sí. Que tú tengas uno.

Suspira.

—Genial. Deberíamos abrir una agencia de detectives profesionales.

—Sarcasmo anotado.

—El sarcasmo es todo lo que nos queda.

Examinamos nuestro alrededor. Del vestíbulo salen dos pasillos que desaparecen en direcciones que probablemente conducen a lugares donde no deberíamos estar. Hay cámaras en las esquinas. Seguridad estándar: o tienes tarjeta de identificación o te quedas en el vestíbulo con los demás perdedores.

Observamos el flujo de batas blancas. Una doctora joven pasa frente a nosotros.

Es moderadamente atractiva, y su mirada dice: He trabajado dieciocho horas seguidas, he visto a tres personas morir esta semana, y no tengo tiempo para idiotas .

Aun así, Chase se endereza. El chico es incorregible.

Modo seductor: activado. Como encender un interruptor. O como Batman poniéndose la máscara.

—Esto es misión para Chase Donovan. Observa y aprende.

—No hables de ti en tercera persona...

Pero ya está junto a ella. Sonrisa encantadora desplegada a máxima potencia. Artillería pesada. El arsenal completo.

—Disculpa —dice, bloqueando el paso a la mujer—. Sé que estás ocupada salvando vidas, pero necesito ayuda con algo.

Ella ni siquiera aminora el paso. Lo evalúa con una mirada gélida mientras sigue caminando.

—Pues claro que estoy ocupada. Pregunta en recepción. Para eso están.

—¿Alguna vez te han dicho que te pareces a Anne Hathaway? —insiste Chase, acelerando el paso y colocándose frente a ella.

Por un segundo, solo un segundo, pienso que va a funcionarle. Hay un destello en sus ojos. Algo. Pero entonces levanta su mano izquierda: una alianza de oro brilla bajo los tubos de luz.

—No. Y buen intento, gallito —dice, y con una elegancia que me hace sonreír a pesar de todo, baja el dedo anular y levanta el corazón. Tocado y hundido.

Lo rodea como si fuera un charco en la acera y sigue su camino.

Chase regresa hacia mí. Toda esa bravuconería se ha evaporado.

—Eso... nunca pasa —balbucea—. ¿Crees que estoy perdiendo el encanto? ¿Es posible perder el encanto? ¿Hay una fecha de caducidad para estas cosas?

—No. Creo que ella tiene principios. Y un marido.

Me toca a mí; la ruleta rusa del rechazo.

Me acerco al mostrador de recepción. La mujer tras el cristal machaca el teclado como si le debiera dinero.

No levanta la vista, ni siquiera cuando mi sombra cae sobre su escritorio.

Hay gente así, que ha perfeccionado el arte de la violencia pasiva burocrática.

—Hola. Mire, sé que esto es irregular, pero necesito información sobre un paciente que ingresó aquí hace ocho meses. Reginald Gross. Es para una investigación.

—¿Es usted policía? —Sigue sin alzar la mirada.

—No. Soy…

—No damos información de pacientes —responde como si estuviera leyendo de una tarjeta. Probablemente lo ha dicho mil veces. Las palabras han perdido todo significado. Son solo sonidos que salen de su boca.

—Es urgente. Soy investigador privado y…

—Como investigador privado, debería usted saber que no podemos infringir la confidencialidad de nuestros pacientes.

—Pero si pudiera al menos…

—Siguiente.

No hay siguiente. No hay nadie detrás de mí. Pero el significado es claro: la conversación ha terminado. Me quedo ahí un momento, de pie, obstinado. Se digna a mirarme, por fin. Ni siquiera parpadea. Tiene los ojos grises y fríos como piedras en el fondo de un río.

Mensaje recibido.

Chase me observa con malicia.

—Vaya, vaya. Por lo visto, el Gran Toni Galán tampoco tiene pase VIP aquí. ¿Será que hay alguna antena inhibidora de superpoderes en este sitio? Porque empiezo a preocuparme.

Dejo escapar el aire, temiendo que hemos venido hasta aquí para nada.

—¿Tenemos Plan C? —pregunta Chase.

Observo. Es lo que haces cuando no tienes plan.

Observarlo todo. El movimiento del hospital; los empleados flotando de un lado a otro como fantasmas con tarjetas de identificación; sus patrones y rutinas.

Un empleado de limpieza —joven, veintipocos— empuja un carrito lleno de productos de limpieza.

Lleva el uniforme azul gastado hasta el gris.

Se le ve derrotado. Tiene ese cansancio que te da un turno doble por el salario mínimo y te hace caminar como si llevaras piedras en los bolsillos.

Y probablemente así es.

Miro a Chase. Él me lee la mente.

—Plan C.

Se acerca al chico. Hay un breve intercambio.

Palabras en voz baja y miradas nerviosas.

Chase saca la cartera. Doscientos dólares cambian de manos junto a un contenedor de residuos biológicos marcado con símbolos de peligro biológico.

Luego, los dos desaparecen por una puerta lateral.

Un letrero dice: SOLO PERSONAL AUTORIZADO , pero el dinero es el mejor pase de autorización que existe.

Espero en una silla de plástico rígido. Cinco minutos se convierten en diez. El tiempo se arrastra.

Un guardia de seguridad se detiene cerca.

Tiene uno de esos bigotes que parecen la marca que deja la leche.

Siempre hay un momento, justo antes de que todo se vaya a la mierda, cuando puedes sentirlo.

Como esa presión en el aire antes de una tormenta.

Un silencio pesado que te dice: prepárate, porque viene .

Y entonces el dolor regresa con un latido negro detrás de los ojos. La visión se me nubla por el flanco izquierdo, una cortina de humo gris corriendo sobre parte del mundo.

Ahora no, joder. Aguanta .

Me acerco al guardia antes de que sus sospechas se conviertan en acción.

—Disculpe, ¿los baños? —le pregunto, fingiendo una desorientación que casi es real—. Llevo media hora dando vueltas, pero este sitio es un laberinto.

—Segunda planta —gruñe él, siguiendo su ronda.

Ha faltado poco.

El dolor empeora. Me siento en una silla de la sala de espera. Las luces fluorescentes zumban sobre mi cabeza. Un zumbido constante, insistente, como una gota de agua cayendo en el mismo punto durante horas. Cierro los ojos y trato de que el mundo deje de girar.

—Toni. Eh, Toni.

Abro los ojos. Chase está frente a mí. Lleva una carpeta manila oculta bajo la chaqueta y los ojos encendidos.

—Misión cumplida. Vámonos.

Nos refugiamos en un rincón de la cafetería. Abro la carpeta y empiezo a leer.

—¿Qué dice? —me apremia Chase.

—Un momento.

Mi corazón acelera conforme leo. El informe médico es un mapa de violencia:

Paciente: Gross, Reginald M.

Fecha de ingreso: 14 de febrero, 2025.

Hora: 03:47 AM.

Motivo: Traumatismo severo por agresión múltiple.

Lesiones: Aplastamiento y rotura de ligamentos en la mano izquierda (irreparable). Fracturas costales (3ª, 4ª y 5ª). Traumatismo craneoencefálico. Contusiones múltiples.

—¿Toni? —insiste.

No contesto y lo releo todo. Cuando termino, saco mi libreta. Repaso las fechas una y otra vez. Busco el encaje de los nombres, de las horas.

Ahí está.

Por un momento me quedo ahí, paralizado. Suena un teléfono a lo lejos. Una voz dice: «Perdone», y atiende la llamada. Yo no oigo nada. Alguien ha congelado el momento.

—Toni... —Chase me sacude por el hombro—. ¿Estás bien?

Lo miro, pero mi mente está a kilómetros de distancia. Un engranaje gigante acaba de encajar con un crujido violento que me hace vibrar los huesos.

—Sé dónde está Jax.