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Mi mano se hunde en el bolsillo del pantalón. Las llaves del Toyota están ahí, frías, esperando. El Mercedes negro ya es una sombra elegante deslizándose hacia la salida.
Todavía puedo alcanzarlo.
Mis piernas se mueven solas. Corren hacia mi coche.
El cielo sobre Scarsdale ha terminado de romperse.
Una lluvia gruesa y fría ametralla el parabrisas mientras trato de meter la llave en el contacto.
Mis dedos no obedecen del todo; el esfuerzo de la infiltración ha dejado mis nervios como cables pelados, chispeando bajo la piel.
Logro arrancar y salgo del parking, quemando algo de goma. En el retrovisor, el edificio de cristal parece un ojo gigante que me observa marchar.
Giro a la derecha. El Mercedes de Gross es un punto brillante al final de la recta. Dos coches nos separan: un Honda Civic y un SUV anodino. Perfecto, el escudo ideal.
Mantengo la distancia reglamentaria y sigo la regla de oro que aprendí en mi primera semana como detective: nunca seas el coche que está inmediatamente detrás, y nunca mantengas la misma separación por más de dos kilómetros.
Entonces seguía a maridos infieles por moteles de Queens; ahora sigo a un tiburón en un tanque de cien mil dólares.
El tráfico en la Westchester Parkway es denso a esta altura.
Eso ayuda. Más coches significan menos visibilidad, pero también menos posibilidades de que me detecten.
Su chófer es un profesional; mantiene una velocidad constante y cambia de carril sin un patrón lógico, probando si alguien muerde el anzuelo.
No lo hago. Me escondo tras el Honda Civic, dejando que la masa de coches trabaje para mí.
Pero mi cuerpo empieza a pasar factura. La rodilla que controla el acelerador emite un zumbido sordo, una vibración que sube por mi fémur, recordándome que he forzado la máquina más de lo permitido. El sudor me escuece en las manos y el volante se vuelve resbaladizo.
De pronto, el paisaje cambia. La Parkway muere en una carretera estrecha y secundaria, engullida por robles centenarios que se tragan la luz de la tarde. El Honda gira a la izquierda y el escudo desaparece. Solo quedamos tres en este juego: un camión de FedEx, el Mercedes y mi Toyota destartalado.
Reduzco la marcha y dejo que el camión se convierta en mi nuevo muro. Pero permanezco atento. Si lo pierdo de vista, se acabó.
Llegamos a un semáforo en rojo en mitad de la nada. El Mercedes se detiene. Yo freno a unos veinte metros, sintiendo cómo mi pierna tiembla por el esfuerzo. El FedEx gira en un desvío y nos deja solos.
Entonces, la ventanilla trasera del Mercedes baja apenas un par de centímetros.
Veo a Gross hablando por teléfono. Gesticula con su mano de carne mientras la de titanio descansa sobre el cuero del asiento.
Cuelga el teléfono y, con una lentitud que me hiela la sangre, gira la cabeza directamente hacia mí.
Me hundo en el asiento, fingiendo buscar algo en el suelo del copiloto. Cuento los segundos por los latidos de mis sienes. Uno, dos, tres... Levanto la vista con cautela. Gross vuelve a mirar al frente, pero la duda ya está plantada. ¿Me ha visto o solo observa la lluvia cayendo sobre el paisaje?
La luz cambia a verde y el Mercedes arranca con una suavidad insultante.
Toma un desvío y acelera. Tengo que apretar para no perderlo, aunque pronto me llega una ayuda inesperada: un tráiler ha montado una pequeña caravana en la sinuosa subida.
Es una carretera llena de curvas y sin posibilidad de adelantar durante un buen rato, así que me alejo un poco del pelotón de tres coches que van tras el tráiler (el Mercedes es el segundo por la cola) y me mantengo a distancia.
Proseguimos la marcha trazando las curvas sin demasiada prisa.
Según conduzco, reflexiono sobre lo seguro o lo peligroso que es todo esto.
Voy tras un millonario misterioso y no llevo arma.
Pero la oportunidad está aquí y en este mismo instante.
La gran ventaja es que llueve copiosamente y que el cielo se ha oscurecido más, con nubes negras bloqueando los últimos rayos de sol.
Eso debería servir para camuflarme un poco.
Mi teléfono cobra vida en el asiento del copiloto. Lo miro de reojo. El nombre en pantalla me provoca una punzada de culpa: « MAMÁ ».
¿No lo vas a coger? , me dice una voz. Algunos le llaman conciencia. Los que crecimos con Disney, Pepito Grillo.
Hace tres semanas que no la llamo. Pero no es el momento. Aprieto el botón rojo y silencio de nuevo. Joder. Lo siento, mamá. Hoy no.
El Mercedes acelera. Yo intento mantener el ritmo y piso el acelerador. El Toyota protesta pero obedece. La lluvia y la oscuridad lo hacen todo más difícil. Tomo una curva cerrada tras un grupo de hayas y, de repente, el mundo se queda vacío.
El Mercedes ha desaparecido.
Freno en seco ante una bifurcación. ¿Izquierda o derecha? No hay huellas, solo el rastro de la lluvia sobre el asfalto negro.
—Mierda. Mierda. ¡MIERDA! —Golpeo el volante con la palma de la mano.
La frustración me quema. Después del riesgo en el Reinhardt, de hablar con él cara a cara... lo he perdido.
Paro en el arcén. El silencio es absoluto, salvo por el golpeteo del agua sobre el techo.
Saco el móvil con dedos torpes y abro el mapa satelital.
La zona es rural. Campos, bosques, casas dispersas...
Pero hay algo. Entre el verde denso del bosque, destaca una mancha de construcción blanca.
Una propiedad aislada con un perímetro claramente delimitado.
Es la única casa en un radio de diez kilómetros.
Tiene que ser ahí.
Arranco de nuevo. La carretera se estrecha hasta convertirse en un sendero de asfalto agrietado y sin dibujo.
No hay farolas; solo el haz de mis faros cortando la cortina de agua mientras paso algunas señales que indican rutas de senderismo.
Vuelvo a descender y se abre el paisaje.
Al fondo, las luces de los barcos en el Hudson parpadean como estrellas agonizantes.
El bosque se abre y la veo. En lo alto de la loma, un caserón vigila el valle.
Es imponente, de un blanco casi cegador que hiere la vista incluso bajo la tormenta y rodeado de robles centenarios que parecen centinelas.
Consta de dos plantas y parece tan extenso como una urbanización entera de Brooklyn.
Diría que el estilo arquitectónico es contemporáneo, pero qué sabré yo.
Distingo el brillo rojo de los faros traseros de un coche desapareciendo tras un granero, a un lado de la casa principal. Es él.
Detengo el coche a doscientos metros, ocultándolo tras una hilera de arbustos. Si hay cámaras —y las habrá—, quiero ser una sombra más.
Me bajo y el frío me corta el aliento. Camino por el arcén, despacio, tratando de parecer un senderista despistado en medio de una tormenta.
La propiedad de Gross no es una casa; es un búnker de aspecto antiguo. Una verja de hierro forjado de tres metros de altura rodea el perímetro. Cada pocos metros, una cámara de vigilancia barre el terreno.
PROPIEDAD PRIVADA. PROHIBIDO EL PASO. Vigilancia 24/7.
Me detengo frente al granero. Una ventana pequeña, a ras del suelo, emite una luz tenue, como un parpadeo amarillento. Algo me escuece en la nuca. El cristal está sucio, pero puedo ver una cortina dentro. Enfoco la cámara del móvil, haciendo zoom hasta que la imagen se pixela.
Y entonces, sucede. La cortina se mueve.
Apenas un milímetro. Como si una mano la apartara, mirara fuera y la soltara. Un movimiento rápido, nervioso. Se me eriza la piel. En ese granero no hay corrientes de aire. Hay alguien. Y ese alguien está mirando hacia donde estoy yo.
Tomo la foto, aunque sé que solo veré una mancha borrosa. Regreso al coche sintiendo que mil ojos se me clavan como agujas en la espalda. Desde el asiento, echo una última mirada a la granja. A esa ventana. A ese silencio de muerte.
El tráfico de vuelta se espesa conforme me acerco a Manhattan, un río de sangre roja bajo la lluvia. Hablo solo para no quedarme dormido. Es un mal hábito, pero me ayuda a pensar:
—Un magnate pierde la mano —susurro—. Paga a una mujer para seducir a un joven y tenderle una trampa. Contrata a otro actor para hacerse pasar por él. Monta una farsa en un avión: un vuelo a Toronto. Y nadie vuelve a ver al joven.
No encaja. A menos, claro, que Jax esté conectado con lo que le pasó a Gross.
Marco el número de Chase y activo el manos libres.
—¿Toni? —Su voz suena extraña. Hay ruido de fondo. Gente, anuncios por megafonía.
—Lo tengo, Chase. Se llama Reginald Gross. Vive en una especie de granja en Westchester.
—¿Cómo lo has...?
—He hablado con él. En persona. Escucha, necesito que vengas conmigo a un sitio.
—¿Adónde?
—Al St. Vincent's Hospital. Ahora.
—¿Ahora? ¿Para qué?
—Gross perdió el brazo allí. Dice que fue un «incidente».
—¿Qué tipo de incidente?
—No ha querido decírmelo. Pero vamos a averiguarlo. ¿Te apuntas?
—¿Crees que tiene que ver con Jax?
—No lo sé todavía. Pero algo me dice que lo que pasó ese día lo explica todo.
Oigo a Chase respirar fuerte.
—De acuerdo. Te veo en el aparcamiento del estadio de los Yankees.
—¿Qué haces en el estadio de los Yankees? No te va el béisbol.
—¿Eres mi madre y vuelvo a estar en el instituto? Cosas mías, Toni. No preguntes.
Resoplo.
—Media hora como mucho —digo.
—Ahí estaré.
Cuelgo. Cosas suyas . La ciudad nunca duerme, y parece que mis amigos tampoco son del todo claros.
Pienso en Gross y en su frase: Este mundo no perdona a los débiles . Quizá tenga razón. Pero yo no soy débil. Solo estoy roto. Y las cosas rotas tienen los bordes más afilados.
Piso el acelerador.
Voy a descubrir qué pasó en ese hospital. Y voy a encontrar a Jax. Aunque para eso tenga que romper todas las reglas.
La caza acaba de subir de nivel.