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Bajo las escaleras lo más rápido que puedo, sintiendo como si llevara una bomba de relojería en el bolsillo del pantalón: mi móvil. Dentro están las fotos del hombre del brazo de metal, el «Arquitecto» de la desaparición de Jax Thorne.
Llego al vestíbulo e improviso un colapso controlado en el banco junto al dispensador de agua. Respiro hondo, tratando de estabilizar mi pulso. No puedo parecer un detective que acaba de bajar dos plantas en busca de su presa; aquí soy un enfermo que lucha por no desmayarse.
La recepcionista levanta la vista desde su puesto. Tiene esa expresión de «¿vas a vomitar en mi recepción inmaculada?».
Le sonrío.
—Me siento mejor. Gracias.
Ella asiente y vuelve a su tablet. Sus dedos se deslizan por la pantalla, probablemente jugando al Candy Crush o mirando Instagram. Quién sabe. A mí me da igual mientras no llame a seguridad.
Miro el reloj de pared. 12:52 PM.
Paso los siguientes minutos con la vista fija en el móvil, pero mis sentidos están en la puerta de la sala de fisioterapia.
Salen dos mujeres envueltas en abrigos de cachemira, moviéndose con elegancia silenciosa.
Luego, un hombre con un bastón de empuñadura de plata.
Nadie habla. Es un desfile de espectros con cuentas bancarias de siete cifras.
Todos tan callados que avergonzarían al Vaticano.
Pasan otros tantos minutos. ¿Y si se fue por otra salida? ¿Y si tiene un chófer que lo recoge en una puerta trasera?
Entonces, las puertas vuelven a abrirse y él aparece.
Se mueve con un leve balanceo, una cojera rítmica que su voluntad intenta ocultar.
Recoge un papel en el mostrador —una cita, supongo— y se acerca al bebedero.
Me levanto justo a tiempo para cortarle el paso, fingiendo vergüenza por adelantarme a un señor mayor.
—Perdón... disculpe —murmuro, apartándome con una prisa exagerada.
Él se detiene en seco. No cede un milímetro de su espacio personal. Sus ojos, de un azul eléctrico y gélido, me escanean de arriba abajo. Es una mirada depredadora.
—¿Nos conocemos? —Su voz es un barítono profundo, con la textura del terciopelo viejo y polvoriento.
Claro que nos conocemos. Me ha visto arriba, estoy seguro. Sacándole fotos como un vulgar acosador.
—No. No lo creo —respondo, tratando de mantener mi mano derecha, la que tiembla, oculta en el bolsillo—. ¿Usted viene por las sesiones de fisioterapia? —me arriesgo a preguntar. Míralo a los ojos, Toni. A los ojos, no al metal.
Tarda un segundo en contestar, tal vez evaluando si el gasto de saliva vale la pena.
—Sí. ¿Por qué lo pregunta?
—Estoy valorando inscribirme. He visto la sesión desde la galería mientras me enseñaban el centro.
Me ha impresionado la tecnología. —Hago una pausa y, ahora sí, bajo la vista hacia su brazo izquierdo—.
Esa prótesis... —Bajo la voz, dejando que una admiración genuina tiña mis palabras, porque, joder, es impresionante—.
Es una Titan X-7, ¿verdad? No había visto una de cerca. Es una obra maestra.
Algo se relaja en su mandíbula. Es la vanidad del coleccionista.
—Vaya. No mucha gente sabe de esto. —Por primera vez, hay un matiz casi humano en su tono.
—He estado... bueno, investigando un poco sobre neurología y biomecánica por mi cuenta —miento con una timidez ensayada—. Cuando he visto cómo se movían esos dedos desde arriba, supe que no era algo convencional. Es increíble.
Él esboza una sonrisa. No es cálida, pero tampoco hostil.
—¿Vamos saliendo? —No es realmente una pregunta.
Caminamos por el pasillo. Las paredes blancas y el arte abstracto me parecen ahora las celdas de una colmena.
Él hace una mueca cada tres pasos, como si una corriente eléctrica le atravesara la pierna.
Dolor crónico. Sea lo que sea que le pasó, todavía le duele.
El dinero puede comprarte un brazo de medio millón de dólares, pero no un sistema nervioso nuevo. En eso, estamos en el mismo bando.
—¿Por qué quiere venir a este sitio tan deprimente? —pregunta, mirándome de reojo—. Le veo francamente bien.
—Esclerosis múltiple —digo—. Llevo tres años con esto. Hay días en los que soy funcional, pero otros soy un mueble.
Él asiente. Hay una comprensión oscura en su mirada.
—Debe de ser duro. Lo invisible siempre lo es.
—A veces pienso que sería más fácil algo tangible —digo—. Como una prótesis. Al menos la gente lo vería.
—No se equivoque. Tener esto —se detiene y levanta el brazo izquierdo, moviendo los dedos de titanio— no hace que la gente te entienda más. Solo te miran como si fueras... no sé, un experimento. O un robot. O algo que salió mal en una película de ciencia ficción.
Caminamos en un silencio grato, como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Es una sensación sobre la que he leído en las novelas, pero nunca había experimentado.
—Es una joya de ingeniería —insiste él, acariciando el titanio negro con la otra mano.
Lo hace con una ternura que me pone los pelos de punta, como si el metal fuera su verdadero cuerpo y la carne solo un envoltorio sobrante—.
¿Sabe que cuesta más que un Ferrari? Y es más útil que esos trastos ruidosos.
—Impresionante —admito—. ¿Cómo funciona?
Sus ojos se iluminan. Lleva años esperando que alguien le pregunte, estoy seguro.
—Sensores neuronales conectados directamente al nervio. Puedo sentir la presión, la temperatura... No es exactamente una mano real, pero casi.
Extiende la mano hacia la pared de mármol.
—Frío —dice, cerrando los ojos—. Y liso. Puedo sentir la veta de la piedra, agarrar un huevo sin romperlo... o aplastar una nuez.
Me clava una mirada profunda y su pupila se dilata. Disfruta con el miedo que sabe que está provocando.
—¿Quiere ver cómo funciona?
Antes de que responda, cierra el puño. El sonido del motor es el ronroneo de una fiera mecánica. Retrocedo un paso instintivamente. Él exhala una risa corta y seca. Luego, abre la mano lentamente. Los dedos se extienden uno por uno. Sus ojos resplandecen. Este hombre disfruta demostrando poder.
—¿Un accidente de tráfico? —pregunto, tratando de recuperar el control.
La persiana se baja de golpe tras sus ojos.
—¡Hasta la próxima, señor Gross! —La recepcionista levanta la vista y sonríe tras el mostrador del vestíbulo. Esa sonrisa profesional que te dan cuando les pagas mucho dinero.
Él levanta la mano artificial. Un saludo mecánico pero cortés.
—Hasta el jueves, Claire.
Gross. Su apellido es Gross.
Guardo la información y la archivo junto con todo lo demás que estoy recopilando.
Las puertas automáticas se abren con un siseo suave, pssshhh , y salimos al aparcamiento, despoblado a estas horas.
El aire de Nueva York nos recibe con su olor a asfalto mojado y ozono.
El cielo se ha desplomado en una lluvia fina y persistente.
Gross abre un enorme paraguas negro, de esos que parecen blindados.
—Venga, tápese —dice, haciéndome un gesto. Es una orden amable. Tu abuelo diciéndote que te acerques para contarte un secreto.
La proximidad bajo el paraguas es asfixiante. Puedo oler su colonia —cuero y cítricos caros— y escuchar el tap-tap rítmico de la lluvia sobre la tela tensa. Me siento como un ratón bajo el ala de un halcón: protegido, pero completamente a su merced.
Caminamos hacia los coches como dos viejos amigos compartiendo un secreto, cuando en realidad somos dos extraños midiendo el alcance de nuestras armas.
—Debió de ser un accidente terrible —insisto, buscando la grieta.
Sus dedos de carne se aprietan alrededor del mango del paraguas.
—No fue un accidente. Fue un «incidente» provocado por la incompetencia. Hospitales públicos —dice, aunque parece estar pensando en vertederos—. Cirujanos de tercera que juegan a ser dioses y no saben ni hablar nuestro idioma.
Al girar la cabeza para enfatizar sus palabras, la cicatriz de su cuello queda expuesta bajo la luz plomiza. Es una cordillera de piel quemada y mal cosida que desaparece bajo el cuello de su chándal de diseño. No fue un accidente limpio. Fue una carnicería.
—Yo me trato en el Mount Sinai —comento, lanzando un anzuelo—. Se portan muy bien conmigo.
Sigue hablando, abuelete, me digo. Dame algo.
—Usted tuvo suerte —escupe con desprecio—. Yo caí en manos del cirujano más inútil del país. Si hubiera tenido a alguien competente desde el principio, todavía tendría mi propia piel.
¿Bromea? No estoy seguro. Parece hablar muy en serio.
—¿En qué hospital fue?
Se detiene frente a un Mercedes negro con cristales tintados. Me mira fijamente y, por un segundo, creo que va a decirme la verdad.
—No lo recuerdo. He borrado los nombres de los lugares mediocres de mi memoria.
Mentiroso. Sabe perfectamente qué hospital fue. Probablemente recuerda el nombre del cirujano y hasta de las enfermeras, cada detalle de cada minuto que pasó ahí. Pero no va a decírmelo.
—¿Viene aquí regularmente? —pregunto—. Esto debe de ser... caro.
—Mucho. Pero lo necesito.
—¿Para mantener la prótesis?
—Para todo. —Se señala la rodilla—. El incidente no fue solo la mano. Rodilla destrozada, costillas rotas, traumatismo craneoencefálico. Todo el paquete. Un año y medio después, todavía estoy... recuperándome.
—Traumatismo craneoencefálico... —repito—. Suena grave.
Se toca la sien, un gesto inconsciente.
—Tres días en coma. Dos semanas sin recordar mi nombre. Fue... no fue agradable.
Jadea como si se hubiese dado cuenta de que ha hablado demasiado, pero yo me pregunto si el desliz no ha sido intencionado.
—¿Secuelas?
Entrecierra los ojos. La cuestión lo incomoda.
—¿Por qué lo pregunta?
Mierda. He ido demasiado lejos.
—Solo curiosidad médica —respondo rápido—. Con la esclerosis, leo mucho sobre neurología. Casos como el suyo me interesan.
Asiente lentamente. Creo que ha comprado la excusa.
—Olvido nombres a veces. Detalles pequeños. Pero nada grave. Y luego esta maldita cojera, claro. Eso no se va.
Miro cómo camina. Cada tres pasos, esa mueca.
—Por eso la fisioterapia.
—Tengo setenta y nueve años, ¿sabe? —Me alegro de que no añada «pero me siento como un muchacho» o alguna tontería así. Odio esa frase—. A esta edad, el cuerpo no perdona.
Gotas de lluvia resbalan por la prótesis mientras caminamos. Parecen lágrimas negras.
En ese momento, un hombre con cara de sapo que está a punto de entrar en su Range Rover se detiene al vernos. Lo reconozco, lo he visto antes desde el cristal. Estaba en la sesión grupal de fisioterapia. Nos mira y entrecierra los ojos.
Oh, no.
—¡Eh! —grita, acercándose—. ¿Usted no es...?
Me vuelvo, maldiciendo entre dientes.
—¡El detective! —dice—. Lo vi en las noticias. El caso del... ¿cómo era?
Gross me mira. Hay un interés renovado en sus ojos claros.
—Me confunde con otro —digo rápido, pero el daño está hecho—. No soy detective.
—¿Seguro? —El tipo se acerca más—. Salió en el Post. Estoy convencido.
Se vuelve hacia Gross, buscando confirmación.
—¿Verdad que sí? El detective ese.
Gross me mira sin pestañear.
—No leo el Post —dice.
El otro insiste:
—Pues yo juraría que...
Gross lo interrumpe. Su voz baja diez grados.
—El señor dice que se equivoca.
El hombre capta el mensaje.
—Ah. Sí. Claro. Lo siento. Debo de estar... confundido.
Se aleja, pero aún mira hacia atrás un par de veces. Sigue sin estar convencido.
El sonido de la lluvia en el paraguas parece más fuerte ahora. O quizás es que el silencio entre nosotros es más profundo.
Puedo sentir a Gross pensando. Repasando la conversación, las preguntas que he hecho, cuán específicas han sido.
«¿Qué hospital?» «¿Traumatismo craneoencefálico?» «¿Secuelas?»
Un interrogatorio disfrazado de charla amistosa.
Maldita sea mi falta de sutileza.
El silencio se alarga, incómodo. Dos hombres jugando al ajedrez bajo un paraguas. Es casi cómico, si no fuera tan peligroso.
—Así que... detective —murmura Gross, saboreando la palabra como si fuera un veneno exótico.
—Me ha confundido.
—Claro.
Pero su tono dice otra cosa. Dice: Sé que mientes.
Y tú sabes que yo lo sé. Por un momento, estoy tentado a quemar las naves y preguntarle directamente sobre Linda Parker.
Sobre cómo la compró para que sedujera a Jax.
Sobre el actor que contrató para hacerse pasar por Jax.
Y, por qué no, sobre Marko Jaric. Pero sería un suicidio, tanto investigativo como literal. Así que cierro la boca.
Un chófer uniformado sale del Mercedes y abre la puerta trasera. Es un hombre bajo, fornido y con el pelo cortado a lo militar, con canas predominando en las sienes. Su andar firme me recuerda al de un policía.
Antes de subir, Gross me tiende su mano humana.
—Suerte con su... —Deja que la frase cuelgue en el aire— enfermedad.
—Gracias. Y gracias también por su tiempo, señor... perdón, no sé su nombre.
Me mira, decidiendo si decírmelo o no.
—Reginald —dice finalmente—. Reginald Gross.
—Reginald. Gracias.
Sube al coche, aislándose de la lluvia y de mí. El chófer cierra la puerta y toma su lugar al volante. Gross baja la ventanilla y me dedica unas últimas palabras.
—Cuídese. Este mundo no perdona a los débiles.
La ventanilla se cierra, dejándome con la palabra en la boca. El Mercedes arranca sin ruido, dejándome solo bajo la lluvia. Observo cómo se aleja. Matrícula de Nueva York. Cristales tintados. No puedo ver dentro.
Pero sé que Gross me observa por el espejo retrovisor.
El coche gira en la salida y desaparece.
Saco el móvil y tecleo frenéticamente:
Reginald Gross incidente hospital Nueva York .
Resultados:
Obituario de otro Reginald Gross. 1943-2019. Descanse en paz.
Artículo sobre Reginald Gross, abogado de Manhattan.
LinkedIn de Reginald Gross, contable.
Mierda. Es un nombre demasiado común.
Ajusto la búsqueda y filtro por «Reginald Gross», «magnate herido» y «negligencia médica».
Y el titular salta a la pantalla, iluminando mi cara bajo la lluvia:
« Filántropo en estado crítico. Ingresado de urgencia en el St. Vincent. La familia denuncia negligencia médica tras amputación en el Hospital St. Vincent ». Fecha: hace ocho meses.
Sonrío, con el agua corriendo por mi cuello.
—Te tengo, Reginald.