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Espera a que los pasos de Toni se desvanezcan en el pasillo para soltar el aire contenido. Cuando por fin se queda sola, su fachada se desmorona.
Por un lado, es un alivio. No tiene que fingir que está bien, ni sostener la mirada de Toni mientras él suplica que le deje ayudar, ni sonreír cuando Chase hace algún comentario sarcástico.
Saca del cajón un bote de gel desinfectante y se frota las manos con ímpetu.
El olor a alcohol no es suficiente para borrar la sensación de los dedos de Brad sobre su piel.
Sus recuerdos son diapositivas quemadas, como las imágenes de los sueños o de los actos que se realizan bajo los efectos de un estupefaciente: el ascensor de cristal, el frío de la suite, la toalla blanca de él cuando salió del baño. Sus manos. Su boca...
«¡No! ¡Basta!»
Intenta empujarlos hacia el fondo de su mente.
Los mantiene bajo la superficie como cadáveres hinchados tratando de emerger de un lago negro.
Si uno sube, todos lo harán. Y entonces se ahogará.
No en agua, sino en recuerdos. En el olor de su colonia.
En el peso de su cuerpo. En el sonido de su respiración contra su oído.
Así que los empuja hacia abajo, una y otra vez, como en el juego del topo.
Golpea uno, aparece otro. Golpea ese y vuelve el primero.
Es un mecanismo de defensa, lo sabe, pero es el único que tiene.
Hasta que sus brazos mentales no pueden más.
«Mi cuerpo es solo una cáscara —se dice a sí misma—. Él solo tocó la cáscara».
Necesita salir de aquí. Irse a casa. Encerrarse. Dormir durante tres días.
Agarra su bolso y baja al vestíbulo. La puerta del ascensor le devuelve la imagen de una extraña. La curvatura del metal distorsiona sus facciones, alargando su rostro hasta convertirlo en una máscara de espanto. Incluso así, le sorprende su pálida piel. Parece un fantasma.
La Sexta Avenida está, como siempre, en efervescencia. Turistas con mapas, grupos de chavales, paseadores con más perros de los que pueden controlar. Pero ella se siente en una burbuja.
Se detiene en seco.
Él está en la acera de enfrente, inmóvil, en medio de la marea humana que se mueve a su alrededor como agua alrededor de una roca.
«Brad».
Él no sonríe ni saluda. Solo está ahí, observándola con la paciencia de un coleccionista. Su mirada es un hilo invisible que la mantiene atada por el cuello.
«No puede ser... ¿Qué hace aquí?»
Hada empieza a caminar. Sus piernas se mueven por puro instinto de huida.
No corre todavía —no quiere darle el gusto de saberse cazada—, pero gira en la primera esquina.
Su respiración se vuelve superficial, errática.
Mira atrás por encima del hombro: él la está siguiendo.
No corre, pero acorta la distancia con una parsimonia aterradora, como el péndulo de un reloj.
—¡Mira por dónde vas, joder!
Hada choca contra un turista. Un vaso de plástico vuela y el zumo de naranja estalla contra el asfalto. El líquido brillante se extiende por la acera como una mancha visceral.
—¡Era un zumo de seis dólares! —el chico la agarra del brazo—. ¡Ahora me lo vas a pagar!
Hada se zafa del agarre con una fuerza y huye.
—¡Oye! ¡Vuelve aquí!
No tiene tiempo para esto. Una parte absurda de su mente piensa: seis dólares. Eso es caro para un zumo. En el supermercado cuestan dos; está pagando cuatro dólares extra por la conveniencia de comprarlo en la calle.
Qué estupidez pensar en eso ahora.
—Lo... lo siento.
Los gritos del turista se pierden en el rugido de la ciudad.
Cruza la calzada. Un ciclista de mensajería pasa a milímetros de ella, tan cerca que siente el aire desplazándose contra su cara.
—¡Muévete! —grita el ciclista sin detenerse.
Ella da un salto atrás. Su corazón golpea sus costillas como un animal enjaulado. Respira. Respira. Mira atrás otra vez. Brad está a menos de media manzana.
Ahora sí, Hada echa a correr.
Ve la boca del metro. Se lanza por las escaleras, bajando los escalones de dos en dos. Resbala en el tercer escalón y sus dedos se cierran sobre la barandilla de metal frío, casi arrancándose las uñas. Al mirar arriba, ve la silueta de Brad a contraluz. Sigue bajando con el pulso en la garganta.
En los tornos, su tarjeta falla la primera vez. Inténtelo de nuevo. El pitido de error suena como una alarma de incendio en su cabeza. Al fin, cruza.
El aire del andén huele a metal y a sudor concentrado.
PROX TREN — 1 MIN.
Es el minuto más largo de su vida. Escanea las escaleras.
Nadie. El túnel empieza a vibrar. El rugido del convoy llena la estación.
Se oye el pitido intermitente, pero las puertas tardan una eternidad en abrirse.
Hada golpea el botón tres veces más, como si eso fuera a ayudar.
Por fin se abren y ella entra a empujones, buscando el rincón más alejado del vagón. El pitido de cierre empieza a sonar.
«Cerrad las puertas. Por favor, cerradlas ya».
Justo antes de que el metal se selle, una sombra se proyecta en el hueco. «Oh, no..». Una mano se interpone. Las puertas retroceden.
Brad entra en el vagón delantero y el tren empieza a moverse.
Hada siente que el oxígeno desaparece. A través de los cristales conectores de los vagones, lo ve.
Está ahí, de pie, sujeto a una barra, tranquilo.
Entonces, levanta la mirada y la encuentra.
Sus ojos están muertos, planos, como los de un tiburón que ha detectado sangre en el agua.
No enseña los dientes, pero las comisuras de sus labios se elevan en una sombra de triunfo.
Ella ha visto esa mirada antes. Anoche. En el hotel. Cuando él...
Siente que no puede respirar. Mira el vagón: está cerrado. Luego se gira hacia la puerta conectora. Hay gente bloqueando el paso. Está atrapada. Solo puede quedarse ahí mientras él la observa paciente. Eso es lo más aterrador de todo.
Brad empieza a moverse. Abre la puerta comunicadora y pasa al siguiente vagón.
Dos vagones de distancia. Camina con elegancia, pidiendo disculpas a los pasajeros con la sonrisa de un ciudadano ejemplar.
Nadie sabe que es un monstruo. Para Nueva York, él es solo un hombre atractivo buscando un asiento.
Pronto llegará adonde ella. Entonces, ¿qué? ¿Qué hará cuando la tenga al alcance? ¿Le susurrará al oído? ¿Le manoseará el culo? ¿Sonreirá como si nada?
El tren frena en la calle 23. Hada salta al andén antes de que las puertas terminen de abrirse.
Corre. Sube las escaleras hacia la superficie sin mirar atrás, sintiendo que sus pulmones se llenan de cristales rotos.
El dolor en el costado es una puñalada constante, pero no se detiene hasta que el aire fresco de la calle le golpea la cara.
Se apoya contra una pared de ladrillo, jadeando, con la náusea subiendo por su garganta mientras todo da vueltas a su alrededor. El punto en el costado se ha convertido en un dolor sordo.
Mira la boca del metro. Nadie sale.
Brad no la ha seguido fuera. Se ha quedado en el tren, viéndola huir. La ha dejado ir hoy porque ya ha conseguido lo que quería: que ella sepa que no hay ningún lugar seguro. Que el mundo es su suite privada y ella siempre tendrá la llave puesta por dentro.
Hada se desliza por la pared hasta quedar sentada en la acera.
La gente pasa de largo, esquivándola como si fuera una grieta en el pavimento.
Cierra los ojos y la imagen de Brad en el vagón sigue ahí, grabada en su retina como una quemadura, como cuando miras una bombilla y luego cierras los ojos y todavía la ves. Ardiendo. Pulsando.
Brad. Brad. Brad.
Mañana, pasado mañana, la semana que viene... él vendrá. Y cuando lo haga, no habrá metro al que subir. No habrá escaleras que subir. No habrá escapatoria.
Hada tiembla. Y no puede parar.
¿Hasta cuándo va a durar esto?