Pack Toni Galán (libros 1-3) 41
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Cuarenta minutos. Ese es el tiempo que llevo pegado al cristal, dos plantas por encima de la sala de fisioterapia, observando cómo los ricos intentan negociar con el curso de la vida.

El Reinhardt Institute no se parece a ningún hospital que haya pisado, y mi historial clínico es lo suficientemente largo como para haberlo visto todo. Parece un hangar diseñado por un arquitecto de la NASA en un día de minimalismo zen.

Desde aquí arriba, veo a seis pacientes sobre colchonetas azules y a tres fisioterapeutas con batas blancas inmaculadas que circulan entre ellos como ángeles en un quirófano.

Escaneo a cada paciente, uno por uno, buscando algo específico.

Cuento tres Rolex y dos bolsos Birkin apoyados despreocupadamente contra una pared de estuco veneciano.

Una mujer camina con un andador de titanio gimiendo a cada paso, pero los diamantes de sus dedos destellan con más fuerza que su dolor.

Es la estética del privilegio: aquí la biología es solo un inconveniente que se soluciona a golpe de talonario.

El anciano con prótesis de pierna —rodilla para abajo, titanio pulido que refleja las luces del techo— lee el Wall Street Journal mientras una fisioterapeuta le estira el músculo. Sección de inversiones. Alcanzo a ver el titular desde aquí: «El mercado alcista continúa su récord histórico».

El dinero nunca para. Ni siquiera cuando tu biología decide rendirse.

Mi propia biología elige ese momento para recordarme que soy un intruso.

Un espasmo recorre mi brazo derecho, un pequeño cortocircuito neurológico cortesía de mi esclerosis múltiple.

Aprieto el puño contra la barandilla fría y noto un resentimiento ácido: mientras mis nervios se degradan gratis, abajo se compra la inmortalidad por piezas.

Sin embargo, ninguno de esos cuerpos perfectos y caros es el que busco. Ninguno lleva prótesis en el brazo, el único rasgo físico que conozco del hombre que contrató a Linda Parker.

—La sesión ha terminado, señor.

Me vuelvo. La recepcionista es la guardiana del templo: bata blanca, coleta impecable, tablet en mano y una expresión profesional que no admite réplica.

Una hora antes, esa misma voz sonó más amable por teléfono.

Estaba aparcado en una gasolinera a diez minutos de Scarsdale cuando hice la llamada.

—Reinhardt Institute, buenos días.

—Hola, mi nombre es Antonio Galán.

—¿En qué podemos ayudarle, señor Galán?

—Tengo esclerosis múltiple. Mi neurólogo me ha recomendado sus servicios. Necesito sesiones de fisioterapia. Es urgente.

Silencio al otro lado. El tipo de silencio que significa que estaban buscando mi nombre en una lista.

—Entiendo. ¿Podría darme el nombre de su neurólogo?

Le di el nombre del doctor Patel, mi médico del hospital. Un tipo brillante que me salvó la vida. Y a quien detesto cuando dice: «Puedes seguir haciendo vida normal».

—Un momento, por favor.

Esperé.

—Señor Galán, la próxima disponibilidad que tenemos es dentro de tres semanas.

—¿No hay nada antes?

—Lo siento. Tenemos una sesión en un rato, pero las plazas están cubiertas desde hace meses. —Su tono dio un portazo a cualquier discusión.

Mierda. Pensé rápido y se me ocurrió algo. Podría funcionar.

—Entiendo. Oiga, antes de comprometerme, ¿podría ver el centro y conocer a los fisioterapeutas? Es una inversión importante.

—Por supuesto. Venga cuando quiera. Estaremos encantados de enseñarle nuestras instalaciones.

Colgué y no me lo pensé. Quince minutos más tarde estaba aparcando frente a la entrada del Instituto, entre un Mercedes eléctrico y un Bentley.

Empezaba a caer una llovizna y con ella desaparecieron los rayos de sol tras un manto de nubes que conferían a la mañana un aire funesto.

Rachas de viento levantaban hojas y ramitas secas del suelo.

El cielo se había oscurecido y a lo lejos brillaban relámpagos.

La recepcionista me recibió con una sonrisa profesional.

—Señor Galán, bienvenido. Le enseñaré las instalaciones.

Me guio por el edificio: sala de tratamientos, gimnasio... Cuando pasamos junto al cristal que da a la sala de fisioterapia, le pedí quedarme un momento. Ella asintió y se fue.

Y aquí estoy, cuarenta minutos después.

—Disculpe, señor —repite la mujer, con un tono que es una orden envuelta en seda—. La sesión ha terminado. Debe marcharse.

No deseo irme. No cuando por fin tengo una maldita pista que puede llevarme hasta el hombre que tiene a Jax Thorne.

Así que improviso.

Fuerzo un traspié, un bamboleo calculado que, por desgracia, encuentra un eco real en mis pulmones.

La costilla que Marko Jaric me hundió contra la pared del Mystery Box hace dos noches protesta con un pinchazo eléctrico.

No necesito actuar demasiado; mi cuerpo, agotado por el viaje y la enfermedad, ya está ensayando su propio colapso.

La visión del ojo hinchado se me nubla en los bordes.

Soy un desastre orgánico en un entorno de orden absoluto.

Me dejo caer en el banco de espera, despacio, dramáticamente frágil.

—¿Se encuentra bien? —su máscara profesional se agrieta. La compasión es la única brecha en su protocolo.

—Solo es un mareo —digo con una sonrisa de mártir estoico—. La dichosa esclerosis. A veces el sistema se reinicia sin avisar.

—¿Necesita que llame a alguien?

—No, por favor. Es muy amable. Solo déjeme a solas cinco minutos. Se me pasará enseguida.

Ella duda. Mira hacia la sala de fisioterapia. Luego me mira a mí, sopesando mi fragilidad.

—De acuerdo. Si necesita ayuda, estaré en recepción.

—Gracias.

Se aleja, pero no demasiado. Me vigila desde la esquina del pasillo. No importa. Abajo, el turno está cambiando. Los pacientes de la sesión grupal recogen sus toallas de hilo egipcio y sus aguas importadas para dar paso a la verdadera élite: las sesiones privadas.

Me incorporo lo justo para que mi ojo supere el borde del cristal. Entra un ejecutivo. No. Una anciana con bastón de ébano. No.

Y entonces, entra él.

Es el último. Un hombre de sesenta y tantos años, cabello plateado peinado hacia atrás y una barba recortada con precisión. Se mueve lentamente, con la confianza de un depredador que ha comprado el bosque entero. Pero no miro su cara. Miro su lado izquierdo.

Ahí está. La Titan X-7.

Negra mate, siniestra y hermosa. No es un brazo, es una obra de arte de la ingeniería.

Un acto de guerra contra la naturaleza. Las articulaciones de los dedos son micro-servomotores que se mueven con una fluidez aterradora.

Tecnología de seis cifras para sustituir la carne fallida.

Mi mano orgánica tiembla incontrolablemente contra el cristal al ver esa perfección artificial.

Tengo que documentar esto. La recepcionista está de espaldas, hablando con alguien. Es ahora o nunca.

Apunto con el móvil y hago zoom. La prótesis llena la pantalla. Silencio el obturador y disparo una ráfaga de tres fotos.

A través de la pantalla, veo que el hombre se tumba en la camilla.

Murmura algo, no lo oigo desde aquí, pero reconozco el dolor en su rostro.

La fisio asiente y reduce presión, pero él niega con la cabeza.

Ella vuelve a presionar. Él aprieta los dientes, respira superficialmente, pero no pide que pare. Duro de pelar.

Cuando el hombre gira la cabeza para hablar con la fisio, la luz cenital revela algo más: una cicatriz queloide.

Gruesa, rugosa, como una cremallera mal cerrada que sube desde la clavícula hasta esconderse tras la oreja.

Es un mapa de violencia antigua, una marca de realidad que ninguna cirugía plástica ha podido borrar.

De repente, como si sintiera el peso de mi mirada desde la galería, el hombre levanta la vista.

Sus ojos azules, fríos e intensos, me atraviesan a través del objetivo de la cámara. No es solo una mirada casual; es un escaneo. Siento que me analiza, que me identifica como una anomalía que debe ser eliminada.

Me lanzo hacia atrás, pegando la espalda a la pared del pasillo. El corazón me martillea las costillas con una fuerza que me marea de verdad. Me quedo inmóvil, contando los segundos en ese silencio aséptico.

¿Me ha visto? ¿Me ha visto fotografiarlo?

Tengo la foto. Tengo al hombre del brazo de metal. Y ahora, él también me tiene a mí.