40
Chase cruza la calle sin mirar a los lados, embistiendo el asfalto.
Una mujer pelirroja en minifalda pasa junto a él y lo mira por encima de sus gafas de sol.
Cualquier otro día, él le habría devuelto el gesto.
Hasta se habría detenido a probar suerte pidiéndole el número de teléfono.
Pero hoy no, ni siquiera se le pasa por la cabeza.
La puerta de Joe's Corner se abre con un tintineo. Chase se coloca al final de la fila, observando las nucas de los ejecutivos mientras su mente repasa, en bucle, los decepcionantes acontecimientos que han traído de Toronto.
—Dos cafés solos, largos. Y dos galletas con chips de chocolate —pide al llegar al mostrador.
Las galletas son un capricho táctico; sabe que Toni las necesita para sobrellevar la mañana y él las necesita para tener algo que morder que no sea su propia lengua.
Además, aún no han desayunado, y ayer solo cenaron unos sándwiches de atún recalentados en la terminal del aeropuerto. Se merecen una victoria.
Mientras espera, cuenta nueve Teslas a través del ventanal.
La ciudad se mueve silenciosa y eléctrica, justo lo contrario al incendio que lleva por dentro.
La camarera le entrega una bolsa de papel marrón y dos vasos de café en un soporte de cartón.
Chase se gira para salir, ansioso por volver a la cueva de la oficina, cuando una voz nasal y cargada de una alegría manufacturada lo detiene en seco.
—¿Chase? ¿Chase Donovan? No me jodas... ¡Eres tú!
Marcus Levine bloquea la salida. Desearía hacerse el despistado y salir de allí, pero no tiene escapatoria.
Marcus es todo lo que él desprecia de su etapa en la Costa Oeste: gomina en exceso, sonrisa de pelele y los tobillos desnudos.
Está esperando a que Chase diga algo, con los brazos en jarras, lo que deja ver que lleva gemelos en las mangas de la camisa... Qué patético.
Chase apenas soporta mirarlo.
—Ey, Marcus —gruñe. El café quema a través del cartón.
—¡Sabía que eras tú! —Levine amplía su sonrisa. Sigue teniendo los dientes torcidos. Dios, lo había olvidado—. Joder, tío. Cuánto tiempo.
—Pues sí.
—¿Qué haces en Nueva York?
—Trabajo.
—¿Trabajo? —Levine se ríe—. ¿Pero tú trabajas?
Chase suelta una risa seca. Mejor eso que tirarle los vasos a la cara, que es lo que le pide el cuerpo. Sería desperdiciar un buen café.
Se acerca un paso más. Está tan cerca que Chase nota el calor de su aliento pringoso.
—El tráfico es una mierda, ¿verdad? —dice—. Nada que ver con LA. Allí al menos puedes moverte. Aquí es un jodido infierno. Y el clima, joder. Hace un frío de cojones.
—Ajá.
« LA . ¿Quién habla así? Solo un pedante como Marcus».
—Joder, qué pinta de fugitivo tienes. ¿Sigues en contacto con Evelyn Crowe o finalmente te dieron la patada?
Chase aprieta los dientes. Evelyn Crowe. Ese nombre siempre le deja un sabor a bilis.
—No. Ahora trabajo por mi cuenta. Con un amigo.
—Ah. Ya. Bueno, eso tiene sentido. Después de lo que pasó...
—Tengo prisa, Marcus.
Chase intenta rodearlo, pero Marcus es un experto en retener a audiencias que no quieren escucharlo. Entonces, suelta la bomba.
—Por cierto, ¿sabes a quién vi ayer? A Hada García.
Chase se detiene.
—¿Viste a Hada?
—Como lo oyes. En una gala en el Lincoln Center. Ya sabes, una de esas mierdas benéficas donde la gente se pone esmoquin y finge que le importa algo más que el dinero.
Chase parpadea. El nombre de Hada actúa como un freno de mano en su sistema nervioso. Se vuelve despacio, con los ojos convertidos en dos rendijas de acero.
—¿Hada? ¿En el Lincoln Center? Estás alucinando, Marcus. Estaba en casa con fiebre.
—Pues debía de ser una fiebre muy efímera —se ríe Levine, saboreando el chismorreo—.
Iba con Brad Sullivan. Sí, ese capullo, el de Sullivan Entertainment .
No le pega nada, tío. Ella es una puta diosa y él es un imbécil integral, pero ya sabes cómo es Hollywood: todo el mundo tiene un precio.
Aunque, para ser honesto, se la veía fatal.
Como si prefiriera que le sacaran una muela sin anestesia antes que estar allí del brazo de Sullivan.
El puño de Chase se cierra alrededor de la bolsa de papel y las galletas se deshacen en su interior, una metáfora perfecta de la confianza que acaba de romperse.
Hada les ha mentido. A él y a Toni. Mientras ellos se partían el alma en Canadá persiguiendo sombras, ella estaba de etiqueta con el hombre que pretende comprarla.
Sin decir palabra, pasa junto a Levine y empuja la puerta.
—¡Eh, Chase! —grita este detrás de él—. ¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? ¡Chase!
Pero Chase ya está cruzando la calle, con la furia hirviendo en sus venas y el café humeando como una amenaza.
Y no mira atrás.