39
Entramos en el edificio con prisa. Chase y yo llevamos la misma ropa de ayer y arrastramos la derrota silenciosa que se adhiere a la piel cuando viajas dos mil kilómetros para interrogar a un vecino equivocado. Ninguno de los dos ha dormido más de cuatro horas.
El vuelo de regreso a Nueva York ha sido corto pero agotador; un borrón de luces nocturnas y turbulencias leves.
Chase se quedó dormido antes de despegar y roncó durante todo el trayecto.
Yo no pude echar ojo; tenía la cabeza demasiado llena, y me quedé pegado a la ventanilla, viendo la costa de Nueva York y pensando en Linda Parker y en el hombre del brazo biónico.
En algún momento saqué el portátil para escribir un correo a Hada. Se lo conté todo, como una especie de diario o terapia: el viejo millonario, la prótesis, el hotel, la oferta a Linda y el actor que suplantó a Jax. Necesitaba soltar lastre.
Cuando aterrizamos en La Guardia, Chase se despertó como si nada. Bostezó, se estiró y me preguntó si había dormido. Le dije que no. Él gruñó algo sobre que debería aprender a desconectar. Eran casi las dos de la madrugada. Demasiado tarde para llamar. Así que envié a Hada un WhatsApp rápido:
Tienes un correo urgente.
En casa, me di una ducha y me tomé un Ibuprofeno. Todolofreno , lo llamaba mi compañero del primer año de facultad, después de una noche larga. «Sube al tranvía de Todolofreno, Toni. Vamos a hacer un viajecito».
Luego me desplomé en la cama mientras Chase daba un paseo rápido a los perros. Me quedé tan profundamente dormido que no los oí regresar.
Ahora son las ocho de la mañana. Y tenemos mucho trabajo que hacer. La oficina está en un silencio sepulcral, normal siendo sábado, pero hay una luz encendida al fondo, en el despacho de Hada.
—¿Está aquí? —pregunta Chase, mirando hacia la puerta entreabierta.
—No lo sé. No me ha contestado a los mensajes.
Gruñe.
—Qué raro.
Tiene razón. No es normal. Ella siempre contesta. Siempre está disponible. A veces pienso que tiene el teléfono pegado a la mano.
Avanzo y empujo la puerta. Me detengo en seco. Ella está allí, tecleando en el ordenador tras el escritorio como en un día normal.
Pero no es un día normal.
Y ella no es la misma.
La miro durante unos segundos antes de que se dé cuenta de que hemos llegado.
Tiene ojeras profundas y oscuras, como si no hubiera dormido en días.
Está más pálida de lo habitual. Lleva el cabello recogido en una coleta desordenada, un chándal gris y zapatillas deportivas.
Ella nunca viste así, ni siquiera cuando va a sus clases de baile.
Sobre su escritorio, junto al termo de té, hay un envoltorio grasiento de una famosa franquicia de hamburguesas.
Para alguien que mide sus calorías, ese papel arrugado es una bandera blanca.
Su sistema operativo personal ha colapsado.
Chase también lo ha notado. Puedo verlo en cómo se detiene junto a mí. En cómo tensa la mandíbula.
Hada levanta la vista y esboza una sonrisa forzada.
—Buenos días.
—Hola —respondo—. No sabía que estarías aquí tan temprano.
—Leí tu correo anoche. Pensé que sería mejor empezar ya —responde sin mirarme, tecleando con una rapidez mecánica.
—¿Por qué no contestaste?
—Era tarde. No quería molestarte.
Frunzo el ceño. Le escribí que era urgente, y ella nunca tiene problema en «molestar» cuando algo es importante.
Me acerco a su escritorio. Chase se queda junto a la puerta.
—¿Estás bien? —pregunto.
Ella parpadea.
—¿Por qué lo dices?
—Te veo... cansada.
—Estoy perfectamente.
Lo ha dicho con demasiada rapidez.
—¿Segura?
—Sí, claro. Es que apenas he dormido. Tengo unas décimas de fiebre, pero no es nada.
Hago una mueca. Patricia era experta en inventar mentiras plausibles, mucho mejor que Hada, de hecho. Y yo, un experto en detectarlas.
Pero no insisto.
—Vale. ¿Qué has averiguado? —pregunto, acercándome al monitor.
Se vuelve hacia la pantalla con los párpados cargados.
—Olvídate del Waldorf Astoria; es un agujero negro. Los registros de huéspedes están protegidos.
—Vaya.
—Pero la prótesis... eso es otra historia. He estado trabajando en ello desde las seis.
—¿Las seis de la mañana?
—Sí.
Chase y yo intercambiamos una mirada significativa.
—De acuerdo —digo, acercándome—. ¿Qué tienes?
—Solo hay tres clínicas privadas en Nueva York y alrededores que fabrican prótesis biónicas de última generación. —Gira el monitor hacia nosotros—. Este tipo de prótesis avanzadas usa sistemas mioeléctricos con sensores EMG. Control neuronal avanzado.
Chase silba.
Hada hace clic en una pestaña y la página web se actualiza.
—Este es The Reinhardt Institute. En Scarsdale, Nueva York.
La página, de diseño minimalista, muestra fotografías de las instalaciones, impecables. Todo en blanco y cristal. Parecen provenir del futuro.
—Prótesis personalizadas —lee en voz alta—. Fisioterapia exclusiva y rehabilitación integral. Atención discreta para clientes de alto perfil.
—¿Alto perfil? —repito.
—Dicho de otra manera: gente que nada en billetes.
Chase se inclina sobre el escritorio.
—¿De cuánto estamos hablando?
Hada navega por la página. La pantalla muestra ahora una pieza de ingeniería que parece sacada de una película de ciencia ficción: negra, mate y con sensores de integración neuronal avanzada.
—Esta es la Titan X-7, el modelo más avanzado. No es una pieza de ortopedia más. Cuesta casi medio millón de dólares y solo han fabricado cinco en todo el país.
—Joder. —Me quedo absorto mirando la pantalla.
—Sí. The Reinhardt Institute no trabaja con cualquiera.
Es una fortaleza de cristal para empresarios, diplomáticos...
gente que paga fortunas por la discreción.
La parte buena es que, si nuestro hombre es tan influyente como Linda dice, casi con toda seguridad fue allí.
La mala, que conseguir un nombre es imposible sin una orden judicial que no tenemos.
La privacidad es uno de sus pilares. Literalmente, lo dicen en su página: «Discreción garantizada».
Chase se cruza de brazos y me dedica una sonrisa.
—A menos que Toni use su pase VIP.
Lo miro con el ceño fruncido.
—¿Mi pase VIP?
—¿Hola? ¡Despierta! Tienes esclerosis múltiple, necesitas rehabilitación. Eres el caballo de Troya perfecto. Tu historial médico es un tique dorado.
¿Habla en serio o me está vacilando? Es algo que me pregunto a menudo con él.
La ironía me deja sin habla. ¿Usar mi enfermedad, mi mayor debilidad, como una herramienta de infiltración? Debo admitir que es una idea brillante y, al mismo tiempo, me hace sentir como si estuviera vendiendo mi salud para cerrar un caso.
—Es factible —murmura Hada—. Podrías pedir una cita y echar un vistazo al lugar. Ver si puedes obtener algo. Un nombre, una cara. Lo que sea.
—¿Y si me piden el historial médico completo?
—Precisamente por eso funcionará. Chase tiene razón: tu enfermedad es real, no estarás fingiendo nada; solo buscando una opción de rehabilitación. Es perfectamente normal.
Chase me mira como Alfred esperando su premio después de un truco. Sé muy bien lo que está pensando.
—Está bien, pero iré solo —lo defraudo otra vez—. Será menos sospechoso. Así solo seré un tipo con una enfermedad crónica buscando tratamiento. Nada fuera de lo normal.
Extrañamente, no me lleva la contraria.
—Para fisioterapia hacen hueco rápido si hay urgencia —comenta Hada, tecleando en su ordenador—.
Te enviaré la dirección y el número de teléfono.
Llama y pide una cita. Di que te han recomendado y que necesitas una sesión inicial de fisioterapia.
Tienen lista de espera de seis meses para tratamientos completos e implantes, pero para sesiones de fisio pueden hacer hueco más rápido, especialmente si dices que es urgente y que tu médico te recomendó.
Cierra el ordenador y se recuesta en su silla. Parece exhausta.
Chase se dirige hacia la puerta.
—Voy a por café. ¿Alguien quiere?
—No —responde Hada—. Gracias.
—Yo sí —digo—. Solo. Sin azúcar.
Él asiente sin apartar la vista de ella, que sigue con los ojos fijos en la pantalla, aunque sus manos están demasiado quietas sobre el teclado. Antes de salir, Chase me lanza una mirada cargada de intención. Entiendo el mensaje: habla con ella.
Nos quedamos a solas. Yo me quedo de pie frente al escritorio con las manos en los bolsillos. Ella me mira.
—¿Qué?
—Es por él, ¿verdad?
Tarda algunos parpadeos en responder. Observo su rostro, buscando algo que normalmente está allí. Pero no lo encuentro. Sea lo que sea, se lo está guardando.
—No te preocupes, Toni. Estoy bien. Solo cansada.
No la creo, pero tampoco sé qué decir. Me doy la vuelta para irme.
—Toni.
Me detengo en el umbral y giro la cabeza.
—¿Sí?
Ella duda.
—Nada. Ten cuidado en Scarsdale.
Doy media vuelta y salgo del despacho.