Pack Toni Galán (libros 1-3) 38 #2
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—Tenía una prótesis. —Hace una mueca de desagrado al recordarlo—. La vi cuando se quitó la chaqueta. No era una de esas manos de plástico que intentan parecer humanas. Era una pieza de ingeniería negra, mate, una pasada. Emitía un zumbido eléctrico, apenas audible, pero constante.

Chase y yo nos miramos de nuevo. Waldorf Astoria. Prótesis en el brazo. Lo anoto todo mentalmente y lo subrayo para que no se me olvide.

—Así que te pagó un dineral para que sedujeras a Jax —digo—. ¿Qué más? Cuéntanos los detalles.

—Debía dejarme ver con él. En restaurantes, bares… Lugares donde la gente pudiera vernos juntos. Hacerle creer que estábamos… ya sabes: viviendo un romance.

—¿Y qué más?

—También tenía que dejar unas bragas mías en su coche. Sin que él se diera cuenta.

Chase suelta una risa seca. Ella lo ignora.

—Lo último era tomar un vuelo a Toronto con alguien que se parecía a Jax. Alguien que llevaría su documentación.

—El actor.

—Sí.

Intento procesar esto.

—Déjame ver si lo entiendo —digo, despacio—. Un hombre rico te pagó para que fingieras una relación con Jax y volaras a Toronto con un actor que se hacía pasar por él.

—Sí.

—¿Por qué?

—Quién sabe.

—¿Y nunca te lo preguntaste?

Me mira directamente.

—De nuevo: me ofreció un billete a una nueva vida. ¿Por qué iba a hacer preguntas?

No tengo respuesta para eso. Como escritor, la idea me fascina y me aterra: es la coreografía del engaño perfecto.

Alguien creó una producción cinematográfica en la vida real.

Si quieres borrar a un hombre, no basta con matarlo; tienes que darle al mundo una versión «lógica» de su desaparición.

«Huyó con su amante» es un relato tan potente que la policía deja de buscar y la familia deja de preguntar. Es el borrador absoluto.

—¿Cómo conseguisteis el pasaporte de Jax? —pregunta Chase.

—No lo sé, y tampoco pregunté. Él se encargó de todo. Yo solo quería llegar a Canadá y cobrar mi dinero.

—¿Lo cobraste?

—Nada más aterrizar me llegó una transferencia.

Me froto los ojos.

—¿Conociste al actor antes del vuelo?

—Sí. Me lo presentaron el día anterior, en un almacén abandonado en Brooklyn. Todo muy secreto.

—¿Cómo era?

—Pues eso, parecido a Jax. Misma altura, mismo peso, cabello oscuro y barba cuidada. Si no lo conocías bien, podías confundirlos.

—¿Nombre?

—Dijo que se llamaba Jax, claro.

—Su nombre real.

—No me lo dijo.

—¿Cómo se comportó durante el trayecto?

Ella se lo piensa.

—Apenas habló. Se sentó junto a la ventana y durmió la mayor parte del tiempo.

O fingió dormir. Cuando aterrizamos, nos separamos.

Sabía lo que tenía que hacer. Él se fue por un lado y yo por otro.

Nunca lo volví a ver. Los dos éramos unos mandados, lo supe enseguida.

Él no tenía nada que ver con Jax; lo hacía por dinero, como yo.

—¿Y después?

—Después me instalé aquí, conocí a Derek y empecé una nueva vida.

—El hombre del Astoria… ¿cómo contactaba contigo antes del vuelo?

—Por teléfono. Números diferentes cada vez. De prepago. Cuando todo terminó, me felicitó y me dijo que me pagaría una cantidad cada año a cambio de mi silencio.

—¿Cuándo fue la última vez que te contactó?

—Hace… tres meses. Llamó para confirmar que todo seguía en orden y que no había hablado con nadie.

—¿Qué le dijiste?

—Que todo estaba bien. Que nunca hablaría.

Me mira. Hasta ahora.

—¿Cómo sonaba?

—¿A qué te refieres?

—Su voz. ¿Parecía preocupado? ¿Nervioso?

—Sonaba tranquilo, como siempre. Controlando la situación.

—¿Volviste a verlo?

Niega con la cabeza.

—¿Alguna vez mencionó por qué? —pregunto—. ¿Por qué quería que pareciera que Jax había huido contigo?

—No.

En el sótano, algo se mueve. Una caja se arrastra. Pasos pesados.

Linda mira hacia el suelo.

—¿Sentías algo por Jax? —pregunto.

Ella vuelve la mirada hacia mí. Sus ojos están húmedos.

—¿Cómo?

—Pasaste tiempo con él. ¿Sentías algo?

Baja la voz.

—Follaba bien. Y era un buen tipo. Pero solo era trabajo. —Luego su tono cambia, se vuelve defensivo—. Solo hice lo que me pagaron por hacer. Nada más.

Chase mira hacia el techo, buscando paciencia divina.

—Esto es una locura.

Tiene razón. Es una locura, pero también tiene sentido. Alguien quería que pareciera que Jax había huido con su amante.

¿Pero por qué? ¿Y dónde está el verdadero Jax?

—Linda —digo—. ¿Sabías que Jax estaba prometido?

Ella parpadea.

—¿Qué?

—Iba a casarse.

—No… No lo sabía.

Se queda callada, mirando sus manos. Chase se inclina hacia adelante.

—Si lo hubieras sabido, ¿habrías aceptado el trabajo?

No responde. El silencio se alarga. La miro y veo culpa en sus ojos. Real, profunda.

Más ruido abajo. Algo pesado cayendo. Luego, pasos.

—¿Conoces a un tal Marko Jaric? —pregunto.

Parpadea.

—¿Quién?

—Marko Jaric. Un tipo grande, con acento de Europa del Este. Tal vez ruso o balcánico.

—No. Nunca he oído ese nombre.

—¿Estás segura?

—Sí. ¿Quién es?

—Nadie —digo, decepcionado—. Solo comprobaba.

Chase y yo nos levantamos. Linda también.

—Por favor —nos dice, y, por primera vez desde que empezamos a hablar, su voz se quiebra—. No le digan nada a Derek. Él es… es lo único bueno que me ha pasado en la vida. Si se entera de esto… de lo que fui… de lo que hice… no me perdonará. Lo sé. Y no podría soportarlo.

Busco a Chase. Él hace una mueca de indiferencia.

—No prometemos nada —dice.

—Por favor…

—Si lo que nos has dicho es cierto —digo—, no tienes que preocuparte.

Ella asiente. Parece a punto de derrumbarse.

—Gracias.

Entonces se me ocurre algo.

—Me gustaría bajar a despedirme de Derek —digo.

Linda titubea.

—Sí. Quiero pedirle disculpas por mi comportamiento de antes —añade Chase.

—De acuerdo. Pero por favor… no le digáis nada de lo que hemos hablado.

—Palabra —digo, levantando una mano.

Nos guía escaleras abajo. El sótano es pequeño, con el techo bajo y paredes de hormigón desnudo. Huele a polvo y madera. Hay cajas apiladas contra las paredes, herramientas colgadas en un panel y un banco de trabajo.

Derek está de espaldas, vaciando una caja. Saca un taladro, una sierra de mano… herramientas de carpintería.

Se gira cuando nos oye bajar.

—¿Qué pasa? —pregunta, mirando a Linda.

—Querían despedirse. Disculparse.

Él nos mira con desconfianza.

—No hace falta.

—Aun así —digo—. Siento cómo hemos llegado. No era nuestra intención asustaros.

Él no dice nada.

Echo un vistazo rápido al sótano. La disculpa era una excusa. Quería inspeccionar este sitio. No sería la primera vez que alguien esconde un cadáver debajo de su casa, y no me lo perdonaría si abandonara esta casa sin confirmar que Jax no está enterrado aquí. Habría sido un error de novato.

Pero no hay mucho que ver. Cajas, herramientas, la mesa y un arcón congelador zumbando contra la pared del fondo.

Nada más.

Nadie más.

Veo que Chase se acerca al arcón distraídamente y pone una mano sobre la tapa.

—¿Qué hay aquí? —pregunta, y antes de que Derek pueda responder, levanta la tapa.

—Carne —dice Derek con tono neutro—. Compramos al por mayor. Sale más barato.

Chase mira dentro. El vapor helado envuelve su rostro. Carne envuelta en plástico. Solo carne. Luego cierra la tapa.

Derek no aparta la mirada de Chase.

Linda nos acompaña hasta la puerta. Derek, en cambio, se queda abajo, observando cómo nos vamos. En el camino, veo más cajas: ropa doblada, libros apilados. Una vida construyéndose desde cero.

Cuando abre la puerta, no digo eso de «si recuerdas algo más, llámanos». Salimos y la puerta se cierra tras nosotros. Caminamos hacia el coche en silencio. A mitad de camino, me giro hacia la casa. En la ventana de la cocina, la cortina se mueve. Alguien nos está mirando.

Es Derek.

Está de pie, detrás del cristal, observándonos como un centinela. Su silueta oscura es la última imagen de una vida que se sostiene sobre un cimiento de billetes de banco. Por un segundo, ninguno de los dos se mueve. Luego, él suelta la cortina y desaparece.

—¿Conclusiones? —pregunta Chase mientras subimos al coche y arranca el motor.

No respondo de inmediato; pienso en lo que acaba de suceder.

Jax no huyó, como creía la policía. Alguien lo hizo desaparecer. Alguien con dinero y poder. Con recursos suficientes para contratar actores y conseguir pasaportes. Para montar una farsa elaborada.

Alguien con…

—Una prótesis en el brazo —digo en voz alta—. Es nuestra única pista.

—No es mala pista.

—¿Quién será ese hombre?

—Ni puñetera idea.

Nos alejamos de la casa. En el espejo retrovisor, veo la ventana de la cocina. Nadie mira ya desde detrás de la cortina. Y no puedo evitar preguntarme si hemos obtenido todo lo que podíamos. Si Linda realmente no sabe más.

¿Nos lo ha contado todo? ¿O es tan buena mintiendo como lo fue con Jax?