38
El hombre tras la puerta tiene treinta y tantos años, quizás cuarenta.
Es difícil saberlo. Es un bloque de hormigón con sienes plateadas, una mandíbula que parece tallada en piedra y una nariz grande y achatada.
En general, es lo que se conoce como un hombre de complexión fuerte, alguien que seguramente levanta cosas pesadas para ganarse la vida.
Lleva una camiseta gris, vaqueros y botas cubiertas de barro. Mientras nos observa, masca chicle o tabaco con ferocidad.
—¿Sí? —Su voz suena como un motor diésel arrancando en una mañana helada.
Chase, fiel a su estilo de «invadir primero, preguntar después», se coloca a centímetros de su cara.
—¿Es aquí la fiesta?
—¿Perdón?
—Buscamos a Jax Thorne.
—No conozco a ningún Jax. Largaos.
Chase sonríe. No es una sonrisa amistosa.
—¿Y a Linda Parker? ¿A ella tampoco la conoces, chiquitín?
El hombre se tensa. Es un resorte a punto de saltar. Puedo ver el momento exacto en que decide que Chase es una amenaza. Da un paso hacia él. Sus rostros están a centímetros.
—Escucha, amigo. —Su tono baja una octava—. No sé quién eres ni qué quieres, pero será mejor que te largues de mi propiedad antes de que te parta la cara.
Chase no retrocede.
—Inténtalo.
—Chase... —intervengo.
Pero el aire en el porche de Etobicoke se ha vuelto inflamable. El hombre empuja a Chase. Un toque leve, pero suficiente para prender la mecha. Chase reacciona al instante, poniendo una mano en el pecho del hombre y empujándolo de vuelta.
—No me toques.
—Para —repito, esta vez más fuerte, colocándome entre ellos. No es fácil. Ambos son más grandes y fuertes que yo. Probablemente también más estúpidos.
El hombre me mira por primera vez. Sus ojos son oscuros, marrones. Veo bondad en ellos, pero también miedo. Es un hombre protegiendo su hogar.
—¿Quién coño sois?
Voy a responder cuando una voz femenina irrumpe desde el interior.
—¿Derek? ¿Qué ocurre?
Derek gira la cabeza.
—Aléjate, cariño. No pasa nada.
La mujer aparece en lo alto de las escaleras.
Es considerablemente más joven que él. Su cabello rubio está recogido en una cola de caballo desordenada; parece que acaba de levantarse de la siesta.
Tiene unos ojos verdes tan grandes que se pueden ver desde la puerta.
Lleva una sudadera gris tres tallas más grande y pantalones de chándal negros.
Sin rastro de maquillaje ni de tacones. Muy lejos el brillo de las luces del Mystery Box.
Aun así, es guapa. Y parece asustada.
Baja despacio, temerosa de lo que va a encontrar abajo.
—Derek. —Su voz tiembla—. ¿Qué está pasando?
—Nada. Estos hombres estaban a punto de irse.
—No —digo—. No nos vamos.
Ella llega al final de las escaleras y se detiene junto a su chico, quien pasa un brazo protector alrededor de sus hombros.
—¿Quiénes sois? —pregunta ella, mirándonos alternativamente.
—¿Linda Parker? —pregunto de vuelta.
Ella duda. Sus ojos se desplazan entre Derek y nosotros, tal vez calculando qué mentira funcionará mejor. Después de unos segundos, asiente con la cabeza.
—Buscamos a Jax Thorne.
El nombre provoca en ella el mismo efecto que un barreño de agua fría sobre un pequeño fuego.
Derek se vuelve hacia ella.
—¿Conoces a ese tipo?
Ella no responde de inmediato.
—Linda —insisto—. Sabemos lo de Scarlett Moon y los billetes de avión. No nos iremos de aquí sin los detalles de lo que pasó.
Derek frunce el ceño.
—¿Scarlett qué?
Linda palidece aún más.
Derek eleva el tono.
—¿De qué está hablando? —Su cuello está tenso.
Ella cierra los ojos, como si eso fuera a hacer que desaparezcamos.
—Cariño...
—¿Qué está pasando aquí, Linda?
—Derek, por favor...
—¿Quién es Jax Thorne y quién coño es Scarlett Moon?
Me mira. Luego a Chase. Por último, a su pareja.
—Déjame hablar con ellos —dice en voz baja—. A solas.
—¿Qué? ¡No!
—Por favor.
—Linda, si estos tipos...
—No me pasará nada. Te lo prometo.
Derek no parece convencido. Me lanza una mirada que podría derretir acero.
—Si le hacéis daño...
—Puedes estar tranquilo —aseguro.
Busco a Chase, esperando respaldo, pero él se mantiene imperturbable.
Derek duda. Luego suspira y besa a Linda en la frente.
—Estaré en el sótano —dice—. Organizando las cajas. Si me necesitas...
—Lo sé. Hablaremos después. —Ella le pone una mano en la mejilla—. Te quiero.
Derek nos examina una última vez, especialmente a Chase, que le sostiene la mirada. Por un instante, parece que va a decir algo más. Luego baja las escaleras y se pierde en el piso de abajo. Sus pisadas resuenan. Linda espera hasta que el sonido se desvanece.
Solo entonces se gira hacia nosotros.
—Pasad —dice finalmente—. Vamos al salón.
Nos acomodamos. Linda se abraza las rodillas en el sofá. Chase y yo somos dos cuervos sentados frente a ella.
El salón es pequeño pero acogedor. Contra la pared hay una caja de cartón medio abierta. Dentro veo libros, objetos envueltos en papel de periódico y una taza con el logo de los Maple Leafs.
Están organizando su vida aquí y todavía se están instalando.
La temperatura es agradable. De la cocina llega un rico olor: salsa de tomate y albahaca. Linda ha debido de estar preparando la cena antes de que llegáramos.
Nadie habla durante unos segundos. Linda observa con inquietud la abolladura de mi cara.
—Un novio celoso —comento.
—Ya veo.
—Y de los Montreal Canadiens —añade Chase. Por lo visto, también ha reparado en la taza y sabe algo de hockey. Toda una caja de sorpresas.
Ella sonríe sin gracia.
—Esos son los peores —dice. Luego se sienta sobre una de sus piernas—. En fin, no sé qué quieren que les diga.
—Solo queremos la verdad —respondo—. ¿Qué pasó con Jax Thorne?
—No sé nada de ningún Jax Thorne.
Chase suelta un resoplido.
—Venga ya.
Ella lo mira con dureza.
—Es verdad. No sé dónde está.
—Pero lo conocías —digo.
Ella duda y baja la vista a su regazo.
—Sí. Lo conocía.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué pasó con él?
—No lo sé.
—Linda...
—¡No lo sé! —Su voz sube. Aun así, se está conteniendo. No quiere que Derek escuche nada desde abajo—. La última vez que lo vi fue hace meses. No tengo ni idea de dónde está ahora.
Me inclino hacia delante.
—Tienes un billete de avión a Toronto. A tu nombre.
—¿Y qué? Estoy aquí, ¿no? De alguna manera tuve que...
—Mismo vuelo y asiento contiguo al de Jax —la interrumpe Chase.
—Eso... eso no significa nada.
—Significa que estuviste involucrada —la presiono.
—No.
—También sabemos lo de Scarlett Moon.
Se queda boquiabierta.
—¿Cómo...?
—Hacemos nuestro trabajo.
Cierra los ojos.
—Eso es pasado. Ya no soy esa persona.
—¿Derek lo sabe? ¿Lo de que trabajabas en el Mystery Box? ¿Que eras escort?
Abre los ojos de golpe.
—¡No! —casi grita, mirando al suelo, como si pudiera verlo a él a través de los listones de madera—. Él cree que soy... que siempre he sido esto. Si se entera, me dejará.
—Entonces será mejor que empieces a hablar —digo, endureciendo el tono—. Porque si no lo haces, tu novio se va a llevar una sorpresa.
Me mira con odio. Por un fugaz momento, reconozco a Molly en su expresión. La misma rabia contenida. Aparto la mirada.
—Eres un hijo de puta.
—Probablemente.
Chase sonríe.
—Definitivamente.
Linda se frota la cara con ambas manos.
—No podéis hacerme esto.
—Habla —dice él, implacable.
Ella nos estudia, buscando una salida. No la hay. Finalmente, suspira.
—De acuerdo. Os diré lo que sé.
Cruzo las piernas y espero. Ella respira hondo y se muerde el labio hasta que pierde el color.
—El hombre del avión… no era Jax Thorne.
El silencio que sigue es un puñetazo en el esternón. Miro a Chase. Él arquea una ceja, procesando la información.
—Repite eso —digo.
—El hombre del avión. No era Jax. Era otra persona.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—¿Quién era?
—Un actor. O eso creo. Se parecía mucho a Jax, pero no era él.
Me paso una mano por el pelo.
—Empieza desde el principio. Cuéntanoslo todo.
Ella asiente con la cabeza.
—Hace unos seis meses, un hombre me contactó. Quería una sesión privada conmigo. En un hotel. Pero solo era una excusa. Lo que en realidad quería era ofrecerme un trato.
—¿Qué trato?
—Dinero a cambio de un trabajo.
—¿Sexual?
Ella duda.
—Sí, pero más sutil. Solo tenía que seducir a alguien. Hacerle creer que estábamos juntos. Dejarme ver con él en público.
—Jax.
—Sí.
—¿Por qué?
—Ni idea. No quise preguntar.
—¿Y aceptaste?
Se encoge de hombros.
—Por el pastón que ese hombre me ofreció, ese trabajo era pan comido.
Chase resopla.
—Pan comido. Destruir la vida de alguien.
Linda lo fulmina con la mirada.
—Solo hice mi trabajo.
—¿Cuánto te ofreció? —pregunto, cortando la tensión.
Aprieta los labios.
—Suficiente.
—Define suficiente —dice Chase.
—Suficiente para no tener que volver al Mystery Box nunca más. Suficiente para llevar una vida normal. ¿Te vale con eso?
Chase gruñe entre dientes. Yo levanto una mano.
—Déjalo. No importa.
Él se recuesta.
—¿Quién era ese hombre? ¿El de la oferta? —pregunta.
—No sé su nombre. Solo lo vi una vez.
—¿Dónde?
—En el Waldorf Astoria de Nueva York. Reservó una suite. Hablamos allí.
—¿Intentó algo contigo? —intercedo.
Ella me mira como si hubiese dicho una estupidez.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque los hombres que contratan escorts para reuniones de negocios no suelen ser educados.
—Pues lo fue. Se comportó de manera bastante amable y cordial, para ser sincera. Además, podría ser mi abuelo.
—Descríbelo.
Cierra los ojos, tratando de recordar.
—Sesenta y muchos, quizá setenta. Cabello blanco bien peinado hacia atrás. Barba frondosa pero cuidada, también blanca. Llevaba un traje oscuro, caro, no de esos que compras en grandes almacenes, precisamente. Pero no había nada ostentoso en él. Nada que gritara: ¡dinero! Y sin embargo…
—¿Sin embargo?
—Sin embargo, sabías que lo tenía. Había algo en él. En cómo hablaba. En cómo se movía. Como si el mundo le perteneciera.
—Que reservara la suite del Astoria para hacer negocios también dice algo —apunta Chase.
Ella confirma con un gesto.
—¿Acento? —pregunto.
—No, que yo recuerde.
—¿No tenía acento de Europa del Este?
Frunce el ceño.
—No. ¿Por qué?
—Por nada. ¿Algo más? ¿Algo distintivo?
Duda.