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El portátil emite un brillo azulado sobre el escritorio, la única luz en la penumbra de la suite.
Hada lo abre con manos temblorosas. Tiene la piel de gallina, no solo por el frío, ya que está en bragas y sujetador y la suite tiene el aire acondicionado encendido, sino también por el miedo.
Busca en las carpetas: documentos, fotos, videos. Pero nada se parece a lo que busca.
En el baño, el agua de la ducha sigue corriendo como un reloj de arena que se agota.
Puede oír los latidos en sus oídos. Se mueve rápido por la habitación. Abre los cajones. En el primero, encuentra ropa interior perfectamente doblada. En el segundo, documentos del hotel, folletos y menús de servicio a la habitación.
La suite es impecable: suelos de madera oscura, ventanales que dan a la ciudad iluminada, una cama king size con sábanas blancas inmaculadas. En la mesita de noche hay dos copas de champán; una de ellas, la suya, casi vacía, y la otra, la de él, intacta.
De la barra del armario cuelgan camisas cuidadosamente ordenadas. Sobre la cómoda, un neceser de cuero con sus iniciales grabadas. Todo perfecto, como si él viviera aquí.
Abre el tercer cajón y, por fin, da con algo: un USB negro, sin etiqueta.
Lo conecta al portátil. El dispositivo parpadea, exigiendo una contraseña.
Maldita sea. Brad es meticuloso y precavido.
Sus dedos vuelan sobre el teclado, probando varias combinaciones, pero el acceso se deniega una y otra vez.
Mierda.
El silencio que sigue es un trueno. Hada ve el vapor filtrarse por debajo de la puerta del baño, una nube cálida y húmeda que huele a jabón. Se acabó el tiempo.
No ha podido acceder al USB. No ha encontrado los vídeos y él está a punto de salir. Entonces retomarán lo que han dejado a medias. Brad, sobre la cama. Camisa blanca desabotonada. Una mano apoyada detrás de la cabeza. Mirándola con esa sonrisa.
—He fantaseado con volver a tenerte aquí —ha dicho hace solo unos minutos—. En mi cama, desnuda.
Ella no ha respondido. Solo ha bebido más. Necesitaba algo que le adormeciera los sentidos, que hiciera esto más fácil. Luego él ha empezado a desnudarla lentamente. Ella ha notado su erección a través del pantalón, y eso que apenas se habían tocado todavía.
Ya no podía disimular su excitación cuando ella se ha quedado en ropa interior. Entonces ha dicho que quería ducharse antes. Ya había olvidado su costumbre: Brad siempre se duchaba antes de hacer el amor.
—Sigue bebiendo, pero no te duermas —le ha dicho desde la puerta del baño—. No tardaré.
Eso ha sido hace… ¿cuánto? ¿Cinco minutos? ¿Diez? El tiempo se ha vuelto elástico.
La puerta del baño se abre. Brad aparece en el umbral, con una toalla blanca enrollada en la cintura. El torso desnudo, gotitas de agua resbalando por el vello del pecho. Su cabello húmedo está peinado hacia atrás. Sus ojos van del portátil abierto al USB en su mano. Por último, a su cara.
Y sonríe. No es una sonrisa amable, sino de decepción paternalista.
El pensamiento llega como un relámpago a la mente de Hada: «La copa de champán en la mesita. Tres pasos. Romperla contra el borde. El cristal afilado. La yugular. Justo ahí, donde late la vena».
Sería rápido. Un movimiento letal. Dos segundos como máximo. Podría hacerlo.
Sus ojos se desvían hacia la mesita. A la copa casi vacía.
Tres pasos…
El corazón le late tan fuerte que le duele. ¿Y si falla? Peor: ¿y si no falla? El pensamiento la paraliza más que el miedo.
—¿Buscabas algo, nena? —La voz de Brad la arranca de su fantasía violenta.
Traga saliva. No puede hablar. Las palabras se le atoran en la garganta.
Él camina hacia ella. Despacio, como un depredador. El olor a limpio del hotel invade el espacio. Se detiene a un metro.
—Déjame adivinar. —Se rasca la barbilla húmeda—. Querías ver si tenía copias de seguridad. Si había algo más aparte de mi teléfono. Pensaste que tal vez estaban en la nube. Que si las borrabas de un dispositivo, tal vez podías limpiar el rastro.
No responde. La copa sigue ahí, pero sus piernas son de plomo.
—Inteligente. —Asiente, como si evaluara el trabajo de una empleada—. Muy inteligente, de hecho. Siempre fuiste la más lista de la oficina. Es una de las cosas que más me ponen de ti. Casi tanto como esto.
Azota su trasero con la mano abierta. El sonido seco resuena en la habitación como una bofetada. Hada se muerde el labio hasta hacerse sangre para no gritar.
Brad saca su teléfono de algún lugar, Hada no sabe de dónde.
Tal vez de la toalla. Tal vez se lo ha llevado al baño y lo tenía en la mano todo el tiempo.
Lo desbloquea con una mano y gira la pantalla hacia ella.
Es una imagen granulada, de hace cuatro años.
Ella, entregando un sobre en un parque. Su pasado, congelado en un frame .
—Esto es lo que buscabas, ¿no? —pregunta él, inclinando ligeramente la cabeza—. Podría enviarlo ahora mismo. Un solo clic y mañana por la mañana todo el mundo sabría qué clase de serpiente es Hada García en realidad.
Ella cierra los ojos.
—Brad… por favor…
—No voy a hacerlo. No hoy. —Deja el móvil sobre la mesita, junto a la copa vacía—. Porque tú y yo vamos a llegar a un acuerdo. Aquí y ahora.
Le acaricia la mejilla con la punta del dedo húmedo, recreándose en el labio inferior. Hada reprime una arcada. También reprime la idea de apretar los dientes con fuerza hasta arrancarle el dedo.
—Si quieres que lo borre —continúa él—, tendrás que… convencerme.
Hada sabe exactamente lo que significa. Lo ha sabido desde que subió al ascensor.
Una lágrima solitaria, cálida y salada, se escapa y resbala hasta su boca. Puede saborear la sal.
Asiente, rendida. Es una capitulación total.
Brad sonríe, triunfante. Sus dedos bajan hasta su hombro. El tirante del sujetador cae despacio. Él acerca su boca a su cuello.
Hada cierra los ojos de nuevo. Se imagina a sí misma como una de las estatuas de mármol del vestíbulo, fría, de piedra dura, incapaz de sentir el tacto, el aliento, el peso.
Y entonces, simplemente, deja de estar ahí.