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Chase ya está llamando con los nudillos cuando lo alcanzo.
El aire nocturno es una cuchilla helada que me hiere la ceja partida con saña. Huele a césped mojado.
Mi visión hace un extraño: un leve parpadeo de imagen distorsionada que me obliga a cerrar un ojo para enfocar. Oigo el sonido de la cerradura al girar. Para mí, suena como el percutor de una pistola antes del disparo.
La puerta se abre.
Durante un segundo eterno, mi cerebro —desesperado por cerrar este caso y cobrar el dinero— intenta forzar la realidad. Busca encajar ese rostro en el molde de Jax Thorne. La barba está ahí, la estatura coincide... Es él, tiene que ser él.
Pero entonces, la luz amarillenta del recibidor baña por completo al hombre y el espejismo se disuelve.
La barba es más rala y grisácea, y los ojos no son el azul ambicioso del hombre que buscamos, sino de un marrón cansado. El hombre sostiene un mando a distancia en la mano.
No es Jax Thorne. Es solo un tipo que quería ver las noticias tranquilo.