35
—Indiana Jones —dice Chase.
—No lo dirás en serio, ¿no? —contesto mirándolo.
—Es que empiezo con una fácil.
Ocupamos los asientos delanteros de un Nissan Altima de alquiler, color gris metálico; ese gris que olvidas en cuanto apartas la mirada.
Al otro lado de la calle, frente a nosotros, en el tranquilo barrio residencial de Etobicoke, el adosado de dos plantas se mantiene a oscuras.
Césped descuidado, buzón rojo y una bandera canadiense que cuelga lacia junto a la puerta principal.
El cielo se tiñe de naranja y púrpura, como una herida infectada. Anochece en Toronto.
Llevamos aquí casi una hora y nos estamos volviendo locos de aburrimiento. Mientras esperamos a que suceda algo, nos entretenemos con el ingeniosísimo juego de «¿Quién compuso la banda sonora?».
—Indiana Jones —repite Chase—. ¿O es que no te lo sabes?
—John Williams, obviamente —respondo, exhalando un suspiro—. Demasiado fácil.
—Alien.
—Jerry Goldsmith.
—¿Y la segunda parte? —quiere saber, intentando pillarme.
—¿Aliens: El regreso?
Asiente con la cabeza.
—James Horner.
—¿Es tu respuesta definitiva?
—Sí. Cambiaron de compositor. Goldsmith para la primera y Horner para Aliens . Todo el mundo lo sabe.
—Correcto. Muy bien. Aunque los sabelotodo no caen bien a nadie. Especialmente a las mujeres.
—Mira quién fue a hablar.
Chase esboza algo así como una sonrisa y se reclina. Lleva una sudadera negra, vaqueros y una gorra de los Knicks; podría pasar por un universitario de visita o por un camello, dependiendo de cómo lo mires.
Yo llevo mi chaqueta de cuero favorita, la que Patricia decía que me hacía parecer un profesor intentando parecer guay. Un profesor con crisis de mediana edad , fueron sus palabras exactas. Probablemente tenía razón. Ella solía tener razón en casi todo.
El viaje hasta aquí ha sido... pintoresco.
Salimos de Nueva York en un vuelo chárter que aterrizó en el Billy Bishop Toronto City Airport.
Para los no iniciados, el Billy Bishop está en una isla.
Sí, una isla. En el lago Ontario. Lo cual significa que, después de aterrizar, tuvimos que tomar un ferry para llegar a la ciudad.
Chase, por supuesto, lo encontró hilarante.
—Tío —dijo mientras subíamos al barco—, esto es como viajar en el tiempo. ¿Qué sigue? ¿Un carruaje tirado por caballos?
No le contesté. Estaba demasiado ocupado preguntándome si íbamos a encontrar a Jax. Y si lo encontrábamos, qué demonios íbamos a hacer con él.
Una vez en tierra firme, alquilamos el Nissan y nos dirigimos directamente aquí, a Etobicoke, un barrio tranquilo donde los niños aún juegan en la calle. Un lugar donde Jax Thorne no debería estar. O tal vez sí, si lo que busca es esconderse.
Pero aquí estamos. Porque Hada, bendita sea, encontró a Linda Parker.
Durante el vuelo, he puesto a Chase al día con todo lo que ha pasado hoy.
Empezando por Anna —o Ashley—, que, de manera involuntaria, acabó llevando a mi mente a las navidades de hace dos años.
Eso me condujo hasta Rebecca Thorne, quien terminó admitiendo que, en la víspera de aquella Nochebuena, cuando se produjo el accidente de coche, había una cuarta persona en el vehículo: Lily Williams.
—Espera —me interrumpió—. ¿La hija de David Klein murió por culpa de Jax?
—Más o menos.
—¿Y él lo sabía desde el principio?
—No. Se enteró cuando John-Michael Flint se pegó un tiro y dejó a Klein una nota de suicidio en la que lo confesaba todo.
—Así que tanto Klein como Rebecca sabían desde el principio que la Polaroid era real, y que Lily estaba muerta.
—De hecho, fue el propio Klein quien se la envió a Jax en un sobre para torturarlo. Buscaba venganza.
—¿Te lo dijo él?
—Sí.
Le resumí el resto. La confesión de Klein en el restaurante chino y cómo había extorsionado a Jax con cien mil dólares.
Chase hizo eso de juntar las yemas de los dedos formando un triángulo.
—Parece obvio —dijo—. Klein está detrás de la desaparición.
—Él jura que no tuvo nada que ver. Solo quería darle un escarmiento, pero no lo secuestró.
—¿Y tú le creíste?
—La verdad es que sí. Además, Jax sacó los cien mil dólares pero nunca llegó a entregárselos a Klein.
—Eso no lo sabes. Klein pudo mentirte.
Negué con la cabeza.
—Mi teoría es que, en lugar de pagar, Jax optó por la vía fácil: escapar y empezar de cero en otro país. Tenía el dinero y había conocido a Linda Parker.
La azafata pasó y Chase le guiñó un ojo. Ella sonrió y se sonrojó hasta las orejas. La vida es demasiado fácil para algunos.
—Si tuviera que empezar de cero, no elegiría Canadá como destino —suspiró él luego, mirando por la ventanilla.
—Pero aquí está la parte que no cuadra —dije—. Klein asegura que no conoce a Marko Jaric.
—¿El gorila que te amenazó?
Asentí.
—Ni siquiera sabía quién era.
Chase se quedó en silencio con el ceño fruncido, procesando la información.
—Entonces, si Klein no contrató a Jaric... ¿quién lo hizo?
—Esa es la pregunta del millón.
Ahora, sentados en el Nissan, volvemos a esa misma pregunta. ¿Quién más quiere a Toni Galán fuera del tablero?
—No tiene sentido —dice, tamborileando los dedos sobre el volante—. Si Jax huyó voluntariamente con Linda Parker, ¿por qué alguien contrataría a un matón para amenazarte?
—Exacto.
—A menos que...
—¿A menos que qué?
—A menos que Jax no huyera voluntariamente.
Vuelvo la cara hacia él.
—O que fuera él quien contrató a Jaric porque no quiere que lo encontremos —añade.
Hago una mueca.
—La última vez fui demasiado lejos —comento, bajando la voz.
Él no responde. Me deja hablar.
—Con los Miller —aclaro, y me froto la cara con ambas manos; todavía veo sus rostros—. Me lo advertiste. No te escuché. Y mucha gente inocente acabó muerta. —Lo miro—. Ahora tengo la misma sensación.
Sigue sin decir nada.
—¿Estoy haciendo lo mismo ahora?
—No eres el mejor dejando las cosas a medias.
—Eso no es una respuesta.
Se encoge de hombros.
—Mira, Toni, no soy un hombre sabio en la montaña. No tengo todas las respuestas.
—Quiero saber lo que piensas.
—Con los Miller era distinto —dice—. Conocía la magnitud del peligro, por eso traté de alejarte. Esta vez ignoro hasta qué punto es peligroso o si estamos buscando a un picaflor por Norteamérica. Pero mi instinto me dice que todavía no hemos visto toda la mierda.
Nos quedamos en silencio. El sol se ha puesto del todo. Las farolas se encienden una a una, iluminando la calle con una luz amarillenta.
—Hablando de peligros —dice de pronto—, ¿qué tal con Anna?
—¿Qué pasa con ella?
—Fue a verte. La tenías en tu dormitorio, dispuesta. Y sin disfraz.
—Estoy centrado en el caso.
Suelta un bufido.
—Venga, hombre. Entonces... ¿no pasó nada?
Digo que no con la cabeza.
—¿Para eso os dejé el apartamento? —Parece ofendido, como si lo hubieran rechazado a él. Puede que más.
—Te agradezco el detalle, pero solo estuvimos hablando. Es una buena chica, pero no es para mí.
—Oye, no soy la mejor persona con quien hablar de estos temas —dice, haciendo un gesto con la mano derecha—. Pero si quieres hablar de Molly, Anna o lo que sea... ya sabes. Estoy aquí.
Lo observo. Chase Donovan. El tipo que una vez se tiró desde un segundo piso para perseguir a un sospechoso. El tipo que puede desarmar a alguien en tres segundos. Y ahora está intentando ser mi terapeuta.
No paso por alto que ha mencionado a Molly. Conozco a mi amigo, lo ha hecho con toda la intención. Pero no caeré en su trampa. No hablaré de ella. Tendrá que vivir sin esa satisfacción.
Empieza a moverse inquieto en su asiento.
—Tengo hambre.
—Aguanta.
—Llevamos aquí casi dos horas.
—Gajes del oficio de detective.
—Podríamos ir a cenar. Volveremos después, llamaremos a la puerta y hablaremos con Linda.
—No.
—Hay un sitio increíble en la CN Tower. Dan unas cenas deliciosas, y las vistas de Toronto son espectaculares. ¿Conoces el chiste?
Sí, lo conozco. Torontontero . ¿Quién no lo ha oído alguna vez?
—No vamos a ir a la CN Tower —zanjo el tema.
Suspira dramáticamente. Luego me dedica una sonrisa maliciosa.
—¿Sabes? Podrías invitar a Molly a cenar allí. Es muy romántico. Luces de la ciudad, música suave...
—¿Has terminado?
—Solo es una sugerencia.
El tiempo sigue pasando sin que haya novedades. Comienzo a canturrear sin pensar.
—Sweet Caroline... bah bah bah...
Chase frunce el ceño.
—¿Neil Diamond? Ten en cuenta que yo también voy bien armado.
—Eh, fuiste tú quien me metió la canción en la cabeza. —Sonrío y alzo la voz—: Good times never seemed so good...
—Para. En serio.
— So good, so good, so good...
Pone una mano en mi brazo.
—Silencio, Toni.
Un coche ha frenado delante de la casa y está girando para estacionar. Un sedán oscuro discreto, común. El tipo de coche que pasa desapercibido.
Se detiene frente a la puerta del garaje.
—Agáchate —digo.
Ambos nos deslizamos hacia abajo en nuestros asientos. No lo suficiente como para perder de vista la casa, pero sí como para no ser vistos.
El coche entra en el garaje. Las luces traseras brillan en rojo antes de apagarse.
—¿Modelo? —pregunta Chase.
—Honda Civic, creo. Gris oscuro. —Entrecierro los ojos—. Matrícula BKTV 847.
—Canadiense.
—Sí.
Nos quedamos agachados, esperando. La puerta del garaje se cierra despacio, como una boca tragando un secreto.
Lentamente, nos incorporamos. Unos segundos después, se enciende una luz en la cocina. A través de la ventana, veo la silueta de una mujer de cabello largo. Se mueve con familiaridad.
—¿Linda? —susurra Chase.
—Puede ser.
La silueta desaparece. Otra luz se enciende en lo que parece ser el salón.
Estoy a punto de sugerir que nos acerquemos cuando la puerta lateral del garaje se abre y sale un hombre.
Me quedo paralizado.
Una barba frondosa le cubre media cara y la otra mitad está oculta tras la visera de béisbol. Lleva chaqueta oscura y vaqueros. Justo el aspecto que tendría alguien que quiere esconder su verdadera identidad.
Su complexión... ¿Coincide con la de Jax? Desde luego que coincide. Es fascinante lo que un poco de vello facial y un cambio de código postal pueden hacer por un hombre.
Camina hacia el buzón y de inmediato algo llama mi atención: hay algo en su forma de moverse, un ligero arrastre en el pie izquierdo.
Mi cerebro de investigador analiza el movimiento.
¿Cojeaba Jax? Susan y Rebecca nunca lo mencionaron, pero no sería raro que arrastrara una leve cojera desde el accidente de coche.
Podría ser una secuela física, un fémur astillado contra el salpicadero que nunca soldó bien.
—Joder —susurra Chase—. ¿Es él?
—No estoy seguro.
—¿Cómo que no?
—No puedo verle la cara.
El hombre abre el buzón. Saca algo, cierra el buzón y se gira. La luz amarillenta de una farola le baña el rostro. Por un segundo, parece que mira hacia nuestra dirección. Contengo la respiración. ¿Nos ha visto? El hombre baja la mirada hacia el correo en sus manos.
—Creo que sí es él —afirmo.
—Pero no estás seguro.
—No al cien por cien. La barba oculta mucho.
El hombre se gira y entra en la casa. La puerta se cierra detrás de él con un sonido seco.
Chase me mira. Sus ojos brillan con intensidad.
—Solo hay una manera de averiguarlo —dice.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que hacemos siempre.
Abre la puerta del coche antes de que pueda protestar.
—¡Chase! —susurro.
Pero ya ha salido. Lo veo caminar hacia el adosado con las manos en los bolsillos, relajado, como un vecino que viene a pedir sal. O a matar a alguien. Con Chase, nunca sabes.
Mierda.
Salgo del coche detrás de él.