Pack Toni Galán (libros 1-3) 34
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El vestido negro le queda perfecto, pero Hada siente que se ha puesto una armadura de seda.

Se ha probado otros cinco antes de decidirse por este.

Elegante pero discreto, con manga tres cuartos y un escote pronunciado, aunque no obsceno.

La tela cae sobre su cuerpo como una segunda piel, ciñéndose en los lugares correctos sin gritar desesperación.

Es su «pequeña mentira negra», un disfraz de guerra diseñado para que nadie en la gala note que su integridad se está desmoronando por dentro.

Se mira en el espejo del baño. Está impecable: labios rojos sin abusar del carmín y un moño bajo que deja al descubierto la curva de su cuello.

La imagen refleja a una mujer que tiene el control de su vida.

Ojalá fuera verdad.

Inhala profundo. La opresión en el pecho sigue ahí.

En el taxi, el teléfono vibra dentro del bolso como un insecto atrapado en un frasco. Un nuevo mensaje de Brad:

Estoy en la puerta. Te espero.

Cierra los ojos un segundo, deseando que el taxi dé la vuelta y la devuelva a la seguridad de su hogar; no hay nada que quiera más que quitarse el vestido, meterse bajo las sábanas e ignorar todo esto.

Ojalá pudiera. Cuando los abre, el Lincoln Center brilla frente a ella como una joya en mitad de Manhattan.

Hada paga el taxi con tarjeta, toma aire y se apea.

Las luces iluminan la fachada del edificio. Gente elegante abarrota las escaleras; vestidos largos, esmóquines, risas ensayadas, champán... El sonido de una orquesta de cámara se filtra desde el interior.

Brad la espera en la entrada. Lleva un traje negro y corbata de seda. Cuando la ve, sus labios se curvan en esa sonrisa de depredador que solía derretirla y que ahora solo le provoca náuseas.

—Estás preciosa —dice él, ofreciéndole el brazo.

Ella lo toma. No tiene opción, pero no dice nada.

—¿Nerviosa?

—No.

Una vez dentro, Brad se comporta como el director de escena de un estreno mundial.

No solo la escolta, la dirige: le indica dónde pararse, cuándo sonreír y ante quién inclinar la cabeza.

El vestíbulo es un espectáculo de candelabros y esmóquines donde Hada se siente en la primera clase del Titanic.

En este caso, es su barco el que está hundiéndose.

Brad le pasa una copa.

—Por nosotros —dice él, levantando su propia bebida.

Hada no brinda, solo bebe con ansia. El champán está frío, burbujeante.

Él es el caballero perfecto ante los demás. Le presenta a productores, directores y ejecutivos. Él sonríe, hace bromas y mantiene una mano en la espalda baja de Hada en todo momento. Un recordatorio táctil, constante y silencioso: Eres mía .

Ella finge una expresión amable. Asiente. Dice las cosas correctas. La acompañante perfecta. Pero por dentro, está gritando.

—Dios, estoy muerto de hambre —comenta Brad mientras devora un canapé—. Tenía el estómago cerrado por la ansiedad de esta noche.

Hada siente un escalofrío. No es amor lo que él siente; es el hambre del coleccionista que recupera su pieza extraviada.

Aparta la mirada y se lleva un canapé de hojaldre a la boca. Mastica sin saborear.

La música cambia y empieza a sonar una versión blues de I've Got You Under My Skin . Lenta, elegante. Él extiende la mano.

—¿Bailamos?

No es una pregunta, y ella lo sabe. Deja su copa en una mesa cercana y toma su mano. Caminan hacia la pista de baile.

Bailar con Brad siempre fue fácil. Él sabe moverse, tiene ritmo, conoce los pasos y guía sin ser brusco. Pero ahora, con su mano en la cintura de Hada y la otra sosteniendo la suya, solo siente claustrofobia.

—Hacía tiempo que no bailábamos —dice él, acercándola un poco más.

—Sí.

—Te echaba de menos.

Ella no responde.

—¿Tú a mí no?

—Brad...

—Es una pregunta simple, nena. ¿Me echaste de menos?

Sus palabras son suaves. También su tono. Pero hay algo debajo. Algo que no es suave en absoluto.

—A veces —dice ella finalmente.

Él sonríe satisfecho. La música los envuelve. Otras parejas bailan a su alrededor. Nadie los mira ni nota nada, pero ella siente cada centímetro de distancia entre ellos. Cada punto de contacto. La presión de sus dedos en su espalda.

Es demasiado.

—Deberíamos hacer esto más a menudo —comenta él.

—¿El qué?

—Salir. Como antes.

—No vivimos en la misma ciudad.

—Podríamos arreglarlo.

—Brad, por favor.

La música termina. Las parejas se separan y aplauden. Él la suelta, pero solo un poco. Su mano permanece en su espalda.

—Vamos a tomar el aire —dice.

Y antes de que ella pueda protestar, la guía hacia la terraza interior.

Allí encuentran fumando a Marcus Levine. Hada lo reconoce de inmediato. Cabello gris, gafas de montura negra y sonrisa amplia. Marcus fue productor ejecutivo con Evelyn Crowe. Conoce a Hada desde hace años.

—¡Hada García! —exclama Marcus abrazándola—. No puedo creer que estés aquí.

—Marcus. —Ella le devuelve el abrazo—. Qué sorpresa.

Nunca pensó que le alegraría tanto ver a Marcus, pero en este momento es como un soplo de aire fresco.

—La sorpresa es mía. Pensé que seguías en Los Ángeles.

—Me mudé a Nueva York hace unos meses.

—¿En serio? Eso es fantástico. —Marcus mira a Brad—. Sullivan, ¿verdad? Coincidimos hace... ¿cuánto? ¿Tres años?

—Algo así —responde Brad, estrechando su mano—. Me alegro de verte, Marcus.

—Igualmente. —Marcus vuelve a mirarla—. ¿Sigues trabajando con Evelyn?

—No. Ahora trabajo en una agencia de detectives privados.

—¿Detectives? —Da una honda calada cerrando los ojos. Hay hombres que convierten el acto de fumar en todo un acontecimiento—. Vaya cambio.

—Sí.

—¿Y te gusta?

Ella sonríe. Es la primera reacción genuina de la noche.

—Sí. Me gusta mucho.

—Me alegro. Siempre fuiste demasiado buena para ese mundo. —Marcus hace un gesto hacia Brad—. Sin ofender.

Brad contesta con una sonrisa que no alcanza sus ojos.

Mientras Marcus toma una copa de champán de una bandeja que pasa, Brad aprovecha para moverse ligeramente.

Su mano, que había estado descansando en la espalda de Hada, comienza a deslizarse lentamente.

No es un roce accidental. Baja por la curva de su espalda y aprieta con una fuerza posesiva y humillante a través de la tela del vestido, justo mientras él le sonríe a Marcus y asiente a una anécdota sobre guiones.

El aire se le atora en la garganta. Marcus sigue hablando; no se da cuenta de nada.

—...así que le dije, si quieres que el proyecto funcione, necesitas un guion que no sea basura. Y él...

Hada, encerrada en sí misma, no escucha el resto.

Ha desconectado lo suficiente para que las voces se fundan en un zumbido de fondo, pero no tanto como para no darse cuenta si dejan de hablar.

Solo nota la palma de Brad y la mueca en su rostro.

Esa maldita sonrisa. Sabe exactamente lo que está haciendo.

Es un acto de anulación: Brad le está gritando que, sin importar cuánto la respete Marcus, para él no es más que un objeto.

—Discúlpame, Marcus —interrumpe—. Necesito ir al baño.

—Oh, claro. —Marcus parece sorprendido—. ¿Todo bien?

—Sí. Solo... necesito un momento.

Brad la suelta.

—¿Quieres que te acompañe? —pregunta con falsa preocupación.

—No.

Se aleja antes de que pueda decir nada más. Camina rápido. Cruza el salón. Esquiva a la gente. No mira atrás. Entra en el baño empujando la puerta, se encierra en un cubículo y trata de no vomitar el champán y la rabia.

Y respira, respira, respira...

Cuando sale, Brad la está esperando, apoyado contra la pared del pasillo.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente.

—Parecías alterada.

—Estoy cansada.

—¿Quieres irte?

«Sí. Dios, sí».

—Sí.

Él empuja su cuerpo lejos de la pared y se acerca a ella.

—Vamos.

Regresan al salón principal. Marcus sigue allí, hablando con otra persona. Al ver a Hada, levanta la mano.

—¡Hada! ¿Ya te vas?

—Sí. Es tarde.

—¿Qué? —Marcus se ríe—. ¡La fiesta acaba de empezar!

—La acompaño a casa —dice Brad, colocando una mano en su hombro—. Es tarde.

Marcus frunce el ceño, pero asiente.

—Bueno. Ha sido un placer verte, Hada.

Ella fuerza una sonrisa.

Salen del Lincoln Center. Él levanta el brazo y un taxi se detiene frente a ellos.

—Sube —ordena, abriéndole la puerta.

—Puedo tomar el metro.

—No seas ridícula.

Ella vacila, pero finalmente se sube. Por un instante, tiene la esperanza de que él cerrará la puerta y la dejará ir después de entregar un billete al taxista.

Que la noche terminará aquí y mañana será otro día.

Pero la ilusión dura solo un segundo, el tiempo que Brad tarda en sentarse a su lado y cerrar la puerta.

—Hilton Soho —le ordena al conductor.

Ella lo mira.

—¿Qué?

—El bar del hotel. Pensé que podríamos tomar una copa y hablar un rato. —La mira directamente—. A menos que tengas prisa por llegar a casa.

—Es tarde.

—Pero es viernes.

Hada siente que su lengua apenas le cabe en la boca. Nota la garganta seca y rasposa. No sabe lo que va a salir de sus labios, pero los abre y dice:

—Mañana tengo que trabajar.

—¿Un sábado?

—Las agencias que están a punto de quebrar no entienden de sábados —responde finalmente, intentando parecer despreocupada.

Él no se ríe.

—Una copa, Hada. No pido demasiado.

—No creo que sea buena idea. —Sus palabras suenan medio estranguladas, como si estuviera ahogándose.

—¿Por qué no?

«Porque no quiero estar a solas contigo, asqueroso hijo de puta. Porque me das miedo. Y porque sé exactamente lo que pretendes».

Pero no dice nada de eso.

Él se inclina hacia ella. Su voz baja.

—Tengo los videos en mi teléfono —dice—. Aquí mismo. Puedo enviarlos ahora. A tus contactos. A los de tu jefe. A la prensa. A quien yo quiera.

Hada siente que el aire se le escapa de los pulmones.

—O puedes venir conmigo y tomar una copa. —Sonríe y, como siempre, algo frío recorre la espalda de ella—. Tú eliges.

—Como quieras.

Brad se reclina en su asiento, triunfante.

—Sabía que entrarías en razón.