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—Jax no sabía que la chica que enterró era su hija —digo—.
Pero acabó sabiéndolo, ¿no? Tuvo que saberlo.
Creo que sabía que JM iba a decírselo a usted, como acabó haciendo.
No podía soportar su mala conciencia. Iba a confesar y después quitarse la vida.
Pero antes de eso hay que pasar por un proceso: buscar ayuda, caminos alternativos.
Supongo que habló con Jax, su mejor amigo y cómplice.
Le habló de entregarse. Tal vez intentó convencer a Jax de que hiciera lo mismo.
Eso explica las llamadas de Jax a JM, sus visitas a su casa.
Asiente despacio y me mira durante un largo momento.
—Ha unido todas las piezas.
—No todas. —Desvío la vista hacia la cocina. Un tipo con gorro negro está sacando pollo frito de una freidora. Las bolas doradas brillan grasientas. En diez minutos estarán en mi estómago, tapando mis arterias—. Me falta la más importante.
—¿Cuál?
Bajo la voz.
—No puedo dejar que se salga con la suya. Entiendo por qué lo hizo, de verdad que sí. Pero usted mató a Jax.
—Se equivoca.
—¿Qué?
—Yo no maté a Jax.
—No espero que confiese. Lo entiendo. Pero si no está muerto, entonces lo tiene en algún sitio, haciéndole pagar.
David intenta sonreír, pero no lo logra.
—Me da igual lo que diga, Toni. No sé dónde está Jax. Esa es la verdad.
—Tuvo que ser usted —digo, confundido—. No hay otra explicación que tenga sentido.
—Pues siento decepcionarlo.
—¿Y el dinero?
Frunce el ceño.
—Ya lo mencionó antes. No tengo nada que ver con eso.
—Vamos, David. Jax sacó cien mil dólares en efectivo.
—La gente saca dinero todo el tiempo.
—No así. No esa cantidad. —Niego con la cabeza—. Alguien lo estaba chantajeando, y ese alguien es usted.
—Está especulando.
—Entonces, míreme. —Me acerco más—. Míreme a los ojos y dígame que no le pidió ese dinero.
Los segundos pasan. Finalmente, suspira y deja el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—Está bien. Sí, se lo pedí. Le envié un mensaje anónimo. Le dije que si no pagaba, haría pública su implicación en la muerte de Lily.
—¿Por qué? No necesita el dinero.
—No. Pero Jax sí. Iba a casarse y a formar una familia. Eso era lo importante.
Noto la boca seca. Doy un trago.
—¿Cómo fue? ¿Una bolsa con dinero en la taquilla de un vestuario, como en las películas? ¿Un buzón secreto?
—Nunca llegó a pagarme. —Lo dice como si le sorprendiera—. Desapareció antes de la entrega. Simplemente... se fue. Supongo que valoró pros y contras. Prefirió huir y empezar de cero.
Entonces oigo otro clic en mi cabeza. Las evidencias obtenidas en su día por la policía comienzan a reproducirse como diapositivas proyectadas en un papel.
El tanga en el coche de Jax.
Los cien mil dólares que sacó y que nadie ha encontrado.
Jax iba a pagar a Klein, pero no lo hizo. Y un día después, desaparece. ¿Con quién? Con Linda Parker, claro. Scarlett Moon, la prostituta del Mystery Box. Jax estaba engañando a Susan con ella, pero ¿cómo encaja eso con Klein?
De ninguna manera.
Esto no tiene ningún sentido.
A menos que...
—Oh, Dios.
Lo digo en voz alta sin darme cuenta.
—No soy un asesino, Toni.
La voz de David me saca de mis pensamientos.
—Pero sí un extorsionador.
—Piense lo que quiera. No tiene pruebas.
—Podría estar grabando esto.
Él sonríe. Es una sonrisa que me provoca un escalofrío.
—Lo dudo. Chen tiene su teléfono. Se lo devolverá cuando terminemos.
¿Qué?
Tras la barra, Chen está limpiando vasos como si no hubiera hecho nada. ¿Tiene mi móvil?
—¿Cuándo...?
Entonces caigo en la cuenta. Debió de ser nada más entrar, cuando me ha guardado la chaqueta. Un tipo de manos hábiles.
—Vaya, es un hombre de recursos. Y también tiene matones trabajando para usted.
—¿Perdón?
—Marko Jaric. Le ordenó seguirme. Disuadirme.
Él tuerce el gesto. Parece genuinamente confundido.
—No conozco a ningún Marko Jaric.
Nos miramos. Abro la boca. La cierro. Si Klein no contrató a Jaric, ¿quién lo hizo? ¿Quién más me quiere fuera del caso? Intento pensar en algo.
No se me ocurre nada.
—Me parece que me sobrestima, Toni. No soy ese Al Capone que cree que soy.
—Aun así, usted no debería quedar impune. Lo que hizo no está bien.
—Yo no hice nada.
—Torturó a Jax, lo chantajeó. Le envió una foto de Lily muerta. Puede que Jax hiciera algo horrible, pero no puedo imaginar lo que debe ser abrir un sobre y ver eso.
—Por desgracia, nunca la vio. Ya había desaparecido cuando llegó el sobre. El marrón de la Polaroid se lo comió Susan, la pobre, que no tiene la culpa de nada.
—Así que admite que la envió.
Su silencio es toda la respuesta que necesito.
—Jax no merecía eso. Y Susan mucho menos.
—Y mi hija no merecía morir en una cuneta. La vida es cruel.
El camarero aparece con las ensaladas. Yo abro la boca para pedirle que me devuelva mi móvil. Él me sonríe. Esa sonrisa educada y vacía. Cierro la boca sin llegar a decir nada. Algo me dice que no serviría de nada.
Dejo que mis ojos se pierdan un segundo en los colores vivos del plato antes de seguir hablando.
—Susan, cuando despierte, no se va a conformar con esto. Y Rebecca tampoco. Querrán saber dónde está Jax.
—La vida está llena de «querrán», Toni. —Pincha una gamba—. Susan y Rebecca no lo conseguirán en este caso.
—Pero me contrataron para encontrarlo.
—Creo que va siendo hora de aceptar la realidad. Su intento loable de encontrar a Jax ha fracasado. —Lo dice sin malicia, es solo un hecho—. Nadie sabe dónde está, pero lo más probable es que esté muerto o que no quiera ser encontrado. Sea como sea, se acabó.
Miro la nota de JM otra vez. Pienso en Jax, en dónde podría estar. Pienso en Susan y en lo que dirá cuando despierte y se entere de todo. En Rebecca, esperando respuestas que nunca llegarán.
Y después, porque soy humano y débil, pienso en el dinero. En la segunda mitad del pago que nunca veremos y en nuestro futuro frustrado como agencia.
Bye, bye , TC Confidential.
—Váyase a casa. —David se lleva comida a la boca—. Ha encontrado algunas respuestas. Eso ya es algo. Debería sentirse orgulloso.
Nuestros ojos se encuentran.
—Dígame una cosa, David. ¿Todo esto ayudó a llenar su vacío?
Reflexiona mientras mastica. Traga.
—Sí, de algún modo. JM y Jax han pagado por lo que hicieron. No me devuelve a Lily, pero al menos ahora sé dónde está enterrada. Está en un lugar donde puedo visitarla. Llámeme lo que quiera, no me importa. Solo alguien que ha perdido un hijo lo entendería.
—¿Sigue allí? ¿No tiene interés en enterrarla como es debido? ¿Hacerle un funeral?
—¿Para qué? ¿Para que la prensa y los curiosos conviertan la muerte de Lily en un circo? ¿Y que la gente opine? «Esa chica se lo buscó», dirían. «Iba en el coche de un hombre casado». No, Toni. Yo sé dónde está y eso es lo único que importa.
—¿Y Jax? ¿No quiere encontrarlo? ¿Terminar lo que empezó?
Niega con la cabeza.
—Creo que ya es hora de dejar que la herida cicatrice.
Lo ha dicho sin titubear, y sin embargo, no acabo de creerlo del todo.
—Así que todos seguimos adelante y ya está.
—Yo sí. —Sonríe—. Usted... bueno, sospecho que va a seguir buscando de todos modos.
Me da un segundo para responder. No lo utilizo.
Chen trae los platos principales. Carne con jengibre. El olor es fuerte y penetrante. Mi estómago se revuelve.
Me levanto, dejando la comida intacta.
—Lo siento mucho, David.
Él hace un gesto a Chen. El camarero mete la mano en el bolsillo, saca mi teléfono y me lo tiende.
—Gracias por venir, señor Galán —dice, con la misma sonrisa esculpida en la cara. Como si no acabara de robarme. Como si esto fuera solo otro día en el restaurante.
Y yo, por algún motivo, le devuelvo el gesto amable.
Tomo el teléfono y me dirijo a la puerta.
—Toni.
La voz de David me detiene. Me giro. Él me mira desde su silla. La luz amarillenta del restaurante proyecta sombras en su rostro.
—A veces es mejor no levantar ciertas piedras. —Su voz es suave, casi amable—. Hay cosas que, una vez descubiertas, no se pueden olvidar. Por su propio bien.
Salgo del restaurante sin mirar atrás. Afuera, la luz me golpea como un rayo. Durante un segundo estoy ciego, parpadeando, tratando de ajustarme al contraste entre la penumbra del interior y el brillante mediodía de Manhattan.
Camino sin rumbo durante un rato. Solo necesito moverme.
Piensa , me digo. Piensa.
David tenía razón en algo: he encontrado respuestas.
Sé lo que le pasó a Lily Williams.
Sé por qué JM se mató: no podía vivir con lo que había hecho; el rostro de Lily lo perseguía cada vez que cerraba los ojos.
Sé por qué Jax se volvió autodestructivo, por qué las drogas y el caos: cuando entierras a alguien, también entierras un pedazo de ti.
Y sé lo que movió a David Klein a actuar como lo hizo: la venganza.
Pero sigo sin saber dónde está Jax, y todas las pistas que parecían acercarme a él han resultado ser un callejón sin salida.
Todas, excepto una.
Porque un par de horas más tarde, durante uno de mis paseos, Hada me devolverá la llamada. Le preguntaré dónde estaba, pero ella ignorará mi pregunta. Al menos mantendrá su estilo directo e irreverente, y yo me alegraré un poco por ello.
A cambio, me dará una noticia que hará que me detenga.
Una información que lo cambiará todo.
—Linda Parker —dirá Hada, pronunciando el nombre como si fuera lo más natural del mundo—. Sé dónde está.
Me dará un lugar preciso. Y casi me caeré de culo al oírlo.
—¡Repite eso!