33 #2
David mete la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y saca un trozo de papel doblado y gastado en los pliegues.
—Aquí tiene.
Me ofrece el papel.
—¿Qué es?
—La nota de suicidio.
Titubeo un segundo. Extiendo la mano. El papel es más ligero de lo que esperaba. La caligrafía es torpe, casi infantil. Renglones torcidos y algunas palabras tachadas y reescritas.
Antes de que mi vista se nuble del todo, empiezo a leer.
Estimado señor Klein:
Han pasado dos años. Demasiado tiempo. No puedo ni imaginar lo que ha sido para usted.
Sé que no va a aceptar esto. Una disculpa no sirve de nada cuando tu hija está muerta. Lo entiendo. Yo tampoco la aceptaría.
Debería decirle esto a la cara. Lo sé. Pero soy un cobarde. Siempre lo he sido. Y ahora mismo no me queda nada. Ni fuerzas ni dignidad ni nada.
He estado huyendo de aquel 23 de diciembre desde entonces. Cada día, cada hora. Le he hecho daño a mucha gente. A mi mujer, a mis amigos. Pero a nadie tanto como a usted.
Fue culpa mía.
Yo estaba con Lily esa noche. Engañé a mi esposa con ella. Su hija tenía diecinueve años y yo sabía que estaba mal. Lo sabía y lo hice de todos modos.
Jax conducía, sí, pero yo la metí en ese coche aun sabiendo que mi amigo estaba borracho. Fue idea mía esconder el cuerpo, no de Jax. Mía. Yo lo convencí. Le dije que nos arruinarían la vida. Que iríamos a la cárcel. Así que la enterramos entre los dos.
He añadido un mapa con esta carta. El lugar exacto, para que pueda encontrarla. Para que pueda darle un funeral de verdad. Es lo mínimo que puedo hacer.
Rebecca iba en el coche, pero ella no sabe nada. Se golpeó la cabeza y quedó inconsciente. Le contamos una historia falsa: que Lily se había ido a casa. Creo que nos creyó. Déjela en paz. Ella no tiene la culpa de nada.
Si ve a Chloe... si ve a mi mujer... dígale que lo siento y que la quiero. Que siempre la he querido. Ella es lo único bueno y puro que he tenido en mi vida y lo eché todo a perder.
Espero que esto le dé algo de paz.
John-Michael Flint
Cuando termino de leer, las manos me tiemblan.
Dejo el papel sobre la mesa. Necesito un segundo.
Pero mis ojos vuelven a la nota. La leo de nuevo.
Y mientras lo hago, no puedo evitar imaginarlo.
John-Michael sentado en algún sitio —¿su apartamento?
¿su coche? ¿un hotel barato donde nadie haría preguntas?
—, escribiendo esto con esa caligrafía torpe.
Doblando el papel y metiéndolo en un sobre, con la dirección de Klein garabateada en el frente.
Caminando hasta un buzón. Dejándolo caer.
Clonk.
El sonido de no hay vuelta atrás.
Y después... ¿qué? ¿Volvió a su apartamento? ¿Se sentó en el suelo y se llevó una pistola a la sien? ¿Cerró los ojos? ¿Pensó en Chloe? ¿En Lily? ¿En lo que había hecho?
¿Dudó en algún momento?
¿O simplemente apretó el gatillo antes de poder cambiar de opinión?
—No sé qué decir —digo finalmente, con la mirada fija en la confesión—. Mucha gente piensa que el suicidio es la salida fácil. Pero esto... —señalo el papel—. Escribir esto, admitir lo que hizo, y después... tuvo que ser...
Ni siquiera sé cómo terminar la frase.
David menea la cabeza y aprieta los labios.
—No lo haga.
—¿El qué?
—No lo convierta en un mártir. Ese hombre mató a mi hija y la enterró como si fuera basura.
Levanto el papel.
—Con esta información, encontró el cuerpo de su hija.
—Es usted más listo de lo que parece.
Decido ignorar el comentario sarcástico.
—Si todo esto es verdad, ¿por qué mantenerlo en secreto? Tenía la confesión y tenía el mapa. ¿Por qué no ir a la policía? ¿Por qué no hacer que Jax y JM pagaran?
—Porque no servía de nada.
—¿Qué quiere decir?
—¿Qué cree que quiero decir? —Se inclina hacia adelante—.
El cuerpo llevaba dos años enterrado. ¿Pruebas?
Supongo que algo de ADN, tal vez un cabello al mover el cuerpo, pero poco más.
O puede que nada. El coche había desaparecido.
Probablemente estaba en algún desguace, convertido en un cubo de metal.
El informe policial decía que Rebecca conducía y que estaba sobria.
Que fue un accidente. —Bebe agua—. ¿Y qué tenía yo?
Una nota. Una puta nota de suicidio que cualquier abogado mediocre habría destrozado en dos segundos.
«El señor Klein escribió esto él mismo, su señoría.
Estaba desesperado. No estaba en su sano juicio».
Y el juez habría asentido y habría archivado el caso.
Deja el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Soy abogado, Toni. Sé exactamente cómo habría terminado esto.
—Así que le correspondía a usted hacer justicia. Se encargaría de vengar a su hija personalmente.
Me sostiene la mirada.
—¿Me está juzgando?
—No.
—Porque yo soy la víctima aquí. No lo olvide.
¿Lo eres?, quiero preguntar. ¿O dejaste de serlo en el momento en que decidiste convertirte en juez y verdugo?
Pero no lo digo. Porque tal vez tenga razón.
—John-Michael se había quitado él mismo de en medio, así que solo le quedaba Jax. El hijo que nunca tuvo. Supongo que eso lo convirtió en algo más personal. —Dejo que las palabras calen—. Y quiso castigarlo.
—¿Castigarlo? Quería aplastarlo.
—Por eso lo contrató. Por eso le dio el trabajo cuando lo despidieron de su bufete anterior. No porque fuera bueno, porque no lo era; era un gandul y un desastre. Y luego, cuando casi lo detienen en su despedida de soltero, también lo salvó.
—No. En eso se equivoca. Cuando contraté a Jax, todavía no tenía ni idea de que él estaba detrás de la muerte de mi hija.
Ni siquiera era consciente del accidente de coche hasta que leí la carta de John-Michael.
Para mí, Jax solo era un chico con problemas.
Un chico que necesitaba ayuda. ¿Cómo iba a saber que sus problemas eran porque había enterrado a mi hija en el bosque?
—En cualquier caso, usted lo salvó. Le ofreció una vida digna en su bufete. Y cuando lo tuvo comiendo de la palma de su mano... —Cierro el puño lentamente, para que pueda verlo—. Lo aplastó.
No dice nada. Solo me mira.
Y en ese silencio, lo sé.
—La Polaroid. Dios. La foto que Susan encontró. No era un montaje de IA ni nada de eso. Era real. Así es como estaba Lily cuando usted la desenterró.
—No sé de qué habla.
—La foto llegó a casa de Jax y Susan la vio. Fue eso lo que la empujó a contratarme.
—Eso no prueba nada.
—Vamos, David. ¿Quién más tendría esa foto? —Mi voz sube un tono—. ¿Quién más sabía lo que pasó esa noche y tenía acceso al cuerpo?
Él se mantiene imperturbable.
—Basta de rodeos —digo—. Se la envió para torturarlo, para que supiera que aún había alguien que conocía lo que había hecho y no pudiera dormir.
Para que, cada vez que mirara a Susan o pensara en su boda, también pensara en Lily.
—Respiro hondo—. Y después vendría el chantaje: los cien mil dólares, el dinero que Jax sacó y que nadie ha encontrado.
Usted lo tenía contra las cuerdas. Un juego muy sucio.
David dobla su servilleta, la alisa y la vuelve a doblar. Cuando habla, su voz es diferente: más calmada y suave, más peligrosa.
—¿Sabe algo, Toni? Mi trabajo me hace ver muchas cosas, historias que no creería, gente que hace cosas que no parecen reales.
—No cambie de tema.
—No lo hago. —Sigue jugando con la servilleta—. Déjeme contarle algo. Hace unos años, una mujer vino a vernos. Joven, de treinta o treinta y cinco años. Guapa, inteligente. Tenía un buen trabajo y un buen apartamento. Todo en orden.
—David, no veo qué...
Levanta una mano.
—Esta mujer se enamora de un tipo. Y cuando digo que se enamora, me refiero a que se enamora de verdad.
Del tipo que te hace perder la cabeza. El tipo es...
bueno, digamos que no es Brad Pitt. Feo de cojones.
Pero le cuenta una buena historia: que es artista, que está a punto de conseguir un gran contrato discográfico.
Y ella se lo cree. Por supuesto que se lo cree.
Porque cuando estás enamorada, te crees cualquier cosa.
Me hundo en la silla. Esto va para largo.
—Resulta que el tipo está con otras cuatro mujeres. Cinco en total. A todas les vende la misma historia, el mismo cuento. Un vendehúmos de libro.
—David...
—Si la cosa hubiera quedado ahí, habría sido un caso más.
¿A quién no le han puesto los cuernos en su vida?
Apechugas y sigues adelante. Pero este tío, además, le sacó el dinero.
Se lo sacó a todas. A esta mujer, cincuenta mil dólares.
Para producir su disco, le decía. Para comprar equipo de estudio.
Para pagar a los músicos. Cincuenta mil que ella le dio porque confiaba en él.
Espero. Sé que hay más.
—¿Y sabe lo mejor?
No contesto.
—Ese dinero se lo daba a su esposa. Sí, el tipo estaba casado. Se llevaba a su mujer de crucero, le compraba ropa cara, le compró un apartamento. Y la esposa no sabía nada. Creía que su marido era banquero, que ganaba mucho dinero, que todo era legítimo.
Se inclina hacia delante.
—Le cuento esto porque quiero que entienda algo. La gente miente, Toni. La gente usa a otra gente. La gente hace cosas horribles y después se va a casa y cena con su familia como si nada.
—¿Y qué tiene que ver eso con Jax?
—Jax era uno de esos. Un mentiroso. Pero tenía un problema que el tipo de mi historia no tenía.
—¿Cuál?
—Era lo suficientemente estúpido como para aceptar un trabajo del padre de la chica que había matado.
Me tomo un segundo para asentar los hechos.