Pack Toni Galán (libros 1-3) 33
86%

33

El restaurante chino está a dos manzanas del bufete de David Klein.

Es un local viejo, de esos que sobreviven por inercia.

El letrero de neón en la fachada parpadea con luz naranja y la mitad de las letras están fundidas.

Desde fuera, puedo ver el interior a través de los cristales empañados: mesas vacías y manteles rojos desgastados.

Empujo la puerta esperando que esté cerrada. No lo está. Eso debería haberme alegrado, pero no lo hace.

El interior huele a aceite frito e incienso barato. Las luces tienen un tono cálido y amarillento, tan típico de los restaurantes orientales. Pero lo raro, lo verdaderamente raro, es el silencio. ¿Un viernes al mediodía en Manhattan, un restaurante chino vacío? Eso no pasa.

Del techo cuelga un dragón de papel que gira con una lentitud de ahorcado.

Sus ojos pintados parecen seguirme, custodiando los secretos que flotan en este aire viciado.

O tal vez no. Es difícil saberlo con los dragones de papel.

La música que sale de un altavoz oculto —alguna melodía tradicional china con un erhu llorón de fondo— solo hace que el silencio parezca más claustrofóbico.

Un hombre asiático de mediana edad sale de detrás del mostrador. Me ofrece guardar mi chaqueta antes de que yo abra la boca. Algo me dice que sabe quién soy.

Le cedo la chaqueta sin pensar. Él la dobla con un cuidado casi ceremonial.

—Señor Galán —dice con ese acento que hace que las erres suenen como eles, y una expresión extrañamente sonriente y seria a la vez—. El señor Klein lo espera. Por favor, sígame.

No me da tiempo a responder. Ya está caminando hacia el fondo del restaurante. Yo lo sigo porque, bueno, ¿qué otra cosa voy a hacer?

Las películas de Hollywood nos han enseñado mucho sobre los restaurantes chinos.

Por ejemplo, que son donde la gente va a que le vuelen los sesos.

Yo no creo en ello. O al menos no creía.

Pero ahora, caminando entre estas mesas vacías, viendo las sombras largas proyectadas en las paredes y escuchando esa música inquietante...

no estoy tan seguro. Puedo oír las voces de miles de chavales de mi generación alertándome dentro de la cabeza: ¡Sal de ahí, idiota!

¡Esto es una trampa tan obvia que hasta un niño de cinco años lo vería!

Pero sigo caminando.

Llegamos a una mesa al fondo del todo. La más alejada de la puerta. La más oscura. Por supuesto.

—Aquí está bien —dice.

Aquí está bien. Como si yo hubiera pedido opinión.

—El señor Klein llegará enseguida.

—Gracias.

Se marcha sin decir nada más. Sus zapatos no hacen ni un solo sonido contra el suelo.

Me siento. Estoy completamente solo. No es tranquilizador.

La voz de David Klein rompe el silencio.

—Dijo que encontró a mi hija.

Emerge de la penumbra del pasillo de los baños. Va vestido con traje oscuro y corbata. Impecable como siempre.

Me pongo de pie.

—No. Dije que sé lo que le ocurrió. Y usted también lo sabe.

Se detiene frente a la mesa. Nos observamos sin decir palabra. Solo han pasado unas pocas horas desde mi visita de esta mañana, y, sin embargo, parece que han transcurrido varios años para él.

Ambos nos sentamos como en una coreografía.

—Su hija está muerta —digo—. Usted lo sabe. Lo ha sabido todo este tiempo.

El camarero aparece para servirnos agua con limón y una bandeja de pan chino. Luego nos entrega dos cartas, pero David rechaza la suya con un gesto.

—Comeré lo de siempre, Chen. Ensalada de gambas y pato a la naranja.

Chen me mira y levanta las cejas con expresión interrogante.

—Suena bien —digo, deseando que se marche de una vez—. Lo mismo.

Él hace un gesto a medio camino entre un asentimiento y una reverencia, y desaparece tras el mostrador.

—Lily murió en una cuneta helada, tras un accidente de tráfico provocado por un conductor borracho —explico—. Falleció en el impacto.

—Quizá.

Lo miro desconcertado.

—¿Quizá?

—Tal vez murió en el impacto, tal vez no —dice, con la voz de alguien que ha reflexionado sobre ello un millón de veces—.

Jax y John-Michael no eran médicos. Eran un par de borrachos estúpidos jugando a ser adultos.

Lily podría haber estado herida. Podría haber estado viva.

—Traga—. Un doctor podría haberla salvado.

Asiento, porque no sé qué más hacer.

—Supongo que es posible.

—Continúe. —Muerde un trozo de pan—. Quiero oír lo que tenga que decir.

Respiro hondo y entrelazo los dedos sobre la mesa.

—Lo que creo es esto: fuese cual fuese el estado real de su hija, Jax y JM pensaron que estaba muerta. Y Jax... Jax debió de estar aterrado.

No parpadea. Sus manos sobre el mantel están tan quietas que parecen de mármol. Sigo.

—Una cosa es conducir borracho. Eso es una multa. Pierdes el carnet, tu seguro se dispara. Malo, sí, pero manejable. Pero esto... esto iba más allá. Era homicidio. Y de eso no sales, David. No importa a quién conozcas o cuánto dinero tenga tu familia. De eso no escapas.

—Así que huyeron.

—Así que se cagaron de miedo los dos —corrijo—.

No conozco los detalles, pero sí sé que era una carretera secundaria que atravesaba un bosque.

En pleno diciembre. Hacía mucho frío y estaba oscuro.

Casi no hay tráfico a esa hora. Pero tampoco tienes todo el tiempo del mundo.

En algún momento, alguien va a pasar y va a ver el coche. Alguien va a llamar al 911.

Trato de imaginarlo. La carretera helada. El coche destrozado. Rebecca inconsciente. El cuerpo sin vida de la chica...

Y dos chicos borrachos con todo por perder.

—Apuesto a que la escondieron entre los árboles —prosigo—.

Rápido, sin pensar. Y cuando llegaron la policía y la ambulancia, solo eran tres.

Después de que trasladaran a Rebecca al hospital y se llevaran el coche...

ellos volvieron. Más tarde, esa noche, o al día siguiente. Volvieron y la enterraron.

Las manos de David se cierran sobre la mesa. Puedo oír el crujido de sus articulaciones. O tal vez solo lo imagino.

Demasiado lejos , me reprendo. Has ido demasiado lejos.

Pero ya no puedo parar.

—Como digo, desconozco los detalles exactos.

Tal vez su hija era la única que no llevaba el cinturón de seguridad.

Tal vez fue mala suerte. Tal vez salió disparada porque estaba en el peor asiento en el peor momento, no lo sé.

—Bajo la voz—. Lo que sí sé es que Jax y John-Michael decidieron que era mejor enterrarla que enfrentarse a lo que habían hecho.

Él no se mueve. No dice nada. Sus ojos están fijos en mí, pero no estoy seguro de que realmente me esté viendo. Estoy a punto de disculparme —¿por qué? No lo sé— cuando habla con voz pausada. Es la calma que viene justo antes de que alguien estalle.

—¿Cómo ha llegado a esa conclusión?

Es una buena pregunta. La verdad es que ni yo mismo lo sé del todo. Fue una de esas cosas que se van juntando poco a poco, como piezas de un rompecabezas que ni siquiera sabías que estabas armando.

El primer día, Rebecca me contó lo del accidente. Me dio todos los detalles. Demasiados, tal vez. Y me proporcionó la fecha exacta: víspera de Nochebuena de hace dos años y medio.

Luego encontré la foto de Lily, escondida en la caja de John-Michael. Una chica joven más, sonriendo a la cámara. Muerta desde hacía tiempo, pero aún allí, mirándome.

Esas dos cosas —la fecha y la foto— se quedaron flotando en mi subconsciente, separadas, sin conectar. Y no habrían tenido la menor importancia si el propio David no hubiera mencionado algo crucial.

La conexión estaba delante de mis ojos, pero seamos honestos: no soy tan astuto.

No soy el tipo de detective que capta las cosas de inmediato y dice «¡Ajá!

» como Sherlock Holmes con su pipa y su violín.

Necesitaba ayuda. Un leve empujón. Y lo conseguí del sitio menos esperado: de Anna.

Mi nueva amiga me dijo algo inocente, casi provocativo, mientras nos despedíamos:

No quiero que seamos de esos que se envían una felicitación navideña durante años hasta que finalmente dejan de hacerlo.

Felicitación navideña.

Navidad.

Víspera de Nochebuena.

23 de diciembre.

Y entonces todo encajó.

—Usted mencionó la cena de Navidad —digo finalmente—.

Dijo que estaba comprando el pavo y los adornos cuando lo llamaron de la residencia.

Rebecca también me habló de la víspera de Nochebuena cuando me contó lo del accidente.

Mismo día. Misma fecha. No tiene tanto mérito. Solo... conecté los puntos.

Él me mira como si estuviera evaluándome.

—Continúe. Me está dejando asombrado.

—Los meses pasan y Lily no aparece. Pero los chicos...

Jax y JM... no pueden olvidarla. Tal vez suene muy analítico.

Tal vez estoy siendo demasiado comprensivo con dos tipos que enterraron a una chica en un bosque.

Pero creo que lo que hicieron los persiguió.

Las drogas, la autodestrucción... Todo eso.

—Joder, claro que está siendo demasiado comprensivo —me corta. Su voz es un látigo—. No les dé el crédito de tener conciencia —gruñe—. Eran basura. Escoria. Eso es lo que eran.

Podría discutir y decir que todos somos humanos, que todos cometemos errores. Pero miro la cara de David y decido que no es el momento.

—Tiene razón. No debería juzgar. —Me detengo para buscar las palabras correctas—.

Lo que sí sé es que las familias son las que pagan el precio.

Usted vivió dos años sin saber qué le pasó a Lily.

Eso es... no puedo ni imaginarlo. Y ahora Susan y Rebecca están pasando por lo mismo con Jax.

Y la mujer de John- Michael, Chloe... ella tampoco está viviendo un sueño plácido, precisamente.

David mantiene la mandíbula apretada. Sus ojos están fijos en algún punto de la mesa.

—¿Sabe cómo me enteré del destino de mi hija?

—No. Pero sospecho que John-Michael tiene algo que ver.

Lo sospecho porque estaba esa foto en la caja de su avión de combate. Porque la tenía ahí guardada, recordándole lo que había hecho.